por Eugenia Mackinson

                ”¿Les cuesta admitir un sistema de reproducción de vida,
tan mecánico y artificial? Recuerden que, en nuestra incapacidad de ver,
los movimientos del prestidigitador se convierten en magia
—Bioy Casares, La invención de Morel

 

Radiohead empastelado, coger de pepa, dame un clona que me pone ansioso viajar, vayamos al campo a tirarnos un cartoncito, una liñita para estar despierto, es la alarma de la pasti antibebé, a mi vieja le dieron antidepresivos, hay gente que se toma 5 litros (de Coca Cola)  y qué miseria, tres empanadas para la gula.

Las figuras que se recortan en un discurso, según Barthes, están a él circunscritas cuando, por ser memorables, alguien —copiándole el ejemplo a Roland— exclame: “¡Qué cierto es! Reconozco esta escena del lenguaje”. La tópica del goce se recorta, en mi Whatsapp de este lunes/martes/miércoles, alrededor de estas escenas de las que supongo Ud., lector, ha formado parte también – y con mayor intensidad tirando al fin de semana.

Si googleás “droga”, las acepciones que cosecha el buscador remiten a la sustancia en su intencionalidad; todos hablamos de lo malos que vienen los cartones, pero ¿cuánto en realidad hay más allá de la amarga anfetosidad que saboreamos? ¿Cómo discernir a la droga más allá de nuestros sentidos? ¿Se puede desligar a la cosa de su modo-de-uso?

En un artículo anterior @sandiaconqueso remitía al laburazo de El Gato y La Caja que codifica al término alrededor de grupo enorme de compuestos químicos que hacen una infinidad de cosas, y si todo objeto “en cuanto ejecutándose, (…) [es] una esencia oscura y tormentosa que excede cualquier lista de propiedades” (Harman, 2015: 110) que pueda hacerse de él, las figuras  que tipeo requieren de éstas el poder de desplegar los tonos que —lejos de la conexión sintagmática presente— las asocia in absentia en una serie virtual hoy nos convoca. Figuras, figuras del discurso de la sintetización-para.

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Procese su inmediatez, su mundo a la mano: las cosas sobre la mesa, el contacto de las telas con su cuerpo, inhale-saboree-exhale, haga foco en el sonido que entreteje sus pensamientos con estas letras; usted, ser espacial y situacional, en un proceso de interrelaciones —en este sistema total— estabiliza aunque no agota a otros existentes. Es en una suerte de entanglement (Hodder, 2014) de afecciones que hacen paisaje en usted, con usted, hilando cada uno de sus sentires sobre lo-que-hay con los espacios donde se esos sentires habitan. Hasta aquí yo, para allá eso, al frente, esto, y así.

Sinestésico es el encuentro entre cuerpos, de mi cuerpo con el cuartito de cartón que me toca en la repartija, sinestésico su encuentro con este sistema de signos que transmuta en su experiencia perceptiva, viva, creativa, de él. Allí nosotros como productos de una regulación estética de los sentires, de un orden de éstos pero ¿nosotros quienes? —yo + no yo // – yo + vos // yo + él // yo + vos + él—, ¿qué nosotros y nosotros qué? Si no puedo desligar al grupo enorme de compuestos químicos que hacen una infinidad de cosas en mí, que me hacen a mí, ¿cómo puedo definirme a mí sin remitirme al espacio en el que ellos me recortan?

El modo occidental de hacer realidad, una naturaleza/varias culturas, se pretende sobre una prelación analítica entre identificación y relación donde la primera se basa en la “atribución a los existentes de categorías concebidas por analogía con las que los humanos se reconocen [y valoran] a sí mismos” (Descola, 2012: 183). El que se marque variaciones culturales sobre una naturaleza constante nos guía a preguntarnos sobre el objeto en donde esta constante se marca, el objeto natural, el objeto primero, la sustancia ineludible pero también a la utilidad de esa sustancia… porque, aceptémoslo, en un sistema de laissez faire, laissez passer, el Imperio —como bien lo predijo Negri (en Tiqqun, 2012)— actúa allí donde reina lo normal.

Aquí cuerpo es producto de una tecnopolítica que lo gestiona microfísicamente: el cuerpo se genera desde dentro; las instituciones mayores que moldeaban al sujeto dejan caer sus muros y se achican, se comprimen en hormonas e impulsos nerviosos: el cuerpo, prótesis técnico-política de la persona, se traga el poder (Preciado, 2008), cuando traga medidas “en gramos de…”, cuando es formado “por miligramos de…”. Dejamos de lado la esencia a moldear[1] para volvernos plasma, electricidad, hormona, consumidores del deseo y del goce que —oh casualidad, señora que barre la vereda— no nos saca del mundo, sino que nos mete un poquito más en su mandato de gozar. Bienvenidos a la era farmacopornográfica (Preciado, 2008), bienvenidos al goce sintetizado, al sexo de pepa, a la anticonceptiva en la cartera de la dama y el clona en el escritorio del ansioso.

antidepressivoEl espacio estriado sobre el que se materializaba el régimen disciplinar, dice Hardt (2002), da paso a un espacio liso en el que las tecnologías del yo lo sujetan sin necesidad de muros institucionalizados, sin necesidad de encerrar su soporte, pero sí con la necesidad de extraer de él su potencia. El biopoder requiere un cuerpo vivo, un cuerpo del que extraer su potentia gaudendi [2], motor del sistema actual que obliga a nuestro yo, ya no a ser libre, sino a gozar empastelados escuchando a Thom Yorke, de gula sentados sobre la mesada de la cocina engullendo empanadas frías; este tecnobiopoder (Haraway, 1995) nos acepta en el mundo siempre y cuando estemos conectados a él mediante un soporte con capacidad de acción (modificación de energía): siempre que estemos dispuestos a gozar, y a incrementar ese goce bardeándonos con el tranza porque el cuartirolo que tocó vino anfetoso.

Entonces, si nuestro deseo viene de la organización de nuestro organismo primero como nuestro, segundo como así organizado, si sabemos con qué desear, cómo desear, cómo saciar ese deseo, si estamos dispuestos a ir a la esquina de Cañada a buscar a la teté o al gordo Marcelo un martes de invierno a las 2 de la mañana, si estamos dispuestas a tecnificar nuestra menstruación y con ella nuestro cuerpo, si a la ruptura con el chongo le metemos cantidades enormes de azúcar o chocolates, si —en última instancia— reconocemos estas figuras, ¿cómo sabemos qué desear si ya con lo que deseamos está codificado para ser explotado? ¿Cómo sostener la liberación inducida por el grupo de compuestos químicos?

El prestidigitador, la máquina abstracta del deseo es lo real, lo que hace real al cuerpo deseante es la capacidad de capitalizar ese espacio vacío del deseo con objetos, sean éstos legales o ilegales ya es otro tema. La sustancia no está desligada de su uso, y su uso no está desligado de los ejes del mercado, jipis y pachamámicos del hongo, amas de casa depresivas y oficinistas duros por la peatonal, fanáticos de la Coca Cola y camioneros de Red Bull, señores, señoras, señeres, cuerpos y cuerpas, llámense como quieran, pero llámense al gasto, al consumo, al deseo de darse para, disfruten el escalonado macro y microecronóico que ha armado a nuestros cuerpos como deseosos, metámosnos más y más dentro de las redes del los compuestos químicos que —al fin y al cabo— es lo que nos hacen ser humanos.

Reconectémonos con la molécula de la felicidad que todavía podemos pagar. La satisfacción es la moneda del Imperio, so let´s have a drink of coke.

 


 

[1] El alma de la que hablaba Foucault en Vigilar y Castigar: nacimiento de la prisión (Siglo XXI, 2014).

[2] “Se trata de la potencia (actual o virtual) de excitación (total) de un cuerpo (…), potencialidad de excitación inherente a cada molécula viva (…). Lo que el capitalismo actual pone a trabajar es la potencia de correrse como tal, ya sea en su forma farmacológica (molécula digestible que se activará en el cuerpo del consumidor), en forma de representación pornográfica (…) o en su forma de servicio sexual (…)” (Preciado, 2008: 38-39)


 

Bibliografia

  • BARTHES, R. (2014 [1977]) Fragmentos de un discurso amoroso. Buenos Aires: Siglo XXI.
  • BIOY CASARES, A. (1998 [1940]) La invención de Morel. Buenos Aires: Emecé.
  • DESCOLA, P. (2012 [2005]) Más allá de naturaleza y cultura. Argentina: Amorrortu.
  • HARDT, M. (2002 [1998]) “La sociedad mundial del control” en ALLIEZ, E. (dir.) (2002 [1998]) Gilles Deleuze, una vida filosófica. Encuentros internacionales Gilles Deleuze, Río de Janeiro – Sao Paulo del 10 al 14 de junio de 1996. Colombia: Revista Se Cauto y Revista Euphorion.
  • HARAWAY, D. (1995 [1991]) Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza. Madrid: Cátedra.
  • HARMAN, G. (2015 [2003]) “La estética como cosmología” en HARMAN, G. (2015) Hacia el realismo especulativo. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Caja Negra Editora.
  • HODDER, I. (2014) The entanglements of humans and things: a long-term view en New Literary History, 45, n° 1, winter 2014, pp. 19-36.
  • PRECIADO, B. (2008) Testo yonqui. Madrid: Espasa.
  • TIQQUN (2012 [2006 y 1999]) Primeros materiales para una teoría de la Jovencita seguido de «Hombres-máquinas: modo de empleo». Madrid: Ediciones Acuarela y Machado Grupo de Distribución, S. L.

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