Autora: Cristina Wong (@criiswong)

 

Deshaciendo en sus manos un trozo de papel que cayó en forma de cenizas sobre un basurero, el Negro, hombre de tez bronceada,  suspiró mirando al cielo. Se preguntaba el porqué de lo absoluto. Tenía claro lo que soportaba y lo que le era intolerable. Evocaba así la noche del sábado, en dónde, entre el humo dulce de las pipas árabes y bailes vulgares, sabor a veneno en los labios y la fetidez del vómito humano, tuvo la oportunidad de repetir sus mil preguntas y recibir a cambio respuestas desesperadas. “En esta ciudad y en estos tiempos es ya tan difícil encontrar filosofía” pensó y tiró la colilla de cigarrillo al suelo. La comezón en la pantorrilla seguía allí, menos intensa que antes. Solía pasarle cuando dejaba un libro a medio leer sobre la mesita de noche o cuando dejaba volar en su cabeza, sin ponerlo en el papel, al verso concluyente de un poema. Siempre que no terminaba algo le daba comezón.

Siguió caminando por el parque mientras buscaba pisar en los mismos lugares que pisó meses atrás junto a la mujer que había dejado hace unas contadas semanas. Se trataba de la señorita María Julia, a ella le gustaba bailar salsa sin compañero, le disgustaba el olor a chocolate, no el sabor, ya que lo consideraba, al olor, una tentación platónica innecesaria para la felicidad de uno, y tenía un brillo peculiar en los ojos que había llamado su atención, la del Negro, desde el primer instante. El brillo en los ojos verdes de María Julia no era como cualquier otro, de esos que se encuentran en cada persona viva, ese brillo peculiar no se iba nunca, incluso cuando ella dormía, una leve luz neón salía del interior de sus párpados e iluminaba sus ojeras de un color esmeralda.

Hace apenas unas horas, el Negro no lograba descifrar la razón por la cual había decidido apartarse de ese amor. Durante un buen tiempo estuvo esquivando llamadas e ignorando mensajes. Rehuía cada pensamiento que le llegara de ella y le enojaban los comentarios que la gente le hacía al respecto. Buscaba distracción en el trabajo y el estudio y empezaba a parecerse a un ermitaño; encerrado en su habitación, con la barba crecida y el cabello sucio. Pero qué más podía hacer, de todos modos, su Juli se iba a mudar pronto y lo olvidaría más de prisa mientras menos de él tuviera.

Había pasado así hasta la noche anterior, en la cual decidió volver a la vida social. Se reunió con sus amigos en un bar y bebió y bebió hasta que lo único que era capaz de responder a quienes quisieran comentarle de filosofía era “por qué”. “Sí, pero por qué” repetía constantemente. Casi al final de la velada, alguien le entregó aquel papel que quemaría en su mano un tanto después. Este contenía cuatro simples palabras formando una pregunta. Tal fue su confusión al leerlas que no entendió la frase para nada. Pensó que estaba en otro idioma y que probablemente se lo dieron a la persona equivocada. La analizó por toda la noche, mientras regresaba a casa y, cuando ya no pudo más, siguió intentando descifrarla en sueños, a ver si su subconsciente veía algo que él no. Nada.

Al día siguiente despertó con una jaqueca impresionante, se vistió con lo mismo del día anterior y tomó un autobús hasta el parque de los geranios. Dio unos cuantos pasos y se detuvo para encender un cigarrillo. Siguió con el paseo por una hora y media reflexionando sobre su vida y cayó en la cuenta de que le faltaba algo, muy dentro, en el pecho, algo físico. Palpó con su mano y halló una cavidad. Fue entonces cuando comenzó a sentir la picazón y con esto a sentir, de verdad, otra vez. Pensó en un brillo neón que salían de unos ojos verdes, una boca, una risa, el contacto de sus manos con otras frías, cabello largo y enmarañado y todo esto le dolió en lo más profundo de su ser.

Buscó como por impulso en sus bolsillos y encontró una bolita de papel, la planchó con los dedos y leyó en ella una pregunta en letra manuscrita “¿Por qué me olvidás?”. Y entonces comprendió y recordó de golpe, como si alguien, o algo, le hubiera dado una bofetada de sorpresa y sin razón. Unió todos y cada uno de los recuerdos vagos que navegaban sin puerto ni rumbo en el mar de su memoria y el rostro de una hermosa mujer con los ojos llorosos le invadió la mente: María Julia. Se dio cuenta de que él, en realidad, no quería olvidar; que todos sus esfuerzos por enterrarla viva habían sido en vano; que lo que había pasado era que el miedo al recibir tantos sentimientos de repente le hizo correr por temor a eso tan desconocido que era el amor. Se dio cuenta de que había olvidado porque dolía, porque la comezón en la pantorrilla era más soportable que el dolor en el corazón. Pero, así como María Julia con el chocolate, el Negro decidió que el aroma no contribuía en nada a su felicidad, que era una falsa ilusión platónica, que necesitaba de urgencia el sabor en la lengua y el sentir en el pecho, no un simple picor.

Entonces quemó el papelito, apagó el cigarrillo y retomó lo que había dejado inconcluso semanas atrás. Empezó por repasar su historia, siguiendo sus pasos junto a los de ella, reteniendo en su mente cada frase, cada movimiento, cada sensación: volviendo a ponerla en su pecho, donde hacía falta. Y solo así la pantorrilla dejaba de molestarle, poco a poco, y para siempre.


Comentarios

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.