Pornofilosofía pre y post

por Manuel Esnaola (@elnoloes84)

A la Pistolera

UNO

Como la industria del tabaco, la maquinaria pornográfica sabe que la curva de la demanda de su producto es, esencialmente, inelástica. ¡No te pongas economicista, Esnaola. Explicate! La cosa es más o menos así: Si la carne vacuna sube de precio, la gente consumirá, por ejemplo, más pollo, uno de los goods sustitutos de la vaca loca. Si por razones equis sobreviniera una gripe aviar transformando a los pollos en zombis, la gente le entraría, seguramente, y no sin cierta exaltación, a la ca-mer-luza. La demanda de estos bienes, vemos, es elástica. Es decir, varía libremente según cambian las condiciones del mercado.

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Muy distinto sucede con el tabaco, el alcohol o, en nuestro caso, la pornografía. Por más que un tifón de polillas santiagueñas ponga precio a nuestra dignidad amenazando con comerse la fibra óptica y entonces los precios del wifi se vayan a las nubes, por más que el moralismo familiar intente arruinarnos la adolescencia con discursos añejados y nos abandone en el borde del acantilado de la exposición pública, por más que debamos embargar el amor de nuestras madres en una casa de empeño que funciona al fondo de un pasillo del Güemes hilarante, es un hecho fáctico, nadie lo discute, que seguiremos consumiendo los vahos de estos productos. Es por ello que decía, al comienzo de esta “fricción” escrita, que la demanda de la pornografía es inelástica. Vamos al segundo round.

DOS

Hay algo de rito en el acontecimiento contemplativo de la pornografía. Como en el cine o la literatura, uno tiene preferencias de género, estilo, estéticas y registros narrativos. Pero el rito no consiste en dar un play desacatado, así al tuntún. La mística comienza mucho antes de la reproducción de la imagen. La pornografía existe primero, hay que decirlo, en el acto ilusorio de la selección. Lo que la mirada ve después, desorbitada, es un regalo, una premiación a ese primer esfuerzo de catalogar el parlamento caótico del deseo. Así, por ejemplo, cuando uno está a dos cuadras de su computadora y camina ensimismado, acaso sin advertir que pasó una vieja con un caniche toy recién salido de la peluquería o colisionó con el hombro de un tipo robusto, lo que en realidad está haciendo es la conjugación de un encierro, una breve cárcel donde las preferencias puedan establecer un criterio de prioridad. De esa maquinaria compleja saldrá un telegrama que consignará la decodificación del mensaje: hoy tengo ganas de ver una escena anal, preferentemente con una pelirroja de pechos chicos, si es de ascendencia eslava mejor, pero que no sobreactúe demasiado. El caminante blanco (?) ya sabe – en perspectiva lo vemos andar con la cabeza erguida, esbozando una leve sonrisa – que deberá buscar su material en X-Art, porque necesita algo soft, anal, es cierto, pero con cariño y ternura, aunque sepa que los atributos serán fingidos. El pornófilo es consciente de que el goce sólo puede erigirse desde el olvido. El ejercicio de ese olvido es su talento más preciado.

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TRES

¿Pornografía de la vergüenza?

La Enciclopedia Británica nos ilustra en algo: a medida que uno crece, mirar pornografía se vuelve una actividad solitaria. Como una enredadera impúdica, crece la vergüenza social y el individuo adulto traza un perímetro de aislamiento, no sólo físico sino también coyuntural. El otro comienza a ser una amenaza, un peligro latente que yace en los cimientos del castillo apócrifo de la lujuria.

Muchos han sabido apelar, con criterio de supervivencia, a la imaginación. En esa cruzada desarrollaron algún rudimento para esconder su mercadería porno. Hay quienes labran minuciosos laberintos. Una carpeta en la computadora, por ejemplo, con el nombre de “Comprobante de pago Servicios 2015”, la cual a su vez contiene doce carpetas más con el detalle de cada mes – enero, febrero, marzo, abril, mayo, junio, julio, agosto, septiembre, noviembre, diciembre – de las cuales se elige un mes específico, no sin cierto rigor cabulero, y adentro de esa carpeta, pongámosle que es “agosto“, se despliegan más carpetas con el desagregado: luz, agua, gas… y así hasta llegar al oasis de espejismos mágicos de la pornografía debidamente disfrazada, esa lista infinita que, mirada desde muy lejos, refleja el rasgo perverso de nuestro rostro.

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Hay también quienes emplean técnicas más sofisticadas. Un ejemplo iluminador nos han dejado aquellos que abren el explorador de internet bajo modo incógnito, también conocido como modo espía. Igual que en el amor, toda transgresión consta de, al menos, tres combinaciones. En este caso, basta con pulsar las teclas Ctrl + Shift + N para que se abra una dimensión cifrada donde ocultar los nombres de nuestras fantasías. El puritano leerá Pagina 12 o Diario Olé, pero el ávido pornófilo sabrá que en la decodificación de esas letras se esconde un varieté infinito de estéticas dentro del género literario pornográfico: amateur, anal, bukkake, japanesse, big tits, squirting, ebony, trans, teens, hentai y así hasta el infinito.

Vamos cerrando este punto con el primer hormigueo en la espalda. Según lo demuestra la experiencia y algunas referencias de la Enciclopedia Británica, a medida que uno va creciendo se desata un proceso de ensimismamiento a la hora de ver pornografía. Hay, por decirlo de un modo poético, una especie de reconciliación con la soledad. Estamos solos sentados en un subibaja que, contra toda ley gravitatoria, funciona perfectamente. Del otro lado hay un “otro” imaginario, ese desconocido que es uno mismo, comiendo una banana y silbando una de John Coltrane. Cuando el subibaja se detenga habrá sucedido un acto reconciliatorio, un blanco y liberador armisticio con el universo.

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CUATRO

Alguna vez lo conté. El vagabundo que se toma una veintena de porrones por día en el cantero de mi edificio, me dijo que tal vez una de las escenas más eróticas de la historia del cine sucede en “Persona”, la película de Ingmar Bergman. La cosa es más o menos así: hay dos amigas conversando en una habitación. La actriz Bibi Anderson le cuenta a Liv Ullman, quien está sentada en una cama, un episodio orgiástico que protagonizó años atrás en la playa. El diálogo, referido siempre con una voz serpenteante y etílica, es algo como: “Katarina le desabrochó los pantalones y comenzó a jugar con él. Cuando él acabó, ella se lo puso entero en la boca. Él se dobló y comenzó a besarle la espalda. Ella se dio vueltas, tomó su cabeza entre las manos y le ofreció los pechos. El quedó tan excitado que comenzó de nuevo (…) Nunca fue tan bueno, antes o después, ¿entendés?”. Lo que el ciruja me quiere hacer entender es que la sexualidad no radica en los cuerpos, sino en el relato que hacemos de nuestras experiencias sexuales. Igual que lo que decía el Negro Fontanarrosa, compara entusiasmado, eso de que el argentino era precoz porque no venía la hora de acabar para ir a contarle a los amigos. En resumidas cuentas, yo no me como ese discurso de que la pornografía es el fin del deseo.

A diferencia del relato en la película de Bergman, en una movie de Nacho Vidal, Pierre Goodman o el mismísimo Rocco Siffredi, no hay nada de sugerente. Los planos son explícitos, el lenguaje obsceno y la piel una versión aceitosa y sucia de nuestra propia sangre. No existen puntos ciegos, todo es captado y magnificado por la lente. Uno asiste a un espectáculo perfectamente montado, un show businnes alimentado por la economía en pleno empleo de nuestras pasiones. El leitmotive de la puesta en escena: un ejercicio de olvido voluntario. Esa es la condición de su existencia. En la lápida del arquitecto de la pornografía como género puede leerse el siguiente epitafio: “Así como Platón tuvo la imaginación de que todo conocimiento no es sino recuerdo, Salomón sentenció que toda novedad no es sino olvido”.

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Cuando los gritos se apagan, las luces de las cosas se apagan y el telón blanco de la obra cae como una guillotina sobre nuestra cabeza, no podemos más que releer la última línea el capítulo 56 de la novela más porno-juvenil que jamás haya existido. Habla, no tengo dudas, de uno mismo y su instrumento para “agarrar” el mundo: “(…) diciéndose que al fin y al cabo algún encuentro había, aunque no pudiera durar más que ese instante terriblemente dulce en el que lo mejor sin lugar a dudas hubiera sido inclinarse apenas hacia fuera y dejarse ir, paf se acabó“.

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