Autora: Caterina Francisca (@_caterinaf)

 

Desde adentro de mi habitación escuché un sonido que se perpetuaba afuera, en la calle. Estaba todo mojado y brillante; los autos, las casas, el asfalto, la vereda con su horrible pasto quemado y las bolsas de basura. El sonido seguía, siempre igual, invariable en intensidad. Lo sentí extraño, pero no me detuve a pensar demasiado en ello.

– “Entrá la ropa  -me dijo mi mamá- antes de que se moje mucho”.
¿Por qué se va a mojar?” -respondí.
– ”Porque está lloviendo” -me dijo pausadamente, como si hubiese pensado que había algo que yo no iba a entender.
– ”Pero me voy a mojar yo también” -tuve que contestar, ignorando la obviedad.

Cuando comprendí lo estúpido de esa conversación (¿qué iba a saber ella que yo nunca antes había visto llover?) actué como si hubiera entendido todo. Fui al patio a buscar la ropa -que ya estaba mojada- y vi llover. Sentí llover. Oí llover. No sé, todo eso.

En mi vida leí muchas cosas sobre la lluvia. Hay películas, series, canciones, incluso publicidades, que tienen a la lluvia como estrella. Aun así, hoy comprendí que yo jamás había visto llover, que jamás había visto qué es la lluvia realmente. Como si de una extraña criatura mitológica se tratara, podía hacerme la idea en la cabeza, pero no la había presenciado ni un solo día en mi vida.

Finalmente sucedió, y creo saber por qué, me sorprendieron esos pedacitos de cielo que se desprenden dolorosamente de a uno (andá a saber de dónde) y acaban su corta vida estrellados y juntos otra vez. No, definitivamente nunca había visto llover de esta forma. Y no me refiero a la intensidad ni a la cantidad.

Quizá alguna vez alguien podrá entender a qué me refiero. Todo lo que quiero decir es que jamás había sentido lo doloroso del universo desgarrándose cada milímetro para separarse de sí mismo y terminar convertido en aquello que intentó evitar. Volviéndose a juntar, sin querer. Y sin saberlo cae todo junto en el mismo lugar. No conforme con esto: se destruye un poco en el proceso. La lluvia debe ser el fenómeno natural más triste de todos y yo jamás lo había notado.

Nunca, nunca antes había sentido tan cercana la muerte de todo lo que me rodea. Conocí la lluvia y entendí muchas cosas: entendí la destrucción y también un poco la condena y la soledad. Entendí que no conocía la lluvia porque no conocía esas cosas.

Y no me vengan a hablar de un dios llorando, de cristales cayendo del cielo, de lágrimas de angelitos tristes ni del proceso de evaporación-precipitación del agua.

Esto es un suicidio.


 

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