por Alan Porcel (@alguientieneque)

 “Señor, su hijo lo trajo al siglo XXI. Es muy parecido al siglo XX, excepto porque todos tienen más miedo y la bolsa ha bajado mucho”
—Lisa Simpson

En su libro Future Shock, Alvin Toffler define el concepto de “shock del futuro” como una sensación de malestar, desorientación y estrés ocasionada por demasiados cambios en un periodo corto de tiempo. En la misma obra desarrolla la idea de “sobrecarga informativa”, un concepto que puede parecernos poco innovador por estos días pero que era bastante original cuando el libro fue publicado en 1963. El desarrollo tecnológico exponencial ha llevado ambas ideas mucho más lejos de lo que Toffler pudo alguna vez imaginar.

Aunque la historia política reciente de Argentina puede contradecirme, la gente tiende a rechazar los cambios. Nuestros modos de vivir y de hacer las cosas son cómodos y nos resultan “naturales”. En algunos casos llegamos más lejos: postulamos que la manera actual de manejarnos es la mejor y la más conveniente. La sociedad en su mayoría alcanza consensos que se legitiman en su génesis misma: es lo que la mayoría cree que está bien.

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Los avances de la ciencia y la tecnología dieron lugar a nuevas y mejores técnicas para hacer casi todo. Estos descubrimientos fueron reemplazando con el tiempo (a veces mucho) a las prácticas anteriores. El científico de datos Marcelo Rinesi dice que uno puede ver la historia de la ciencia como una desnaturalización de las cosas a través del tiempo: “Al comprender las causas de las hambrunas nos dimos cuenta de que eran contingencias y no eventos inevitables. Al entender el porqué dejamos de decir ‘tiene que’”.

Instintivamente nos resistimos a modificar nuestras prácticas y demoramos transformaciones que pueden resultar muy beneficiosas para la sociedad. Las causas de este comportamiento son variadas y sus consecuencias suelen ser importantes aunque no las percibamos.

“Faced with the choice between changing one’s mind and proving that there is no need to do so, almost everyone gets busy on the proof”
—John Kenneth Galbraith

Los sesgos cognitivos son factores que afectan nuestro juicio a la hora de tomar decisiones sin que nos demos cuenta. Un ejemplo de ellos suele aparecer cuando elegimos representantes políticos. Podemos creer que la elección que realizamos es completamente racional e independiente pero en nuestro cerebro inciden elementos irracionales todo el tiempo.

En un estudio llevado a cabo por Alexander Todorov, un psicólogo de la Universidad de Princeton, se invitaba a los participantes del experimento a elegir al más competente entre 2 candidatos políticos sin conocerlos, solo viendo su cara. A pesar de que en ningún momento se les decía que realmente habían competido y quién había ganado, en el 70% de los casos los participantes elegían al candidato ganador. Se puede deducir a partir de esto que la imagen y la apariencia constituyen un gran sesgo a la hora de elegir representantes.

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Los sesgos también operan cuando algo disruptivo aparece ante nosotros. Nuestra primera reacción suele ser el rechazo y la reafirmación del status quo en el que vivimos. Es interesante prestar atención a algunos fenómenos que en los próximos años serán temas de discusión y que pueden verse reflejados en transformaciones del pasado, recientes y no tanto.

Los miméticos del ejercicio son fármacos desarrollados para conseguir cambios similares a los provocados por el entrenamiento físico. Estos compuestos buscan que, al tomarlos, el cuerpo emule la respuesta que daría al hacer ejercicio. Hasta el momento solo han sido probados en ratas pero con el paso del tiempo se pronostica que podría utilizarse en humanos. Ahora bien: ¿cuál sería la reacción del conjunto de la sociedad ante alguien que utiliza esto?

Es difícil no pensar de inmediato en los anticonceptivos y el divorcio, dos prácticas que hoy en día nos parecen completamente lógicas pero que tuvieron cuestionamientos a lo largo de la historia. La oposición a los avances de la tecnología y a las ampliaciones de derechos suele presentarse en argumentos moralistas por parte de gente que no pudo gozar de los beneficios que conllevaría su aplicación (hola, despenalización del aborto, cómo te va). De más está recordarles que quienes toman las decisiones importantes sobre estos temas (legisladores, jueces) suelen ser personas mayores.

La competitividad es un elemento que suele jugar a favor de estos grandes cambios. Si algunos trabajadores no se apropian de las nuevas técnicas y tecnologías probablemente serán desplazados por otros que sí lo hagan. Remontándonos al momento de la aparición de las computadoras podemos pensar en varias empresas que se vieron perjudicadas por no incorporarse en tiempo y forma al mundo digital. Cuando los números apremian la moral puede dejarse de lado.

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Un problema real que puede tener (y ya está teniendo) el desarrollo tecnológico y los cambios mencionados es su valor. Actualmente vemos las desigualdades que surgen del acceso (o no) a mejor tecnología, educación, alimentación. Imaginemos como puede ser un mundo en el que un pequeño sector de la población puede darse “superpoderes” (mayores capacidades físicas, menos horas de sueño, envejecimiento retardado). Como sucede cuando hablamos de inteligencia artificial, más importante que el nivel de desarrollo que se alcance es la capacidad de acceso a ese tipo de tecnología.

Otro gran tema a tener en cuenta a la hora de hablar de este tipo de cambios son los efectos secundarios. Actualmente existen fármacos que posibilitan que las personas duerman menos y son utilizados por estudiantes académicos de alto nivel. La mayoría de estos tienen efectos secundarios pero es probable que con el tiempo la ciencia logre reducirlos o eliminarlos. Si esto sucede sería raro que alguien decida no utilizarlos. Algo similar ocurre con las drogas. Si todos sus efectos secundarios fueran eliminados los únicos argumentos para la restricción de sus usos recreativos serían de índole moral.

El diseño de las pruebas que las instituciones nos plantean (entrevistas laborales, exámenes educativos) también ha quedado obsoleto. ¿Qué sentido tiene no dejar que alguien utilice Google en una instancia de admisión laboral si cuando ejerza su profesión lo hará constantemente? Nuevamente, el derecho de piso aparece como un obstáculo para el mejoramiento de algunas actividades comunes a todas las sociedades.

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Hace poco escuché a alguien decir que el objetivo de una sociedad es que la mayor cantidad de personas experimente el mundo de la mejor manera posible. Me gustó mucho como horizonte común a seguir y creo que para alcanzarlo debemos dejar de lado algunas de las reticencias culturales a los cambios que he mencionado.

Pasarla mejor está a algunos prejuicios y sesgos de distancia.

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