por Gonzalo Zanini

Esa persona que siempre odiaste

Es inagotable la energía que tienen las personas para hablar mal de alguien, para dedicarle una enorme cantidad de palabras, acciones, sentimientos y odio hacia una X que siempre tratamos de despejar por completo para que nuestra ecuación sea efectiva y logre bardear al otro con el fin de aniquilarlo (ya sea moral, ética o físicamente). Y es que nadie está exento de esta cualidad tan hermosa. Hasta el ser más bueno del universo se procuró un enemigo, así es, todos conocen la historieta: Dios no pudo tolerar la presencia de Lucifer en el cielo y lo mandó a un lugar más cálido y divertido, dándole vida al mismísimo Diablo, su archienemigo. Gracias a esta enemistad, la dicotomía del bien y el mal alimenta las creencias de los seres humanos desde hace siglos.

Digamos que la eterna pelea entre el Dios de los cielos y el Diablo infernal forma parte de un reality show producido por las iglesias con una programación infinita repleta de lágrimas, puteadas, una cámara en mano siempre dispuesta a grabarlo todo y un público que consume la misma idea todo el tiempo. En la Biblia, en Apocalipsis 12:9, el golpe de Dios al Diablo es bien bajo, injuriándolo de diferentes formas: “Y fue arrojado el gran dragón, la serpiente antigua que se llama el diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él.” Con estos modos bíblicos de referirse al antagonista en cuestión, no habría razones para abstenerse de putear a alguien.

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Pero sabemos que nuestro enemigo no tiene que ser justamente un completo Satanás. Que el reality shows barato de nuestras vidas puede producirse con cualquier persona. El ser humano se conforma con muy poco a la hora de enemistarse con alguien. El vecino del departamento de arriba que hace ruido con la cama cuando querés estudiar, la persona que se viste mejor y tiene condiciones sociales superiores a las tuyas y las desaprovecha en viajes a Cancún y cirugías estéticas, la persona que para Año Nuevo te desvalija la casa cuando levantás la copa para hacer el brindis, el terrorismo mexicano degollando adolescentes de dieciséis años, el gringo del Norte que odia a todos los extranjeros y aun así tiene más poder que vos (y lo seguirá teniendo por el resto de su vida), el gringo del Sur con los ajustes y las sombrillas en Mar del Plata, la yegua de la década ganada (o perdida) con el Futbol Para Todos, la persona que te rompió el corazón en el instante mismo en el que abriste la puerta del departamento y la encontraste rompiéndole otra cosa a otra persona, y un largo, larguísimo etc. Es decir que (y esto es sumamente importante) son infinitos los sujetos que pueden postularse para que se vuelvan nuestros más fieles enemigos.

El articulo Construir al enemigo, escrito por Umberto Eco, explica el universo de la enemistad, aunque es más un paseo por la historia de la imagen del enemigo que una profundización reflexiva del tema. Y es que Eco no pretende hacer una tesis novedosa sobre algo que es más que conocido.

A la enemistad no hace falta teorizarla con paradigmas, citas filosóficas y reflexiones orientales para saber en qué consiste realmente tener un enemigo. Pero a no olvidarse que el sentido común siempre está ahí presente, que es el sentido común, lo establecido, lo irreprochable y dado por normal, lo que hace que nuestro enemigo sea tan enemigo nuestro. Eco dice en el texto que “la figura del enemigo no puede ser abolida por los procesos de civilización.” El sentido común, esa primera impresión que nos produce el otro-siempre-diferente, aquellos prejuicios que nacen naturalmente y luego se establecen como dogmas y leyes, es algo inherente a la historia de la humanidad, y siempre estaremos dispuestos a utilizar a nuestro enemigo como justificación de todos nuestros miedos, de todas nuestras imperfecciones. La historia lo ha demostrado así y a no preocuparse con el futuro ya que siempre se contará con algún archienemigo, ya sean neonazis, ciborgs, musulmanes, Mirtha Legrand o Apple.  De la forma en que lo entiende Eco, es inevitable no contar con un contrincante: “Tener un enemigo es importante no solo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo.”

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El enemigo sos vos

 Pero ahora el enemigo se transformó, es diferente. Basándonos en la conocida y popularizada teoría de Zygmunt Bauman sobre el extraño y el conflicto de su indeterminación en la sociedad, el enemigo pasó a ser un enemigo-extraño, que no se muestra tan definido y claro, tan susceptible de bardear y odiar, sino que puede camuflarse, tomar una hibrides alarmante, para así estar en los dos polos del conflicto sin ningún inconveniente. El enemigo-extraño puede ser, al mismo tiempo, Cruella de Vil y alguno de los 101 dálmatas, Bin Laden y George Bush, Dios aceptando el casamiento de niñas de quince años con mayores de edad o el Diablo permitiendo la violación, Marlon Brando trabajando en Guys and Dolls o Marlon Brando trabajando en Último tango en París, tu mejor amigo aconsejándote sobre las medidas y posibles pasos que hay que tomar para superar el rompimiento con tu pareja y tu mejor amigo cogiéndose a tu pareja. Es un enemigo-móvil, que no está satisfecho con ocupar una posición opuesta al contrincante, sino que termina constituyéndose como parte del contrincante.

Un libro interesante que permite entender lo anterior es El adversario, de Emmanuel Carrère. Si la novela trata de mostrar un nuevo género literario o la forma más correcta de escribir sobre lo que se entiende como real, es una consideración propia de todo lector. Pero la novela sí logra transmitir el vacío existencial que puede tener una persona, volviéndose el adversario inesperado de su propia vida familiar y de sus más allegados, y es ese el mensaje más absorbente e inquietante de la novela, la estructura de vida convencional que se desmorona y no deja nada más que una nube de polvo. Jean-Claude Romand, el protagonista real que cometió todos los homicidios que aparecieron en los medios al día siguiente del 9 de enero de 1993, mató a su esposa, a sus dos hijos, a sus viejos y hasta al dogui de sus viejos, y luego trató de suicidarse prendiendo fuego la casa y tomando unas pastillas vencidas. Pero no lo logró. Parece que el amistoso Dios hizo ¿justicia? y lo mantuvo con vida, con el fin de que el Diablo no lograra tener un espécimen tan espectacular en su guarida.

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 En El adversario, Romand representa el típico sujeto de clase media con una vida perfectamente construida aunque a base de mentiras ¿te suena parecido? Días previos al asesinato es un hombre sobrio, cariñoso con sus hijos, trabajador, atento con su esposa, con el lujo de una amante para equilibrar el aburrimiento rutinario, digamos que es un buen esclavo imperfecto del Señor Todopoderoso; y en otro momento, está baleando a sus hijos en su habitación, luego de prepararles el desayuno, encarnando al Satanás más representativo. ¿Cómo puede ser que el enemigo nunca se haya mostrado como tal hasta el momento en donde se corrió demasiada sangre? ¿Cómo puede ser que Dios se haya travestido por unas horas en el Diablo, pintándose los labios de rojo y clavándose una cola puntiaguda en la cola?

La mala racha que está pasando la amada Estados Unidos con los tiroteos no solo demuestra un ineficiente control de compra de armas automáticas sino que refleja que los normales e insospechables heterosexuales de clase media tienen más ganas de disparar contra sus vecinos que podar el césped del patio de sus casas o recibir bullyng de sus compañeros en la universidad o en el trabajo. El Diablo no se viste de rojo y Dios brilla tanto que el blanco enceguece cualquier  tipo de interpretación racional. Siempre va ser más sencillo apuntar primero y tirar la primera piedra al enemigo ideal, completamente malvado y feo, facilismo de reconocer (supuestamente).

Pero es que tener bien en la mira a un enemigo da seguridad. Odiar a tu ex novia/o, enojarte con el-negro-de-mierda-lacra-sucia que te manotea el celular, putear al barra brava contrario a ese equipo superfavorito tuyo, crea esa convicción de que uno está en el lado de los buenos, de los decentes, el lado de los laburantes y honestos, el lugar privilegiado saturado de benevolencia completamente opuesto a nuestro enemigo. Va ser mucha más fácil dejarse llevar por la corriente de practicidad del ser humano de polarizar el bien y el mal (insisto, casi siempre determinado por el sentido común) que ver que uno mismo, en circunstancias específicas en donde se ponen en juego nuestro sistema de valores, presenta una amenaza para un sector de la sociedad.

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Quizás para cerrar otro episodio más del conocidísimo reality shows del Diablo y de Dios sirva una cita del libro de Carrère, en donde reflexiona sobre la maldad insospechada del hijo asesino cuando fusila a sus padres: “Incluso los no creyentes creen algo parecido: que en el momento de pasar al otro lado de los moribundos ven desfilar en un relámpago la película completa de su vida, por fin inteligible. Y esta visión que hubiese debido poseer para los ancianos Romand la plenitud de las cosas cumplidas, había sido el triunfo de la mentira y del mal. Deberían haber visto a Dios y en su lugar habían visto, adoptando los rasgos de su hijo bien amado, a aquel a quien la Biblia llama Satán, es decir, el adversario.”

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