Autor: Manuel Montali (@manuel_montali)

Ningún ser humano consagrado como
anatema[1] será rescatado: será muerto”.
Levítico 27:29

-Hoy es el día.

¿El día? ¿De qué día hablaba?

-Estoy muy nerviosa, en parte no quiero que llegue, pero también que pase lo más rápido posible, sea lo que sea…

Hizo memoria en base al mes y al año. Junio del… Imposible recordarlo. Tratándose de ella, debía referirse a alguna estupidez, una chiquilinada, un susto pasajero o algún compromiso adolescente.

-Venía del puerto o de la plaza, bajaba las escaleras y entonces me daba cuenta de que alguien me perseguía, pero no podía saber quién, porque el sol me caía de frente y se me instalaba en los ojos como si me hubiera colocado unas linternas por lentes, pero enfocando hacia el interior, quemándome por dentro…

Le hablaban desde la pila del medio. Las de ese grupo, literariamente, eran las más originales, las que de tanto en tanto rompían la monotonía con alguna descripción un poco menos trillada. Era Lisa. ¿El relato era anterior o posterior a que la pesadilla se concretase? Pobre chica, siempre le había cargado a él, de forma indirecta, la culpa de lo del baldío. Quién sabe, a lo mejor algo de razón tenía.

-El reflejo de la luz sobre las barandas parecía desgajado de un cuadro. Ahora, en la tranquilidad de la cama, puedo recordar que se trataba de un detalle hermoso, poético. No obstante, enceguecida, en ese momento de terror en que comprendía que estaba sola, no había tiempo para la contemplación y el regocijo: empezaba a correr, pero estaba pegada al suelo y la persona que me perseguía…

El resto del relato fue a amontonarse también dentro de la bolsa. Era anterior a lo otro. Podía anticiparse al despertar y a la conclusión que ella habría sacado sobre su particular aventura y la presencia anónima que la acechaba. ¿Para qué le contaba eso? ¿Se trataba  simplemente de llenar espacio, de hablar por hablar, de tantear el fondo de la línea? Función fática. Tenían… ¿cuánto?, ¿19 o 20 años? No le quedaban dudas de que a continuación llegaría el pedido desesperado de estar siempre juntos, en las buenas y en las malas, hasta que la muerte vestida de perseguidor les diera caza en un paisaje de baldío, a la noche, con la luna reflejándose en las barandas de una escalera, y un racimo de descendientes para llorarlos (porque, sin lugar a dudas, habrían de partir juntos).

-Quiero que sepas todo lo que significás para mí…

-Necesito que me jures que…

-Te pido que me…

Tomó un trago para cambiar el sabor de la boca, mantuvo el vino en el paladar, cerró los ojos y sacudió la cabeza. No le hubiera alcanzado la vida para convertirse en lo que le pedían, si es que sabían con exactitud qué era lo que entonces esperaban de él… Trató de convencerse de que el problema no había sido suyo, al menos no del todo. Melina y el basilisco que lo seguía consumiendo, chupando por dentro, esperándolo en la almohada. Con ella todo había quedado ahí, entre las sábanas. Prestó mayor atención a la primera columna:

-Estoy desvelada, son las 3 de la mañana y no dejo de dar vueltas, faltan horas para terminar de comprobar “eso” (no quiero nombrarlo por si la carta cae en manos ajenas). Pero, amor, pase lo que pase…

Melina volvía a la carga, aunque no podía estar refiriéndose al embarazo, entonces, ¿a qué venía esa vigilia?, ¿qué tenían que comprobar?, ¿de qué carajo hablaba? Se lo dijo:

-¿De qué carajo hablás?

-“Si el sol dejara de brillar, yo te seguiría amando. Cuando las montañas se hundan en el mar…”.

Había escuchado Led Zeppelin por él, que le había insistido bastante, hastiado de su música de fiestas y bailantas. Si ya tenían que aturdirse todos los viernes y sábados con eso, ¿por qué no virar los horizontes al menos durante la semana? No recordaba que a ella le hubiera gustado, no señor, seguro que se habría mordido el labio inferior, con los ojos cerrados, mientras sonaban “Thank you” o “Stairway to heaven”… gesto que él había llegado a odiar. Sin embargo, sí se había dado el lujo de transcribirle una frase. En una carta posterior, “fuera de tiempo” o de su “jurisdicción”, había incluso una cita de “Love of my life” de Queen, una nueva canción desesperada post ruptura, que irrumpía por su fecha entre las del otro grupo, marcando justamente el territorio de Lisa, empujándola a escaparse en mitad de la noche, a pie y rumbo al baldío. Profano y patético. Mendigar amor de brazos ajenos, ir a picotear los zapatos de la pareja abrazada en un banco de la plaza…

Sonrió. Lo de la plaza era a prueba de Alzheimer. Había sido ahí y tenía una figurita hecha con ramas para comprobarlo, un regalo que Melina le había hecho como guiño de complicidad. Habían ido en bicicleta, pedaleando de lo lindo hasta el límite con el campo, donde el caserío se moría y el tendido eléctrico se apagaba en la tierra. Era primavera o finales de invierno, porque habían usado las camperas para que el pasto no les causara picazón. El piso estaba húmedo por una lluvia reciente. Un cuadro bien bucólico: la noche, las chicharras y sapos cantando, y los mosquitos que les pinchaban el culo al aire. Después de un par de intentos fallidos con noviecitas anteriores (que le habían durado pocas semanas), esa noche había ido preparado, igual que ella, que vestía pollera. Se dejaron las remeras por las dudas, con la esperanza de que, si aparecía la policía, disimularan lo suficiente como para no tener que pasar el papelón de llamar a sus padres desde la comisaría, con el fin de informarles que habían sido detenidos por escándalo público. Eso sí, aunque costó, le desabrochó el corpiño, y con esa maniobra torpe abrió las puertas del cielo. Recordaba pocas experiencias tan… (no terminaba de definirlo), tan… gloriosas, probablemente ésa fuera la palabra que buscaba y que le habría escrito a su turno. Eso era el Nirvana, se dijo, revolcarse apurados y siempre temerosos en descampados oscuros, como animales en celo, rompiendo records que si no llegaban al Guinness era simplemente porque les daba vergüenza contarlo. Ya con el auto, las cosas se harían más fáciles, se evitarían la picazón del pasto y los mosquitos, se ocultarían algo más tras los vidrios empañados. Ahora que lo pensaba, ése era el único lugar en que de verdad se había encontrado con Melina: el campito.

Pero volvió a imponerse el baldío y se le esfumó el recuerdo feliz. Prendió un pucho con un encendedor que le habían regalado. ¿Lo guardaría? Le habría costado sus buenos pesos en su momento, era de colección, tenía detalles de plata… Pero estaba manchado, era un objeto-trampa, de trampolín o trampera, de ratonera, un arma que le traspasaba la cabeza con una serie de imágenes que llevaban a otras y a otras. No, iba a ir también a rascar el fondo de la bolsa, pero recién al final, cuando terminara de sacarle provecho.

-Vos nunca me quisiste.

-¿Lisa? ¿Melina?

No, no podía llamarla por su nombre.

-Nunca nos quisiste.

Odiaba que le hablara en plural.

En una ocasión se había sorprendido de que le hubieran dicho tantas veces lo importante e incluso lo imprescindible que era (o había sido) para tal o cual persona. Supuso que él habría escrito lo mismo. ¿Alguna vez lo había creído de verdad? Después de la primera ruptura todo se había hecho más simple, o al menos ya había sabido con qué estaba lidiando, había podido anticiparse a los días (semanas, como mucho) de andar con la cabeza gacha, hasta que al fin el dolor de sacarse lentamente una curita de encima desapareciera y la vida continuara, indolora, protegida por una nueva cicatriz. Así era ese juego pendular, de ser fundamental a ser el veneno que corroía, el maldito que iba por ahí marchitando nuevas existencias. Esos momentos de encandilamiento, de tener la linterna en los ojos, apuntando hacia dentro, no se conservaban más que en papeles, que pronto irían a mezclarse con toda la mierda anónima de un basural. Siempre quedaban almas en pena dispuestas a llenar el vacío de una cama, por lo tanto, ¿cuál era el sentido de la tragedia? Lo de Lisa sí era una tragedia, eso sí que debía dejar una marca para toda la vida… Se preguntó si le hubiera dado tanta importancia a una estúpida infidelidad con una ex novia si hubiera sabido lo que había en el baldío, esperando que una chica tonta pasase llorando, sola y en medio de la noche. Aunque, así y todo, tampoco había sido mucho más que un hecho, que se juzgaba pesadilla para ella y ensueño para el perseguidor depravado. Excepto para la muerte, para todo lo otro había solución. ¿No era la propia Lisa quien le había dicho eso, en alguna de las tantas idas y vueltas que habían tenido antes de esa última noche en que desnudó en él la marca de un beso profano?

-Pero estamos muertas, vos a nosotras nos mataste.

Rió mientras se llenaba el vaso.

-No, chiquitas, todavía no.

Una serie de corazones de colores y granitos de brillantina cayeron sobre la mesa. La cursilería del amor… con sus apodos (en esos años había tenido más identidades que el mismísimo demonio) y demás expresiones grandilocuentes de cariño. Lo horrorizó que algo de ese tipo, con su firma, pudiera sobrevivir en algún cajón. Había hecho una bolsa aparte con peluches y juguetes, pensando en llevarlos hacia alguna iglesia u organización que pudiese darles uso, regalarlos en el Día del Niño o evento similar, pero le dio pereza y se convenció al decirse que el holocausto debía ser completo.

En medio de fotos y otras chucherías de amores pasajeros que salpicaban el camino entre Melina y Lisa, recorrió un grupo de entradas de cine, conciertos y obras de teatro. Había una película que no recordaba, cuyo nombre no tenía para él ninguna asociación. Detrás de la entrada, para no olvidar el título, había escrito “Este”. Buscó el nombre en Internet y le salieron las referencias esperadas, “Al este del Edén”, “Promesas del Este”… Pero no era una de esas películas, estaba seguro. ¿Qué carajo era entonces “Este”? Un misterio. Se subió a un tren de pensamientos: de “Al este del Edén” a James Dean y una frase que le atribuían, la famosa “Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”. El amor podía definirse así, como la vida misma. Le dio gracia recordar una sentencia popular según la cual el amor eterno existía, y duraba más o menos tres meses.

Volvió a la entrada de cine. Junto al título figuraba el nombre de la acompañante en cuestión. Había ido con ella, la que no podía nombrar como a Melina o Lisa porque había dejado de ser “ella” para dar lugar a un “ellos”. Miró la fecha: el cálculo parecía coincidir. A lo mejor esa noche, que había borrado de su memoria, era precisamente la noche en que ella había empezado a ser un pronombre en plural y tono acusatorio: “nosotros”. Tiró todo a la bolsa.

-Qué bueno que nunca llegamos a ser amigos, que no te coloqué en ese lugar, que siempre tuve alguna esperanza de que, en algún momento, ese chico que iba por la vida con las ideas y los pelos alborotados, llegaría a ser…

-Ponerle rótulo a las personas: amigo, posible novio, novio, marido. ¡Qué pelotudez!

En eso coincidían las dos. Se corrigió: las tres. ¿Habría algo más, algún otro sentido que lo hubiera guiado de una a otra? Pese a que depositaba mayor fe en la mera casualidad, por las dudas lo intentó: navegó entre frases, citas y fragmentos, trazó las primeras coincidencias y terminó por armar un rompecabezas bastante aceptable. De un centenar de cartas logró reunir una canción completa a partir de las palabras que ellas habían ido tomando prestadas, con estribillo incluido. Todo se volvía tan predecible…

Fue hacia la biblioteca y buscó los libros que le habían regalado, lo mismo hizo con los discos de música. Era un pecado tirar material tan bueno como la poesía completa de Alejandra Pizarnik o como “Tommy” de los Who, pero era la única forma en que creía posible eliminar las tramperas que todavía habitaban su propia casa: convirtiéndose él mismo en ciego, sordo y mudo. Fue todo a parar al paquete que ya era bastante voluminoso, un cúmulo de recuerdos.

Como la ignota “Este” -que debía ser alguna bizarreada de cine independiente-, fue dándose de bruces con otros objetos que para él habían perdido todo significado. Había papeles de golosinas, dibujos, frases, juramentos y un preservativo sin usar (¡sin usar!). Insultó al aire y lo despedazó antes de arrojarlo a la bolsa. Iba a agarrar una carta, pero terminó limpiándose las manos con un sobre. En cierta manera, les tenía un temor que iba más allá del respeto. Se le burlaron en la cara, pero él no podría ser quien culminase la ejecución, quien acallara esas voces, mutilándolas o haciéndolas bollos de papel. No, sólo podía apilarlas, amontonarlas en una orgía de palabras cruzadas para que fuera otro quien las desechase, quien las llevara hacia su última morada. Ahí la lluvia y la putrefacción general terminarían de desangrar la tinta, borronear la evidencia. Allí ya no existiría la lenta peregrinación que debía hacer un “te quiero” para vestirse de un “te amo” o, peor aún, “te súper amo”, “te re-amo”, “te súper-re-contra-mega-archi a la infinitísima potencia-amo”.

Se inclinó en la silla y estuvieron un rato intercambiando miradas incómodas.

-¿Te acordás del primer beso que nos dimos?

-No a la primera.

-¿No te acordás de la tarde en la playa?

-Tampoco a la segunda.

-¿Del hospital?

-Menos a la tercera.

Pero mentía, porque todo seguía ahí, flotando fuera de la bolsa, más presente que nunca. Las manifestaciones de amor se repetían línea a línea; los pedidos de disculpas por tantas peleas se fundían en una sola pelea, en un solo escozor, en una sola escena de celos, al igual que las crónicas del día y los guiños sexuales, siempre delicados (“por si la carta cae en manos ajenas”). Él no iba a dejar que eso sucediese, aunque al formar una unidad, la bolsa se hacía más pesada. Al juntarse los planos, al coincidir de a momentos la tercera con la primera o la segunda, lo potencial, lo-que-hubiera-podido-ser también cargaba su peso en la balanza.

-No vas a conseguirlo.

-¿Qué cosa?

-Borrarlo, borrarnos.

A lo mejor, si Melina no hubiera aparecido una vez más, si Lisa no se hubiera ido, si ella no fuera ellos, si no tuviera que deshacerse de todo…

-Te amamos.

-¿Qué?

-Te amamos.

Trampas del lenguaje. El verbo podía ser presente o pasado. No supo qué responderles. Quiso volver a sentir lo que acaso hubiera sentido con ellas, por ellas, pero no hubo caso: al optar por deshacerse de todo, también se desharía de él mismo, de todo lo que había sido. La bolsa estaba casi llena y sólo podría cerrarla de una sola manera, sólo podría anudar su boca y acallarla de una sola manera. El espacio que quedaba le alcanzaba. En ese lecho de papeles, en esa tumba, también habría lugar para él. Agarró el contorno, recreando una carrera de embolsados en la que había participado junto a Melina o Lisa o ella/ellos. Introdujo un pie, luego el otro. Se agachó y pasó el cuello por la abertura. Tomó aire, ajustó el nudo y lo cerró por dentro. Las palabras rebotaron como un eco.

-Te amamos, te amamos, te amamos.

Sí, sería otro quien terminara de tirar todo. El camión de la basura pasaría a la mañana. Soltó el aire y ya todo fue silencio.


NOTAS

[1] Originalmente empleado para designar la ofrenda a una divinidad, el concepto ha sido usado en La Biblia en la mayoría de los casos como sinónimo de “maldición” (Deuteronomio 7:25-26) o bien para representar una destrucción que se consagra a Dios (Números 21:2-3). Esta acepción puede asimilarse con la de “holocausto”, entendido como una ofrenda o sacrificio por el fuego, generalmente de animales (Números 28). (Nota del autor).

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