Ni nuestro cuerpo ni nuestra memoria: somos lo que amamos

[Identidad. Cuerpo. Clive Wearing. Barco de Teseo. Minotauro. William McGuire Bryson. John Locke. Teoría del cuerpo. Teoría de la memoria ]

por Gaspar Roulet (@RouletGaspar )

Estoy realmente, superlativamente, perfectamente despierto (por primera vez) Clive Wearing

La historia de Teseo y el Minotauro es de conocimiento popular, pero hoy no voy a contar esta aventura épica, sólo me interesa hacer foco en uno de sus elementos, el barco de Teseo (literalmente hablando). La metafísica de la identidad plantea una incógnita bajo el nombre de “El barco de Teseo” y consiste en lo siguiente: en primer lugar, pensar que éste (el barco) está amarrado en un puerto para su exhibición, como si de una pieza de museo se tratase. Como es natural, con el paso de los años la madera del barco se va pudriendo y es reemplazada, de a pedazos, por una nueva. Al cabo de cien años la totalidad del barco está compuesta por esas piezas no-originales. Teniendo en cuenta eso, si ya no tiene sus partes “verdaderas”, ¿sigue siendo el barco de Teseo o es una embarcación diferente?

En segundo lugar, suponiendo que todas las piezas podridas fuesen guardadas y por un milagro de la ciencia pudiesen ser recuperadas de la podredumbre, si fuésemos a unir nuevamente esas partes ¿este reensamblaje sería el barco de Teseo original o lo sería el de la madera nueva?

No es una pregunta retórica, es en serio: ¿cuál es para vos el barco de Teseo? (Spoiler alert: elegiste la respuesta correcta) 

Recuerdos de facebook

Creo que no hay persona en el planeta que disfrute esta pequeña función de la red social de nuestro Gran Hermano new age Mark Zuckerberg. De hecho, mucha gente dice “ya no soy esa persona” al encontrarse con una foto antigua que consideran ridícula y ¿saben qué? Es verdad.

Hay una disputa famosa en el mundo de la ciencia que tiene como base la interrogante de cuánto tiempo demora el cuerpo humano en reemplazar todas sus células (aunque hay partes que no se reemplazan, por ejemplo los dientes) Las respuestas a esta pregunta nos otorgan un período de “renovación total” que oscila entre los 7 y los 15 años. O sea, a nivel físico, no sos la misma persona que eras hace esa cantidad de tiempo.

William McGuire Bryson es un periodista, escritor de viajes y divulgador científico (entre muchas otras cosas) a quien traigo a cuento por uno de sus trabajos: A Short History of Nearly Everything (Una breve historia de casi todo). En este libro, él sostiene que debido al gran número de átomos en nuestro cuerpo y gracias a nuestro constante reemplazo de éstos por otros, a grosso modo, un billón de los átomos de tu cuerpo (sí, el tuyo, el que está leyendo estas palabras) pertenecieron a Shakespeare. Pero no se detiene ahí, el célebre escritor no es la única fuente de tus átomos, también lo son Beethoven, Rosa Parks, Simone de Beauvoir, Einstein, Messi y todos los seres humanos y cosas que existen y existieron.

Entonces nos damos cuenta que somos el barco de Teseo. Nuestras partes son reemplazadas, no todas a la vez sino muy lentamente, al punto que llegamos a transformarnos en un nuevo ser compuesto de retazos de otras personas y cosas, una suerte de Frankenstein a nivel cuántico. ¿Entonces quiénes somos? Si nuestros cuerpos no definen nuestra identidad, nuestro yo, ¿qué lo hace?

Lo que importa es lo
de adentro

En estos intentos científicos de responder cuál es el
componente principal de nuestra identidad, hay dos corrientes en choque: la teoría del cuerpo, que postula que
mientras no cambiemos de cuerpo desde que nacemos hasta nuestra muerte
seguiremos siendo nosotros mismos (ya vimos que a nivel atómico esto no sucede).

Por otro lado, John Locke es quién nos ofrece otra respuesta, partiendo de la premisa de que lo que te vuelve “vos” es tu conciencia. Pero él se dio cuenta que no mantenemos un solo hilo de consciencia a lo largo de nuestra vida, nuestro yo que se despierta después de dormir recuerda quiénes éramos antes de acostarnos, pero no en su totalidad. Nace así la teoría de la memoria, que sostiene que nuestra identidad se mantiene porque retenemos recuerdos sobre nosotros en diferentes puntos de nuestra vida y cada una de ellos está conectado a uno que lo antecede.

De todos modos esta teoría también es imperfecta, por dos razones: la primera es que entonces vos no serías “vos” hasta que tuvieras un evento para recordar.  Vos, al igual que yo y que cualquiera, no te acordás del momento en que naciste, entonces ¿eso hace que no seas esa persona que nació? La segunda es más trágica: sabemos que la demencia y el alzheimer son enfermedades comunes que comienzan a aparecer una vez que entramos en la llamada “tercera edad”. Debido a ellas perdemos la memoria, cada vez más, al punto de que dejamos de reconocer a otras personas e incluso a nosotros/as mismos/as. ¿Eso hace que perdamos nuestra identidad, que seamos otras personas? No.

La respuesta que hayas elegido al enigma del barco de Teseo revela mucho sobre con cuál teoría estás más de acuerdo: si pensás que el barco con las piezas reemplazadas una a una es el “verdadero”estás en la línea de Locke, donde lo que identifica a algo no son sus partes, sino “lo inmutable de adentro”. Si, por otro lado, elegiste la reconstrucción a partir de las maderas guardadas, estás de acuerdo con la teoría del cuerpo, donde el barco con las piezas reemplazadas no es el verdadero justamente porque no son sus piezas las que han participado de las épicas travesías de Teseo.

La mitología del ser

Clive Wearing es un director de orquesta nacido en Gran Bretaña en el año 1938. Su nombre quizás no sea tan conocido pero es víctima de una de las peores enfermedades que el ser humano puede sufrir: posee amnesia anterógrada y, además, amnesia retrógrada. Esto significa que no sólo no puede recordar cosas sobre su pasado, sino que no puede formar nuevos recuerdos, lo cual hace que, cada aproximadamente 30 segundos, se encuentre ante un mundo nuevo, donde no recuerda (ni recordará) haber vivido.

Luego de pasar años en esta situación a la que él califica como “estar muerto”, creó un sistema para intentar no olvidar: su diario. Tristemente, de poco le sirve, ya que (al día de hoy) está compuesto por numerosas páginas escritas hasta en los márgenes, pero siempre repitiendo variantes de un mismo sentimiento:

 “4:56 pm. Esta vez, completamente despierto”

 “4:58 pm. Esta vez,
definitivamente despierto”

 “5:00 pm. Estoy vivo, propiamente despierto”

Así durante páginas y páginas que acumulan años de despertares
fallidos, de recuperaciones tenues y fugaces de su conciencia.

Sin embargo, hay alguien a quien Clive no puede olvidar: su esposa Deborah. Ella lo visita en el lugar donde está bajo cuidados médicos y él siempre, sin falta, la reconoce y llora. Disfrutan de sus momentos juntos mientras el encuentro dura, pero después de que ella se va, él la llama por teléfono y le deja mensajes pidiéndole que lo visite. Un amor que existió antes de que él perdiera la memoria muere y renace con él cada vez, cada 30 segundos, por más de 20 años hasta la fecha.

También hay otra única cosa que él no puede olvidar, que resurge de las cenizas una y otra vez, la música. Canta, toca el piano y aprende canciones nuevas cada día, volviendo así a ser Clive Wearing, al menos hasta que la última onda de sonido provocada por él desaparece en la distancia junto a su memoria.

Él cambió sus átomos cinco veces como mínimo (tiene 80
años), su cuerpo no es el mismo, no posee memorias sobre su vida que lo
conecten a ese director de orquesta que supo ser. Por ende, la teoría de la
memoria y del cuerpo no aplican a una persona como él, pero no por eso dejó de
ser quien es.

Por lo que la memoria y el cuerpo poco importan realmente. Es de las cosas que nos hacen sentir vivos, que nos permiten alcanzar ese clímax que no está atado por siempre a la memoria ni al cuerpo, que está compuesta nuestra identidad. El amor, las ganas de cantar, tocar el piano, correr, dibujar, hacer un deporte, en fin, lo que sea que ames verdaderamente. Esas cosas son las que de verdad nos vuelven nosotros, son las que nos conectan al mundo, las que nos dan los momentos en los que estamos despiertos, “completamente despiertos”.

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