por Santiago Miranda

Ningún manual o decálogo periodístico puede dictaminar cómo realizar una entrevista. Y esto no quiere decir que sea así porque se trate de algo caótico y que carece de orden: existen estructuras a seguir y ciertas reglas o guías. A lo que voy es que no existe una única receta/fórmula/ procedimiento adecuado para realizar una entrevista, porque esto es reducir y standarizar algo que, de lo contrario, es complejo. Porque sí, la entrevista es preguntas y respuestas pero no se agota ahí. Son situacionales y se desarrollan en un marco determinado, donde intervienen diversos factores y con la posibilidad de que surjan imprevistos asociados a ese contexto específico. Su desenvolvimiento (el de cada entrevista en particular), por tanto, es único.

La escritora y periodista Leila Guerriero dice: “Entrevistar parece simple, pero no lo es. Una entrevista, bien mirada, es una cosa muy antinatural”. Podríamos pensar entonces que estamos hablando de algo construido, dela relación particular que se edifica entre el/la entrevistador/a y el /la entrevistado/a, y el marco que los contiene. Así, si bien -repito-  se trata de preguntar y responder, no se lo hace desde la linealidad, sino como parte de un proceso complicado y dinámico. En él sus participantes ponen en juego sus cartas, diferentes mecanismos y estrategias, de acuerdo a sus intereses y expectativas: suponemos que aquel que entrevista buscará ‘sacar algo’ de aquel al que entrevista, y este último, si es lo suficientemente consciente, buscará que el otro lo haga bajo sus términos.  Se cede, se resguarda, se entrega, se busca, se oculta. Es una lucha.

A partir de esto, me resultó interesante pensar cómo y con qué fines se da esta lucha en algunos programas de gran audiencia. Por ejemplo, a principios de este año se estrenó un nuevo show conducido por David Letterman en Netflix, Mi siguiente invitado no necesita presentación. Una apuesta prometedora, ya que no sólo marcaba el inesperadoregreso del capo dellate night americano tras su retiro en 2015, sino que se trataba de un ciclo en el que Letterman valía sus cualidades como host para entrevistar a personajes de gran renombre: desde George Clooney, pasando por Tina Fey, Jay Z y Malala Yousafzai, hasta Barack Obama. Pero, lo cierto es que, al ser el presentador más famoso de la TV estadounidense de los últimos cincuenta años, lo que resulta tan atractivo de la propuesta del programa no es lo que le dirán los entrevistados a Letterman, sino la forma, la química, que surja del encuentro de tales personajes. Así prima un juego de personalidades por sobre el contenido, en el que entrevistador- entrevistado se ponen de igual a igual e incluso intercambian roles (in fact, en uno de los episodios se da vuelta la premisa y Jerry Seinfeld entrevista a Letterman). Es en este marco donde uno se pregunta: ¿qué se les puede sacar a estas figuras que no se les haya sacado antes, frente a un entrevistador que tiende a adularlos y a no correrlos de su zona de confort? ¿Qué es lo que no dicen, sabiendo que cada frase que pronuncien puede ser tomada como titular en todos los medios digitales del mundo? ¿Qué secretos puede revelar Obama, con su oratoria encantadora, pulida y trabajada durante años, que no haya revelado nunca?

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En el ámbito local no sucede exactamente lo mismo. Al menos en la mayoría de programas que conforman a la TV Argentina -o lo que queda de ella- predomina un estilo de entrevistas inquisitivo, representado muchas veces por esa nueva raza de amarillismo que es el panelismo.  Pero quizás el mejor ejemplo lo den las mesas de Mirtha Legrand (o su competidor sabatino y pseudoprogre de título engañoso: PH, Podemos Hablar). Recuerdo que en un curso de periodismo al que asistí nos preguntamos si Mirtha era una buena entrevistadora. Algunos argumentaron que sí, afirmando que ella logra sacar cosas que otros no pueden, a diferencia de Letterman. Pero el hecho es que las lógicas en las que se maneja son las de la monopolización del discurso y de la imposición de los intereses del entrevistador sobre el otro. (como aquél personaje de Capusotto, el periodista Claudio Tepongo, y su línea de cabecera: “Vas a decir lo que yo necesito que digas”). Desde la cabeza de la mesa la señora Legrand se adueña de la palabra: pregunta, interrumpe, indaga, responde y acusa, atragantando a sus invitados, que nerviosos hacen lo posible por mantener su compostura.

Con modos marcadamente distintos, Letterman y Legrand, digamos comunicadores en los medios (ninguno es periodista), mueven cada uno sus fichas a la hora de realizar una entrevista. Esta, como concepto que puede ser encarado de distintas maneras, queda estancada: atrapada, por un lado, en ese extraño atractivo que irradian las conversaciones entre personalidades mega famosas y reconocidas –que no necesitan presentación-,  esas en las que el entrevistador mezcla la ironía, el chiste amistoso y el halago para con el entrevistado (el carisma norteamericano) y lo alza y reafirma en un trono que comparte con él; y, por otro, en el “¿qué hiciste para que te pegara?” de la reina local y autoritaria de los almuerzos, que busca derrotar de la manera que sea a sus invitados para coronarse como la única victoriosa del encuentro.

Como público podríamos atender más a estas tendencias, y como posibles entrevistadores (o incluso también como personas que dialogan y conversan con otras) quizás habríamos de encontrar un equilibrio: recordar que la entrevista es una relación construida entre sus participantes y que ni se debe endiosar al entrevistado -y a uno mismo en ese acto-, ni intimidarlo al punto de sobrepasarlo, para así alcanzar ese algo relevante que se busca en el encuentro y que justifica su existencia.

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