por Abril Fernández

El otro día agarré mi celular y, poniendo la pantallita acostada para que se viera mejor, puse un video de un rapero metido en un cubo celeste. Lo apoyé sobre unas canillas mientras mi amiga y yo hacíamos unos fideos. Unos días atrás había descubierto este canal alemán que graba conciertos de una sola canción [1], y el entusiasmo me tenía inquieta. Los artistas en vivo me parecen un espectáculo doble, triple, infinito, será porque lo que veo se suma a lo que escucho y siento que entiendo todo mucho mejor. El canal de las cajitas lo era todo para mí.

Claro, al ver un videíto tras otro pronto me di cuenta que ni siquiera me interesaba seguir la carrera de algún artista en particular, sino seguir viendo músicos en ese escenario desplegar toda su personalidad con gestos cortos. Ese encierro breve y minimalista sumado a las dos o tres cámaras fijas que hacen que pongas toda tu atención en la ejecución o, como se dice a veces, la performance. Me pasaba algo muy chistoso: como había escuchado a muchos artistas por primera vez ahí, cuando los veía dando otro recital o incluso en sus propios videoclips sentía que estaba ante una versión más berreta de ellos. Todo porque la magia de las cajitas había operado exitosamente en mí.

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Pero, ¿qué era lo que me estaba pasando? hice un poco de memoria y recordé quién me estaba metiendo culpas. Era Walter Benjamin, desde un rincón de mi cabeza, diciéndome que cómo puede ser que te guste más un concierto serializado que la obra misma del artista. Lo que pasa es que Walter tenía muy rígidas las categorías de verdadero y falso en cuanto a lo creativo [2]. Postulaba, por ejemplo, que una foto de una obra de arte plástica conocida (supongamos La Última Cena), por muy fiel que fuese, nunca iba a lograr ser lo mismo que ver el original. El original, según Benjamin, era el único que portaba el aura de la obra de arte. Quién sabe por qué eligió esa palabra, aura, y no otra. Walter, viendo los primeros pasos de la fotografía o del cine, se negaba para siempre a decir que estos nuevos procesos era otra forma de hacer arte. Para él, era el comienzo de la reproducción mecánica de las obras y por lo tanto, el comienzo de su abaratamiento simbólico y monetario.

¿Por qué este ser termina apareciendo detrás de todos los estudios culturales y contraculturales y anticulturales de ayer y hoy? Porque parece que andaba cerca de alguna verdad. Porque eso que se le ocurrió viene siendo una gran excusa para volver a la cultura (en general) una máquina de dar plata. Porque todos terminan con el mensaje bien aprendido: una cosa es tener (pagar por) el original y otra cosa su reproducción. Vamos, que cualquiera consigue una copia de La Última Cena impresa en papel de diario a un precio chistosísimo. Y sabe exactamente cómo comportarse al respecto: no puede actuar como si fuese dueño del original, como si hubiera conseguido una pintura antigua y muy valiosa.

El tema del original y copia viene tranqui si nos referimos a los soportes más o menos durables: un cuadro, una escultura, un dibujo. Cuando hablamos de performances artísticas, o de happenings, o de acciones que sólo tienen sentido mientras se llevan a cabo en cierto momento, se complica: ¿cuándo se habla de original? ¿existe un original o son todos copias de otra cosa que nunca sucedió? Las interpretaciones teatrales, por ejemplo, ¿tienen cada una su aura o son simples repeticiones?

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La noción de capturar ejecuciones ligeramente distintas a la original ya viene de otras épocas, en las que por ejemplo se escribían partituras a partir de improvisaciones hechas por única vez ante el público. No es nada del otro mundo lo que plantean, por ejemplo, los MTV Unplugged: que ese nuevo original, que no es la versión original sino una bonita y cuidadosa copia, también puede venderse. La idea genial del Unplugged no es grabar una versión musicalmente distinta solamente, sino hacerlo en un entorno verdaderamente descontracturado, alejado de la idea de concierto masivo, creando la sensación de que el artista es tu amigo y está tocando en el living de tu casa, y aprovechando las cámaras para mostrar aún más detalles.

Un acústico es algo que, en su naturaleza de diferenciarse del original, versionarlo, se pone a jugar con los elementos que conforman la obra inicial. ¿Qué pasa con estas versiones cuando, como me pasó a mí, se vuelven más aceptadas y recordadas a nivel masivo que las originales? Las palabras original, versión, se vuelven solamente palabras y en verdad lo que importa es otra cosa. ¿Acaso el aura puede escurrirse de una creación a otra? La verdadera nueva capa de valor sobre las obras producidas hoy es que cada una es única, más allá de que todas sean susceptibles de ser producidas o difundidas masivamente. En este disco el violero es fulano pero en este otro es mengano; en esta versión de Pulp Fiction dejaron una escena donde a Marcel se le cae un moco; en este manga sin querer se olvidaron de censurarle las tetas a Bulma, qué se yo. Cada edición es especial porque cada elemento de la obra puede remixarse. Y seguir existiendo en el bando de los originales aunque sea en un noventa por ciento el contenido más repetido del mundo.

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Para Benjamin era obvio que a las masas se las inundaría con todas estas ofertas tarde o temprano. Y para muchos se trataba del comienzo de la decadencia cultural. Pero donde muchos se ponen a buscar el límite exacto de las categorías suelen florecer nuevas formas expresión y, entre los aficionados, nuevas formas de sensibilizarse ante ellas.

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[1] Colors, de Berlín. https://www.youtube.com/channel/UC2Qw1dzXDBAZPwS7zm37g8g

[2] A todo esto el papá de Walter vendía antigüedades, con lo cual la distinción entre original y copia se volvía de vital importancia.

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