Por Abril Fernández

Qué lindo es existir únicamente para los chicos, para ser el objeto de su adoración sin tener que buscar otra cosa para hacer en la vida. Algunas chicas sentimos (alguna vez) esa necesidad tremenda de que “él” (uno de “ellos”) nos valide con un amor eterno, nos haga dignas de existir. Creemos que todo puede resolverse de esa manera cómoda y eficaz, y que una vez elegidas no habrá que hacerse problema nunca más por nada. Pero descubrimos que no es tan sencillo cuando quedamos hechas percha.

Las expectativas demasiado altas suelen ser las culpables de estas decepciones, y de muchos desengaños más. Sospecho que esto nos pasa a todos en algún momento de la vida, pero no a todos de la misma manera, claro. Y ahí está cómo algunos lloramos con cualquier balada que la radio nos ponga en ese momento, y cómo otros apagan la radio de un manotazo porque la balada es una porquería y sólo quieren poner vinilos de jazz de los años cincuenta. Sospecho que Amy era una de ellas. Y que mezclaba su tristeza con comida y esto le daba todavía más bronca para ir masticando.

 

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Para conocer a Amy Winehouse habría que sentarse a escuchar su voz durante muchas horas, y, en lo posible, leer sus letras. Pero para comprender algo más sobre su trayectoria y su vida personal existe un buen documental que se llama Amy y fue dirigido por Asif Kapadia. Este señor había logrado reconocimiento por su film anterior, uno que recopila momentos clave de la vida del corredor de Fórmula 1 Ayrton Senna, demostrando su atención al detalle en cada toma elegida y su simpatía por el género biográfico.

Kapadia consigue los derechos para distribuir el film usando las canciones originales, cosa que ha de negociar con allegados a Amy, entre ellos su padre, presumiblemente a cargo del patrimonio musical que dejó la artista. Don Mitch Winehouse hace un par de apariciones poco elegantes en el documental; si agregamos a esto su posterior bronca pública hacia el film, sería relativamente fácil culparlo por muchos de los tropiezos de su hija. En fin, como dice Kapadia en una entrevista, “…la película se llama Amy. AMY. Vamos a hablar de ella.

 

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La niña Amy parece bastante traviesa y vivaracha. Si agregamos su tratamiento farmacológico en la adolescencia y su tendencia a la melancolía tenemos ya una amante del jazz, el blues y todo lo que suene mejor en vinilo tras una nube de humo. Sólo que no estamos en los sesentas sino en los dosmiles. Hay más humo, más música, más de todo aunque no de mejor calidad. Se hace compinche en su adolescencia de quien sería su manager en los primeros años de su carrera, Nick Shymansky. Como trabaja en un estudio de grabación la convence de grabar un demo, medio en joda medio en serio, total las canciones eran escritas por ella y no había que pagarle a nadie.

Dos o tres años después se lanza Frank, su primer disco, en Inglaterra. Su amigo Nick la filma en los conciertos y en cualquier paseo que dan por Londres. Lo que no logro entender, por más que lo vea en la pantalla, es qué escuchábamos antes de que Amy se hiciese conocida. Ella camina un rato por la calle, nadie la reconoce, se ve un poster con la tapa de su álbum… ¿y ya era 2003 o algo así? ¿Qué porquería embrujada (1) habrán estado pasando las radios en aquel momento? Shymansky iba haciendo estas pelis caseras mientras tanto, unos mini realities con sus amigos ante la cámara narrando lo que hacían. Y acá, la estrella siempre es Amy.

 

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En medio de un éxito a nivel nacional la cantante consigue cierta independencia y disfruta de su vida como artista. Esto es algo que nadie le enseña a hacer y que ella explora como toda chica en sus ventitantos; se empieza a notar a su alrededor una especie de aura de gente satélite, de esa que está ahí cuando te ves bien y desaparecerá apenas te tropieces o repitas tu vestido. Amy está en la suya: clubes musicales pequeños de Camden donde aparte de beber todo lo que quiera conocerá las primeras bandas de su generación que le vuelen la cabeza y el corazón. Después de miles de idas y vueltas con quien luego sería su marido, Blake Fielder, daría a conocer Back to Black, acaso el álbum hecho con el pedazo más honesto de sí misma.

Amy es una especie de isla, en cuanto a lo musical, que mantiene su estilo casi sin chocarse con sonidos más contemporáneos. Esta misma tendencia parece llevarla hacia otras actitudes más dramáticas. A veces se comporta como si no existiera la opinión ajena. Como si pudiera ignorar a todo el mundo. Hasta en el bullying que practicaban enjambres de paparazzis rodeándola, ella no deja de hacer lo que está haciendo; muy pocas veces les contesta. Simplemente no le interesa interactuar. No parece querer ser amable con entrevistadoras frívolas pero tampoco parece molestarse en corregirlas ni aprovechar la ocasión para lucir su sarcasmo. Algo me dice que estamos ante un cometa o algún fenómeno de combustión espontánea- no ante una eterna estrella musical. Como concentrada en un punto raro del futuro, dejando que el presente termine de ocurrir sin importarle mucho.

 

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Las letras de sus canciones dan algunas pistas de lo altas que eran sus expectativas amorosas; pero en un recital que aparece en el film, Amy no puede disimularlas. Cuando termina su interpetación y agradece, cada uno de sus dientes se asoma a ver lo que pasa. La audiencia aplaude un buen rato. Y apenas termina de bajar los escaloncitos de regreso a su asiento, o mejor dicho desde que encara al público para irse del escenario, se transforma. Es ella, no es otra; es la misma persona, pero ya no hechiza a su audiencia. Ahora ella es la hechizada. Todo ese encanto se vuelve en su contra. Ese flaco que la ataja sabe que Amy sólo quiere agarrarle fuerte la mano y no usar más la cabeza durante un buen rato.

¿Y cómo bajar un cambio si siempre fuiste igual de intensa? En otra escena, una amiga recuerda a la cantante confesándole algo minutos después de recibir un Grammy: “… todo esto es tan aburrido sin drogas…“. Hasta un éxito contundente puede volverse una comida sin sabor después de las adicciones, y la cotidianidad algo mucho más difícil de afrontar que la abstinencia. Confesiones como ésa dichas en voz alta ante un ser querido suelen traer más inquietudes que alivios (2).

 

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Sobre cada exceso Amy construía algo inolvidable. No hizo otra cosa más que arder. Faltó tiempo para explicarle que ella también era un exceso de poesía, de buen gusto, de picardía y de calidez, y era lógico que se sintiera incómoda en cualquier lugar. Nadie nunca le llegó a los talones, y eso que usaba chatitas.

 


 

(1) Algo así como “what kind of fuckery”. Versión libre de la popular frase “what kind of sorcery is this” (qué clase de brujería es esta), escrita por Amy en la letra de “Me and Mr. Jones”.

(2) Existen otros seres y otros espacios, sin embargo, mejor preparados para pasar estos momentos.

 

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