Nos estamos espiando entre nosotros y no nos importa

[Redes Sociales. Gran Hermano. Libertad. Tecnología. James Stewart. La ventana indiscreta. Privacidad. Exposición]

por Gonzalo Zanini

Somos la generación que vive consumiendo como nunca información ajena en una dieta alimenticia que tendría la capacidad de matarnos de obesidad mórbida si la cantidad de datos e imágenes fuera materializada en grasa. Y esto se debe a que tenemos la libertad para ver al otro, ya sea un amigo, amigo de un amigo, desconocido de un desconocido que conoce a un supuesto conocido tuyo y así, dando inicio a una cadena infinita de seres humanos que desconocemos con mucho orgullo y que están ahí como espectros capaces de cambiar nuestro estado de ánimo.

Como si fuera poco, ante tanta democracia, también tenemos las herramientas más adecuadas para convertirnos en unos mirones profesionalizados: celulares de alta tecnología con pantallas enormes y con redes sociales que se encargan específicamente de representar la vida en HD y desde diversos ángulos. Libertad y tecnología se funden para cumplir con la prehistórica necesidad del ser humano de saber qué están haciendo los demás en sus respectivas cuevas. Solo que ahora, como existe una oportunidad única de hacerlo, saturamos todas las posibilidades: nos inundamos de vidas ajenas concentradas en una pantalla tratando de no morir ahogados en el intento. Ya no nos parece mal meternos en la vida de los demás hasta el punto de conocer, en muchos casos, momentos de intimidad que ni la CIA ni la KGB habrían podido alcanzar. La moral y la ética a la hora de observar la vida de los demás son fantasmas que están cansados de atormentarnos.

¿Cuántas personas respetan las normas de privacidad? ¿Cuánta privacidad es suficiente para una persona que tiene la necesidad de exponerse y de observar? Las leyes están lejos de controlar el modo en el que las personas se exponen y el modo en que esa exposición es devorada por conocidos y desconocidos. Según la empresa de seguridad cibernética Trend Micro, sólo el 38% de las personas sabe manejar la privacidad de los diferentes datos que comparte en las redes sociales. Aceptamos una suerte de contrato (que supuestamente nos protege) pero que nunca nos detenemos a leerlo del todo. Terminamos lanzados a un mundo donde las restricciones no suelen estar muy claras y gozan de mucha ambigüedad. Nuestra privacidad queda abandonada a una intemperie donde las amenazas están bien ocultas pero preparadas para atacar como sutiles pero eficaces depredadores. La gran duda es si la privacidad de las redes sociales realmente es difícil de comprender o si simplemente no lo vemos como algo importante.

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Lo que sucede es que normalizamos el hecho de convertirnos en unos fisgones, en unos mirones patológicos, en unos observadores compulsivos. Normalizamos tanto la conducta de ver la vida de los demás que nos parece totalmente correcto hacerlo. Brindarles nuestra información a millones de desconocidos con millones de intenciones de todo tipo es algo completamente aceptable. Mirar la fotografía de una persona X en una situación Y ya no forma parte de un espionaje: forma parte de la vida diaria. Y muchas veces se nos llena de ansiedad el cuerpo a la hora de encender el celular con la única intención de saber qué están haciendo los demás. El placer inherente a las redes sociales tiene una lógica muy interesante: la atención que podemos llegar a conseguir a través de las diferentes herramientas como el me gusta, corazoncito, fotos hots, comidas favoritas fotografiadas, bebidas favoritas fotografiadas, depresión caprichosa fotografiada, amaneceres, atardeceres, etc., atención que conseguimos como perros falderos desesperados porque alguien nos acaricie las orejas y la pancita, forma parte de un sistema de estímulo-respuesta en el que estamos encadenados con toda la comodidad del mundo.

Lo del perro faldero no es sólo una metáfora: realmente el sistema parece asemejarse al archiconocido método de Pavlov en el que los perros empiezan a salivar ante el sonido de una campana, que es lo que nos suele suceder de una manera análoga cuando recibimos alguna reacción de un comentario o fotografía que compartimos en las redes. Pero el placer que podemos conseguir a través de estas demostraciones virtuales-afectivas ya no son sólo pequeñas dosis de dopamina adquiridas para pasar un buen rato. Ahora no hay límites: cada vez necesitamos más que la campana suene en un eterno presente para quedar satisfechos por un momento ínfimo con la boca abierta como si tuviéramos la mitad del cerebro comido.

Por supuesto, ya no somos el James Stewart de La ventana indiscreta, postrados en un sillón con una cámara con zoom y con la imposibilidad de no poder salir de la habitación por un tiempo. La ventana de Stewart, que daba a un vecindario con unas cuantas personas deambulando, no tiene comparación con la enorme ventana universal que se abre a partir del surgimiento de las redes sociales. Además, simultáneamente, todos tenemos la posibilidad de observar y de ser observados. Es decir, de tener a un montón de James Stewarts observándote en el mismo momento que vos observás a otro James Stewart. Un sistema de intercambio circular, con mucho feedback, de seres observándose todo el tiempo. Un sistema de redes sociales que parece vincularse entre sí de la forma en la que se vinculan las poses orgiásticas más extremas y desaforadas del Kama Sutra.

Que si hay jerarquías a la hora de acceder a la información es algo que últimamente se está poniendo cada vez más en evidencia. Y es alarmante. Por supuesto que hay personas que tienen más acceso a información que otras. Personas que desconocemos. Pero lo que respecta al mero consumo diario de productos visuales, audiovisuales y textuales no es un problema. No importan las jerarquías: todos se sienten libres de observar al otro y sienten a su vez placer por ser observados. Todos entramos en una capsula inhibidora que nos genera la sensación de sentirnos totalmente libres para decodificar cualquier tipo de información.

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Y nos sentimos así de libres porque no tenemos a nadie a nuestro lado mirándonos mal, insinuando el tremendo error de nuestro acto. Con el celular en la mano, pasando imágenes de desconocidos cada tres segundos ¿puede alguien castigarte? Y si nadie te castiga ¿lo vas a seguir haciendo? Por supuesto que sí, total no hay reprimenda, nadie va interrumpir tu proceso de observación. Nos encanta, nos fascina saber que no vamos a recibir ningún tipo de castigo moral o físico cuando vemos la vida privada de los demás (vida privada resumida en oraciones cortas e imágenes trucadas, efímeras y genéricas). La tranquilidad inigualable y orgásmica de saber que estás viendo algo que no te corresponde pero nadie te dice nada al respecto es una tranquilidad peligrosa, pero que contamina a todos los usuarios.

Y en realidad es eso lo que más nos atrae, lo que más nos llama la atención, volviéndose la dosis parasitaria que nos corroe por dentro: el momento en el que observamos la información/fotografía de alguien sin que nadie nos diga nada, creyendo que somos invisibles. Probablemente sólo nos quede sonreír, aparentar cierta belleza, lucir agradables, por si las dudas alguien nos esté observando.

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