Autor: Pablo Durio (@PabloDurio)

 

Vas a quemarme cada corriente eléctrica de mi cerebro iniciando una de tus larguísimas descargas argumentales sobre el final de los tiempos. Vas a decirme con ojos acusatorios que yo no te entiendo porque estoy destinado a ser el receptor ciego de tus impulsos sordos. Vas a mirarme como si no me conocieras mientras te escabullís en esa fiesta a la que dijimos que sí para terminar descubriendo que lo privado necesita evitar lo público por el gag sombrío de mantenernos a salvo. Vas a demostrarme que yo estoy por fuera de la estructura de tus amigos y darme la esperanza de que pertenezco a la superestructura de tus recuerdos íntimos, de que estoy arrinconado ahí, solo y a la espera de que vos me salves. Vas a creer que no me doy cuenta. En algún momento vas a subir esa foto horrible en la que yo le doy un beso a la persona equivocada rodeado de las luces y los láseres insoportables en la sincronía absurda que entiende nuestros latidos y los uniforma en revoluciones por minuto. Vas a hacerme acordar cuando la vimos morir a ella y vas a decirme que fue por mi culpa. Vas a pararte y repetir una vez más, acompasado por los saltos epilépticos del resto, que ella murió por mi discurso infinito lleno de subterfugios blancos y laberínticos. Vas a intentar citar a Shakespeare y vas a equivocarte. Vas a intentar apretarme el cuello con la seguridad en tus manos de que el contacto con mi piel te estrangula más a vos que a mí.

Voy a verte ser eso que decís que sos y voy a perderme en la multitud fingiendo descuido.

Y cuando mi teléfono suene no voy a atenderte. Y cuando las luces se apaguen no voy a buscarte. Y cuando la niebla de nuestras vidas se disipe en esa disolución fantasmal que indica la recuperación de los parámetros de normalidad de serotonina en nuestras cabezas, voy a recordarte que yo no dejé que Mamá muriera.

Lo bueno de todo esto es que al día siguiente no vamos a acordarnos de nada porque esto no es el final sino el impasse de nuestras vidas al que nos sometemos siempre, para aspirar a la hermosa oportunidad de arrancar de cero (o, quién te dice, de menos que cero) para terminar consiguiendo el olvido voluntario de quien se cree valiente cuando, en realidad, se sabe cobarde.

 

***

Siempre me gustó pelear con vos, siempre creí que mientras tuviésemos esa pelea infantil por el poder nuestro vínculo no se disolvería en un montón de hechos inconexos que solo vos sabrías unir. Siempre admiré esa capacidad, la capacidad que tenes de atribuirle significados literarios a un ecosistema de significantes vacíos. Una vez, cuando éramos chicos, me dijiste que el problema con Alemania era que su himno arrancaba con un “Alemania, Alemania sobre todo, Alemania sobre todo el mundo” y que, en comparación, nuestro himno era el coro indispuesto de un montón de nenas enojadas con Papi porque no las dejaban importar Barbies de otros países. Yo me reí a carcajadas, no sólo porque tu observación me causara gracia sino porque veía en vos un referente de todo lo que yo quería ser.

Después entendí que vos estabas triste. Después entendí que quizás vos eras algo más que todas las declaraciones grandilocuentes, ¿cómo carajo querías que lo supiera en ese entonces? ¿Cómo tenía yo, ingenuo como soy, que entender que vos me estabas advirtiendo que no eras voluntariamente una fachada si no una de las lámparas más brillantes de la luminaria siempre incandescente de nuestra adolescencia?

Siempre me gustó el vodevil de la generación perdida, si hubieses aplicado tu talento en algo más que en el lavado de culpa católica de lo que vos llamabas tu propia enfermedad, hubieses sido el líder infinito de todos los chicos tristes (de los chicos que valen la pena). Y sin embargo no puedo no recordar que fuimos los dos los que decidimos que Mamá muriera, no puedo olvidar que fue mi mano la que sostuvo la tuya cuando aumentamos la dosis de morfina de Mamá, y vos el que recordaste todo los muertos históricos como preso de un mantra incompleto: Heath Ledger, Cory Monteith, Amy Winehouse, Marilyn Monroe, Michael Jackson, Whitney Houston, Brittany Murphy: siempre fuiste la referencia pop dentro de ese fragmento del mundo en el que yo quería ser la contrapostura punk.

Lo único cierto es que Mamá (qué hija de mil puta) nos obligó a mentir y ahora está muerta.

Lo único cierto es que vos me estás pidiendo ahora que juegue la carta de la ingenuidad cuando lo que siempre tuviste escondido en la manga fue el as del sentido.

 

***

Creo que a pesar de creer siempre que yo entendía las cosas mejor que vos lo que sentí el día que matamos a la Madre después de haber visto huir al Padre y mandar a la mierda al Espíritu Santo fue una mezcla de liberación y horror: liberación porque sabía que eso iba a suceder y el hecho de verlo concretarse me daba esa calma levemente reconfortante de ver cumplida la profecía (vamos a terminar matando a Mamá; ah, qué decís ¿por qué siempre tenés que pensar esas cosas?; sabes que al final tengo razón: cuando eso pase no quiero que vengas a pedirme perdón) y horror porque una parte de mi (quizás la más grande pero la menos fabulosa) siempre espera estar equivocada cuando presiente en el aire las cosas malas porvenir en un mundo en el que todos prefieren la esperanza ingenua de obviar las señales para intentar, con una espada de cartón, torcer la condición de piedra del destino. Me sentí un boludo y un nene chiquito, arrinconado en esa esquina oscura de mi cerebro a la que nadie tiene acceso, sentí cómo de pronto todo mi esfuerzo diario en contener la oscuridad se iba lenta pero eficazmente a la mierda. Sentí que alguien agarraba las llaves de su cárcel y la abría adelante mío sólo para ver cómo me consumía, sentí como invadía mi corazón y de ahí directo a cada uno de mis órganos: los pulmones, el estómago, los intestinos, la piel, los ojos, el cerebro. Todos se teñían de negro sin que mi opinión fuese tenida en cuenta. No puedo saberlo pero intuyo que así debe sentirse una persona cuando decide suicidarse: arrinconado y solo, tirado a un costado del camino y con la cara inevitablemente vuelta sobre sí mismo, impotente y práctico, con esa sensación de estar temblando por dentro y que por fuera nadie lo note. ¿Y si en realidad la humanidad no está hecha para notar nada en el otro?

Y ahora que por fin Mamá está muerta no puedo dejar de escuchar el aria con piano de Bach contenida en mis auriculares mientras me pregunto dónde estás y por qué me dejaste solo. Hoy fui a casa, cubrí todos los muebles con sábanas blancas como en las películas, puse los libros en cajas y me los lleve. Te lo digo porque a veces creo que en las cosas domésticas (como el hecho de estar escribiéndote esto que voy a pasar por abajo de la puerta) se esconde cierta verdad del universo que nosotros nos encaprichamos en buscar en otro lado.

Voy a cerrar la puerta con llave y no voy a mirar atrás. Voy a empezar una nueva vida y no voy a mirar atrás. Y sin embargo, cuando llegue la noche más larga del año y con ella el frío y la temporada de tormentas, espero verte ahí parado y mojado en el medio de la calle, con esa mueca que siempre significa que te diste cuenta que yo tenía razón, para que intentemos escribir juntos ese final drástico e irresoluble que, en este momento, no puedo poner en palabras.


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