Autor: Lucas Berruezo

 

Miércoles 11 de octubre de 2017

Empiezo este blog porque hoy pasó algo en el colectivo que me llamó mucho la atención, y la verdad es que quería ponerlo en algún lado. Lo llamé “el gordo en el 238” por las razones que ya van a ver. Es una boludez, ya sé, pero bueno, el mundo está lleno de personas que hacen boludeces. Yo no tengo por qué ser la excepción.

Hace mucho que no me siento a escribir. Si no calculo mal, desde la secundaria. Y ahora tengo treinta años, así que sepan disculpar los errores. Recuerdo que mis profesores de literatura decían que escribía bien, que era uno de los mejores del curso (una profe llegó a decir que era el mejor), por lo que tal vez no salga tan mal. Algo así como andar en bicicleta, ¿por qué no?

En fin, empiezo:

Lo bueno de viajar en colectivo bien temprano y a la hora de siempre es que ves a las mismas personas. Bah, digo que es bueno porque no es malo. Tampoco es bueno. No sé. Es cómodo, para decirlo de alguna manera.

Vivo en Haedo y trabajo en Castelar, en un bar que se llama “Espacios” y que está en la esquina de Arias y Avellaneda. No es un mal trabajo. Me da para vivir, no me exige demasiado y conozco gente todo el tiempo. Y están las propinas, obvio. No mentiría si dijera que gano más con las propinas que son el sueldo.

Todos los días tengo que entrar al trabajo a las seis y cuarto de la mañana, aunque si llego un poco más tarde no me dicen nada. La idea es que para las siete esté todo en condiciones, y siempre lo está. Por eso tomo el colectivo a las seis menos diez. El 238, que sale de la estación de Haedo, pasa por Morón y llega a Castelar (después sigue, pero no tengo ni idea de hacia dónde). Lo tomo justo donde arranca, en la calle Remedios de Escalada de San Martín, al lado de la vía. Y siempre somos los mismos: un señor que suele usar un sombrero gris, una mujer con una nenita de unos cinco o seis años, un pibe flaquito que se viste con ropa demasiado grande y tiene un arito en la nariz, un muchacho rubio de más o menos mi edad y yo. De vez en cuando aparece alguien nuevo o alguno de los de siempre no está, pero generalmente somos ésos.

Hace una semana exacta (hoy es miércoles y esto pasó el miércoles pasado) hubo un nuevo y esporádico pasajero en el 238 de las 5:50. Se trataba de un hombre gordo y sucio. Ya no estamos en invierno, pero a esa hora igual es de noche y hace frío. El tipo estaba en remera, con una panza descomunal que le sobresalía por abajo y le caía encima del pantalón. Usaba barba y, si bien era pelado, en los costados y en la nuca tenía el pelo largo, que le caía sobre los hombros.

Me acuerdo de que estaba en la parada, viendo ya cómo se acercaba el colectivo, cuando lo sentí. No lo vi, primero lo sentí. El olor… Olía a podrido, como una mezcla fétida de huevos y pis de gatos. Después, cuando me di vuelta en busca del origen de ese hedor, sí lo vi, e inconscientemente me alejé. Todos nos alejamos, en realidad, excepto el pibe de ropa grande, que estaba en su propio mundo hecho de auriculares y parecía no enterarse de nada. El hombre gordo, de inmediato, se acomodó cerca de él.

El colectivo estacionó y abrió la puerta. Los choferes también suelen ser los mismos: o uno pelado de barba u otro canoso con anteojos. Raramente vemos a otro. El miércoles pasado tocó el pelado de barba. Subimos uno por uno (la mujer y la nena siempre suben primero) y fuimos saludando al chofer con esa confianza formal que da la cotidianeidad ajena. El pibe de ropa grande quedó anteúltimo, después de mí y antes del hombre gordo.

Mientras sacaba mi boleto, pude escuchar cómo el gordo, con una voz tan aguda que lastimaba los tímpanos, le preguntaba al chico si le podía sacar el boleto. No sé cómo hizo el pibe para escucharlo, ya que la música que salía de los auriculares (un rap monótono e insufrible) llegaba hasta donde yo estaba. La cuestión es que asintió y pidió dos boletos sin aclarar a dónde iba. Ése es otro de los beneficios de viajar siempre a la misma hora: el chofer no necesita que le digas nada. Simplemente saluda y aprieta los botones de su tablero.

Como es mi costumbre, me fui al fondo y me senté en la última fila, en el asiento de al lado de la ventilla y enfrente de la puerta. El resto de los pasajeros estaban dispersos acá y allá. La única pareja era la mujer con la nena. Hasta que se sentó el pibe, claro.

No se me ocurre por qué, pero el chico eligió sentarse en uno de los asientos dobles del medio, que estaban vacíos. Si le pasó algo después de ese día, fue aquella decisión la que lo condenó. Ver eso hizo que me preguntara cuánto de lo malo que nos pasa no empieza así, con una decisión trivial como sentarse en un asiento doble en el colectivo. El pibe se sentó y el hombre gordo se le acomodó al lado. Había muchos asientos vacíos, prácticamente todos lo estaban, pero el tipo eligió justo el que estaba al lado del pibe.

Desde donde estaba, podía ver la incomodidad del chico. El hombre no sólo ocupaba su asiento, sino un tercio del otro. Además, el olor se sentía incluso desde el fondo del colectivo, no me quiero imaginar cómo se sentiría estando al lado.

No pude dejar de mirarlos en todo el trayecto hasta que se bajaron. Iban en silencio. El gordo con el mentón bien alto, mirando hacia su izquierda como si viera la ciudad a través de las ventanillas de la fila opuesta; y el chico con la cabeza hundida entre los hombros. Yo ya sabía dónde iba a bajar, porque se bajaba ahí todos los días. La calle San Martín, enfrente de la plaza de Morón. Por eso, al llegar, presté especial atención. Quería ver cómo hacía para pedirle al gordo que se hiciera a un lado.

La verdad es que no fue nada digno de llamar la atención. El pibe levantó la cabeza, miró a su acompañante y le dijo algo. El gordo asintió, se puso de pie con una agilidad que contradecía su peso y lo dejó pasar. Lo extraño fue, en todo caso, que al encaminarse el chico a la puerta trasera del colectivo, el gordo lo siguió. No se volvió a sentar, sino que emprendió el camino detrás de él.

Al llegar a la puerta, el pibe me miró. Sé que pueden ser imaginaciones mías, pero me pareció ver algo en sus ojos. No sé, desesperación, angustia, miedo. Algo de eso o todo eso junto. Incluso parecía pedirme ayuda. Por supuesto que son locuras mías. ¿Qué hubiese podido hacer yo? ¿Además, ayuda por qué? ¿Qué había de malo en lo que estaba pasando?

El colectivo paró y se abrió la puerta. El chico bajó y, detrás de él, bajó el gordo. Agradecí que lo hiciera más o menos rápido. La cercanía hacía que el olor fuera insoportable.

Los vi irse caminando hacia la esquina de San Martín y Buen Viaje. El chico adelante y el gordo atrás. Cuando el colectivo los superó, y justo antes de que doblara por Buen Viaje, me di vuelta para mirarlos. No pude ver mucho, pero me pareció (no podría asegurarlo) que ahora caminaban a la par y que el gordo le apoyaba una mano en el hombro.

Imaginaciones mías, seguramente.

Ya pasó una semana exacta y el chico de ropa grande no volvió a aparecer. Siguen estando el señor de sombrero, la mujer con la nena y el muchacho de más o menos mi edad, pero él no. Además, hoy volvió a aparecer el hombre gordo, y la escena se repitió. La única diferencia es que hoy le pidió ayuda al señor del sombrero.

Al igual que antes, se sentó junto al hombre, se bajó con él y camino a su lado por la calle Rivadavia, en el límite entre Haedo y Morón. También me pareció que el gordo apoyaba su mano sobre el hombro del tipo, pero igual que antes tampoco puedo asegurarlo. A lo mejor veo más de lo que ocurre. O a lo mejor no. No sé.

No puedo esperar a mañana para ver si el hombre de sombrero vuelve a aparecer. ¿Y si aparece el gordo? ¿Me estoy volviendo loco? Tengo que dejar de pensar boludeces.

Jueves 12 de octubre de 2017

Hoy el señor de sombrero no apareció. ¿Estará muerto? ¿Si la muerte es un hombre gordo y sucio que viaja en el 238 y pide prestada la SUBE?

Tengo miedo. No sé si del gordo o de estar volviéndome loco. Voy a seguir escribiendo. Pase lo que pase voy a seguir escribiendo. Algo me dice que sea quien fuere este gordo, va a aparecer el miércoles que viene. Lo haga o no, yo seguiré anotando todo en este blog.

No dejen de leerlo.

Miércoles 18 de octubre de 2017

Hoy es miércoles. Estoy por salir para el trabajo. Ni el chico de ropa grande ni el señor de sombrero volvieron a aparecer. Tengo miedo. Incluso pensé en no ir a ningún lado. Pero no puedo. Tengo que ver si el gordo aparece. Tengo que ver si es real. Si se sigue llevando personas. Pase lo que pase lo voy a poner acá. Aparezca o no aparezca, se lleve a alguien o no, voy a escribirlo. Además, sólo quedan el muchacho de más o menos mi edad y la mujer con la nena. ¿A quién elegirá?

Ya me tengo que ir. No puedo esperar para volver y seguir escribiendo.

***

¿Cómo no lo vi antes? ¿Cómo no consideré esa posibilidad? El gordo apareció una vez más, pero no eligió ni al muchacho de mi edad ni a la mujer con la nena. No. El gordo me eligió a mí, y está sentado al lado mío ahora mismo.

No sé si voy a poder publicar esto. Nunca subí nada al blog desde el celular. Espero que pueda, por si no tengo la posibilidad de llegar a casa y usar la computadora. Escribo como me sale, con el gordo sentado en el asiento de al lado, en el fondo del colectivo.

Al igual que con los otros, me pidió ayuda con la SUBE. Quise decirle que no, que no tenía crédito. Traté de resistirme, sabiendo desde el momento en que lo vi acercarse a la parada que me iba a elegir a mí. Lo supe de inmediato. Sin embargo, cuando se puso atrás mío y me pidió, con una voz dulce, que le sacara el boleto, no pude negarme. No pude… No sé por qué. No me pareció correcto. No pude.

Me aprieta con el costado de su cuerpo. Un cuerpo muy caliente, que quema, como si estuviera volando de fiebre. Lo extraño es que ya no siento el olor. Al principio era nauseabundo, tanto que al subir al colectivo tuve que respirar por la boca para evitar arcadas. Desde que acepté pagarle el boleto el olor empezó a sentirse cada vez menos. Ahora ya no lo siento.

Y me deja escribir, como si nada. Va con la frente en alto mirando hacia la izquierda, como quien no tiene remordimientos.

***

Bajamos. Yo primero, él después. Camino y escribo a la vez, mientras me acerco al cruce de la barrera de Castelar. El gordo, que empezó pisándome los talones, ya está al lado mío. Voy a saber la verdad. Ojalá, pase lo que pase, pueda escribirla. Por el momento al menos, publicaré lo escrito hasta acá.

El gordo acaba de apoyar su mano en mi hombro.

Huele a flores.

Aprieto “Publicar”.


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