Autor: Celso Lunghi (@celsolunghi)

a Cezary Novek

 

El miedo, el terror más visceral, más profundo, viene de la duda, de la incertidumbre, viene de ignorar si las cosas son verdad o son mentira.

Y, con Juani, con el Gordo, una nunca se podía confiar.

Él se divertía con nosotras. Se divertía asustandonós.

A mí, por ejemplo, en una oportunidad, me contó una historia que, al día de hoy, me continúa paralizando. Estábamos los dos solos, una tarde de estudio, tomando mate en mi casa —él era fanático del mate— y, de repente, de la nada, salió con eso. El Gordo jugaba al efecto sorpresa. Me dijo que, en uno de los shoppings de la ciudad —que no le habían especificado en cuál y yo trabajo en un shopping—, hay una escalera mecánica que se come a los nenes. Que había escuchado a dos mujeres que hablaban acerca de una escalera mecánica que, literalmente —que, mientras más chicos, mejor—, atrae a los nenes y se los come. Que se alimenta de ellos.

—En el que yo trabajo, una vez, pasó —le comenté, pálida, casi en calidad de confesión—. Una escalera le arrancó un brazo a un nene. Fue terrible.

—¿Y no será en ese? —me planteó, frente a mi desconcierto, mordiendosé el labio inferior para reprimir la risa—. Fer, ¿vos sos idiota? —me increpó en el acto.

Yo, automáticamente, me levanté, indignada, y le estampé una cachetada —me caracterizo por ser impulsiva— y a él se le desencajó la cara.

—¿Qué hacés, loca de mierda? —me dijo—. Te estoy advirtiendo para que andés con cuidado con tu hija y vos me pegás.

—Pero…, pará, Gordo: ¿es cierto? —insistí.

Juani era especialista en cultivar en la gente el germen de la duda.

—Obvio que es cierto —me aseguró, plenamente convencido, y, a los dos segundos, se estaba riendo de vuelta.

Con él —insisto—, jamás había certezas y —no me avergüenza decirlo—, desde esa tarde, vivo pendiente de los nenes en las escaleras mecánicas del shopping —y, a la mía, sobra aclarar, no le permito ni pisar una— y, en varias ocasiones, he frenado a alguno que se había escapado de al lado de los padres y que corría, como hipnotizado, en dirección a ellas.

Ese era nuestro mayor dilema con las historias del Gordo: él, por absurdas que fueran, las hacía demasiado creíbles. No me preguntes cómo se le ocurrían ni de dónde las sacaba, porque no lo sé, pero siempre llevaba una preparada para divertirse con nuestras reacciones.

Nos habíamos conocido en una maestría —yo soy licenciada en marketing y él era licenciado en publicidad— y enseguida nos habíamos tornado inseparables —o, como él decía, nos habíamos convertido en “besties”— y él me había integrado a su grupo, a su círculo íntimo, a sus amigas de la infancia.

A los dos meses de habernos conocido empezó con el tema de la mudanza. Que estaba a punto de cumplir veintinueve y que ya era hora de irse solo, que no aguantaba a los padres, que Ituzaingó quedaba lejísimos y que estaba podrido de dormir en departamentos ajenos y que y que y que. Nos taladró la cabeza. Y, con tal de que se callara —no había, para él, otro tema de conversación—, nos impusimos la misión de conseguirle uno. La otra Fernanda se lo consiguió. Un departamento de tres ambientes en Virrey Avilés al dos mil novecientos.

Fer, amiga, está pegado a la vía: ¿a vos te parece? —le recriminó él, que, por esos días, era una máquina de interponer objeciones.

Juani, amigo, haceme el favor y andá a verlo —le devolvió ella, igual de irónica, y procedió a enumerarle las comodidades y le indicó cómo disponer los muebles para aprovechar el espacio al máximo y destacó que el precio era excelente y él le contestó que claro, que estaba pegado a la vía, y ella le dijo que el tren ni se sentía—. Te lo prometo: ni te enterás de que pasa el tren. Es increíble.

Y fue comprobarlo en persona y fue amor a primera vista y, a la semana, nos avisó que había firmado el contrato.

En lo que tardó, sí, fue en instalarse: le entregaron la llave el 31 de enero y recién tomó posesión del departamento el 15 de marzo.

Gordo, por favor, te lo suplicamos: ¿podés dejar de dar vueltas? —le insistíamos nosotras, que estábamos mucho más emocionadas que él y que, lo admito, nos habíamos puesto intensas.

Y él con que la mancha de humedad en la pared del living y con el que el dueño era un pelotudo y que no le aprobaba el presupuesto que le había pasado el pintor y que le insistía en que pintara solo ese pedacito y después con que el aire en su habitación y con que tenía que estar cómodo y estás en modo calesita, Gordo, y las constantes discusiones por el grupo de WhatsApp y, a mediados de marzo, por fin, se mudó.

Esa misma noche recibí el llamado. Ni un texto ni un audio. Directamente, con la voz entrecortada, me llamó.

Fer, boluda, estoy cagado en las patas. Hay un tipo en la esquina que hace una hora está mirando para mi casa.

—¿Eh? —me extrañé yo—. No entiendo.

—No sé, boluda, qué onda. Es rarísimo. Está parado en la esquina y mira para acá. Hace una hora que está ahí. O, por lo menos, hace una hora que yo lo noté, pero debe llevar más. Seguro que lleva más. ¿Qué hago?

—Por empezar, calmate, Juani —le dije—. Y, segundo, llamá a la Policía. ¿Qué vas a hacer?

—¿Y qué carajo les digo? ¿Qué hay un tipo que me mira? Se me van a cagar de risa.

—No, infeliz. Contales la situación y deciles que el tipo te resulta una amenaza. Debe haber alguna figura legal para eso. Acoso. Qué sé yo. Por ahí estoy diciendo pavadas. Pero vos llamá. Tranquilízate y llamá.

A los cuarenta minutos, bastante enojado, me mandó un audio:

—Gracias, Fer, por haberme hecho quedar como un pelotudo.

—¿Qué pasó?

—Primero que llegaron y el tipo no estaba. Debe haber visto los patrulleros y se habrá ido. La cuestión es que bajé y no estaba. Y, aparte, me dijeron que, en ese caso, ellos no pueden hacer nada. Que, cualquier inconveniente, los llame de nuevo, pero que, si el tipo está parado en la esquina, callado, mirando, sin molestar, ellos no intervienen.

Sin ganas de engancharme en su jueguito —el problema con el Gordo era que se ponía pesado, insoportable, denso, que llevaba estas cosas hasta las últimas consecuencias—, a las puteadas porque me había despertado, me despaché con un discreto “Ok”, me di media vuelta y me dormí.

El asunto reflotó al otro día, que lo fui a visitar, y me relató su experiencia. Me dijo que, parado en la esquina de Avilés y la vía, apoyado en el paso a nivel, con las manos en los bolsillos y la postura erguida, estaba él. El Hombre Que Te Mira Fijo, lo bautizaría a la semana, al subir el primer video a Youtube, pero, por lo pronto, se trataba simplemente de un tipo en el que había reparado de casualidad, cuando había levantado la vista del Tinder y había mirado para la calle. Andaría, de acuerdo con lo que me dijo, entre los veinticinco y los treinta años. Usaba un jean desgastado en las rodillas y una camperita negra con capucha, que, pese al calor que hacía —marzo suele ser un mes caluroso—, llevaba en la cabeza. Justamente a raíz de la capucha, la cara no se le alcanzaba a distinguir al detalle, pero —me aseguró el Gordo— los ojos parecían claros —era, me dijo, y a mí me sonó a exageración, como si un resplandor emanara de ellos— y las facciones, angulosas. Antes de irse, sin que yo supiera que era una despedida, se corregiría y me diría que no tenía ojos, que lo había contemplado de cerca y que no tenía ojos, o que, en realidad, sí, pero que eran pura pupila: una enorme mancha negra que impregnaba la totalidad de ese hueco sin párpados. ¿Qué hacía ese tipo en la esquina? ¿Lo estaba mirando a él? El Gordo me contó que, intrigado, dejó la latita de Heineken a un costado, se levantó de la reposera y caminó, despacito, hacia el otro extremo del balcón. Llegó al enrejado, tomó aire, volteó y comprobó, con espanto, que el tipo había seguido su derrotero con la mirada. Era evidente que estaba pendiente de él. ¿Quién sería? A los tumbos, asustado, entró al departamento y lo espió a través de las cortinas: el tipo no dejaba de mirar.

Entonces me llamó.

Esa noche, según él, no volvió a aparecer. Pero apareció la siguiente. Y la siguiente. Y la siguiente. Cada tardecita, apenas empezaba a oscurecer, apenas el sol iniciaba su lento descenso, El Hombre Que Te Mira Fijo se ubicaba junto al paso a nivel, con la espalda erguida, las manos en los bolsillos y la capucha puesta, y, sin ningún disimulo, alevosamente, clavaba la vista en su ventana.

—Te juro que me paraliza. No sé qué hacer —me manifestó la quinta noche—. Hoy es la primera vez que no viene. Capaz que porque estás vos. Porque hay testigos. Pero no me puedo traer alguien a dormir eternamente.

—Ay, Gordo, era cantado que iba a pasar esto —disparé yo, en tono de reproche, y aproveché para escupirle lo que pensábamos las cinco—: Estás buscando excusas para irte de vuelta a lo de tus viejos.

—¿Vos de verdad me estás diciendo que ustedes piensan eso? —me cuestionó él con un gesto que me obligó a creerle. Ni siquiera con las fotos que había mandado al grupo me había convencido —el Gordo, si se trataba de joder, no tenía límites, y le podría haber pedido a algún amigo que posara para él—, pero ese gesto me dio la pauta de que algo no andaba bien, de que esto iba en serio, muy en serio.

—Y sí, Gordo, claro que lo pensamos. Es lo que decíamos con las chicas: vos te resistías a mudarte. ¿Cuánto estuviste para venir acá? Por eso nosotras te insistíamos tanto. Y, ahora, esto. Estás inventando una estupidez para agarrar las valijas y tomarte el tren a Ituzaingó. Rompiste las pelotas con venirte a Belgrano y resulta que ahora te querés ir a Ituzaingó.

Me imaginé, erróneamente, que, en ese momento, él iba a aprovechar para sincerarse conmigo —por lo menos conmigo, aunque todas, en rigor, estábamos esperando que lo hiciera—, pero esa noche no me volvió a dirigir la palabra.

Supongo que esa charla fue la que lo decidió a filmar. Nos recriminó que ya que nosotras no le creíamos, que ya que lo ignorábamos, por si le pasaba algo, por si una madrugada ese tipo abandonaba su quietud y se le daba por atacarlo, él iba a dejar un registro de las circunstancias de las que estaba siendo víctima y se fue del grupo —con la única que no interrumpió el diálogo fue conmigo— y, a media luz, sentado en el suelo y con el celular disimulado entre los pliegues de las cortinas, noche tras noche, se abocó a filmarlo y el resultado fueron horas y horas de grabación en las que al tipo no se le movía un músculo. Imperturbable. Una estatua. Lo que no llegaba a captar —y eso era lo que a las chicas las hacía sospechar— era el instante en el que se iba. La grabación, abruptamente, se interrumpía y, con los primeros rayos del sol, el tipo se había esfumado, había desaparecido.

La escena era tan real que parecía ficticia y al Gordo lo consumían las preguntas. ¿Quién sería ese hombre? ¿A qué se dedicaría? Y, en especial, ¿qué lo impulsaría a hacer lo que estaba haciendo? La respuesta inmediata a esta última era que se trataba de un ladrón. Pero los ladrones, por definición, debían actuar con discreción. Un loco, barajó, además, sin que la opción lo terminara de convencer. Disimuladamente, uno por uno, les fue consultando a los vecinos: ninguno lo había visto. Y en Internet empezaron a aflojar las teorías. A pesar de su duración —o, quizás, gracias a ella—, los videos se viralizaron y las hipótesis iban desde un fantasma hasta un ángel de la guarda, pasando por un vampiro o un demonio que aspiraba a arrastrarlo al infierno. En lo que coincidían, no obstante, era en que, fuera lo que fuera, eso —más allá de su apariencia, que usaba para engañar, para distraer, para pasar desapercibido—, no pertenecía a este mundo. Y en que sus planes eran siniestros. El Hombre Que Te Mira Fijo —EHQTMF abreviaban los usuarios en Twitter—, en el lapso de unas horas, se había convertido en una leyenda urbana y, en las distintas redes, había muchos que aseguraban haberseló cruzado.

Fue en esa jornada que Rocío lo fue a buscar a la puerta de la casa.

—¿Cómo conseguiste mi dirección? —la indagó Juani, desconfiado, la tarde que la chica lo increpó.

—Reconocí la esquina —le aclaró ella y, pausa prolongada mediante, reunió coraje y le reveló que eran dos, que a ella también le pasaba—. En mi caso es un hombre grande —le explicó—. Un viejito. Todas las noches, desde hace dos años, se para enfrente de mi ventana y me mira. Me mira fijo.

Aunque yo no llegué a conocerla, es, sinceramente, como si lo hubiera hecho. El relato de Juani era tan vívido, tan sentido, que alcanzaba a presenciar las secuencias que él me narraba. Me dijo que acababa de cumplir treinta y dos, pero que, por su aspecto, él le habría dado, a lo sumo, diecinueve: chiquitita, con trenzas, rostro aniñado y un rictus de tristeza típico de la adolescencia.

—Y hace meses que está investigando —acotó—. Lástima que no sacó ni una conclusión: está en cero.

Rocío le había mostrado que llevaba varios cuadernos de notas y le había dicho que, juntos, lo iban a vencer, que se lo garantizaba, y a él lo había conmovido la ilusión que destilaban sus ojos.

—Sos un valiente —le había remarcado y le había acariciado las manos—. No cualquiera se expone de esa manera. Yo, sin ir más lejos, no pude. No me animé. Pero —no me preguntes por qué— me guiaba el presentimiento de que iba a surgir alguien que lo hiciera por mí. Por los dos. Por todos. Que lo hiciera, en definitiva, por todos. Y, de golpe, rastreando información a tientas en Internet, googleando acerca de los grises y de los reptilianos, me topé con tus videos. Tardaste, tardaste mucho, pero ahora estamos unidos contra… él. Yo lo conté una sola vez —avanzó Rocío, que, al haber encontrado con quien compartir su sufrimiento, no estaba dispuesta a frenar—. A una psicóloga. Y, por supuesto, no me entendió. Me dijo que estaba proyectando. Que El Hombre Que Te Mira Fijo era una representación de mis miedos e inseguridades y bla, bla, bla, bla, bla. Una sesión aguanté.

Cerca de las ocho y media la esquina de Avilés y la vía se fue sumiendo en penumbras y Juani y Rocío presenciaron su aparición: vino detrás del tren —para no perder la costumbre— y se ubicó en su posición habitual. Salvo que, en esta oportunidad, traía un escolta.

—Ese es el que me mira a mí —le anunció Rocío y ahogó sus lágrimas en el hombro de Juani.

El viejo era tal cual ella lo había descripto.

El miedo, esa noche, se había multiplicado.

El miedo de lo inminente, de lo real, de lo que es posible, de lo que se puede desencadenar de un segundo a otro.

Durante la tarde siguiente, Juani permaneció a la expectativa del mensaje de Rocío, que se había comprometido a escribirle para coordinar una segunda reunión. Aguantó todo lo que fue capaz e, impaciente, a las siete, le mandó un audio, que corrían los minutos y no le figuraba como recibido. Rocío había apagado su celular. O el celular se le había apagado. O. La última conexión había sido a las nueve de la mañana, cuando le había avisado que recién había entrado a la casa, que se iba a tirar un ratito. ¿Seguiría durmiendo? Juani intentó localizarla por Facebook, pero se dio cuenta de que ella no le había dicho su apellido y, no hace falta que te lo diga, no hubo forma: Rocíos abundaban.

Ella reaparecería a los tres días, irreconocible, con el terror dibujado en el ceño.

—Lo estuve analizando, Juani, y se me ocurre una sola salida —le anunció ni bien franqueó la puerta. Mientras el Gordo me lo contaba, a mí se me hizo un nudo en la garganta—. Yo la otra noche lo enfrenté —le dijo—. Vos me transmitiste el coraje suficiente y bajé y lo enfrenté y El Hombre Que Te Mira Fijo me reveló sus secretos. Por fin, me dijo. Dos años ya. Pensé que este momento no iba a llegar nunca. ¿Cómo resististe tanto? Y, con sus ojos clavados en mí, con esos ojos sin párpados que son pura pupila concentrados en mi persona, se me acercó al oído y me reveló sus secretos, me reveló cuáles son sus intenciones, y a mí se me ocurre una sola salida: yo te voy a salvar. Yo ya accedí a su mundo y quedé marcada, Juani, pero te voy a salvar. Yo me voy a sacrificar por vos, por los dos, por todos.

Al Gordo, por desgracia, no lo volvimos a ver: un buen día, sin avisar, armó las valijas y se fue. Si hablo de él en pasado es porque ya no está con nosotras, pero, aunque me cueste, me gustaría creer que sigue con vida, porque no hay un día que no se me venga su imagen a la memoria. En el trabajo, subida en la escalera mecánica, con una sonrisa en los labios, y, fundamentalmente, en mi casa, en el teatro, en un café, en cada esquina. Vigilo a mi alrededor para asegurarme de que no esté El Hombre Que Te Mira Fijo. Me pregunto por qué a Rocío. Por qué a él. Cuántos estarán padeciendo esa presencia y no se atreverán a decirlo. Por qué a ellos. Por qué no a mí. Cuándo a mí. Cuántas formas adoptará. Cuáles serán sus propósitos. Quiénes estarán enterados de sus propósitos y qué estarán haciendo para impedir que los concrete. Me pregunto si habrá quien pueda impedir que los concrete. Si podré hacer algo. Me pregunto si podremos detenerlo.

Cayó la noche y El Hombre Que Te Mira Fijo se instaló en la esquina y Rocío bajó corriendo las escaleras y Juani la imitó y, petrificados, vieron aparecer también al otro, al viejo, al que la seguía a ella.

—Ni aun así me deja tranquila —le dijo, en medio de una crisis de llanto, desconsolada—. Ni aun después de haberme mostrado lo que me mostró me deja tranquila. El Hombre Que Te Mira Fijo todavía me persigue —dijo— y yo te voy a salvar.

Y, al escuchar el ruido del tren, se abalanzó sobre ellos y saltó a las vías.

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