Autor: Manuel Montali (@manuel_montali)

 

La tragedia. Para Martina no había dudas de que ése era el punto de partida. Clara no lo admitiría y, después de todo, desde entonces no era fácil hablar con ella, pero si hubiese una manera de reunir sus fantasmas y mostrárselos como los jirones de carne que eran, la solución (salvación, sanación) quizá sería posible, para ambas. Porque quedaban los traumas, la noche, los maullidos callejeros que le erizaban la piel; sin embargo, lo que rompía cualquier esquema de diván era el tema de Germán. Destrozaba a zarpazos toda la estructura, todo nivel de conciencia o realidad que ellas hubieran tomado hasta entonces como basamento de existencia, por su presencia, tan nítida en su vapor, en su canto de sirena.

Clara no había vuelto a ser la misma después de esa catástrofe, ¿quién hubiera podido? Para Martina eso era obvio, aunque no se limitaba simplemente a un cambio en el estado social, a una corrección de papeles para marcar el giro “casada-viuda”. La truculenta muerte del marido por algo que nunca se supo si fue un tigre, un puma o un loco suelto que se divertía rebanando gente, hubiera trastornado a cualquiera, incluso a ella misma, y en cierta forma ya lo había hecho. Pero de ahí a inventarse una realidad paralela había un trecho difícil de cruzar, aun sobre el lomo de la tragedia. Porque estaba cada vez más convencida de que lo de Clara era un cuento, un sueño que había cruzado la barrera del inconciente para instalarse en su cabeza como algo real. La pobre bailaba de felicidad encima de un arcoíris, estaba rayada como el tigre, loca, turula, perdida, piantada, chiflada, lo cual no tenía nada de gracioso, porque se trataba de su amiga.

El primer indicio, para Martina, había sido el modo en que Clara le había hablado de Germán. Porque lejos de llamarla por teléfono con la excitación que había mostrado con novios anteriores, su marido y algunos amantes eventuales, lejos de correr a contarle con susurros que había conocido a un nuevo hombre, Clara había traído a Germán a la conversación con otro tono, casi con vergüenza, como se pronuncia una excusa.

-¿Cómo vas con la novela? ¿Pudiste seguir avanzando? -le había preguntado Martina una tarde, sondeándola (en complicidad con la madre de su amiga) para ver si de a poco ella retomaba las actividades que había interrumpido con la muerte del marido.

-Últimamente no, estoy mucho tiempo con Germán.

-¿Con quién?

Germán… mi novio. Ya te había contado de él, ¿no?

Así se había enterado de que ella tenía un novio, nada más y nada menos que el primero después de enviudar, lo cual Martina pensaba que, para Clara, debía de ser algo parecido a perder la virginidad por segunda vez, porque desde el accidente, ésta había quedado tan aplastada por la culpa que no se había animado a volver a ver a ninguno de sus amantes, como si a partir de allí llevara el espíritu del marido muerto en una suerte de joroba invisible, un Panóptico desde el cual él vigilaba todo lo que hacía.

Martina le había reprochado varias veces que no había terminado de enterrar al marido y, en el estilo sin-pelos-en-la-lengua y vulgar que la caracterizaba, no había ahorrado metáforas ni juegos de palabras a la hora de explicarle cuál era para ella la mejor forma de terminar de enterrarlo, argumentando con diversos simbolismos fálicos que “un clavo saca otro clavo”. Por eso la había ofendido que Clara no le hubiera dicho antes nada acerca de Germán, el supuesto viajante con el que su amiga se veía desde hacía unas semanas.

-Me da vergüenza, y culpa -se había excusado Clara.

Y miedo, porque la pobre se creía ahora maldecida, condenada a ver cómo le arrebataban el fuego apenas sentía los primeros calorcitos.

Ella le había creído, en principio. Pese a que no se consideraba merecedora de la actitud recelosa de su amiga, después de todo, era entendible: recién habían pasado seis meses de la muerte del marido y era normal que tuviese temor de que la gente la juzgara. Pero entonces comenzaron los “peros”. Primero Clara suspendió un domingo la cerveza que ambas tomaban puntualmente todas las tardes de ese día, desde que habían sido compañeras en la facultad. Ella no había faltado ni siquiera en la semana en que el marido apareció destripado en medio de la calle; es cierto, había sido uno de los espectáculos más tristes que Martina recordara, con Clara sollozando desconsolada después del tercer vaso, para deleite del resto de los parroquianos del bar. Pero de repente, luego de contarle que estaba de novia, el domingo siguiente le mandaba un escueto mensaje de texto por teléfono celular, en el que le pedía disculpas por no poder ir a verla, ya que Germán estaba “justo” ese día en la ciudad.

A Martina esto no le gustó nada, aunque se lo dejó pasar sin reproches, porque sabía que su amiga merecía un poco de diversión tras seis meses de duelo y abstinencia. Sin embargo, que el otro domingo volviera a hacerle lo mismo ya empezó a provocarle un leve escozor contra el tercero en discordia, a quien fue viendo de a poco como a un rival que venía a enturbiar con la carne que le sobraba el feliz remanso de una amistad de años.

Tal vez percibiendo que su amiga estaba molesta con ella, fue Clara quien propuso la cena del miércoles. No obstante, Martina quedó bastante más enojada que antes, debido a que Clara se la pasó dando evasivas ante cada pregunta que le hacía sobre su novio, al punto de que llegó a exigirle fastidiada que le dijera de una vez si era un tipo casado, mayor, menor o raro en algún sentido, a lo que Clara respondió -sin muchas precisiones- que no, que era “perfectamente normal y soltero”.

-Quiero llevar la relación de a poco, sin hacerme mucho la cabeza; eso es lo único que me pasa -dijo.

Clara se fue esa noche sin poder confirmarle si el domingo iría a tomar la cerveza, porque “era probable” que su bendito novio volviera a visitarla ese día, de modo que Martina intentó anticiparse a una nueva ausencia y le propuso que llevara a Germán al bar.

-No creo, me parece que es muy pronto para mostrarnos en público, pero llegado el caso lo charlamos y vemos -le contestó ella.

Martina interpretó que su amiga le daba una negativa indirecta, algo que terminó de corroborar durante el fin de semana, yendo sola una vez más a tomar la cerveza, con un nuevo pedido de disculpas por parte de Clara (disculpas que comenzaba a acumular en su celular como si fueran ejemplares de una colección).

Si bien no quería llegar al extremo de poner a su amiga como bien se dice “entre la espada y la pared”, supo que era momento de presionar un poco, por lo que dejó pasar unos días y luego la llamó con el objeto de coordinar un encuentro para el domingo siguiente. Apenas Clara esbozó un intento de excusa, Martina le dijo que, si le daba vergüenza salir porque estaba con Germán, la única alternativa que le dejaba si quería seguir teniéndola como amiga era tomar juntas la cerveza en su casa, donde de paso podría conocer al dichoso novio que la tenía tan ocupada. Se sintió una amante celosa cuando a su amiga no le quedó más que ceder ante la extorsión, pero feliz de saber que el tal Germán la iba a tener difícil si pretendía monopolizar a Clara.

Hasta entonces no se le había ocurrido pensar lo de la realidad paralela, es decir, que el novio de su amiga fuera ficticio: tenía las peores impresiones de él, lo imaginaba como un machista bruto que se aprovechaba de una viuda vulnerable, pero lejos había estado de sospechar lo que comenzó a preocuparla ese domingo, cuando fue a visitar a Clara y se encontró con que Germán “a último momento” no había podido ir.

-¿Tu novio tiene algún problema conmigo? -le espetó.

-No seas ridícula, ¿cómo va a tener un problema con vos si ni siquiera te conoce?

-¿Y de quién es la culpa?

¿De quién era la culpa? El eco de esa pregunta le quedó zumbando en el oído. De regreso en su casa, quizás un poco más lúcida gracias a la borrachera, esa noche Martina pensó primero que Germán podía ser un pretexto con el cual Clara intentaba aislarse del mundo, encerrarse en su cascarón y sufrir a solas. Pero cuando pasaron algunas semanas y se juntaron nuevas ausencias o compromisos “de último momento” del laborioso viajante, con supuestos regalos que éste le hacía a Clara a modo de disculpas luego de cada falta, entonces Martina empezó a presumir que su amiga podía estar seriamente esquizoide. Por las dudas, una noche en que se juntaron a cenar y Germán -que “había prometido llevar el champagne para brindar al fin con la amiga de su novia”- tuvo que suspender por motivos de trabajo su esperada presencia, Martina le revisó la casa a hurtadillas, sin encontrar pruebas -como muñecos o cadáveres embalsamados- de que se hallaba en una puesta en escena de Psicosis. Pero tratando en vano de rastrear preservativos en el basurero, halló el ticket de una librería, la misma de donde provenía uno de los libros que según Clara era obsequio de su novio.

Antes de decidirse a exponerle sus temores a la madre de su amiga, Martina habló con el director de la escuela donde Clara trabajaba, quien le dijo que ella había mantenido un desempeño profesional “impecable” a pesar de la trágica pérdida de su marido, que no tenía ningún motivo de queja y que incluso en los últimos días la veía “un tanto más animada”.

A Martina le pareció raro que una persona en estado de delirio no manifestara ningún síntoma que llamara la atención en un lugar donde pasaba seis horas por día, de modo que decidió esperar hasta tener una prueba más concreta, por temor de que en realidad fuera ella la que estuviera desequilibrada, personificando a una detective paranoica y celosa. Además, si quería atrapar “in fraganti” a su amiga, debería actuar con mayor cautela, pues era evidente que Clara percibía su suspicacia, ya que luego de sus últimas ausencias, Germán curiosamente le había enviado por intermedio de ella una serie de regalos para que lo perdonara “por no haber tenido aún el placer de conocerla”. Los regalos eran “Let it be” de Los Beatles, en un disco de vinilo de colección, la poesía completa de Alejandra Pizarnik y un kilo de helado. Era obvio que detrás de los obsequios estaba Clara: nadie conocía tanto a Martina como para sobornarla de esa forma magistral.

En consecuencia, intentando sin nuevas escenas recuperar el ritmo habitual de reuniones dominicales en el bar, Martina esperó con paciencia hasta el día en que Clara volvió a plantarla sobre la hora con la excusa de que Germán “justo” había llegado a la ciudad. Frenando al primer taxi que pasó a su lado, voló hasta el departamento de su amiga, llamando desde su celular al teléfono fijo de Clara, para que no tuviera modo de identificar el número.

-¿Hola? -atendió ella luego de un décimo e insistente timbre.

Clara, soy yo, Martina. ¿Estás con Germán? ¿No quieren venirse al bar, así le puedo agradecer personalmente los regalos?

-Ah, mirá, disculpanos, pero Germán no se va a quedar mucho, así que no vamos a poder ir esta noche.

Pensando en dejarla en evidencia con el pedido de que lo pusiera a él al tubo así al menos le “agradecía” por teléfono (dando por seguro que Clara le iba a decir que “justo” Germán había salido a comprar cigarrillos, preservativos o lo que fuera), comprendió que lo mejor era buscar la estrategia para que su amiga le confirmara que su novio estaba allí.

-Bueno, qué lástima. Si lo tenés cerca decile entonces que muchas gracias por el disco, el libro y el helado.

-Dale, yo ahora le digo, no te preocupes.

Martina sonrió antes de despedirse:

-Un beso, Clara.

-Un beso.

Colgó el teléfono, le hizo señas al portero para que la dejara pasar al edificio, tomó el ascensor, fue hacia la puerta de su amiga, esperó unos segundos hasta que se apagó la luz automática del palier (de modo que Clara no pudiera verla desde la mirilla) y dio un par de golpes suaves con el objeto de que no la captara el sensor de movimientos. Nadie atendió. Golpeó nuevamente y le pareció escuchar que su amiga se movía detrás de la puerta, pero no le abrió, como negándose a romper esa barrera simbólica que las tenía en dimensiones paralelas. Entonces perdió la paciencia. Comenzó a dar enérgicos puñetazos que hicieron no sólo que la luz se encendiera, sino que se abriera la puerta de varios vecinos alarmados por el escándalo.

Clara, abrime o vengo con el conserje para tumbar la puerta!

Al instante, ella dejó en claro que podía estar trastornada, pero conservaba el temor al ridículo. Abrió hecha una furia y de un tirón la metió en el departamento.

-¿Qué hacés? ¿Te volviste loca?

Martina vio la mueca desencajada en el rostro de su amiga y por primera vez temió que ella se negara con algo más que las palabras a ser arrastrada hacia la otra realidad, la del otro lado de la puerta, la de los vecinos cuchicheando en el palier, la realidad donde Clara era una viuda enferma que se inventaba un novio para autosatisfacerse en un capullo de paredes más concretas que las de ese departamento. Pero tenía que llevarla hasta la superficie, darla a luz, estrellarla contra la evidencia.

-¿Dónde está Germán? -le exigió.

-¿Dónde va a estar, idiota? ¡En la pieza! ¡Andate, nos estás interrumpiendo!

Ni siquiera le contestó: salió decidida hacia la habitación, aunque se tuvo que frenar para desprenderse de su amiga cuando se le colgó del pelo con un chillido de furia.

-¡Andate! ¡Andate!

-¡No me voy nada! ¡Vos te venís conmigo!

La pelea fue pareja. Martina era más corpulenta y tenía mayores fuerzas que su amiga, fruto de una exigente rutina deportiva que realizaba desde chica. Pero Clara tenía a su favor la rabia, el pánico, y estaba dispuesta a matar a su amiga antes que dejarla avanzar. Martina la vio por primera vez transformada en el tigre, tirando dentelladas y zarpazos asesinos hacia sus ojos. Supo que quería dejarla ciega para que no viera a Germán, o el vacío de Germán. Supo que los cortes en su cara no eran una advertencia. Pero supo también que si quería salvarla, no podía dejarla en el camino, convertida en la bestia. Esquivando una lluvia de manotazos, logró tomar a su amiga desde atrás, envolviéndole los brazos y el cuello en una maniobra que había aprendido tras años de pelear con rivales en partidos de básquet. Así, a medias controlada, bufando y gruñendo pero incapaz de lastimarla, logró arrastrarla hasta la pieza y arrojarla sobre la cama tendida.

-¿Dónde está? ¡Decime! ¿Dónde está Germán?

Sorprendida, Clara miró en derredor, como si en verdad buscara al supuesto novio. Comenzó a llorar un río, una marea fría y salada, cuando notó la ventana abierta.

-¡Se fue! ¡Lo asustaste y no va a volver!

La escena terminó por derrumbarla. Martina se tumbó junto a su amiga, también llorando, y la abrazó.

ClaritaGermán no existe.

Ella intentó sacudirse, librarse de ese abrazo que la sofocaba, aunque ya no tenía energías.

-¿Qué decís? No soy una loca. ¡Germán estaba acá y vos lo asustaste!

-Clarita, mi amor, no estás loca, pero necesitás ayuda. Nunca hubo ningún Germán. Date cuenta…

-¡No!

-Shh… Tranquila, yo estoy para ayudarte. Dejame ayudarte.

-¡No!

-Shh… Tranquila. Sí, tranquila, así me gusta, tranquila.

A Martina le pasó por la cabeza la idea de que el tigre, en realidad, fuera ella, y que acababa de hacer pedazos a la nueva pareja de su amiga. Le dio un poco de pena imponerse de ese modo, pero la alegría de haber triunfado le borró todo rastro de culpa. Se durmió abrazando a Clara, como para que no volviera a escapársele en sueños en pos de otro conejo blanco.

 

*****

Primero fue el llamado por teléfono. Era tarde y ya estaba dormida. Creía recordar haber estado soñando con pisadas, con algo que daba vueltas alrededor de su cama, en la oscuridad, olfateando las sábanas antes de dar el salto. Trató de convencerse de que todo era parte del mismo sueño: la ronda felina, el teléfono, el reproche, el insistente “¿Por qué?”, el llanto, la marea creciente y vergonzosa de la derrota, una tempestad de sal, de abandono, de frío que es más frío cuando se ha conocido el calor. Ella le preguntó de dónde había sacado su número. Recibió la respuesta esperada, obvia, evidente, que no había ronda sino un desplazamiento, una cadena triangular, los ángulos doblándose, dando vueltas pero sin ir a ninguna parte, como en los giroscopios. Supo que había cedido con sólo darle lugar a esa conversación. Dejó que el gato matara a la curiosidad que anidaba en su cama. Lo miró a los ojos y se deslizó ronroneando junto con las sábanas, junto con ese tirón del vértice del triángulo que la desnudó, que la despojó.

 

*****

A Clara le preocupó la repentina reserva de Martina, y le molestó. Apenas si acababan de recuperar el ritmo habitual de reuniones de los domingos, apenas si las cicatrices de la pelea iban desapareciendo a base de cremas y maquillaje, cuando su amiga cedió de pronto todo tipo de control sobre ella.

No supo en principio a qué atribuir su despreocupación, esa ausencia visible que la llevaba a hablar con evasivas y a ni siquiera esforzarse por atosigarla a preguntas sobre lo que hacía o dejaba de hacer. Clara le comentó sus miedos, el terror de que consciente de la verdad sobre Germán, no supiera distinguir de allí en más quién era real y quién no. Pero Martina no le prestó demasiada atención, incluso su burla sonó fingida, al igual que su indiferente “si alguna de las dos no es real, podés apostar que soy yo, porque a mí ni loca se me ocurriría un embrollo como el que vos te imaginaste”.

Clara llegó a confesarle una noche que lo extrañaba.

-¿A tu marido? -le preguntó.

-No, a Germán… Era perfecto.

-Obvio que era perfecto, si vos misma lo inventaste.

Ella se divirtió un rato blasfemando, diciendo que ni Dios había hecho del hombre algo tan perfecto como Germán; se pusieron a discutir ventajas y desventajas del libre albedrío, y todo quedó ahí, en torno al círculo de un vaso de cerveza.

Martina empezó a faltar a las citas y Clara se embriagó varias veces en la confusión, en las dudas, en la sospecha de que su amiga no fuera real, de que todo fuera un nuevo invento suyo, o de que ella misma no fuera real, que fuera un invento de Martina, o de que ambas fueran falsas, el invento de alguien más, probablemente de Germán. Recordó lecturas de Borges, la Matrix y otras historias de hombres soñando mariposas o mariposas soñando hombres, pero se repitió varias veces la popular fórmula de Descartes: pienso, luego existo.

Además, una fantasía no hacía sonar el teléfono, un ente ficticio no podía llamarla de madrugada, como Martina, en pleno llanto, para confesarle que no lo había buscado pero que las cosas se habían dado así, que por favor la perdonase, que la entendiese, que él la había llamado primero, que se habían encontrado y una cosa había llevado a la otra, porque ella, Clara, había tenido razón al decirle a ella, a Martina, que Germán era perfecto, y una cosa había llevado a la otra, un vértice al otro vértice, y al otro, al vórtice, cerrando la figura, el triángulo perfecto o el giroscopio que daba vueltas y vueltas en un juego sin fin.


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