Autor: Francisco Rapalo

 

Mi mamá llenaba botellitas de Fanta y Coca con productos para la limpieza; casi todos los químicos eran transparentes, parecían agua, pero ella era cuidadosa en eso y les ponía etiqueta. No los rotulaba como “limpiavidrios” o “perfume de telas”, sino que escribía “NO es Fanta” si la botellita era de Fanta, y “NO es Coca” si la botellita era de Coca.

Pero en una visita mi tía había puesto a prueba a mi primo para ver si por fin le compraba el perro que él tanto quería, y mi primo que era un nene chico y encima disléxico, apurado, no leyó las etiquetas y le dio de tomar desinfectante a Charly, nuestro perro. Esa fue la única vez que vi a mi hermano llorar. Lo recuerdo como si lo importante hubiese sido que él se largó a llorar. Yo lloré porque lloró él, y mi mamá porque nos vio llorar a los dos.

El perro estuvo el fin de semana entero en el garaje, cubierto por una lona pegada con cinta adhesiva. Lo enterraron el lunes, mi papá y mi tío, en el patio; mi mamá después decoró la tumba con unas piedras en forma de huevo.

La noche de ese sábado en que murió el perro, mi hermano y yo despertamos a mi primo, y sin que se enteraran mis tíos, lo llevamos a la puerta de garaje. Hubo que alzarlo para que llegara a ver por la ventanita.

—Mirá —le dijo Claudio señalando el bulto de la lona —. Mirá lo que le hiciste a Charly.

Él se quedó quieto mirando por un rato. Lo bajamos al piso y volvió a la cama sin decir nada. Pensamos que mostrarle el perro no le había movido un pelo, estábamos furiosos (el que estaba furioso de verdad era Claudio, se le habían llenado los ojos de lágrimas). Dijimos de buscarlo y desembolsar el perro para asustarlo directamente con el cadáver, pero la idea se diluyó; Claudio se calmó y nosotros también volvimos a la cama.

Muchos años más tarde, mi tía contó en una sobremesa de navidad que después de la visita mi primo tuvo problemas para comer, que se levantó un día negándose a meterse comida en la boca. Casi lo internan para pasarle suero; tuvo que intervenir una psiquiatra que le recetó ansiolíticos. Mi mamá le reprochó a mi tía no haberle dicho antes, no buscar ayuda en la familia. A las doce llamé a Claudio (que estaba pasando la navidad con la novia en Bariloche) y traté de contarle lo mismo, pero la línea no funcionaba bien y no entendió de quién estaba hablando.

Después me acordé de todo esto en Brasil; Claudio (ya casado y padre) me había invitado a la comunión de su hijo. Él y su esposa daban clases de ajedrez en playa y además tenían un barcito. Era de mañana, cerca del mediodía. Estábamos en sendas reposeras delante de la barra cuidando a su hijo que jugaba haciendo rodar una llanta. Al ver a mi sobrino se me vino a la mente lo de Charly. Le conté a Claudio lo del trauma de nuestro primo con comida en la boca, y además, agregué que se inducía el vómito con palitos de helado que la tía encontró escondidos en la funda de una almohada. Claudio se lo creyó todo. El nene, me di cuenta al final, había dejado caer la llanta para escuchar la historia.

—¿Fue culpa nuestra? —me preguntó Claudio.

Yo me reí esperando que no siguiera con el tema, pero él se había sacado los lentes de sol y estaba girado hacia mí.

—Poco. Nada —le respondí.

—¿Seguro? —me dijo.

Asentí con la cabeza, pero sin mirarlo a él; miraba más allá de Claudio, más allá de una nena con flotadores verdes de pato, más allá de la espuma en la que se bañaban una madre y su bebé; asentí mirando al fondo del mar, a la línea calma en la que acaba, la que nunca se mueve de lugar.

—¿Seguro? —repitió.

*

Cuando volvimos luego de la comunión, mi sobrino se puso a dibujar todavía vestido con la sotana. Claudio y su mujer se encerraron en el cuarto y empezaron a discutir en portugués.

—¿Me dibujás algo? —le dije para distraerlo de la pelea.

—¿Qué? —me preguntó.

—Lo que quieras —dije.

Él eligió un lápiz bordó y empezó a dibujar un perro con orejas grandes, seguido por un torso manchado y por último dibujo cuatro patas cortas.

—¿Qué más? —le dije, alentándolo.

Cambió el lápiz bordó por uno amarillo y dibujó pelo. Después con el lápiz negro le agregó la cara, el torso, lo unió con un cuello y al final sacó del torso brazos y piernas. Al lado de ese dibujo hizo otro igual excepto por el pelo marrón.

—¿Qué más?

—¡Ya está listo! —me dijo.

Tomé el papel de la mesa y me ubiqué en una silla. En el dibujo Claudio era más alto y flaco, yo era petizo y retacón.

El perro era Charly.

—Le falta algo —le dije —. Dejame.

Él me alcanzó la caja de lápices y yo elegí el negro. Entonces se ubicó a mi lado para ver, puse el papel en mi falda y dibujé un nene entre Claudio y yo, sus piecitos a la altura de nuestras manos, y en lugar de ojos le puse dos equis.


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