Autor: Matías Gallardo (@gmatias_2)

 

El alcaucil, señor lector, es una verdura de color verde cuyo origen, según Wikipedia, se remonta al norte de África (a Egipto más precisamente). Tiene un tallo de casi treinta centímetros que termina en una cabeza formada por hojas superpuestas entre sí, las cuales, todas juntas, parecieran ser escamas. Su contextura me hace acordar al Aloe Vera, es decir, sus hojas son “gruesitas”, “carnosas”, como me dijo un amigo al que consulte tiempo después. Este mismo muchacho, una de esas personas que elige no comer carne por voluntad propia y que llena el vacío de la misma con platos que reciben igual nombre que su original pero reemplazando el ingrediente principal -es decir la carne- por otra verdura (generalmente berenjenas), me comentó que con dicha planta se podía cocinar sopa de alcaucil. Otra mujer, por ejemplo, me aconsejó hervirlo sin cortar el tallo -en esto fue tajante- para después comer las hojas una por una como si se tratase de un… HE-LA-DO.

En fin, me imagino que debe haber un montón de otras cosas para saber sobre esta maravillosa verdura semejante a un decorado sacado del Mario Bros. Seguramente había escuchado el nombre alguna vez, pero en mi cabeza era algo como el romero o el perejil u otros de esos yuyos que siempre dejo al costado del plato y que las señoras se encargan de poner en las comidas ricas para que el placer de ingerirlas nunca sea completo. Lo cierto es que, hasta hace exactamente dos semanas, yo no tenía la menor idea de lo que era un alcaucil.

Y me hubiese gustado que mi vida, señor lector, siguiera así con tal de haber evitado los sucesos por los que tuve que pasar y que ahora planeo exponer en este relato.

Vivo en la avenida principal de San Vicente. Esta calle es lo más parecido a la zona céntrica que tiene el barrio y, luego de habitar tantos años estas latitudes, uno puede deducir dos cosas: primero, que es impresionante la cantidad de vehículos -especialmente motos- que son capaces de pasar por una calle en un minuto. Y, segundo, lo deficiente que pueden ser los estudios de mercados en los barrios: en menos de cien metros, en la cuadra donde vivo, uno es capaz de encontrar tres kioscos y dos verdulerías.

En realidad, el lector podrá decir: “qué buena suerte acompaña a este muchacho, tiene dos verdulerías cerca”. La verdad es que no. Sería una suerte sino me hubiese hecho amigo de uno de los verduleros. Porque, justamente, esa es la cuestión medular de este relato: uno no debe hacerse amigo de nadie que le esté vendiendo algo. Peor aún, señor lector, lo voy a decir de manera fría para que duela lo menos posible: NO EXISTE LA AMISTAD ENTRE COMPRADOR Y VENDEDOR. Todo lo que une a usted y a ese sujeto tan amable que atiende la carnicería, es que usted le provee dinero, nada más. A él no le interesa donde vive, ni sabe cuándo es su cumpleaños, ni su signo del zodiaco, ni su color preferido. Como mucho sabe el equipo del que usted es hincha, pero ¿sabe qué?, es parte de la estrategia que usa para que tengan algo de que hablar y se sienta más cómodo en su negocio y quiera volver a comprarle.

Es muy fácil decirlo ahora. Me hubiese gustado tener la suerte de usted, señor lector, y haber podido desenvolverme en la vida con este conocimiento tan valioso, el otro día cuando mi novia me dijo: “me estoy yendo a trabajar, ¿podés pasar por la verdulería enemiga y comprar alcaucil?, lo tienen a dos por veinticinco. Lo que pasa es que me quedé sin plata”.  En ese momento yo quise creer que la expresión “verdulería enemiga” era un chiste, una forma graciosa de decirme que la oferta de la extravagante verdura no estaba en la verdulería de abajo sino en la otra, en la del frente. Pero ¿sabe qué?, señor lector, no era así, las mujeres no son así. Es obvio que no quería ir a comprar ella y por eso me mando a mí. No tenía los huevos para que José -el verdulero amigo- la viera comprando en otro lugar, por lo que tomo el camino más fácil: mandar a otro. ¿Sino que explicación lógica se le puede dar a todo esto? ¿que estaba apurada? ¿que no tenía plata? No, me lo hizo a propósito. ¿Quién no tiene veinticinco pesos en estos días en los que cien pesos ya no valen nada?

¿Qué carajo hacer?, le pregunto, señor lector, ¿está usted preparado para bancarse recriminaciones de su pareja por no cumplir una tarea, a todas luces, tan fácil? Yo no. Uno nunca sabe qué clase de efecto mariposa puede desencadenar un hecho, en apariencia insignificante, como este. Pero le redoblo la incomodidad, y disculpe que lo llene con dudas que rozan lo absurdo, ¿hay alguien que esté listo para cargar con la cruz de los traidores, en un barrio donde todos saben quién es quién? Pues para nada quería ser ese al que las abuelas señalen con el dedo a sus nietos como ejemplo de todo lo que no hay que ser. ¡Qué difíciles son los obstáculos que nos pone enfrente esta vida! ¡Qué dolorosa puede ser la libertad para quien confía en la seguridad de lo preestablecido!

¿Entonces? Mi respuesta es esta: el amor muchas veces nos hace ser irracionales y cometer actos suicidas en nombre de algo tan efímero como una felicidad imaginaria. ¿Qué quiero decir? Que agarré tres billetes de diez y las llaves y, como lo hiciera aquel estudiante de abogacía ruso con su hacha escondida en el abrigo, bajé las escaleras dispuesto a acabar con “aquello”.

Yo me tranquilizaba en la idea de que eran casi las dos de la tarde. Esperaba que estuviera cerrada la verdulería amiga, aunque en el fondo anhelaba con todo mi ser que las dos lo estuvieran. De esa forma podría evitar el momento de mierda y patear el compromiso y mandar a mi novia a comprar esa verdura que ni en mis más remotas pesadillas imaginaría comer. Solo tendría que inventar una excusa de la talla de: “perdón, mi amor, justo cuando estaba llegando ellos cerraban, y la verdad es que no daba para caer al último”. Listo, muy simple. Este justificativo contaba con el grado de moralidad y empatía suficiente como para ser irresistible. Es más, era tan bueno que hasta se me cruzó no ir y decir eso, no iba a existir la menor forma de comprobar que mi coartada era falsa. Era mi palabra contra la de un extraño vendedor de frutas y verduras. Pero ¿sabe qué?, señor lector, yo no puedo hacer esas cosas. Soy muy bueno, nunca se me dio muy bien el arte del engaño.

Si el horario no estaba de mi lado, me quedaba una segunda opción: camuflarme en el tráfico e intentar cruzar la calle sin ser visto entre el 70, el 74, los taxis, el trole, todas las motos y las traffics escolares. Una vez del otro lado vería cómo hacer para comprar sin ser visto.

Salí del edificio, un temblor que no tenía lugar de origen se apoderó de mi cuerpo. El sol de las dos de la tarde, que pegaba desde arriba con un color que ya no era el amarillo de la mañana pero que no alcanzaba a ser el amigable anaranjado de la siesta, quemaba y le otorgaba a las cosas una impresión de ralentización, de derretimiento progresivo de todo lo que daba forma al mundo. Era ahora o nunca, tenía que enfrentar la realidad porque si no la realidad me iba a comer vivo. Con paso lento, como ese que busca pretextos en la cabeza, me dirigí hasta la esquina. Sinceramente no tenía del todo claro un plan a seguir, solo sabía que no podía mirar a la derecha porque a menos de treinta metros, sobre mi vereda, estaba la verdulería de José.

Llegué a la esquina, no pasaba un solo auto. La calle parecía una ciudad de medio oriente en plena temporada de bombas. En la esquina del frente, dos adolescentes con uniforme escolar que se besaban como si el tiempo no existiera, como si todo lo demás en este mundo no importara, como si el amor fuese un estado infinito de bienestar, eran los únicos seres vivientes que pude divisar. Me fue imposible evitar pensar en la manera misteriosa que actuaba el destino. ¿Qué carajo era lo que determinaba que ellos estuvieran siendo tan felices y, en el mismo momento, en el mismo lugar, yo estuviera sufriendo por actos de vileza que aún no había cometido?

Me dispuse a cruzar la calle de doble mano que separaba mi presente ignoto de mi futuro de paria barrial. Apenas puse un pie en el asfalto me atravesó como un rayo, como una influencia que dominaba mi cuerpo por encima de mi voluntad, la máxima de todas las madres: “antes de cruzar mira bien para los dos lados”. Y, sin darme cuenta, mi cabeza estaba direccionada para una derecha que me había prometido no mirar. Cuando fui consciente era demasiado tarde, mis ojos se clavaron directamente en la verdulería de José. Y ahí estaba él, solo, apoyado sobre una torre de cajones esperando por alguien, ignorando que en unos cuantos minutos iba ser traicionado por una persona que hasta el momento había considerado un cliente fiel. Pero ¿cómo disculparme, señor lector? ¿Cómo decirle a ese hombre que hoy no iba a gastar mi dinero en su negocio, que probablemente esa noche tendría veinticinco pesos menos para comprarle comida a sus hijos o un regalo a su mujer? ¿Cómo le explicaría José a sus niños el concepto de traición para hacerles entender que por ese motivo su padre tendría que trabajar más horas el fin de semana? Una nube de remordimientos cubrió mis sentidos, o mi juicio, o los dos y aunque escuche el saludo de mi verdulero amigo opte por ignorarlo. Fruncí mi ceño, posicioné mi mirada en un punto fijo y, simplemente, fingí estar concentrado en otra cosa.

Ya está, ya estaba del otro lado de la calle. Ya los dados estaban echados y mi suerte se definiría en no más de cincuenta metros. Sin saber que hacer empecé a caminar en dirección a la verdulería enemiga. De reojo no perdía de vista a José, que ahora estaba atendiendo a una señora con un peinado similar al de la Mona Jiménez pero de color anaranjado que lleva un cachorrito de peinado similar al de la Mona Jiménez. Él parecía concentrado en llenar de zapallitos la bolsa que estaba sobre la balanza, pero yo sabía que me estaba mirando, que estaba estudiando cada uno de mis movimientos.

Seguí caminando. Pasé por la tienda de ropa, hice unos cuantos pasos más y estaba frente a la casa de repuestos. Atravesé la dependencia del Pami, crucé la casa de familia amarilla y una de rejas bajas y ahí se erguía, oscura como el mismísimo Mordor, la verdulería enemiga. Solo tendría que entrar, comprar e irme y seguir con mi vida como si no hubiera pasado nada. Pero a tan poco de acabar con aquello, el miedo se apoderó de mí. Caí en la cuenta de que en la posición en la que estaba en ese momento, ya no podía ver la verdulería de José y, por lo tanto, no podía saber si él me estaba mirando o no. Me sentía desnudo, desprovisto de protección. No pude hacer otra cosa que seguir caminado. Pase por el frente de la verdulería enemiga y observe a mi izquierda, abajo, el cajón maldito con el cartel: Alcaucil 2x$25.

En ese momento me iluminé, mi cerebro pudo salir de su parálisis y se me ocurrió la solución: fingir que yo no iba a comprar a la verdulería enemiga, sino que había salido de mi casa con otro propósito y, al pasar, como una novedad inesperada, se apareció ante mí la oferta. De esta forma tendría dos cosas a mi favor. Por un lado, al cambiar mi perfil, podría estar al tanto de si José me miraba o no y, por el otro, y en caso de ser hallado in fraganti, podría hacer pasar mi acto desleal como una mera casualidad salida de un comportamiento para nada premeditado.

Usted se preguntará, señor lector, cómo llevé a cabo toda la puesta en escena. Muy simple, seguí caminando. Caminé, pasé por la verdulería enemiga como si nada y llegué hasta la otra esquina y doble como si tuviese algo muy importante que hacer ahí. Una vez a resguardo de las miradas acusadoras me tomé unos segundos para pensar fríamente mis próximos movimientos.

Me acerqué al borde de la esquina y miré un poco la escena, no podía estar mucho tempo así porque sería sospechoso para algún transeúnte desprevenido. Esperé unos segundos y, cuando vi que una mamá con unos nenes y otra señora se acercaban a la verdulería de José, me puse la capucha de mi buzo y salí. Tenía que ser todo preciso, no había lugar a equivocación.

Cuando llegué a la verdulería enemiga, había un señor con un bastón de madera y boina marrón comprando algo. La verdad es que no sé qué, no podía enfocarme. Tenía mi vista puesta en los dos lugares al mismo tiempo.  Con las manos en mis bolsillos, movía mi pie como si de eso dependiera la velocidad de la transacción que estaba llevando a cabo el señor del bastón.

José no miraba, cargaba cosas en una bolsa. Yo necesitaba que me atendieran cuanto antes. El hombre del bastón de madera hablaba sobre el clima, sobre Talleres, sobre Messi, Macri, Mestre, Cristina. Era imposible entender como una persona era capaz de enlazar tantos y tan distintos temas con tanta facilidad. Al frente, mientras tanto, la mamá con los hijos ya se había ido y solo quedaba la señora. El señor del bastón ya había comprado y tenía su bolsa en la mano pero no se iba. Seguía hablando y me miraba como buscando cómplices para sus chistes políticos re-contra trillados. Yo no entendía qué era lo que me decía. El verdulero miraba al señor del bastón como si estuviese hablando del tema más importante del mundo. Al frente la señora ya se estaba por ir y eso significaba que los ojos de José se iban a posar en mí.

No pude aguantar más, mientras dije: “llevo dos alcauciles”, con una mano le di al verdulero enemigo la plata y con la otra levanté los alcauciles y los metí en el bolsillo de mi buzo canguro. Salí casi corriendo y me llevé por delante una bolsa de cebollas, y de atrás me avisaban que me estaba olvidando un vuelto que nunca recuperé. De los nervios no pude ver si José me había visto o no. Lo cierto es que volví exactamente por el mismo camino que había hecho a la ida, con la capucha puesta y la vista baja y, nuevamente, evité la mirada de quien hasta ese momento había sido mi verdulero amigo.

Subí a mi departamento y me encerré. No salí por el resto del día y hoy mismo se cumplen dos semanas desde que no fui a la verdulería de José. Ahora me paseo como un extraño, como un desterrado perdido en una tierra lejana, de verdulería en verdulería. Entro, saludo con un movimiento de cabeza, pido lo que sea que quiero comprar y me voy. Huyo despavorido al ver en todas las caras, y escuchar en todas las voces, la imagen de desengaño de un hombre que una vez me supo vender mucho más que verduras para mi ensalada.


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