Autor: Manuel Montali (@manuel_montali)

 

“El diseño coincide todavía con los dedos
de una mano abierta: de esta manera,
los ferrocarriles, tantas veces saludados
 como adalides del progreso,
impedían la formación y el desarrollo”
Eduardo Galeano
 

El hombre da un paso, dos, mientras el tren se detiene, elevando una nube de tierra que oculta a todos los presentes. El acontecimiento que cambiará la vida de ese pueblo olvidado está muy próximo a suceder, la puerta de la locomotora se entorna con un chirrido y él apenas si puede pensar en sus bolsillos vacíos, en el pañuelo sucio que aprieta con su mano como último resto del pasado que ya no existe, que se ha fragmentado al igual que los espejos irrecuperables que legaron los fundadores. En su otra mano agita un plano del trazado original de las vías, un papel amarillento que tiene como fecha a 1910, y donde la localidad que se construyó a las apuradas durante el centenario -para servir de estación intermedia entre las grandes ciudades- efectivamente se ubica a la vera de los rieles. Quizás esperan respuestas, explicaciones imposibles por parte de esos hombres del futuro que poco saben de pueblos fantasmas o caseríos perdidos. Lo cierto es que a nadie importan ya los errores que desplazaron las vías, condenando a los fundadores y su descendencia al más incierto ostracismo de ese desierto interminable, pozo negro en el territorio de la flamante patria al que nunca regresó ninguno de quienes se atrevieron a marcharse en busca de la civilización. Por la mente del hombre pasa fugazmente la imagen de su padre, un gigante de barba espesa y manos ásperas, una espalda ancha alejándose para siempre de su vida, fundiéndose con el marrón pálido de la meseta árida. Pero la escena, la única que conserva, desaparece como tantas otras almas que se hundieron en el mar del olvido que rodea al pueblo. Sólo una pregunta queda en su cabeza, latiendo con fuerza a medida que la puerta del maquinista abre paso a la verdad: “¿De qué manera nos verá la Nación del futuro?”.

El hombre sufre la inminencia de la revelación desde la noche en que la tierra comenzó a temblar y sintieron al monstruo de metal volando a un costado del caserío, rugiendo por encima de los aullidos de animales aterrorizados, sacudiendo las débiles paredes y tumbando a los habitantes de sus camas. En la oscuridad de las calles ignorantes de luces eléctricas, iluminadas apenas por débiles faroles que daban vida a un revuelo de sombras, decenas de pares de ojos alcanzaron a ver pasar a la bestia invasora, una víbora enorme que se alejaba reptando luego de depositar su germen infecto en el corazón de la villa, marchitando a los aldeanos con su carga centenaria. Ante la visión de la masa oscura que corría a unos pocos metros, salpicada por el brillo de las lámparas, el hombre entendió que las sombras habían pertenecido hasta entonces al día, que se habían movilizado a partir de la irradiación del sol, pero que al ser liberadas por el futuro, la región nocturna se había llenado de ellas y ya no quedaba descanso posible. Desde hacía mucho intuía que cada nuevo amanecer en ese desierto no era para ellos un signo de esperanza frente al renacimiento de la vida, sino resignación bajo la condena de la rutina y lo siempre igual.

A la mañana siguiente, bajo los rayos rojos de un alba que anunciaba otro despertar, descubrieron los ferrocarriles emergiendo de la tierra como venas de la Nación, colocados por manos anónimas para redimir de una vez por todas al sitio remoto en que las personas se habían vuelto invisibles, incapaces de ser vistas más que por ellas mismas. Se registraron archivos y documentos originales para coincidir al fin con la profética conclusión de sus ancestros: el futuro los vendría a rescatar de su injusta condena, volvería con mano apaciguadora a trazar el recorrido ferroviario original junto al territorio virgen de adelantos tecnológicos. Intentaron contar los años, calcularon epidemias y fenómenos climáticos que pasaron por allí como únicas mutaciones en el ritmo monótono de la vida. ¿Cuántos serían? ¿Cincuenta, setenta, cien? Las mediciones llegaban a un punto muerto, como ellos, retrotraían su marcha hasta hacer del progreso una palabra insignificante, los arrojaban a estados previos de la humanidad, a una existencia paralizada que ante las crisis severas rozaba lo animal y salvaje. Buscaron entre inscripciones de tumbas y restos de cruces de madera que habían logrado resistir los temporales, pero algunos símbolos se volvían ilegibles, las generaciones que sucedieron a los fundadores habían ido extraviando y confundiendo los conocimientos en esa pantomima de Babel donde cada individuo hablaba su propio idioma. Decidieron entonces interceptar la mole oscura, prepararse para el momento en que la tierra temblara por segunda vez, formar una barrera sobre los rieles con basura, madera y sus propios cuerpos -si era necesario- para evitar que el futuro volviese a huir de los fantasmas del ayer, permitiendo de tal forma, al menos a unos pocos sobrevivientes, el escape del único destino posible en ese páramo: ser carroña y extinguirse entre el polvo y el viento.

“Lo hemos logrado”, se dice el hombre cuando finalmente el tren se detiene y la puerta se abre. Intuye que la vida, o aquello que creían como tal, no volverá a ser lo mismo: han irrumpido en otra dimensión de la existencia y la ruptura se percibe en el aire, en el aliento tóxico de la mole agazapada. La gente grita y se abraza, aunque él permanece austero, con los ojos fijos sobre la plancha de metal de los vagones donde brillan los números: dos, cero, uno, cero. “La clave del mañana”, piensa. Tras la puerta comienza a dibujarse una figura, la de un hombre nervioso -“asustado”, se dice él-, y vuelve a preguntarse de qué manera los verán, qué tipo de engendros serán ellos, cadáveres secos, para los habitantes de un futuro henchido de vida. Entre la nube de tierra y humo que de a poco se disipa, el hombre observa al otro hombre, al que sin mover un solo miembro sin embargo cae desde la locomotora y se parte en cientos de fragmentos sobre el suelo duro. Descubre entonces al maquinista, junto a la puerta que acaba de abrirse y de la cual se ha desprendido el vidrio, el espejo que no era otra cosa más que los ojos con que el hombre del pasado miraba al del futuro.


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