Ponchos: entre Chano, Katy Perry, y la apropiación cultural

[Poncho. Chano. Katy Perry. Wes Anderson. Apropiación cultural. Egito. Urban Outfitters. Navajo Nation. Gucci. Milan Fashion Week]

por Gaspar Roulet (@RouletGaspar)

Hay un elemento en nuestra sociedad que provoca una unidad curiosa entre cosas que no parecen estar relacionadas a simple vista. Desde rastas, pasando por diseños de moda, videoclips de Chano y Katy Perry hasta películas de Wes Anderson, todas estas cosas guardan algo en común. ¿Qué es? O, mejor dicho, ¿quién es? El hombre (en la concepción de la palabra como sinónimo de ser humano) blanco occidental y su histórico avasallamiento sobre el resto de las culturas no occidentales o, en este caso, su apropiación.

La apropiación cultural es un tema que todavía habita la periferia de la psiquis argentina. No ha llegado a los oídos de mucha gente, pero eso no significa que no exista, sino que la queremos ignorar, que la desmerecemos. El término tiene origen en la década del 90 en Estados Unidos, donde la antropología buscaba un modo de englobar a todas las circunstancias adversas que enfrentaban los afroamericanos en ese país.

Sin embargo, hoy su significado se ha ampliado e implica la adopción de aspectos característicos y significativos de una cultura ajena a la propia, generalmente con objetivos estéticos en el caso de peinados o vestimentas, pero siempre con un trasfondo lucrativo, lo que hace que sean apropiados también comidas y diversos elementos de otras índoles. Esta apropiación implica una relación de superioridad y dominio: la cultura que sustrae elementos de otras es la dominante, la damnificada es la dominada.

La globalización no es excusa 

Las redes nos permiten expresarnos libremente, podemos plasmar nuestras ideas, trabajos y sentimientos de manera libre, logrando que estos lleguen a distintas partes del mundo. La globalización rompe las fronteras y nos acerca a otras realidades donde la curiosidad por saber sobre el otro nos gana.

El problema radica en el carácter natural de la globalización, el de la percepción de la cotidianeidad como un conjunto de productos y no de realidades que confluyen. Nuestro interés por el otro pasa a ser mayormente superficial, lo miramos en relación a nosotros y sin tener en cuenta su contexto, es un juego de comparaciones. El otro es aquel que no es como yo, el que no se pone una campera sino un poncho, el que tiene pelo rizado, muy diferente al mío. Así, el poncho pasa a ser un artículo de moda, no un abrigo tradicional, que engloba valores e historia; las rastas son “exóticas”, no el producto de una historia de esclavitud. Pasa a ser un prop, un disfraz, siempre a la servidumbre del occidente dominante, de la persona “bien”. El kimono pierde su sentido histórico para ser un disfraz de halloween, las plumas, antes ganadas con mucho esfuerzo por los miembros de una tribu aborigen, pasan a ser un elemento genérico de la concepción occidental del “indio”.

Son estos elementos, mayormente estéticos, los que perecen y se ven despojados de su significación por un mercado voraz de personas que buscan marcar una diferencia en la moda o que quieren lograr su seguridad económica vendiendo y consumiendo estos productos culturales ajenos, simplificando y banalizándolos, al punto de lo absurdo.

Urban Outfitters nos da el ejemplo: sacó una colección de ropa en 2008 bajo la premisa “Estilo Navajo”. Los nativos americanos de la Navajo Nation los demandaron en 2012 y lograron ganar el juicio en 2016, marcando a la compañía como racista a lo largo y ancho de Estados Unidos. Toda la historia cultural de ese grupo, con la complejidad que implica, había sido reducida a no más de doce piezas de indumentaria vendidas en hasta 30 dólares, obviamente, sin que la empresa les consultara previamente y mucho menos aclarara a sus consumidores el origen ni el significado de la simbología que aparecía en esta colección.

En el abanico de la moda podemos apuntar aún más alto y hacer referencia al desfile de presentación de la colección de otoño/invierno 2018 de Gucci en la Milan Fashion Week, un caso mucho más reciente de apropiación cultural en el mundo de la moda. En el desfile se vieron turbantes, bindis y un sinfín de elementos propios de culturas asiáticas, todos despojados de su significancia, de su historia, simplemente metidos en una licuadora y puestos sobre cuerpos en su mayoría blancos para ser vendidos a precios exorbitantes.

¿Hay que hacerse problema?

En esta compra y venta de realidades.zip, la creación y el mantenimiento de estereotipos, así como la generación de más desigualdad son las consecuencias mayores de la transacción. Por lo que sí, hay que hacerse problema.

Cada cultura tiene un trasfondo histórico, un pasado que la ha llevado a ser lo que es hoy, que lleva a que sus miembros se vistan de una determinada manera, coman determinados alimentos y se expresen a nivel artístico de un modo específico. Todo esto para que cientos de años después -genocidio de por medio,- Chano venga y ponga un rayo en un poncho. Pero cuidado, dijo “carnavalito” en una parte de la canción, ahí justificó todo.

O para irnos a otra figura musical, Katy Perry, por ejemplo, realizó una demostración de desconocimiento total a nivel cultural: “vuélveme tu afrodita” dice su canción Dark Horse, donde en el videoclip se la puede ver vestida con distintos elementos que a priori pueden considerarse egipcios, rodeada, además, de personas lookeadas de manera similar. Afrodita es una diosa de la mitología griega. ¿Qué tiene que ver Egipto? No lo sé

Sin embargo, más recientemente, en el año 2017 y buscando una especie de redención, la cantante utilizó trenzas africanas en uno de sus videoclips y además intentó reconocer sus privilegios como persona blanca cisgénero estadounidense en una reunión con una de las principales caras del movimiento, Black Lives Matter.

Justamente un error de los dominantes, en este caso Chano y Katy Perry, como personas que se han criado siguiendo los cánones del occidentalismo, es pensar que los elementos de una cultura solo sirven a fines estéticos dentro de esa cultura en sí, o sea, que no cumplen una función ni tienen un significado demasiado profundo, sino que están ahí “porque son bonitos”.

Beyoncé, en su colaboración con Coldplay hace unos años, Bruno Mars, y su explotación de géneros musicales de origen africano y afroamericano para crear un “estilo propio”, Madonna, en “La Isla Bonita” o “Vogue”: todos son  casos de apropiación cultural.

Pero hasta acá parece que sólo el mundo musical o el de la moda fueran hogar de perpetradores y esto no es así. Podemos señalar, además, dentro del mundo del cine, a Wes Anderson que, con su película “Isle of Dogs”, llevó la apropiación cultural a la pantalla grande.

La historia, a grandes rasgos, es narrada presentando dos tipos de personajes: los humanos y los perros. Ambientada en Japón, todos los personajes humanos hablan en japonés, pero los perros lo hacen en inglés, a través de las voces de actores como Edward Norton o Scarlett Johansson.

El detalle se encuentra en los diálogos, donde las conversaciones de los humanos se encuentran subtituladas y a veces ni siquiera traducidas. Esto lleva a que el vínculo empático se realice con los perros y no con ellos, la barrera idiomática es la separación, lo que dicen los humanos japoneses no importa sino estarían siempre subtitulados o directamente en inglés. Esa marginalización sí se puede ver (literalmente).

La solución: de apropiación a apreciación 

La solución es más simple de lo que parece: se requiere inmersión cultural y apreciación. Esto implica el abandono de la superficialidad comercial del atributo a la hora de evocarlo o producirlo industrialmente. Se necesita un entendimiento básico de la significancia de estos atributos dentro del marco de la cultura desde la cual se los toma prestados, así como también de la significancia que el elemento en cuestión posee dentro de la cultura a la cual uno mismo pertenece. Además, es necesario promover, a partir de este “préstamo”, el entendimiento entre culturas, el apoyo a la sociedad que nos permite utilizar estos elementos y dejar de lado, de una vez, el objetivo económico.

No te hagas rastas nada más porque te parecen lindas, no te disfraces utilizando ropas típicas de otras culturas, no es divertido, eso fomenta el estereotipo, la otredad, la separación. Es momento de saltar a la profundidad social e histórica detrás de un peinado o una prenda.

No seas Chano con un poncho de Gucci.

 

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