Poliamor: ¿utopia o chantaje?

[Poliamor. Redes sociales. Relación tóxica. Vínculos. Responsabilidad afectiva. Pareja. Amor. Romántico. Monogamia. Familia. Trabajo]

por Lara Nicolás (@laranicolas_)

Hay una premisa fundamental del mundo informacional: no podemos escapar, por más que lo deseemos, de la agenda de las redes sociales y por esto mismo tengo que agregar que no sé con con seguridad cuándo escuche por primera vez el término poliamor.

Si me preguntaban hace dos años que era, hubiese contestado que un sinsentido, algo sin pies ni cabeza jugando de farsante en la canasta de tantos otros nuevos términos. Tampoco sé en qué momento esta palabra fue adentrándose en el vocabulario cotidiano, cuando ví la primera historia de instagram que la nombraba, ni a partir de qué día se volvió el tema de conversación por excelencia en las juntadas con amigos.

Hasta hace poco, para relacionarse con otro de manera sexo afectiva se debía seguir una receta de fórmulas y leyes implícitas. Durante años la vida se edificó en relación a los ejes de productividad configurados en torno a dos grandes pilares: la familia y el trabajo.

Encontrar una pareja, por lo menos hasta mitades del siglo pasado, tenía más que ver con asentarse socialmente en el modo de producción capitalista que con cualquier idea de amor vendida para satisfacer las necesidades del ocio. Entonces, el amor romántico fue echando raíces en las representaciones sociales como algo que se balanceaba entre lo inalcanzable y lo perfectamente mundano. Y nada tiene que ver que no se pueda elegir en el amor, como decía Cortázar, cuando se trata de una operación mecánica orientada a maximizar los beneficios que puede otorgar el sistema. Conocer a alguien, casarse, formar una familia, trabajar, listado simple de pasos a seguir para vivir, al menos, en calma.

Durante meses repetí, junto a mis amigos, la hipótesis de que cualquier relación monogámica es una relación de poderes desiguales. Alguien domina y alguien juega el rol de subordinado, alguien ama más, alguien sufre más. En esta seguidilla de frases que viajaban directo desde las redes hacia nuestras bocas, se reiteraban siempre las mismas expresiones: responsabilidad afectiva, toxicidad, vínculos.

Lo que hacemos todos, en un punto, es ponernos en el lugar de grandes intelectuales que repiten lo mismo cansando al resto sin darse cuenta. Pasando por alto, también, que ningún sentido tiene buscar palabras difíciles para explicar algo que nos recorre a todos verticalmente. Si seguimos teorizando una práctica en lugar de desarrollarla desde la experiencia propia, repetimos a la inversa la lógica fantasiosa del amor romántico.

Mientras sigamos parafraseando de manera fanática sin aceptar que cualquier deconstrucción es también un proceso doloroso, no estaremos ni remotamente cerca de construir vínculos afectivos sanos. Partiendo por el hecho de que toda expresión emotiva, por más recubierta de papel de regalo que esté, tiene una base subjetiva. Construir discursos que interpelen lo colectivo relegando el hecho de que todos sentimos y vivimos de maneras distintas a un mero efecto secundario, vuelve imposible cualquier cambio interno en las estructuras de las relaciones.

Hay dos posibilidades de escape: o bien negamos lo que nos lastima intentando no ir en contra de la corriente, o bien nos trasladamos al otro polo, relacionándonos con cualquier cantidad de personas sin hacer caso de sus emociones, alegando a los principios ya fundados del poliamor como salvataje a nuestro egoísmo.

No estamos siendo capaces de analizar en profundidad lo ligadas que están las nuevas formas de vincularnos al funcionamiento de un mundo posmoderno. Argumentar nuestra individualidad sobre todas las cosas excusándonos en cambios sociales es la mejor estrategia de marketing del mercado.

Aún así, las relaciones monogámicas siempre me parecieron un infierno, ya sea como espectadora o como partícipe. Desde chica entendí que podía enamorarme de distintas personas simultáneamente. Nunca logré ver la fidelidad en términos de compartirse con una sola persona. El poliamor como horizonte es para mi una utopía posible, pero hablar de él como el estado perfecto que algunos alcanzan mientras otros siguen estancados, es simplemente mentirnos. Porque a veces no está tan bueno en la práctica como en su promoción online. Me refiero a que el poliamor también duele, también se estructura siguiendo relaciones de poder, también precisa de un conjunto de reglas.

Nuestra generación hace del bienestar un gusto estético, obligandonos a no desnudar frente a los demás las emociones que no forman parte del catálogo de la felicidad embotellada. Por eso estamos tan negados a ser críticos de nuestras propias experiencias, optando por la opción de tachar de tóxico a cualquier cosa que nos resulte mínimamente dolorosa, como si desaprender y reaprender a vincularnos no fuese un proceso en ocasiones desbordante.

Según la psicología los seres humanos necesitamos definir la naturaleza de una relación para mantenernos estables. Si bien no coincido en que sea necesario poner en cajas con etiquetas los vínculos que mantenemos, lo que estamos haciendo la mayoría del tiempo es taparnos los oídos a lo que el otro necesita decir sobre el carácter de la relación. Me parece clave preguntarnos a qué nos referimos con responsabilidad afectiva, concepto que usamos hasta el hartazgo sin tener en claro ni siquiera qué significa. Considero que no se trata solo de no ghostear a alguien de un día para el otro, sino de ser conscientes que lo que la persona siente y piensa nos interpela a la vez que nos es completamente ajeno. Ajeno porque de ningún modo lograríamos entender al otro en su totalidad.

No pienso que nadie tenga la receta última de las relaciones humanas, creo que se trata de un proceso de constante aprendizaje, que para dar frutos debe ser entendido desde su sentido colectivo. El poliamor no es solo tomar de los demás para saciarnos tanto sexual como afectivamente, sino que requiere empatía, comunicación continua y el aceptar que no se trata de algo fácil.

Quiero decir, es necesario dejar de escupir conceptos reciclados para tener una visión crítica que pueda englobar formas sanas de amar. De otro modo, lo único que estamos haciendo es alargar el paradigma individualista de la posmodernidad, alimentar al sistema perpetuando sus mecanismos ahora disfrazados de libertad.

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