por Pablo Durio (@PabloDurio)

 

“Somos un accidente biológico, el virus más poderoso y potente que se haya creado. Me fascinan los seres humanos porque hemos tenido que aceptar forzosamente que lo que somos es lo auténtico. Hemos inventado la palabra normal; no sé de qué manera unas criaturas como nosotros hemos podido idear un término así, ya que la normalidad no existe”
—  John Banville

Y un día Bob Esponja quiso ser normal.

Como no es difícil de imaginar digamos entonces que una mañana Calamardo (capítulo siete, temporada seis: Not Normal), cansado de los gritos y el escándalo del buen Bob, le resume el mundo de la siguiente forma: “hay dos clases de personas: las normales y vos”. Primer plano a los ojos de la esponja y casi primerísimo primer plano a su corazón justo en el momento en el que se rompe. Bob no lo sabía. Nadie se lo había dicho antes (durante cinco temporadas). ¿Por qué? Porque la normalidad para Calamardo es traducible a su nivel de tolerancia.

Es así como, dándose por enterado, Bob Esponja dedica toda la primera parte de su mañana a responder una sola pregunta: ¿qué hago para ser normal?, y la respuesta se la da un vhs (!) titulado “Cómo ser normal (para principiantes)” en forma de un conductor perfectamente normal que explica cómo llevar una vida perfectamente normal en un mundo que nunca lo fue, con pequeños guiños internos que pasan desapercibidos para la esperanza de Bob Esponja: en un momento el presentador explica la vida de Mr. Normal y agrega: ¡hasta su cabello es aburrido!. Mr. Normal es un tipo regular al que le redondearon los bordes (los peligrosos bordes de las cosas): va del trabajo a casa y de casa al trabajo y es perfectamente funcional a la Empresa donde trabaja, en la que podemos ver millones de cubículos repletos de más y más réplicas de Mr. Normal, y sus casi únicas frases son Hola, ¿cómo estas? y Qué día tan maravilloso, ¿no? (a lo que Mr. Normal no espera ninguna respuesta). La normalidad le es explicada a Bob Esponja como algo fijo y monótono, como un valor al que debe adherir el conjunto social aún cuando es la propia norma la que le otorga contenido a ese valor, la norma de la que no deben apartarse los sujetos y que expresa únicamente las aspiraciones de los grupos dominantes. Tanto así que ese mismo día la producción en el Crustáceo Cascarudo aumenta considerablemente para el beneplácito de Don Cangrejo y de Calamardo. La normalidad es definida con un criterio moral y se construye un prototipo del individuo deseable.

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El único que se ve sensiblemente afectado con este cambio es Patricio, el automática e indiscriminadamente tarado y por eso mismo querible de Patricio, el símbolo máximo de la contracara, la anormalidad: Patricio mira a Bob y acusa con lástima en los ojos que le limaron las asperezas. Y no sólo es una metáfora de su personalidad sino que también es una realidad: Bob Esponja perdió su forma cuadrada y perdió sus agujeros porque ya se lo había dicho Calamardo y Mr. Normal y posiblemente también Erving Goffman gracias al uso de la palabra estigma con la que se refiere a los signos corporales con los cuales se intenta exhibir algo malo y poco habitual en el status moral de quien los presenta y que, como tal, fue definido por los griegos (los signos consistían en cortes o quemaduras en el cuerpo y advertían que el portador era un esclavo, un criminal, o un traidor). El autor plantea que la “sociedad establece los medios para categorizar a las personas y el complemento de atributos que se perciben como corrientes y naturales en los miembros de esas categorías.  El intercambio social rutinario en medios preestablecidos nos permite tratar con “otros” previstos, sin necesidad de dedicarles una atención o reflexión especial”[1].  Cuando nos encontramos con un extraño solemos anticipar en qué categoría se halla de acuerdo a la clasificación de los atributos visibles, y estas anticipaciones se transforman luego en expectativas normativas, en demandas rigurosamente presentadas: los seres cuadrados y esponjosos que viven abajo del agua y cocinan Cangreburgers de manera lenta pero con cariño están mal, los seres redondeados y aburridos con vidas rutinarias y una patológica necesidad de servir a sus jefes están bien.

El problema se presenta cuando, una vez instituida la norma-normalizadora (ja), ya nadie puede detenerla y, para desgracia de Calamardo ahora encantado, recibe a Bob Esponja en su casa para tomar el té y, ahí, justo frente a sus ojos, recibe la acusación de no ser tan normal después de todo: tiene cientos de autorretratos colgando en la pared (485 para ser exactos), su nariz no es proporcional a su cara y, como si fuera poco (ojo con esto porque yo no me había dado cuenta hasta este momento del capítulo) ¡Calamardo no usa pantalones!. Bob Esponja le escupe en la cara que antes que nada y después de todo el monstruo es él porque contradice las leyes de lo biológico y lo jurídico (es deforme y anda en bolas) y Calamardo parece entender de golpe que lo monstruoso aparece como un individuo peligroso porque contradice la ley. Es la infracción llevada a su punto máximo pero a la vez no suscita de la ley una respuesta legal, sino la violencia, una “voluntad lisa y llana de supresión, o bien los cuidados médicos o la piedad”[2]. Y por esto Bob Esponja es no sólo echado a patadas de la casa de Calamardo Tentáculos sino que entra con el mismo envión al conflicto número dos de Not Normal: ¿acaso es demasiado normal? y, en caso de que sí, ¿quién puede ayudarlo?

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La respuesta es la más simple y la única posible: Patricio Estrella. Y sin embargo parece no poder, y sin embargo ninguno de sus retos es suficiente, y sin embargo hasta se le caen los ojos a Bob Esponja cuando parece inevitable: Bob Esponja no puede dejar de ser normal, sus bordes no pueden volver a afilarse, será un miembro permanente de las filas de Mr. Normalidad. Entonces alguien golpea la puerta, entonces alguien levanta la piedra donde Bob y Patricio Estrella lloran y resulta ser Calamardo y no tanto: es un Calamardo Perfectamente Normal que los mira y les dice a los ojos Hola, ¿cómo están? y ahí todos nos damos cuenta. Nos damos cuenta de cúal es el antídoto, como esa chica que se cree rara por reproducir los cánones de la moda y su correspondiente conservadurismo, como ese escritor con sobredosis de recitales, porro, y psicoanálisis vulgarizado, como esa señora gorda con las raíces desteñidas parada en la puerta de los colegios quejándose con otras de cómo las maestras no son lo suficientemente buenas para sus hijos: a la normalidad se la combate con más normalidad.

A la normalidad se la combate poniéndole un espejo al frente y teniendo fe en que el reflejo, en un momento inesperado, le meta los dos dedos en los ojos.

Y un día Bob Esponja quiso ser normal.

Y un día a Bob Esponja le salió muy bien ser normal.

Y un día, por suerte para todos nosotros, Bob Esponja dejó de ser normal.

 

 


 

[1]GOFFMAN, Erving.  “Estigma.  La identidad deteriorada”

[2] FOUCAULT, Michel. “Los anormales”.

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