por Guido Rusconi (@GuRusconi)

En mayor o menor medida, en los últimos años el feminismo ha pasado a ser parte de la agenda mediática, de la mano de la consigna #NiUnaMenos, de marchas que visibilizan cada vez más las diferencias entre géneros, de artistas, políticos (casi exclusivamente de los partidos de izquierda) y demás comunicadores sociales que han puesto esta -para muchos polémica- palabra en sus bocas para sacarle su identidad tabú. En definitiva, el feminismo actualmente está en boca de casi todas las personas que tienen acceso a los medios de comunicación y la idea de que es la parte antagónica del machismo, si bien aún sostenida por algunas personas, se está extinguiendo de a poco.

Era entonces natural que tanta exposición al respecto atrajera de manera cada vez más constante nuevos adherentes a este movimiento de liberación, y fue hace algunos años que los varones desembarcaron en el mundo del feminismo de manera institucionalizada. El varón con ideas progresistas y cierto interés por las políticas de género se preguntó por qué no podría inmiscuirse en un ambiente lógicamente predominado por las mujeres y así nació el varón feminista, una rara avis, que en poco tiempo pasó de ser un mero aprendiz a querer ser protagonista. Hacia inicios de la segunda década de este siglo nacen algunas organizaciones como el Colectivo de Varones Antipatriarcales, quizás la más conocida de estas con sedes en CABA, La Plata, Rosario, Mendoza, entre otros puntos del país, que abogan por la igualdad de género y sirven de aliados en la lucha de las mujeres por un mundo más justo para ellas. Mediante la organización de diversos talleres y encuentros nacionales (que emulan el Encuentro Nacional de Mujeres que se celebra desde más de hace treinta años), el fin último de estos colectivos es el de deconstruir las masculinidades y de desterrar al “macho” que cada uno tiene adentro (uno de sus lemas más célebres es “ni machos ni fachos”). El varón feminista entonces provocó dos reacciones: la curiosidad y extrañamiento (pero al fin y al cabo con cierto interés) de las compañeras feministas por un lado y la burla de otros varones ajenos a estas cuestiones, que atónitos veían como los Varones Antipatriarcales marchaban usando polleras manifestándose a favor del aborto legal, seguro y gratuito, entre otros reclamos.

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Pero así como en un principio los autoproclamados varones feministas (aquellos que militaban en organizaciones como los que no) despertaron opiniones positivas, no pasó mucho tiempo para que el asunto diera un giro de 180 grados. Por un lado, comenzó una ocupación del espacio político feminista en el que lugares originalmente designados para sus compañeras eran ahora también para varones; yendo al frente de las marchas llevando las principales banderas (en sentido figurado y literal), tomando la voz en asambleas y otras reuniones de organización militante, e incluso a veces hasta dando cátedra a sus propias compañeras sobre lo que era el feminismo o hacia dónde debía ir (fenómeno conocido como mansplaining). A estas cuestiones de orden más simbólico (aunque no por eso menores) se le debe sumar que de a poco se fueron destapando ciertas historias de varones feministas cuyas actitudes en su vida personal no coincidían del todo con las ideas que profesaban. Personas que en sus vínculos sexoafectivos ejercían distintos tipos de violencia de género: psicológica, emocional y en casos hasta física y sexual.

Aquí ya no hablamos solamente de micromachismos (otro concepto sobre el cual ya hay mucho escrito), sino de acciones machistas que cualquier persona, iniciada o no en el tema, podría notar. Desde manipulaciones y chantajes emocionales hasta los extremos de los maltratos y las relaciones sexuales forzadas (incluso en el contexto de una pareja establecida), los ejemplos son muchos y diversos. Si las relaciones humanas son en su gran mayoría relaciones de poder, en estos casos el poder es un amuleto valioso que el varón –conciente o inconcientemente – no está dispuesto a soltar al relacionarse con mujeres, sea cual sea el vínculo que los une. Y luego las culpas son lavadas llevando un cartel de #NiUnaMenos en alguna que otra marcha. Nadie está exento de contradicciones, pero las de los varones pueden resultar mucho más nocivas si sus acciones son de una naturaleza muy diferente al de sus palabras.

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Al hacerse este tipo de historias (que de alguna u otra manera siempre terminaban trascendiendo) cada vez más frecuentes, era lógico que las feministas ya no vieran con buenos ojos a sus compañeros, señalando la clara hipocresía que denotaba su accionar. El hecho de que el enemigo estuviera ocupando el mismo espacio y militando las mismas luchas fue causal de desconfianza suficiente para que algunas vertientes del feminismo estipularan que los varones simplemente no podían llamarse a sí mismos feministas ni llegar a serlo. Partiendo de esta premisa solamente las mujeres, tanto cisgénero como transgénero, pueden serlo, basándose quizás en una idea simple de pertenencia: no se puede ser parte del sectoropresor y luchar codo a codo con el oprimido al mismo tiempo. La complicidad machista que muchas veces se cuela en la militancia de los varones feministas termina por empañar su credibilidad.  Si bien muchos varones de las organizaciones previamente mencionadas son parte del colectivo LGBT, en el fondo siguen siendo varones que no se terminan de cuestionar muchos de los privilegios que por el hecho de ser varones dan por sentados. A raíz de todo esto podría llegar a pensarse que un porcentaje del feminismo prefiere que los varones sean machistas de pura cepa para así ya no tener que confia y ser nuevamente decepcionadas por presuntos aliados en la lucha, quienes obran muy diferentemente de lo que su discurso ofrece.

Fue entonces que los varones feministas pasaron de un lugar prestigioso a uno desdeñado, siendo a menudo llamados “machitos de izquierda”, “machirulos” o como bien se puede ver en el título de este ensayo, “feministos”. Por lo tanto, la idea del varón feminista pasó a ser un oxímoron, una contradicción andante.

El feminismo tiene un enemigo claro, que puede ser llamado machismo o patriarcado o como se desee, pero que está ahí. Un enemigo que se cristaliza en femicidios cada 18 horas, en un presidente electo que dijo que a cualquier mujer le gusta ser piropeada por la calle y que le digan “que lindo culo que tenés” o en una cultura mediática que las cosifica y minimiza sus reclamos. En su novela El sabotaje amoroso, Amélie Nothomb hace una reflexión interesante sobre el concepto del enemigo la cual cierra diciendo que “Si te reconcilias con tu enemigo, deja de ser enemigo.” La idea de la reconciliación es algo que las luchas que plantea el feminismo no concibe.

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Cabe entonces preguntarnos si los varones pueden (podemos) ser feministas o no. En un principio me arriesgaría a decir que no, pero personalmente pienso que en este caso las etiquetas autoimpuestas no son lo más importante. Muchos de los ejemplos que me llevaron a escribir este ensayo provienen de casos de varones que el título de feminista les otorgaba cierta aura, cierta mística sólo por el hecho de militar algo distinto, algo a lo que no pertenecían. Y el prestigio inicial que ganaron les permitió descansar en un colchón de su propio regocijo, sin seguir la deconstrucción de su masculinidad hegemónica (el cual es el camino, después de todo) y sin cuestionarse sus privilegios y actitudes machistas que sin duda aún tenían. Esta soberbia de creerse totalmente deconstruidos (spoiler alert: la deconstrucción es un sueño eterno) fue el descenso inicial en la parábola del varón feminista.

Como última cuestión es necesario responder a la interrogante de qué se puede hacer como varón cisgénero para aportar a la lucha. En un principio, por más burdo y obvio que parezca, no matar, violar o abusar psicológicamente mujeres es un comienzo. Hacer el proceso de deconstrucción de la masculinidad y del cuestionamiento de privilegios que no vemos es también uno de los pasos a seguir, siempre y cuando se tenga en cuenta que el rol que ocupamos en la lucha es secundario y en ocasiones totalmente dispensable. Callar, escuchar y seguir a las mujeres (cis y trans) que al fin y al cabo son los verdaderos sujetos del feminismo.

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