por Lucio M. Flores (@sandiaconqueso)

Jueves, 10 de septiembre de 2015, 14:32 hs

Che, qué mugre tiene mi cocina. No la limpio hace añares. Hoy es uno de esos días en los que la cocina es como el pensadero de Dumbledore: la mirás y recordás qué venís comiendo hace dos semanas. Acá quedó un poquito del guiso que preparamos con Pepi la vez pasada; allá, aceite de las papas fritas que hicimos para el partido del Rojo. Por más apego que sienta con toda esta grasa pegada, es momento de liberarme.

Entonces manoteo el Cif Crema y una esponja de metal. Pongo Midnite Vultures de Beck, que es mi disco preferido para limpiar la cocina, no me pregunten por qué. Y antes de arrancar con el ritual de fregar como si quisiera despintar mi destino, decido agarrar el celular y tomar una foto que servirá como medidor de mi progreso.
Clic.

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Jueves, 10 de septiembre de 2015, 15:08 hs

Bueno, terminé con la cocina. Qué cosa hermosa. Siento un alivio enorme. El guiso y las papas fritas han pasado a ser un recuerdo intangible. Sólo tardé media hora. Y todo gracias al Cif Crema, compañero infalible, un Sancho Panza de la higiene hogareña. Lo ponés en la esponja, tirás agua caliente para que sea menos bardo, pasás y listo. Borrón y cuenta nueva.

Todavía me acuerdo patente de la época en la que mi vieja, viéndome remarla como un condenado con un detergente berreta, me lo presentó como quien presenta a ese amigo medio pelado y buenudo que puede conseguirte un laburo de planta permanente en la Municipalidad.

Dos gotitas de esto y listo el pollo”, me dijo.
(“Listo el pollo es un refrán, no se usa para cocinar, no seas boludo”, aclaró).

Con estos recuerdos en mente, decido agarrar de vuelta el celular y sacar otra foto a la cocina, esta vez blanca como la luna. Y la subo a Twitter.

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Jueves, 10 de septiembre de 2015, 18:17 hs

Gracias por el cumplido. Bueno, supongo que eso fue un cumplido, no? Yo también te quiero mucho, por las dudas Lucio.

De más está decirles que cuando vi esto casi hago plop. Dios me había hablado. No, mejor. El Cif en persona. Porque todo el mundo sabe que, en un mundo sin Dios, lo primero a lo que atinamos como seres conscientes de su propia finitud es trasladar sus poderes mágicos a la política o a la publicidad. Y como a mí nunca se me dio eso de las asambleas, me sentí Moisés cuando Cif me habló desde su cuenta oficial de Twitter en la Argentina.

Habiendo sido, entonces, destinatario de esta experiencia (como ya lo demostré) cuasi-religiosa, me permito sacar un par de conclusiones. La primera y la más importante es la siguiente: era como si mi fiel amigo, el Cif, hubiera cobrado vida. Y no importaba qué botellita en particular lo contuviera en ese momento: todos los Cif eran el Cif. El milagro del packaging consiste en que siga siendo esencialmente el mismo producto no importa cuándo y dónde lo comprés. Si eso no representa a la omnipresencia de Dios, ¿qué carajo lo hace?

Pero además, habla. Y me habla. Y, perdón, no puedo evitar enamorarme un poco. Pero ni siquiera de una persona: de un community manager, por ejemplo. Es la ventaja de no usar Mr. Músculo: me perturba un poco la viril persona del superhéroe doméstico diseñada para amas de casa sexualmente frustradas, algo así como un gigoló de los azulejos. Felizmente, mi Dios era asexuado y pulcro: me hablaba, y era confiable. ¿Qué más podía pedir?

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Sábado, 20 de febrero del 2016, 22:30 horas

Terminando mi primera limpieza integral del año, recuerdo una vez más ese breve affaire con el Cif Crema.

Esa vieja intriga me asalta de nuevo. La escalofriante analogía (que ya demostré válida) entre una experiencia religiosa y una estrategia publicitaria. Esa estructura compleja y multiforme que despliegan los cráneos de la social media para que los objetos inanimados de toda clase cobren vida: espirales para mosquitos, jugos en tetrabrick, tampones para mujeres que menstrúan azul. Pienso qué fácil le resultará a un filósofo la trascendencia, ver a Dios, en esta época en la que Dios no es Iglesia ni meditación sino que está en todas partes; pues, dicho y hecho, en todas partes hay manos invisibles revistiendo a objetos comunes de cualidades mágicas.

A veces se me da por imaginar a Marx fregando el piso, a Descartes limpiando la letrina. ¿Lo habrán hecho alguna vez? Y pienso qué mundana es la imagen de un filósofo limpiando… porque, por supuesto, en la época de los filósofos no existía el Cif Crema. Hoy, pareciera como si los filósofos no fueran más que perejiles bajados a empujones de la torre de Martello, obligados no sólo a escribir sus tratados con biromes Bic sino a ir al supermercado al menos una vez por semana.

Yo estoy tranquilo porque no soy filósofo ni mucho menos y si hay algo que le encanta al mediocre es cuando el universo nivela para abajo. Yo ya tuve mi conversación con Dios. Y, si bien fue breve, ya puedo andar por los asados como un iluminado presumiendo:

cif productos

Giles, ¡a mí me respondió el Cif Crema!


 

 

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