por Abril Fernández 

En los años 90 asistimos como público mundial al último descubrimiento de la sensibilidad musical negra: ese imparable éxito llamado hip hop. Para ser justos hay que decir que un género musical menor (1), sin que nadie lo viera venir realmente, se convirtió en una industria tipo Hollywood. Sólo que nueva, más divertida y más orgullosa. Un universo con sus reglas, sus códigos, sus costumbres y sus miles de millones de dólares entrando y saliendo.

A veces me dan ganas de comparar a este universo con un modelo económico o social, o con una ciudad, por todo lo que puede llegar a abarcar. Desde su génesis misma el hip hop es una corriente que va de costa a costa pero pretende echar raíces mucho más atrás en el tiempo y en el espacio. Las primeras composiciones, mezclas y letras rapeadas surgen a finales de los años setenta en la ciudad de Nueva York, o mejor dicho en sus márgenes.

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Se dan una serie de coincidencias curiosas: un barrio negro con su propio cosmos musical y cultural (el Bronx), una ciudad que empolla contraculturas y movimientos subterráneos, ocultos, del underground y por fuera del mainstream; un corte de luz nocturno que deja a media NY sin luz, con sus consiguientes saqueos a comercios de electrónicos. Las fiestas suben de nivel. La joda se organiza. El MC se luce y va marcando los ritmos de la noche. Pronto la juntada se volvería menos disco y más urbana, cambiando los pantalones de pana naranja por unos más deportivos hasta llegar, por otra serie de coincidencias divertidas, a los jeans caídos y siempre demasiado anchos.

Durante los años ochenta el rap va a ir metiéndose en las pistas de baile y en las radios. Pero la encargada de llevarlo un poquito afuera de su zona de confort fue Débora Harry, más conocida como la cantante de Blondie. En Rapture, la rubia mete un rap e invita a un DJ, Fab Five Freddy, a participar del vídeoclip. Todos se prenden porque provienen del mismo under neoyorquino: ese under que pronto languidecería a manos de la “limpieza urbana” y la renovación edilicia impulsada por ciertos magnates inmobiliarios (2).

Al despuntar los noventas, lo negro seguía siendo marginal para las grandes discográficas: todo bien con el blues, el jazz o el funk pero recitar versos sobre un pedacito de canción repetida muchas veces ya era una aberración moderna a la que no cualquiera entregaba los oídos. Menos aún sabiendo que se trataba de un género basado más que ningún otro en la improvisación, pero también el contexto inmediato, el uso de los reflejos mentales y el flow que envuelve todo para conformar más una performance que una canción. Difícil encontrar dos interpretaciones exactamente iguales de la misma pista. Una respiración a destiempo puede cambiarlo todo. Y ya sabemos que lo experimental no es el fuerte de los productores que buscan dinero pronto.

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Pero es en esta década cuando el hip hop crece de golpe. Es como si llegara al fin de la adolescencia. No sólo cambian los temas- el baile ya no es lo más importante, sino mantener alguna especie de cohesión social ante una realidad problemática. Ser un joven negro sigue siendo difícil aunque por lo menos ya existe Will Smith para entrar en todos los hogares, a través de la tele e interpretando a un millonario (3). La estigmatización criminal del rapper hace que el género se vuelva una representación demasiado teatral de algo verdadero. Y le coloca una carga de realidad que permite sólo a ciertos perfiles hacerse cargo de él. El rythm & blues va a ser el enganche necesario de los discos que pretendan ir más allá del barrio: en otras palabras, es en esta época cuando los raperos van a agregar baladas y lentos con tal de conseguir rotación en las radios.

¿Cómo detener el crecimiento de un género tan apoyado en la criminalidad como los narcocorridos? Aggiornándolo, o volviéndolo moderno para hablar en criollo. Primero los Run DMC se juntaron con Aerosmith y mezclaron rap y rock. Después, unos locos blancuchos que se hacían llamar los Beastie Boys convirtieron a un dj en un miembro más de la banda. Para cuando lleguen los dosmiles, un flaquito llamado Pharrell Williams va a mezclar todo eso en su primer conjunto, N*E*R*D, y nadie lo va a mirar raro.

Otros géneros con los que el rap fue mezclándose fueron el jazz o el tecno, algo así como el papá de la música electrónica actual. Y así, sacudiéndose lo marginal de encima, la última genialidad del black power se puso sombreritos y tiradores y empezó a colarse en las fiestas de chicos bien. Se llamó new jack swing a esta escuela noventosa de raperos que querían armar algo nuevo con las herramientas líricas y técnicas que traía la modernidad.

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Y después, finalmente, el estallido. Luego de la muerte de 2Pac Shakur parecía mala palabra ser un rapero gangster, pero la plata que empezó a cosechar este monstruo musical de mil tentáculos volvió a dibujar signos de dólares en las pupilas de todos. Llegaron el bling bling, los dientes de oro, los autos de lujo y (quizás el accesorio nunca antes visto) las bitches. Después de que los noventa vieran surgir bandas y solistas femeninas que compartían escenario y pistas con los mejores (Salt N Pepa, TLC, Queen Latifah o Missy Elliott), llegaron los nuevos tiempos y las chicas volvieron a su estatus decorativo.

Antes del éxito los raperos hablaban de libertad, de opresión, de cambios, de bailar, de cortejar, de mafias y de muerte. Los videos se filmaban en el barrio o en vivo, con mínimos presupuestos. Cuando rapear se volvió el negocio del siglo la movida quedó empañada de codicia y excesos. Y aunque hoy el Kendrick, el Childish, el ASAP Rocky o el Chance le laven la cara a la pose, siguen trepados a una ola a la que muchos todavía matan por subir.


(1) De género musical menor a estilo de vida, una completísima crónica puede leerse en http://www.jotdown.es/2015/12/los-origenes-del-hip-hop/

(2) Asunto que puede apreciarse en la serie The Get Down.

(3) En la comedia Fresh Prince of Bel Air.

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