Autor: Lucas Berruezo

 

Ya se le había hecho tarde de nuevo. Siempre tarde. Al final, su mamá tenía razón: ella, Yésica, nunca llegaba a tiempo a ningún lado… Pero no ese día. Ese día no. Todavía podía llegar. Si no tenía ningún contratiempo podía llegar.

Agarró a Alondra y la puso en el cochecito. Después fue al baño y se dio algunos retoques, mínimos, frente al espejo. Apenas un poco de delineador en los ojos y otro poco de rubor en los pómulos. No necesitaba más. Iba a una entrevista de trabajo, no a una noche en Club Leloir.

Listo. Todo estaba bien. Miró el reloj: eran las ocho y veinticinco pasadas. Podía hacerlo. Hasta la casa de su mamá tenía cinco minutos, diez como máximo. Y eso si caminaba tranquila. De ahí a la entrevista no tenía más de quince, con toda la furia, siempre y cuando el colectivo no tardara más de la cuenta. Pero no tenía sentido preocuparse por eso. Era lo único que no dependía de ella. Además, ya tenía bastante de qué preocuparse. Desde que Miguel se había ido (el muy hijo de puta) y la había dejado sola con Alondra, después de ese embarazo tan difícil, tenía mucho de qué preocuparse. Su mamá la ayudaba, pero la plata nunca alcanzaba, y realmente necesitaba conseguir ese trabajo. Si lo conseguía, su vida y la vida de su hija estarían a salvo del hambre y de la pobreza. Además, ella quería trabajar por ella misma. Ser cajera en un supermercado era mucho mejor que repartir volantes en una esquina o estar todo el día limpiando casas.

Pasó a su habitación y se vio en el espejo grande de detrás de la puerta. Para qué mentir, le gustó lo que vio. El embarazo le había quitado un poco la figura que alguna vez había tenido, pero no la había dejado mal. Para nada mal. Todavía tenía sus curvas e, incluso, gracias a la leche que le goteaba por todas partes, sus tetas habían crecido más de lo que nunca había imaginado. Esas mismas tetas que ahora dejaba un poco a la vista con ese escote tal vez un poquito más insinuante de lo normal. Sólo esperaba que los protectores mamarios aguantaran lo suficiente y no dejaran escapar la leche, manchándole la remera. Si eso pasaba, no sabría dónde esconderse.

Agarró la cartera y, tras colgarla en su hombro, empezó a empujar el carrito.

–Nos vamos, Alondrita –dijo–. Ahora te vas a divertir un montón con la abuela.

Salió a la calle. Su mamá vivía siguiendo derecho tres cuadras y después haciendo una más a la izquierda. En cinco minutos, yendo tranquila, llegaría.

Caminaba con cuidado. El carrito de Alondra no era de lo mejor, y su estabilidad se ponía a prueba con cada pozo o cada piedra. Así y todo, era lo que podían tener, y cumplía bien su función. Si Dios quería y conseguía ese trabajo en el supermercado, le compraría otro mejor.

Ahora, si no lo conseguía… Mejor no pensar en eso. En caso de no conseguir el trabajo, no sólo no iba a comprar otro carrito, sino que podía perder mucho de lo que ya tenía, hasta el lugar en donde estaban viviendo. Todavía no había pagado el alquiler, y por más que el dueño fuera una buena persona, no le iba a regalar su casa a una madre soltera. Por otro lado, tampoco quería vivir con su mamá. Volver sería fracasar de nuevo y peor. Sería retroceder miles de casilleros para empezar como la adolescente que fue y que, de alguna manera, con sus diecinueve años, aún era; pero una adolescente con una hija y con una madre que le echaría en cara, todos los días, que ya se lo había dicho…

No, nada de volver con su mamá y con sus «ya te lo dije». Conseguiría ese trabajo, aunque tuviera que ponerse de rodillas. Aunque tuviera que chupársela a medio supermercado, hombres y mujeres.

Un pozo desestabilizó el cochecito, pero no lo suficiente como para hacer que Alondra se quejara. Pobrecita, estaría cansada. Y no era para menos, se despertaba cada dos horas para comer, como si ella no fuera más que dos tetas en una bolsa de carne. Si lo era (Alondra estaría de acuerdo y el hijo de puta de Miguel seguro que también), entonces con su escote tendría verdaderas posibilidades de conseguir el trabajo. Sólo esperaba que la persona que la entrevistara no fuera una mujer. Y si lo era, que al menos fuera lesbiana.

Al llegar a la esquina, bajó a la calle y un auto, pasando a toda velocidad, la sobresaltó.

–¡La concha de tu madre! –gritó–. ¡Casi te llevás puesto el carrito, hijo de la re mil puta!

Cruzó hasta la otra vereda y siguió. Hizo un alto para mirar su celular. Iban a ser las nueve menos veinticinco. No venía mal, pero mejor se apuraba.

–¿Cómo venimos, Alondrita? ¿Bien?

Pero Alondrita no respondió. Claro, cómo iba a responder.

Empujó y retomó el camino, con un poco más de prisa. Las veredas estaban hechas un desastre, pero ella ya tenía cancha en eso de manejar el cochecito. No hubo un solo momento en que la integridad de Alondra corriera peligro.

Dos cuadras después, ya estaba llegando a la puerta de la casa de su mamá, una puerta de chapa, pintada de un color verde que dejaba ver, un poco acá y otro allá, rastros del color blanco que antes, mucho antes, la había cubierto. Al llegar, tocó el pequeño timbre que estaba a la derecha, sobre el marco de cemento, lo más alto posible para que los chicos del barrio no se entretuvieran con él jugando al ring-raje.

Su madre tardó apenas unos segundos en abrir. Al hacerlo, no pudo reprimir una expresión de sorpresa, que de inmediato se tradujo en tristeza al ver el carrito de bebé.

–Hija… –dijo.

Ella, que ya estaba más que apurada, fue breve.

–Tengo una entrevista de trabajo, ma. En un supermercado… Ya sé ya sé, vas a decir que siempre llego tarde, pero si voy rápido llego bien. Solamente necesito que me cuides un rato a Alondra. Un ratito, nada más.

Yesi

–Nunca te pido nada, ma –siguió Yésica, evitando mirar a su madre a los ojos. Cualquier contacto podía dar pie a una negativa–. Lo necesito, para pagar las cosas. Además, Alondrita ya comió, le di la teta antes de venir. Mucho no quiso, así que espero que me aguanten sin traspasar los protectores… –se agachó ante el carrito y agarró a Alondra, meciéndola durante unos segundos–. Es una santa, no te podés quejar. Seguro que te duerme hasta que llegue.

Yesi… Hija…

–¡Por favor, mamá! Te necesito.

La madre, con su boca de costado en una mueca de disgusto que no podía disimular, asintió. No podía decirle que no, era verdad. Si lo hacía iba a ser peor.

Yésica sonrió y le extendió a Alondra.

La madre la tomó, como hacía casi veinte años había tomado a su hija, y la miró. Yésica decía la verdad, toda la parte de la boca estaba húmeda, de seguro manchada con leche.

–¿Cuánto vas a tardar?

–No mucho, espero conseguir este trabajo. Es de cajera, en el supermercado que está en Rivadavia. ¿Estoy bien vestida?

La madre la observó. Empezaba a sentir que los ojos se le llenaban de lágrimas. Intentó no parpadear; no quería que ninguna gota rebelde cayera y la delatara delante de su hija.

–Bueno –dijo al fin, intentando sonreír (nunca sintió que le costara tanto)–. Mucha suerte entonces.

–Gracias, mamá. En serio, gracias.

–De nada.

Un nuevo intento de sonrisa.

–Chau, Alondrita –dijo, finalmente, Yésica, inclinándose para darle un beso de despedida a su hija. Después se irguió y besó a su mamá en la mejilla.

–Chau, hija –dijo la mujer.

Yésica sonrió, dio media vuelta y se alejó caminando rápidamente por la vereda. Su madre la observó desde la puerta de su casa, hasta verla desaparecer por la esquina. Recién entonces miró a Alondra. La muñeca pareció devolverle la mirada, con esos ojos hechos con botones negros que tan feo aspecto le daban. La línea que representaba una boca, y que exhibía los restos de la comida que jamás podría ingerir, le sonreía.

Entonces, con una expresión de abatimiento que no le hubiese pasado desapercibida a ninguna persona, salvo a Yésica, tiró a Alondra dentro del cochecito y entró éste a la casa. Recién entonces sintió cómo una lágrima, tibia y sin apuro, bajaba por su mejilla, como buscando escapar de la tristeza que la embargaba. Se la enjugó con la manga de su camiseta.

Iba a limpiar un poco a Alondra, para que la leche en ella no empezara a tomar olor. También le cosería, reforzándolos, los botones de los ojos. No fuera cosa que se le cayeran y su hija, desesperada, recurriera a la guardia del hospital.

Con estos pensamientos en mente, cerró la puerta a sus espaldas.


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