Padres contra hijos: el ciclo sin fin

[Adultos. Adolescencia. Juvenoia. Michael Stevens. Brecha generacional. David Finkelhor. Rebeldía. Sócrates. Endel Tulving. Recuerdos]

por Gaspar Roulet (@RouletGaspar)

La constante crítica por su accionar es, a mi parecer, lo que motiva al espíritu juvenil a tener ese accionar “rebelde” tan característico. La lucha simbólica de los y las adolescentes contra los adultos es una batalla que se da desde siempre: “los jóvenes de hoy en día ya no distinguen el mal del bien” dice el bit cómico musical del grupo Les Luthiers. Desde la música hasta la vestimenta, pasando por los pasatiempos y concepciones del amor, la “grieta generacional” parece un capricho incomprensible de esa persona adulta que nos dice que lo que hacemos atenta contra el “buen vivir”. De todos modos, no debemos dejar de lado un dato de vital importancia: los adultos fueron alguna vez los “jóvenes de hoy en día” y también sufrieron críticas. Y sí, así como ellos pasaron de “rebeldes” a “autoritarios”, el mismo camino recorrerá esta generación y todas las que le sigan.

Etiquetando al fenómeno

Este conflicto entre el mundo adulto y el adolescente tiene un nombre: juvenoia, término al que llegué a través del profesor estadounidense Michael Stevens. Propuesto por el sociólogo David Finkelhor, la juvenoia supone un miedo exagerado hacia los elementos que influencian la vida de, justamente, “los jóvenes de hoy en día”: el temor de que estos se dejen llevar hacia el mundo de las drogas y el descontrol por las líricas de Duki, que se vuelvan violentos por el videojuego GTA V, o incluso que se vean alejados de los estudios por concentrarse en juntar likes para sus fotos de Instagram, son todos parte de este fenómeno psico-social.

“Oh, en mis tiempos todo era mejor” es la frase que se escapa de la boca de una persona adulta que ha visto pasar su vida y se encuentra ahora impotente ante fenómenos culturales que le resultan incomprensibles, inauditos e, incluso, malvados.

Una batalla milenaria

“Los jóvenes de hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida y le faltan el respeto a sus maestros”. Esta frase (a excepción de la poco común palabra tiranos) parece dicha por cualquier padre del siglo XXI que se ve abrumado por el comportamiento de su hijo o hija y sus pares adolescentes. Sin embargo, esta afirmación pertenece a Sócrates, que falleció 400 años antes del supuesto nacimiento de Cristo. Parece que la rebeldía viene de fábrica.

Continuando este pequeño recorrido histórico de esta constante lucha, me permito saltar un poco más de mil años en el tiempo y traer a colación otra cita: “Hay una degeneración mental creciente en grandes grupos de personas (…) un cerebro incapaz de trabajar correctamente, debido al apuro y la ansiedad de la vida moderna, con sus facilidades para el transporte y su casi instantánea comunicación entre puntos remotos del globo”. Una crítica más dura, “degeneración mental”, parece una construcción semántica un poco exagerada, pero ciertamente no lo era para la revista The Churchman que, como se aprecia en la cita del párrafo anterior (volumen 71, 1895) estaba bastante descontenta respecto al accionar de los jóvenes de las grandes ciudades. Si el telégrafo fue capaz de provocar esa reacción es inimaginable lo que whatsapp hubiera causado en los redactores y editores de la revista.

Finalmente, sitúo la última parada no en un año ni autor específico, sino en la sociedad post internet. “Ahora buscan todo en google, tienen todo servido, en mi época había que ir a la biblioteca y leer libros enteros para encontrar la respuesta”. Quizás esta no sea tan escuchada, pero es el reflejo de la realidad en la que vivían los adultos que conforman la generación previa a la Millennial. ¿Se trata de enojo por el miedo a una sociedad que pierda el hábito de la lectura, celos por no haber tenido la misma posibilidad en el pasado o es simplemente una añoranza de los viejos tiempos? La respuesta es incierta, pero abre un nuevo interrogante.

¿Realmente existen los viejos tiempos?

Buscando una explicación al por qué de esta ancestral confrontación, el aprecio por los tiempos pasados aparece como denominador común de toda crítica a la actualidad. Sin embargo, esta añoranza no resulta un argumento válido, ya que como muchos psicólogos y psicólogas han mostrado a lo largo de la historia, los recuerdos se reformulan.

Endel Tulving (psicólogo experimental ruso) contribuye a esta idea al señalar que es imposible para el ser humano guardar con lujo de detalle una experiencia, por lo que siempre hay aspectos de esos momentos que, traídos de vuelta a la actualidad, se ven modificados a fin de llenar vacíos. Esto sin tener en cuenta incluso que mayormente nuestros recuerdos se basan en nuestro estado emocional tanto a la hora del suceso a rememorar en cuestión como en el momento de la recapitulación de la experiencia en sí.

Por eso, el concepto de “en mis tiempos todo era mejor” es completamente falaz: puede ser que se recuerde ese momento desde la felicidad actual o pasada. También existe la posibilidad de que este se rememore desde la porción de la realidad que confluye con los esquemas de valores actuales.

Este último aspecto también influye en otra cuestión, desde la cual surgen dos interrogantes interrelacionados que me tomo la libertad de dejar abiertos para quien sea que los esté leyendo: ¿acaso el ir modificando nuestro esquema de valores con el correr del tiempo no nos hace cambiar la perspectiva sobre cosas que siempre estuvieron ahí? Y, por ende, ¿no será que los “peligros” a los que hoy los adultos le temen siempre estuvieron ahí pero su juventud no les permitía verlos?

Además, es necesario traer a colación que estas preocupaciones que poseen los adultos no son las mismas que las que tenían hace miles de años. En la antigua familia griega, era primordial que el hijo varón se desenvolviera correctamente en la escuela (a la que sólo asistían varones) para luego ser llevado al ejército y ser un soldado que sirviese a la comunidad. Las mujeres, por su parte, estaban destinadas a ser amas de casa, ningún otro futuro afloraba para ellas. Esto ya es cosa del pasado y ya no sucede (al menos en las sociedades occidentales). Entonces vemos que sí, evidentemente los “peligros” no son los mismos, ya no es preocupación que los varones no sean soldados que sientan devoción por la patria, así como tampoco es un peligro la escolarización de las mujeres. Los roles de los adolescentes cambiaron.

Acercándonos más a nuestra época, la escolaridad mixta ha servido como una base importante en la creación de un lunfardo juvenil que, en suma a la gama de productos que se crean para adolescentes, permite dotar de una identidad más o menos homogénea (dejando de lado la individualidad de cada tribu urbana) a la juventud en general, generando para esta nuevos objetivos a alcanzar.

Pero ésta es un arma de doble filo ya que, si bien les permite tener herramientas para asociarse fácilmente con sus pares, al mismo tiempo le da uniformidad al ideal de “joven de hoy en día”, volviéndolo más identificable en la eterna disputa que implica la Juvenoia.

Los 70’s y 80’s vs Duki

 La música es una de las principales expresiones culturales. La generación X (1961-1981) contiene a las personas testigos del surgimiento y caída de bandas históricas. El propósito de enfrentar al rock de las décadas del 70 y 80 con Duki se da bajo la premisa de responder a la incógnita de si realmente existe alguna especie de “involución cultural”. La pregunta parte del hecho de que es moneda corriente que la música de moda entre los jóvenes sea criticada por su “sencillez” (sea lírica o a nivel de composición). INXS, AC/DC, Guns N’ Roses, Prince y Duran Duran son posicionados por sobre Duki, Perras on The Beach, Usted Señálemelo, Paulo Londra y Louta.

“Yo estaba parado, tu estabas allí, dos mundos chocaron y nunca nos podrán separar” es el estribillo de la canción “Never tear us apart” del álbum Kicks que lanzó INXS en 1987. Por otro lado, “She don’t give a fo, she don’t give a fo, she don’t give a fo, she don’t give a fo” es el estribillo de la canción “She don’t give a fo” de Duki, lanzada en 2017.Pensando en estos casos, el tinte poético de la canción del ochentoso grupo norteamericano puede verse más complejo lírica y musicalmente que el tema más escuchado en Argentina en 2017. Sin embargo, esto sería tomar muestras específicas que inclinen la balanza de manera injusta. Es que, más allá de lo subjetivo que es el hecho de considerar a una canción buena o mala (con todo lo que eso implica), el elegir este tipo de ejemplos es negar una realidad que es atemporal: en todo momento histórico hubo producciones culturales más simples y más complejas.

Como prueba de la veracidad de esa última afirmación:

“Saltando por allí, toda la noche, saltando y saltando, depende de ti” (INXS, Saltando, 1980).

“Aunque ella me cure, juro que ya estoy al borde, quiero encontrarla porque creo que me enamoré” (Duki, Mi Chain de Roque, 2018).

Venerando libros y rompiendo teles

Leer es una actividad incuestionablemente rica, que dota a aquellos que la practican de un léxico más complejo, así como también de un conocimiento más elevado en cultura general. Sin embargo, la lectura no es el único medio que el ser humano posee para culturizarse. “Tenés que leer más y no mirar tanta televisión”, otra de las tantas frases del manual del adulto, que creció con los libros como narradores de historias en ratos libres y transmisores de conocimiento en las aulas a la hora de ir a clases.

Lo cierto es que la llamada “cultura de masas”, que tuvo sus primeros pasos en la televisión y la radio y sufrió un potenciamiento incalculable desde la llegada de internet, hoy por hoy transmite igual o más contenido cultural valioso que cualquier libro. Ignorar los aportes de grandes películas o series televisivas es negar la existencia de nuevas expresiones culturales, basadas mayormente en la narrativa audiovisual. El famoso “show don’t tell” parece ser uno de los mandamientos de la transmisión de conocimiento actual, dominada por la imagen y el video. Esto, combinado con la posibilidad que nos brinda internet de comunicarnos con personas ajenas a nuestros círculos sociales diarios, permite que discutamos y contemplemos miradas nuevas sobre productos culturales actuales y pasados, resignificándolos y estudiándolos al detalle a través de los ojos y la mente de alguien con quien, de no ser por la existencia de los medios modernos de comunicación, jamás hubiéramos tenido contacto.

Decir esto no es negar la importancia de la lectura, ni mucho menos quitarle mérito a los libros como bastiones del conocimiento y la cultura humana. Es simplemente plantear que su tiempo en el centro del panorama intelectual quizás esté llegando a su fin, no para acabar en su extinción, sino para que se reubiquen en otra área.

Romper el ciclo

 Los romanos, egipcios, griegos, Baby Boomers, la Generación X, todos han repetido el ciclo. Añorar el pasado, criticar el presente, y vaticinar un oscuro futuro se ve como algo inevitable. Esto no quiere decir que no haya adultos que estén a favor de los cambios que la juventud plantea, pero son contados. Hoy, o más precisamente desde 1982 a 2004, los Millennials estamos dejando (o han dejado, en el caso de los más antiguos de esta oleada generacional) de ser aquellos desafiantes de lo impuesto, del status quo. La mortalidad de la adolescencia está en el horizonte y nos dirigimos, lentos pero seguros, hacia el confort de lo conocido, nuestro hogar simbólico, adornado con nuestras subjetividades pasadas y esos recuerdos difusos de un pasado brillante, donde quedaron (o quedarán) nuestras mejores épocas, para ir hacia el ropero y ponernos ese nuevo outfit de adulto, compuesto por retazos de ese que alguna vez supo ser el que usara un joven rebelde, nuestro joven rebelde.

En un contexto político y social eternamente cambiante, está en nosotros no ser ese ex-joven que añora sus años dorados y repele a quienes tienen la oportunidad de disfrutarlos, hay que plagar este nuevo (y a la vez viejo) traje con ideales de cambio y aceptación a lo que viene, más que con grises y poco definidos recuerdos de lo que alguna vez fuimos.

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