por Emilia Pioletti (@milipioletti)

 “Ladies restroom: this is where revolution begins! (“El baño de mujeres: ¡acá es donde empieza la revolución!”) Luego de que se apruebe la ley que declara la imprescriptibilidad del delito de violación en California por las decenas de denuncias contra Bill Cosby, Gloria Allred festeja con varias mujeres en el baño del juzgado. Hay selfies, hay risas, hay abrazos, hay lágrimas, hay espejos, piletas. Y justicia.

Boludo, ¡cuánto tardan las minas en el baño!  Las escenas en sitcoms, series y novelas costumbristas se repiten ad eternum. Hombres esperando a mujeres a que se alisten antes de una salida. Impacientandose, quejándose; la mujer excusándose o molestándose, lo que suceda primero o en ese orden, porque nos han enseñado desproporcionalmente a pedir perdón. Siempre. Por cosas. Todo el tiempo.

En un mundo patriarcal donde la belleza es un valor hegemónico y el cuidado del aspecto externo un punto prioritario del decálogo del deber-ser femenino, el baño es un engranaje lamentable y fundamental para que todo el andamiaje hetero patriarcal y capitalista funcione a las mil maravillas y fluya como el agua al tirar la cadena.

A esta altura, decir que es la era de la imagen y de las apariencias resulta una obviedad. Lo es. Somos minas: hay que (¿hay que?) pasar por ducha, pelo, crema de puntas, track (o carísimas sesiones de depilación definitiva), humectante para el cuerpo, secador de pelo, planchita, maquillaje. Verdaderamente una fiesta del pink tax, de un sistema económico basado en los deseos construídos, necesidades creadas y estereotipos de género a la orden del día. Y además, en cuestión de tiempos: una eternidad. Claro que estoy simplificando de forma grosera pero es que el estereotipo extendido de la cantidad de tiempo que las mujeres pasamos en el baño es grosero también.

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Detrás de ese cartelito con la silueta humanoide de un ser humano pelado y con una pollera que pretende representar uniformemente (¡uniformemente!) a todos los cuerpos feminizados, estamos todas. La rebelión de los baños unisex es una batalla simbólicamente importante también. Discutible en términos de borramiento de ciertas necesidades particulares que tenemos las mujeres, pero que resulta un avance para con las identidades no binarias, y como disrupción en el espacio público que viene a cuestionar lo instituido. Y si se trata de cuestionar lo instituido, allí estará el feminismo, cuestionándolo todo.

Sé lo que hiciste en el baño pasado

Los baños saben cosas que nadie más sabrá nunca. Los baños son, por definición, intimidad. Lo que pasa en el baño, suele quedar en el baño. Los baños también han sido motivo de debate en torno al consabido “¿por qué las minas van al baño de a dos? Esa zona a la cual los masculinos no pueden acceder, y se vuelven locos por saber de qué charlamos y qué hacemos en un espacio público donde ellos no tienen el poder. Y si no tienen el poder sobre la configuración del espacio y el tiempo de un lugar, el patriarca juzga o insulta o lo banaliza hasta la risa: herramientas básicas de la perpetuación del poder.

Los baños también guardan *secretos de la mujer*. Hace poco Srita Bimbo, en su show de stand up, decía que el patriarcado hasta ha tomado los intestinos de las mujeres: no nos tiramos pedos ni hacemos caca. No van a poder creerlo pero en contra de la estructura policiáca del olor del sistema opresor, las minas hacemos todo eso: caca, pedo, pis. Impensado que no seamos esas barbies-maniquies presumiblemente sin orificios de las tapas de las revistas, ¿no?

 Dime cómo diseñas un baño y te diré quién eres

“Si quieres saber la posición de las mujeres en un sociedad en particular, mira la cola que se forma en los baños” afirma Clara Greed, una urbanista feminista inglesa. El acceso a los baños, es uno de los ejemplos más claros de discriminación contra las mujeres y un ejemplo de cómo las ciudades siguen respondiendo a modelos patriarcales y capitalistas aún a la hora de cagar. Es decir, figurada y literalmente, la siguen cagando. Sucede lo siguiente: incluso a nivel fisiológico, las mujeres hacemos un uso mucho más frecuente de los baños que los hombres. Por un lado, nuestro sistema endocrino es distinto y casi siempre necesitamos orinar más a menudo que los hombres. A su vez, tenemos más necesidades específicas por todo lo relacionado con nuestra función reproductiva: menstruamos, tenemos más problemas de retención de orina debido a los partos, sufrimos cistitis de manera bastante más frecuente que los hombres, etcétera. Todo lo cual conlleva a que: sí, usamos mucho más el baño, no, no hacemos colas eternas porque nos gusta. Realmente necesitamos ir.

(Ah, paréntesis: y no nos olvidemos de un gran hit de la cuestión, que es dónde están los cambiadores de pañales. Es gracioso porque es verdad)

Entonces, el lugar donde pishamos y cagamos no es inocente. El diseño y la construcción de los baños continúa haciéndose desde una visión androcéntrica, ignorando una visión de y para las mujeres. Hablamos de un  urbanismo que, lejos de ser neutro, se ha configurado sobre las bases y los valores de una sociedad capitalista y patriarcal.

Por eso, abajo los baños patriarcales, que van a caer: necesitamos deconstruir los modelos arquitectónicos y urbanísticos hegemónicos que invisibilizan nuestras necesidades.

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Teneme la puerta

Ahora los baños de los bares tienen carteles con el nombre de un trago clave que podés pedir en la barra por si estas en una cita que no te gusta o estas siendo violentada, las puertas internas de los baños están llenas de mensajes y frases que pibas dejan para que lean otras pibas, de confesiones. Las puertas de los baños han sido claves para liberar victimas de trata: una compañera pide ayuda, porque sabe que otra mujer lo va a leer. Saben que alguna va a hacer algo al respecto. Lo saben porque hasta en el mínimo gesto de pasar papel por debajo de la puerta, limpiar el maquillaje para que nuestra amiga no salga del baño con la pintura corrida, prestarnos la pintura del labios, pedirle delineador a una desconocida, correr a buscar toallitas cuando a una le vino, prestarle un tampón a una chica random que estaba por ahí, hablan de una cultura del cuidado que es totalmente otro cuidado del que nos quieren endilgar.

La revolución también es en el baño. Ahí donde nuestra feminidad es cosificada, minimizada y banalizada como puro maquillaje y girl talk, se gestan vínculos sororos, consejos a desconocidas, abrazos, compañía, charlas intimas, pedidos de ayuda. En ese frotarle la espalda a una compañera que tomó de más hasta que se sienta bien, asegurarse que alguna que se perdió de su grupo de amigas se reencuentre, en esa charla con la que está delante de la cola del baño, está la clave.

Porque estamos juntas para tirar la cadena y empezar de nuevo. Y si ataca el patriarcado, vamos a ir felices, vamos a ir felices, felices al baño.

Hasta que caiga el macho.

Y lo hacemos otro rato.

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