por Lucas Fantin (@LMF131)

En el universo de pedo místico del que se sustenta el indie, Alex Turner ocupa un lugar central. Más que nada por ser el líder carismático que toda banda necesita como parapeto para lanzarse al estrellato. Un cantante que hasta ahora atrapó a muchos con su voz media, rasgada y bien marcada. Pero ¿qué pasa cuando abusamos de tal liderazgo? ¿O cuando encontramos en el recurso característico un opiáceo de composición musical con el que queremos aseguramos el éxito? ¿Qué pasa cuando nos lanzamos de lleno al estanque del conformismo cuando en realidad queremos seguir el río de la disrupción? ¿Qué otra metáfora estúpida puede usar el redactor de esta nota? ¿Cuándo se acabarán las preguntas? Más o menos, como la sonoridad repetida y pastosa que supone hacer tantas preguntas juntas, otro tanto es la capacidad vocal de Alex Turner.

Todos quedamos de cara cuando escuchamos el nuevo álbum de estas personitas tan amigables que son los Arctic Monkeys. Este es uno de sus trabajos más cuidados, mil veces más arreglado que el en extremo minimalista AM. Un elemento fundamental sería el pie para poder tirar este paso de magia: el acercamiento al jazz-pop de los 50-60 con el que experimentó un poco la psicodelia en los 60 (bandas como Nirvana UK, que claramente podrían ser los predecesores de este estilo que retoman los AM). Obviamente, fue muy polémico porque los cabeza-de-tacho acostumbrados al indie pop e indie-rock de los antiguos Arctic largaron muecas por todos lados. Sí, la nueva incorporación de ritmos jazzeros en 3/4 acompañados de una distorsión que agarra viaje junto con un bajo claramente psicodélico (en colaboración con el bajista de Tame Impala) y la utilización de instrumentos extraños como la guitarra baritona, el dolceola (un pianito particular muy usado en el blues de los 50) y el orchestron (un sustituto algo oscuro del melotrón que da un toque vintage clave al álbum) dejaría pagando el cerebro de muchos. El disco basa su estética en la música que suele ambientar los halls de entrada de los hoteles (que justifica la incorporación de un piano de cola) y luego desata un hilo de psicodelia acompañado por una batería bastante sargent-peppera por momentos e infaltables bases electrónicas de las cuales el mercado no se cansa nunca.

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Muy lindo todo. Hasta acá. Un problema con nombre y apellido: Alex Turner. Todos quisiéramos tener esa vocecita raspada que tiene él y que lo hace tan “sexi”. Su estilo a media voz hace que nos mojemos y tal pero, ¿cuándo se va a callar? En serio, si hay algo que molesta es simplemente que no para de “cantar” durante todo el disco. O sea, dejame escuchar la música, amigo.

No hay forma de pensar que la voz de Alex Turner ha evolucionado demasiado desde el primer disco de la banda. El recurso de usar una voz media constante para resaltar su “profundidad” es algo a lo que nos tienen acostumbrados desde siempre. Mucho del éxito de los AM se debe a esta curiosa forma de cantar de Alex pero, ese hecho que en principio no molestaba, termina causando que todo un disco de ambientaciones maravillosas, de arreglos arriesgados y de instrumentación muy cuidada sea tapado por la absurda idea de que en cada tema que dure 5 minutos, él tiene que tapar 4 y medio con letras algo flojas, aplastadas contra la rítmica, y recitaciones apuradas que no llevan a ningún lado y no aportan demasiado armónicamente. Esto baja inmensamente el nivel de un disco que parecía impecable. Es como si la desesperación porque la voz de Alex Turner siga como estandarte de la banda importara más que la banda misma, y es lo que hace algo denso el goce del álbum. Es obvio que Tranquility Base Hotel & Casino no fue otra cosa más que un capricho de Alex Turner y que no planea entender (a pesar de ser un gran músico) que no es un gran cantante.

Su voz sí funciona en bandas como Last Shadow Puppets o los discos anteriores de AM por ser de carácter más minimalistas o sencillos en donde la voz potencia su característica indie. En la odisea instrumental que es Tranquility Base Hotel & Casino, Turner no se pone a la altura de las circunstancias y deja que su monótono cantar (que antes entonaba con la estética de la banda) salpique de aburrimiento cada canción. Además, sus intentos en falsete fracasan miserablemente, siendo que Matt Helders fue desplazado de esta tarea. Quizás esto sea sencillamente un mensaje: la voz es un instrumento más y, a veces, es mejor hacer silencio.

Callate de una vez, Alex Turner.

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