por Federico Frittelli (@fedefrittelli)

Mirá el video.

Está bien, miralo de nuevo. Miralo tres veces si querés. A la cuarta vez ya sentís que se te sigue escapando, que no hace más que horadar tu capacidad de comprensión, por más que sepas que también hay algo ahí que reclama de vos que lo comprendas.

This is America es una obra artística que parece contradecir la simpleza de su título, porque si algo no puede decirse de This is America es que lo sea. Cuando alguien me afirma algo, yo sé, primero, que el otro está afirmando, segundo, qué es lo que el otro está afirmando. Pero con este videoclip, con esta canción, no sabemos ni lo uno ni lo otro. Solo tenemos un nudo en el pecho y una confusión en los ojos que sí, nos llevan eventualmente hacia algún lugar, pero cuya localización es difusa y siempre intuitiva, casi pre-semiótica.

No desesperemos. Intentemos ahora despedazar el video, recuperar posibles modos de leer este discurso sin que toda la arena se nos escurra entre los dedos. Quizás, quién te dice, de tanto tirarle al vacío acertemos un tiro.

Lectura lineal

Estas últimas semanas aparecieron cientos -por no decir miles- de videos en Youtube y notas en revistas y diarios sobre This is America (principalmente el video). Tantas que es posible decir que se llegó a una saturación de discurso, a un punto donde lo que queda por hacer debe ser humorístico (es decir, corrosivo: debe carcomer esa masa compacta de sentido para darles aire a los discursos que quedaron atrapados dentro, para que siga siendo posible decir) o reverencial: callar.

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A esa saturación se ha llegado por lo que considero que son lecturas lineales o metafóricas, cuyo propósito es la recuperación del sentido simbólico de los elementos que aparecen en el video. Esta lectura opera como un detective semántico procurando obtener un significado (referencial, social) para cada significante al menos ligeramente extraño que aparezca. Así, la pose que hace Childish Gambino al asesinar a su primera víctima en el clip es asociada a Jim Crow, símbolo racista de principios del S XX para referirse a los afroamericanos de manera peyorativa; el tiroteo al coro haría referencia a la matanza de Charlestown; los versos “that´s a celly/ that´s a tool” junto con un cameo de adolescentes abstraídos en su celular apuntarían al asesinato de un joven negro en el patio de su casa luego de que la policía confundiera su celular, con el que estaba teniendo una llamada, por un arma. En síntesis, es la obra señalando hacia afuera de sí misma. El goce estético estaría situado entonces específicamente ahí donde se da la feliz conexión de símbolo y referente, donde el observador comprende la alusión y reflexiona por su crudeza.

Esta lectura es aditiva, se apoya en la suma de referencias y las acumula una a una. En lo positivo, es una lectura necesaria: esos acontecimientos están siendo aludidos intencionalmente, de manera más o menos solapada (la matanza de Charlestown es quizás la conexión más evidente). Es tan tentador como necesario recopilar esos sentidos dispersos en la marea de signos del videoclip. El problema es que esos sentidos son finitos, solo hay una cantidad determinada de referencias que podemos identificar. Y está claro que al reconocerlas, no agotamos para nada la lectura de This is America, al contrario, la profundizamos, abrimos nuevos frentes y nos sumergimos de nuevo, ahora liberados de la primera sensación de incomprensión absoluta.

Lectura atmosférica

Existe una moda que retorna una y otra vez en la historia del arte y la lectura bajo diferentes avatares y formas pero cuya esencia permanece más o menos inalterada a pesar de cualquier escuela: la idea de que una obra artística no puede más que ser subsidiaria de un contexto sociocultural que no solo la causa sino que la determina. Esa lectura está hoy en boga nuevamente de la mano de una oleada normativista-moral de los discursos que ha tomado a nuestra generación de rehén, y con la cual experimentamos una especie de Síndrome de Estocolmo[1]. Es la misma interpretación que plantea la dicotomía “analizar la obra por el valor de la obra misma” o “analizar la obra teniendo en cuenta al autor como persona política en un contexto dado”, inclinándose por la segunda. La dicotomía es, desde el vamos, ridícula: plantea una deformación consciente del objeto a analizar, una reducción de su potencialidad. La complejidad de la obra, su carácter abigarrado que no nos permite independizarla del ser humano que la produjo pero tampoco nos deja atarla a él; allí reside lo interesante del arte. Condenar una obra por derivación de una condena a su autor no tiene ningún sentido ni ninguna utilidad ni produce ningún placer estético: solo produce la satisfacción de una autoafirmación de los propios valores morales. Si la condena es compartida y la obra en cuestión desechada, la satisfacción propia se colectiviza y encuentra autoridad y apoyo en la moral de la comunidad. Nosotros somos los buenos principalmente porque sabemos quiénes son los malos.

Si la lectura lineal recuperaba lo social en su conexión con la obra, y había allí una relación de interdependencia, la lectura atmosférica sumerge a la obra en su contexto y, a partir de esto, finge hablar de ella cuando en realidad habla de la situación en que se produce. Una lectura así en This is America la reduciría a mero comentario, y se concentraría, quizás, en las relaciones entre fondo y centro (el caos y los riots apantallados por el cantante y el grupo de niños que combinan bailes con sonrisas en sus rostros). ¿Es una lectura necesaria? Nadie lo duda. Pero si uno se limita a ella, debe admitir que desde un primer momento jamás tuvo ganas verdaderas de leer This is America.

Lectura ideológica

Y que no se entienda por ella una especie de reconocimiento de la ideología madre (que en nuestra época, se ve reducida comúnmente a una de dos variantes: neoliberalismo o progresismo) que estaría sustentando a This is America. La lectura ideológica tiene que ver con la obtención no ya de referencias precisas ni de un ambiente sociológico, sino de un sentido comunicacional del videoclip como un todo. Creo que podríamos reducir esta lectura al esquema de Jacobson, en el cual un emisor utiliza un canal para enviar un mensaje a un receptor. Así, la lectura ideológica se preocupa por distinguir los ideologemas presentes (como palabras de una oración) para reconstruir un mensaje mayor más compacto y acabado que sus manifestaciones parciales. Esta es la pregunta que más común o instintivamente nos sale al terminar de ver o leer algo: ¿cuál es el mensaje?

Uno podría hacer la lectura ideológica de que, en This is America, Donald Glover representa al público (y al público estadounidense) como elemento activo de las catástrofes que se producen. El público es quien asesina al negro y al coro y entremedio baila y ríe y hace movimientos virales mientras en el fondo se desata la hecatombe, el público es quien es impasible ante los cambios de ritmos musicales, del beat, de la letra pues está estupidizado en su violencia de entretenimiento.

Lo bueno de esta lectura es que reconstituye y eleva a una unidad superior a la lectura lineal (y no por esto digo que sea mejor que ella, puede en muchos casos deformarla para que sirva a sus fines, como todo lo que totaliza lo diverso) ya que encadena esos significantes parciales y los reúne a todos, transformando a la obra en un gran significante. Ahora bien, las razones negativas para esta posibilidad de leer son numerosas. Le preguntaron una vez a Nabokov si en sus novelas había algún mensaje (y la pregunta era, debemos entender, “¿Cuál es el mensaje de sus novelas?”, dándolas por hechas), y él respondió: “Soy escritor, no telegrafista”. La lectura ideológica reduce la obra a un lenguaje comunicativo burdo y sencillo, y lo único que busca en el lector es la proclamación de la frase “¡Ah, era eso, mirá vos!”. Digamosló más claro: la lectura ideológica reduce a la obra a un producto para el consumo, un producto lingüístico (en el camino pierde todo lo que de “artístico” tiene una obra). Y así, transforma el sentido en algo que se reconoce, ya no que se experimenta. Esto, paradójicamente, genera que muchos artistas empiecen a su vez a construir sus obras para transmitir un mensaje (para lo cual sería muchísimo más efectivo armar un panfleto o un afiche y ponerse a gritar en la plaza).

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Lectura corrosiva

Que busca un sentido irónico, autolacerante. El video como su propia imposibilidad, producto de mass-consume que critica y dispara al mass-consume. Ni fondo ni centro, ni tragedia ni entretenimiento: justamente la sutura musical del horror y lo banal. Un espejo, pero un espejo sucio que refleja y deforma y mediante la deformación nos hace repreguntarnos qué tanto sabemos de nosotros mismos, de eso que intenta e intenta ser reflejado y no se logra. Lo que se busca acá es el sentido irónico, de lo que no puede ser pero de todas formas es. Un significado que, cuando llego a él, se demuestra significante de otra cosa, y esa a su vez de otra. Se nos desgrana el sentido, pero sólo si tenemos la valentía de ir a buscarlo. Es una lectura fundamental, pero insuficiente. Llevarla al extremo, consumarla, es asumirnos como adolescentes sarcásticos que tiran piedras a las ventanas de una casa abandonada (de la que, ellos saben, jamás saldrá ningún propietario a hacerles rendir cuenta de su insolencia). Empecemos por destruir siempre. Pero después tiene que haber algo. Lo que sea. Pero algo.

¿Qué?

El cuerpo

Todo parece apuntar a un juego en red de lecturas que, así y todo, nunca va a dar forma a lo que tenemos en frente. El objeto se demuestra inasible: la mejor lectura es entonces ninguna lectura en absoluto. Volver al cuerpo una vez que todo mecanismo intelectual fracasó. Recuperar, en la séptima lectura erudita, a la primera. La falta de aire en el pecho en cada disparo de Childish Gambino, el horror entretenido frente a las danzas con los alumnos, la calma injustificada previa a la ansiedad de la corrida final: eso es la única lectura (que no es una lectura) posible.

Leer es reaccionar.

 


 

[1] Esto a lo que me refiero suele signarse hoy con el nombre, en mi opinión poco feliz, de “corrección política”. Aunque entiendo el porqué de esta denominación y sus raíces histórico-etimológicas, no me parece una opción inteligente otorgarle el espacio del “bien”, de paso binarizando la cuestión, a un conjunto de discursos cuyo único objetivo es que no se produzcan otros discursos. Y a su vez, situarnos del lado de la “incorrección” política con sarna e ironía me suena a una especie de adolescencia posfoucaultiana que puede quedar canchera en un primer momento, pero que solo alimenta la bestia ético policial a la que se quiere enfrentar. Un enfrentamiento de esta clase solo lleva a un silencio terminal: negativo por parte de los “incorrectos” (que ya-no-pueden decir), y positivo por los “correctos” (que producen exactamente el único discurso cuyo significado no puede ofender a nadie: ninguno). Habría que decir, mejor, que hay una formación moral normativa y hay un afuera de ella, afuera diverso y múltiple, pero ya no incorrecto.

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