No sé cómo llegué acá y no entiendo nada

Por Abril Fernández

Apenas pasado el año 2000, conectarse a Internet significaba oír una serie de ruidos marcianos salir del escritorio de la computadora, esperar; abrir el explorador, esperar; conectarse al mail, borrar un par de FW: y de spam y, luego… bueno, no se podía hacer mucho más que eso. Se podía chatear, por ejemplo. Pero el casi inexistente ancho de banda impedía la existencia de juegos en red, radios, vídeos, imágenes de buena definición, entre otras cosas.

Es así que, durante una silenciosa y aburrida siesta, terminé viendo el sitio de un señor llamado Banksy. No sé cómo llegué acá y no entiendo nada. Hay fotos de stencils de ratas por todos lados, parece que las pinta él. El menú es mínimo, se pueden hacer muy pocas cosas: navegar por las galerías de fotos, leer algunas ideas sueltas escritas en una especie de mini manifiestos, o chusmear algunos mails que recibió y reprodujo. Hay un par de hate mails (correos de odio), otros lo adoran, otros le tiran ideas. ¿Y si le mando uno?

En las primeras versiones de su página se podían descargar las siluetas de ratas para que las copiaras y las pintaras donde quisieras. Hasta traía un aviso de él que te daba permiso y ganas de hacerlo. Nada de copyrights. Ningún derecho de autor. Cuando su mente entró en ebullición surgieron muchos modelos más de siluetas vectorizadas para copiar tranquilamente: unos policías besándose, una nena a la que el viento le lleva el globo, un chico que protesta a punto de arrojar una molotov hecha de flores.

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Poner “Banksy” o “Bansky” o “stencil rats” en los dos buscadores que había entonces no ayudaba mucho. Sólo aparecían algunas noticias de diarios ingleses hablando del vándalo que no podían atrapar. El Reino Unido no era tan bonito si este pibe le pintaba alimañas por todos lados. A él no le importaba. Por cada rata que la Ley mandaba a tapar nacía otra más ingeniosa, o aparecía un mono con chaleco, o un baldazo de pintura amarilla en un callejón. Y no había mucho más para mostrar.

Así, con pocos datos y encima en inglés, hice lo que Internet me había enseñado a hacer en ese tiempo: esperé. Volví a visitar su página cada tanto; la actualizaba poco, todo era muy controlado porque de verdad había muchas ganas de descubrirlo, de saber quién era. El enigma Banksy se desarrollaba así, muy de a poco, lenta pero calculadamente. Hasta que empezó a trascender su fama local y a expandir su mensaje profundamente antisistema.

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Primero fue Barcelona. El Zoo de la ciudad amaneció un día con inscripciones dentro de las cuevas donde vivían los animales: marcas de palitos tachados de a varios, como los que se usan para contar los días en prisión. Las obras no duraron nada, fueron eliminadas al día siguiente, no se alcanzó a obtener registro de ellas. Banksy insistió con el stencil de su nombre, unos días más, hasta que consiguió tomar un par de fotos. (1)

Luego Londres, Nueva York o Los Ángeles se volvieron destinos artísticos familiares para el stencilero estrella. Sus intervenciones se miden según el impacto policial que causan, la sorpresa urbana que provocan, los titulares que hace brotar. Pronto llegarían pintadas en Gaza o en Nueva Orleans, motivadas por las situaciones de emergencia humanitaria que estas ciudades tuvieron (y todavía tienen) que atravesar. Cada silueta o mural encripta significados tan puntuales e ingeniosos que vale la pena preguntarse por qué ese chico remonta una heladera en vez de un barrilete, o qué es lo que sostiene las hamacas de los niños en aquel dibujo. (2)

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Mas cuando la fama llega, nada parece ser suficiente. Ni para el artista ni para sus seguidores. En el año 2006, en California, Banksy vuelve a conectar al arte con los derechos humanos y, ya que está,  con superestrellas que se dan una vuelta, como Brad Pitt. La muestra ocurre en cercanías de un elefante vivo y pintado, todos metidos adentro de un galpón. El escándalo es inminente, los protectores de animales protestan: el catálogo de la muestra que circula entre los presentes dice que “Hay 20 billones de personas viviendo bajo la línea de la pobreza. Hay un elefante en la habitación”. (3)

Otras incursiones fueron mucho más divertidas: en algunos museos se dio el lujo de colgar, a plena luz del día y durante las visitas guiadas, obras apócrifas. En una de ellas Hitler contemplaba un paisaje extasiado, sentado en un banco. En otra, dibujado sobre una piedra imitando algún estilo primitivo, un hombrecito tiraba de un carro de supermercado. Ubicada en una exhibición de la Prehistoria, su intervención pasó totalmente desapercibida durante un par de días, hasta que él mismo subió una foto a su página web. Recién entonces la roca fue removida (este museo finalmente decidió conservarla, pero para una sección diferente).

Hoy Internet es otra cosa. De su última residencia en Nueva York había novedades a las pocas horas que él las compartía, durante el mes que duraron sus performances, pintadas y happenings seudocapitalistas (4). Ya no necesito perseguir sus huellas porque casi todos los medios alternativos y de arte  lo están haciendo por mí. La cadena HBO también lo seguía y hasta se dio el lujo de editar un especial sobre el artista, usando sólo contenido provisto por fanáticos. Toda una ganga audiovisual: cero costo, mil por ciento ganancias. Para entonces Banksy ya había dirigido su propio documental, Exit Through The Gift Shop, cuya secuencia inicial resume la vida de un graffitero en la ciudad mejor que un millón de palabras.

El 2015 encontró al multifacético artista organizando Dismaland (juego de palabras parodiando a Disneylandia: dismal significa lúgubre), cerca de una playa que frecuentó durante muchos veranos en su juventud. En esta muestra colectiva curada por él hay trabajos de artistas de varias ciudades del mundo, algunos ya conocidos como Damien Hirst o Ben Long, junto con colaboraciones no tan relacionadas con el campo artístico, como la de Wasted Rita. Como él mismo admite en una entrevista, quiso probar algo diferente pero le salió un falso parque de diversiones que deja a sus espectadores con ganas de más.

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Expectativas más, expectativas menos, Banksy sigue ahí para recordarnos lo que siempre dejamos de lado: existe un punto en el que terminan las apariencias y empieza otra realidad.

***

(1) Esta escena es contada por él mismo en su libro Existencilism (2002). Junto con Banging Your Head Against A Brick Wall (2001) y Cut it Out (2004) conforman una trilogía que resume sus primeros años como artista de stencil.

(2) La historia de los refrigeradores alude a una anécdota contada por una sobreviviente del huracán Katrina, quien recordaba personas desechando heladeras ya que no había comida para poner en ellas. Encontrarse con el stencil le había causado simpatía. Los niños se están hamacando alrededor de una torre de control, similar a los panópticos carcelarios.

(3) O quizás el elefante en la habitación era ese mismo panfleto. La población actual de la Tierra es de 7.3 billones de personas.

(4) Banksy puso a un señor X a vender stencils originales pero sin su firma, en un puestito sencillo en una plaza de NY. Vendió unos pocos: al día siguiente, subiendo algunas fotos en su sitio, se burló de todos los que nos perdimos la oportunidad de tener un Banksy “auténtico” por unos pocos dólares.


 

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