por Alan Porcel (@alguientieneque)

Cuando me preguntan en qué consistió mi tesis y respondo que fue “sobre Acceso Abierto y preservación digital” casi siempre llevo la charla a un silencio incómodo. Instantáneamente intento explicar de manera simple algo que ya de por sí es bastante sencillo. Mi lenguaje se atrofia: “es para que cualquier persona pueda acceder al material que se genera en la universidad… desde cualquier lugar”. Y sí, más o menos va por ahí.

En Game Of Thrones (Canción de Hielo y Fuego para ser precisos y que no me revoleen nada los fans hardcore) hay un personaje llamado Samwell Tarly que es enviado a estudiar a una ciudad llamada Antigua. Allí, hay un conjunto de edificios llamado La Ciudadela en donde los ‘maestres’ (una orden de eruditos, en su mayoría ancianos) se forman. El retrato del lugar realizado por HBO es ampuloso: bibliotecas gigantes con miles de libros a los que hay que acceder con escaleras enormes. Muchísimo conocimiento en un solo lugar de ese universo, con la fragilidad propia de los soportes físicos.

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Por suerte, todo lo acontecido en Game Of Thrones ocurre en un universo de fantasía que no ha desarrollado tecnologías parecidas a las que tenemos a nuestro alcance en el año 2017. Particularmente una que amamos y, a veces, odiamos: internet.

Muy a menudo olvidamos el cambio más radical que trajo la inserción de internet en nuestras vidas: nos encontramos con un mundo más pequeño. La comunicación, en todas sus facetas, encontró un potencial increíble que todavía al día de hoy sigue explorando. Los arquitectos y los usuarios de internet crearon puentes para unir ideas, problemas, soluciones, necesidades, respuestas y pavadas. Ahora bien… ¿qué lugar ocupó el conocimiento en estos casi 30 años de internet?

Si nos fijamos, muchos de los proyectos más importantes de la historia de internet tienen que ver con facilitar el acceso a contenidos a los que antes nos costaba llegar. Google, Wikipedia, YouTube, Twitter y hasta Facebook (si expandimos el concepto de conocimiento), son herramientas que nos permiten obtener información de manera instantánea y sin barreras geográficas.

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Podemos hacer una analogía entre el mencionado personaje de Game Of Thrones y cualquier estudiante del interior del país que deja su lugar de origen para estudiar en los grandes centros urbanos del país. Pese a que se han abierto una infinita lista de caminos para llegar al conocimiento, la mayoría de los argentinos que quieren aprender siguen intentándolo de las maneras tradicionales.

Los MOOC (sigla en inglés de Massive Open Online Courses) son cursos abiertos y gratuitos que se ofrecen a través de internet. Con el paso del tiempo se han ido complejizando en el buen sentido y, pese a que a veces carecen de cierta profundidad, son buenas puertas de acceso a mundos que con el aprendizaje tradicional nunca hubiésemos conocido.

En los últimos meses/años he intentado acercarme muy tímidamente al mundo de la programación y cada vez que lo abandono momentáneamente, vuelvo a encontrarme con alguna plataforma que brinda de manera gratuita muchísimas posibilidades para aprender. El conocimiento no solo está disponible, sale a buscarnos.

Escuché en distintas entrevistas a Alejandro Dolina preguntas sobre su capacidad para saber tanto sobre distintas cosas. Él, con la humildad que lo caracteriza, no se detenía a hablar del conocimiento que poseía o no, sino que respondía lamentándose por el desorden que tenía en su método de aprendizaje. Aseguraba que sí, leía y estudiaba mucho, pero que al hacerlo de manera desordenada sentía que algo estaba mal en ese proceso.

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Solemos hablar de “hombres renacentistas” haciendo referencia a aquellos que logran desenvolverse muy bien en distintas ramas del saber. Lo mencionado en líneas anteriores da cuenta de que es un buen momento para aprender de todo. Pero ante la avalancha de información constante que nos aplasta día a día comenzamos a depender mucho de nuestro trabajo de curaduría. Seleccionar qué vamos a aprender y de qué manera es un paso fundamental.

Angel Faretta dice que en Argentina tenemos cierto rechazo al orden por la ligazón que este tiene con las etapas más oscuras de nuestro país. Pero resalta que el orden no es malo per se y el arte, entre otras cosas, ordena. Puede darnos una realidad menos caótica. En ese sentido el diseño, una rama del arte, también puede darnos ese orden que necesitamos para estructurar las montañas de información que tenemos en nuestras manos.

Cada vez que nos sentamos en la computadora y abrimos el navegador no sabemos con qué nos vamos a encontrar. Depende únicamente de nuestra curiosidad y preocupación en ese momento. Los últimos tweets de Trump, una declaración política en Facebook, la definición de un teorema en Wikipedia o un ensayo sobre cómo es aprender en internet.

Sin lugar a dudas, las posibilidades son gigantescas y es una gran época para los curiosos (espero que esta pequeña secta crezca cada vez más). Aprovechar la catarata de información disponible será nuestra tarea y dependerá de los pequeños sistemas de aprendizaje que nos creemos ante cada reto. Lo importante y hermoso es que la materia prima está a nuestro alcance.

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