por Emiliano Salto (un friki que consume todos los productos que critica)

e ilustrado por Belén Andrade (@belen.goly)

Hay una nueva carrera en hollywood ahora. Una carrera medida en taquilla y merchandising. Los competidores usan calzas, armaduras y capas. En los últimos quince años, el evento de película blockbuster (iniciado por producciones como Tiburón o Star Wars, en los setentas), ha pasado a estar dominado casi exclusivamente por el cine de superhéroes, estilo que, por establecer una serie de reglas para su ejecución, ya constituye un género en sí mimo.

Lo que inició como una tendencia heterogénea e irregular, con diversos estudios produciendo contenido de forma esporádica (WB con las distintas sagas de Batman y Superman; FOX con X-Men; SONY con Spider-Man, etc.) devino, con el surgimiento de MARVEL Studios, en el establecimiento de un nuevo modelo de producción cinematográfica. En este paradigma, los personajes pertenecientes a una mismo estudio servirían para potenciar, en películas individuales, la idea de un “universo compartido”. La dinámica puede rastrarse a las películas de monstruos de Universal, en los treintas y cuarentas; personajes como Drácula, Frankenstein y El Hombre Lobo, compartirían pantalla en films como Frankenstein conoce al Hombre Lobo o Abbot y Costello contra Frankenstein. La dinámica permitiría la capitalización, en taquilla, de la popularidad combinada de cada personaje. Esta misma dinámica sería la adoptada por MARVEL, casi setenta años después, para explotar el género superheróico. Películas como Iron Man, Capitán América o Thor, se convertirían en preámbulos para la mega combinación de estas propiedades en producciones como Avengers o Avengers: era de Ultrón. Así, el estudio “entrena” a un consumidor  activo que se identifica con la marca y hasta sirve de publicidad viva para las producciones futuras del universo cinematográfico.

JusticeLeague_la piedad

El modelo MARVEL (o modelo Disney, desde que el ratón de orejas circulares decidió comprar cada marca conectada a la formación emocional y constitución identitaria de un friki o nerd)  ha dado tan buenos resultados monetarios que la creación de “universos compartidos” parece haberse rechazado en pos de– nah… parece ser la nueva regla para la explosión de taquilla en Hollywood.

Con la saga de películas de Harry Potter finalizada y sin material de J.R.R Tolkien que pueda ser traducido a una nueva trilogía mediocre como lo fue El Hobbit, el estudio WB decidió emular a MARVEL ingresando al negocio del universo compartido con los personajes de DC comics. Superhéroes como Batman y Superman han aparecido en pantalla grande, en diversas encarnaciones, desde el siglo pasado, pero nunca como parte de un mismo mundo. Eso cambió en 2013 con el estreno de Man of Steel, la primer película del alien de capa roja que pelea por el estilo de vida americano pensada específicamente para conectarse con otro productos de DC. En 2016 llega al cine Batman vs. Superman, película que por su título parece anunciar el orgasmo  colectivo de hordas de frikis el primer día del estreno, pero que demostró ser una decepción incoherente de dos horas y media, con un guión que pareciera haber sido escrito por un panelista de Intratables y una edición a cargo del primo de dicho panelista. Sin embargo, WB no estaba dispuesto a entregarle el monopolio de superhéroes a MARVEL-Disney: en el mismo año que BvS, se estrena Escuadrón Suicida, con una trama que se desarma  desde el primer acto, millones de dólares invertidos en una banda sonora que hace que el espectador diga “conozco ese tema” y Will Smith siendo… Will Smith. A meses de salir esta nota se estrenó Wonder Woman, el mejor intento de WB hasta el momento. La película funcionó al nivel más básico posible para los estándares del género, equiparándose al nivel promedio de las producciones de MARVEL, y recibiendo muchas alabanzas por tratarse de la primer película de superhéroes en utilizar a un personaje femenino como protagonista. En este aspecto, WB parecería haber tomado la delantera sobre Disney en la batalla de corrección política meticulosamente representada por la fórmula diversidad – no tanta diversidad (vamos a seguir teniendo al héroe heterosexual blanco, no se preocupen)  = dólar.

En un intento de alcanzar a MARVEL-Disney (y en un intento de llegar al tema de esta nota), a pesar de la pobre recepción de sus producciones anteriores, WB estrenará este 16 de noviembre Liga de la Justicia. La propuesta del estudio, casi a cotrapelo de sus competidores, intentará presentar a personajes nuevos, no establecidos previamente en la pantalla grande. Si bien la santa trinidad de Batman (porque la denuncia a Ben Affleck por acoso sexual fue leve), Superman (a quien nadie quiere) y Wonder Woman (todos la aman) serán el foco de la producción, quedará por verse como funcionará la adhesión de jugadores como Ciborg, un androide que no les va a gustar (posta); Flash, el que corre rápido, y Aquaman, el  que tiene una relación perversa con lo peces, como Troy Mcclure de Los Simpsons.

¿Podemos esperar un acercamiento novedoso al género con Liga de la Justicia?

No.

A pesar de que en las páginas de los cómics se han contado innumerables historias de los héroes de DC, con diversos grados de complejidad, la traducción a la pantalla grande parece mantenerse en los límites de lo esperable para un producto orientado originalmente a un público infantil. Cualquier tipo de complejidad se resuelve en la vieja dicotomía buenos contra malos. Sin embargo; si podemos señalar algunos contrastes entre la materia prima, los superhéroes de MARVEL y DC, que podrían indicar un mínimo viraje, aunque sea superficial.

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La histórica diferencia entre los héroes de DC y MARVEL, está dada por el contexto en el que los personajes empiezan a formar parte de la cultura popular. El núcleo fuerte de lo que luego se convertiría en DC cómics se constituye durante los treintas y cuarentas, con personajes como Batman, Superman y Wonder Woman. Estos personajes se presentan más como modelos de conducta a imitar que como sujetos tridimensionales. No sufren por sus condiciones de existencia y no se cuestionan en su accionar. Así, cada uno funciona como símbolo de distintos valores, como dioses o figuras de mitología. Siguiendo el propio slogan del peronaje, podemos decir que Superman es el dios de “La verdad, la justicia y el etilo de vida americano”, con el último elemento siendo sumamente importante para el EE.UU anticomunista de años posteriores. Por el contrario, el mundo MARVEL como se conoce hoy, tuvo su explosión durante  los  sesentas y setentas, época de guerra fría, terror nuclear y grandes avances tecnológicos. Personajes como Hulk, Iron-Man y Los 4 Fantásticos surgen en este período. Marvel introduce así el “superhéroe con problemas”, el mutante que siente sus habilidades como una carga. El caso más paradigmático es Spider-Man, el pibe que siempre se está quejando y amenazando con renunciar al laburo de atrapachorros.

Si los personajes de DC son dioses y los de MARVEL son mutantes existenciales, podemos quizás, considerando al primer grupo, reinterpretar el viejo conflicto entre lo bueno y lo malo. En La Liga de la Justicia, tenemos un grupo formado por dioses que combate a seres completamente alejados de cualquier tipo de entendimiento terrenal. Dioses que pelean con otros dioses. Su accionar no se acota así, a diferencia del caso MARVEL, a los límites del estado de derecho. La liga, existiendo dentro de una burbuja idealista, representando valores como “verdad” o “justicia”, valores que no requieren de un contexto mediado por instituciones y  humanas. La batalla, la misión de los héroes, por estar completamente alejada de lo humano se permite, en mayor o menor medida, escapar a la crítica política.

Entonces… ¿Da para ver la peli?

[Error. Intervención de sujeto 00034EmilianoSaltofuturo. Línea temporal B post estreno de Justice League]

  Si la película que vamos a ver lleva por título Liga de la Justicia, el mínimo requisito que el espectador debería exigir se respete es que el equipo, la “liga”, funcione satisfactoriamente en pantalla. En este sentido, se puede decir que Justice League cumple con lo mínimo y necesario. Los personajes principales del equipo comparten buenos momentos y, para el final de toda la cosa, los héroes logran desarrollar un símil de relación humana. Sin embargo, algunos de los protagonistas funcionan mejor que otros: Flash (Ezra Miller) cumple muy bien el rol de perspectiva de la audiencia y cómico-libera-tensión; Wonder Woman (Gal Gadot), sigue siendo excelente en actuación corporal (patadas, saltos, pelo en cámara lenta, etc.), desafortunadamente parece haber adoptado el estilo Estevanez de expresión facial; Aquaman (Jason Momoa) es inconstante, por momentos es un ermitaño hosco y por momentos es un surfer/skater/Vin Diesel en XXX; Batman  parece tener las mismas ganas de salvar al mundo que las ganas que tiene Ben Afleck de interpretar al encapotado en pantalla.

El guión es bastante débil. La mayoría de los diálogos no suenan naturales y parecen existir sólo para mover la macroestrucura de la trama. Muchas cosas básicas para la comprensión de la historia se desarrollan poco o directamente no se explican.

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Steppenwolf, el villano y antagonista principal de la película es, como en la mayoría de las producciones del género (sin contar algunas excepciones como el Joker de Heath Ledger o la Catwoman de Michelle Pfeiffer), unidimensional y carente de complejidad. Es malo porque es malo, quiere encontrar un objeto místico/tecnológico porque… y quiere dominar al mundo porque eso hacen los malos con sus objetos místicos.

Uno de los elementos fundamentales en los que se apoya esta película es la promesa. La eterna promesa de mejoras sobre el material original. A lo largo de la cinta el espectador es asaltado por muchos guiños o pistas de “lo que se viene” en el universo DC. Producciones como Justice League funcionan ahora dentro de una lógica que casi prioriza lo que todavía no llegó a la pantalla, pero que está por venir. El calendario para el lanzamiento de películas de DC ya está lleno hasta el 2022. Esto hace que uno extrañe la época en la que se esperaba por una secuela porque la obra original era buena, no porque la secuela prometía arreglar los problemas de la obra original. Bajo el modelo del  universo compartido, Tiburón no hubiese necesitado ser excelente (digo excelente porque es excelente y punto) para que el público regresara a las salas de cine para ver su continuación.

[Reingreso de sujeto 00032EmilianoSaltopresente. Línea temporal A pre estreno de Justice League]

  Yo iría a ver Thor. Es una genial comedia de superhéroes. Dirigida por Taika Waitit, el nuevo Mel Brooks neozelandés. Los efectos visuales son impactantes y la estética rinde homenaje a la locura lisérgica de los mejores cómics Marvel de los sesentas y setentas. La banda sonora es lo mejor de la nueva ola de sintetizadores nostalgia ochentosa.  Además actúa Jeff Goldblum (Dr. Ian Malcom en Jurassic Park), y sólo eso ya vale el precio de la entrada.

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