Por Lucas Peretti (@lucperetti)

1.

Es viernes a la noche y lo único que querés hacer es llegar a tu casa, poner el teléfono en silencio, pedir algo para comer y reservar un puesto en el sillón. No, no, hoy nadie sale, hoy prendemos la computadora y vemos una película. Netflix nos va a solucionar el problema principal: ¿qué tenemos ganas de ver? Las categorías son innumerables y los patrones de búsqueda nos ayudan a encontrar lo que queremos. ¿Preferimos ver las primeras películas de un actor que nos pareció fantástico? ¿Lo último de la directora que nos recomendaron? ¿Y si empezamos una serie nueva? El sistema intenta responder todas estas preguntas y se ampara en nuestro historial de vistas y en nuestras propias calificaciones. Entonces, que Netflix haga su laburo, para eso le pagamos, acaso mi plata no vale. Vamos a “Mi lista” y aparece un mosaico de todas nuestras aspiraciones, todo eso que alguna vez pensamos que iba a estar bueno ver pero ya no, como los libros que compramos en las ferias y unos meses después ni nos acordamos que tenemos. Pero el problema sigue sin solucionarse porque las posibilidades son, si no infinitas, al menos inabarcables para satisfacer las ganas de terminar una semana tirado en un sillón. Encontramos lo que creemos que estábamos buscando y, 42 minutos después, no tenemos ni que despegarnos de nuestra panacea de la comodidad porque es el propio Netflix el que inventó la maravilla de la reproducción automática, así que el S01 E02 aparece sin que nadie lo pida.

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Si no nos gusta tanto Netflix, el proceso es igual en otras páginas. Si no nos gusta tanto mirar películas o documentales o falsos documentales o programas de TV o acción o animé o todas esas categorías y preferimos leer libros, el proceso es igual con Amazon o algún sitio de descarga gratuita. Si no nos gusta tanto leer, pasa lo mismo con Spotify. Y así.

 

2.

Al primero que escuché hablar de censura por exceso de ruido fue a Ángel Faretta en los podcasts sobre cine que entregaba Sebastián de Caro. Faretta, profesor, autor e investigador sobre el cine, hablaba de una inflación cultural y no económica. Si consideramos que la inflación es el exceso de material circulante, entonces, aplicado a la economía ese material es el dinero. Aplicado al arte, es la cascada infinita de películas, libros, canciones y todo eso.

Hoy el exceso de oferta es un mecanismo que viene a suplantar a la antigua censura rígida, según Umberto Eco, a quien vamos a volver más adelante. Cuando antes una película/libro/artista estaba en una lista negra, se impedía el consumo por parte de la audiencia y, en caso de que se consiguiera llegar a esa manifestación artística, este consumo era ilegal y clandestino. En diferentes períodos históricos encontramos la misma lógica. Por ejemplo, en el colonial existían índices de libros prohibidos actualizados periódicamente por los reyes y por el Vaticano. Además, para tener imprentas había que contar con autorizaciones del rey y, por si esto fuera poco, en la corona española la Inquisición se encargaba de controlar las bibliotecas para asegurarse que no ingresaran textos herejes. El procedimiento en las dictaduras del siglo XX no era muy distinto: también se sumaba la destrucción del material prohibido y la persecución/desaparición/asesinato de los autores y, no en pocos casos, de los lectores.
Con el paso de las décadas, esas consecuencias físicas dejaron de aplicarse a los autores y lectores. Hoy el mecanismo actúa distinto porque en lugar de prohibir, muestra todo a la vez: el abanico es eterno y nunca termina de desplegarse. De nuevo la inflación, el exceso de material circulante.

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Ítalo Calvino lo adelanta en “Si una noche de invierno un viajero“, de 1979. En este libro, uno de los últimos trabajos del escritor italiano, y el comienzo es fantástico. (Ítalo Calvino nos dice en la primera frase que estamos por empezar a leer la nueva novela de Ítalo Calvino: “Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero“, nos dice adivinen quién. Y además nos echa en cara cómo llegamos a ella: sólamente vimos en un periódico que salió su nuevo libro y fuimos a la librería a comprarlo. Y en la librería ocurre lo temido porque resulta que hay muchos otros libros que no leímos y que Ítalo Calvino se encarga de enumerarlos con categorías netflixeanas: primero están, obviamente, los Libros Que No Has Leído, pero después se suman los “Libros Que Puedes Prescindir De Leer, de los Libros Hechos Para Otros Usos Que La Lectura, de los Libros Ya Leídos Sin Necesidad Siquiera De Abrirlos Pues Pertenecen A La Categoría De Lo Ya Leído Antes Aún De Haber Sido Escrito. Y la lista sigue: los Libros Que Si Tuvieras Más Vidas Que Vivir Ciertamente Los Leerías También De Buen Grado Pero Por Desgracia Los Días Que Tienes Que Vivir Son Los Que Son; los Libros Que Tienes Intención De Leer Aunque Antes Deberías Leer Otros; los Libros Demasiado Caros Que Podrías Esperar A Comprarlos Cuando Los Revendan A Mitad De Precio, de los Libros ídem De ídem Cuando Los Reediten En Bolsillo, de los Libros Que Podrías Pedirle A Alguien Que Te Preste, de los Libros Que Todos Han Leído Conque Es Casi Como Si Los Hubieras Leído También Tú; los Libros Que Hace Mucho Tiempo Tienes Programado Leer, los Libros Que Buscabas Desde Hace Años Sin Encontrarlos, los Libros Que Se Refieren A Algo Que Te Interesa En Este Momento, los Libros Que Quieres Tener Al Alcance De La Mano Por Si Acaso, los Libros Que Podrías Apartar Para Leerlos A Lo Mejor Este Verano, los Libros Que Te Faltan Para Colocarlos Junto A Otros Libros En Tu Estantería, los Libros Que Te Inspiran Una Curiosidad Repentina, Frenética Y No Claramente Justificable“). Entre todo ese exceso de ruido, elegimos, nos dice Ítalo Calvino, la nueva novela de Ítalo Calvino.

 

3.

Para celebrar la vuelta a la democracia, en 1983 Marta Minujín montó un Partenón en Buenos Aires recubierto con libros que habían sido prohibidos por los militares. La escultura gigante, con estructura de metal, se transformaba así en un símbolo de resistencia: desde el Partenón como ícono de la Grecia clásica del nacimiento de la democracia hasta una Buenos Aires reconstruida después del terror. Miles de libros se incorporaban temporalmente a las columnas y esta obra de arte efímero, contemporáneo y masivo, se desarmaba tiempo después para que esos libros fueran distribuidos.

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Hace pocas semanas, Minujín inauguró la reedición de su obra en Kassel, Alemania, dentro del festival Documenta 14. El Partenón se transformó en una de las presentaciones que expone esta muestra y ganó, sin dudas, visibilidad internacional. La estructura alberga ahora a más de 100 mil libros que alguna vez fueron prohibidos en algún lugar del planeta y Minujín invita de nuevo a los espectadores a que lleven sus propios libros para que los incorporen en el monumento.

El Partenón del ’83 se adaptaba perfectamente al contexto de recuperación democrática y la necesidad que existía de tener, en muchos casos, un primer contacto con esos libros para gran parte de la sociedad. Pero, ¿a qué contexto se adapta la reedición de una obra 34 años más tarde en una época en la que podemos tener acceso a esos libros desde el sillón de nuestra casa? Seguramente el Partenón de Kassel, al ser una obra con perspectivas mundiales, es sentido con más cercanía en aquellos lugares donde la censura rígida siguió/sigue operando. En todo caso, si es aplicable el concepto de inflación cultural, una mole de toneladas con 100 mil libros ayuda a alimentar ese exceso de material circulante. ¿Acaso el concepto no se entiende sin necesidad de perderse en columnas llenas de libros? ¿Acaso este Partenón no está representando hoy una censura que está desfigurada?

4.

Íbamos a volver a Eco y acá estamos. “No quisiera que la palabra censura evocara tan solo silencios culpables; existe una censura por exceso de ruido, como saben los espías o los criminales de las películas de misterio que, si han de confiar algún secreto, ponen la radio a todo volumen“, escribía Eco en 2011 en un artículo llamado “Pobres Bersaglieri“, incorporado en su póstumo “De la estupidez a la locura“. El artículo habla de respuestas equivocadas en exámenes de historia para alumnos que terminan el colegio: “Tal vez nuestro estudiante no era uno de esos a quienes se les había escatimado información, sino alguien a quien se le había dado demasiada“.

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La información útil había sido enterrada entre información irrelevante. Como las falsas entradas en Wikipedia o los audios de Whatsapp que te dicen que no salgas a la calle cuando hay paro de transporte. Eco dice: “¿Cómo puede un muchacho decidir si el autor de esta información está bromeando, es un personaje excesivamente extravagante o en cierto modo dice la verdad?

Nosotros decimos:

¿Cómo podemos participar de un Partenón construido en una dictadura y diferenciarlo del mismo Partenón 34 años después?

¿Hasta cuándo vamos a poder diferenciar un documental de un falso documental?

¿Será hasta el momento en el que Netflix saque la palabra “falso” en las etiquetas de las películas que buscamos para ver un viernes a la noche?


 

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