Por Federico Frittelli (@fedefrittelli)

 

“Nada de lo que el hombre ha sido, es o será,

lo ha sido, lo es ni lo será de una vez para siempre,

sino que ha llegado a serlo un buen día y otro buen día dejará de serlo”.

José Ortega y Gasset

 

La máquina de hacer pájaros

Creo que una de las actividades más antiguas del ser humano como especie es el intento de replicar, mediante símbolos, la realidad tal como la experimenta. Desde los hombres de las cavernas con sus dibujos pictóricos hasta el cine en 3D, la búsqueda parece ser la misma aunque sea distinta la finalidad (los cavernícolas no buscaban un mero entretenimiento con sus dibujos, quizás tenían una función pedagógica y hasta religiosa para este tipo de representaciones). ¿Por qué tendrá tanto poder la mímesis de lo real, tanta injerencia en las posibilidades creativas del hombre? ¿Qué es lo que fascina de los cuadros hiperrealistas, indistinguibles de una fotografía si no fuera por la firma del artista en la esquina inferior derecha? ¿Para qué una máquina de hacer pájaros?

José Heinz, periodista cultural cordobés dedicado especialmente al tema del impacto de internet en nuestras expresiones artísticas y relaciones sociales, publicó hace apenas unas semanas el libro ¿Olvidaste tu contraseña? Apuntes sobre la cultura digital a través de El servicio postal. Sin adentrarnos en los oscuros pantanos de la reseña, el libro es un conjunto de ensayos y hasta pequeños relatos disfrazados cuyo eje u articulador es Internet.

Primer aspecto interesante respecto del libro, incluso antes de abrirlo: en la contratapa, la mini biografía del autor nos dice que nació en el año 1983, año emblemático para la historia argentina si los hay. Rápida búsqueda en Google: el creador de Facebook, Mark Zuckerberg, es del ’84 (merece todo un paréntesis esa búsqueda traicionera de información de su peor enemigo: es como ir a preguntarle a Nadal cuantos Grand Slams ganó Federer). Los creadores de Twitter nacieron todos a mediados de los setenta, al igual que los de Google. Es decir, tratando de no forzar demasiado el concepto, Heinz nace aproximadamente hacia el final de la generación de quienes crearon las principales redes sociales y, por tanto, definieron el status quo de la comunicación informática de segunda década del siglo XXI. No es la generación que creó las computadoras, no es la que las achicó, personalizó y puso en cada hogar, no es la que creó Internet; es la generación que convirtió a Internet en una necesidad básica. Por lo tanto, es natural que una persona nacida en esa época escriba un libro como el que escribió: entre nostálgico y optimista, mezcla de resignación, esperanza y asombro.

 

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Y es natural, también, que para empatizar completamente con lo que José escribe haya que compartir la experiencia generacional de ese quiebre tecnológico. Una persona mayor a cincuenta años tendrá probablemente una visión tanto más negativa del estado de cosas, e incluso puede que viva con un pie en el época contemporánea y con otro en la anterior, usando teléfonos fijos y toda clase de aparatos deleznables. Si el lector tiene menos de veintidós o veintitrés años, probablemente no se reconozca en la nostalgia de una época anterior al impacto masivo de Internet, sino más bien en una melancolía por aquello que, sin salir de Internet, ya ha quedado obsoleto (mientras escribo esto, voy y vuelvo de Facebook. En la sección “Un día como hoy” me aparece una publicación del 2009 en la que una amiga me pide que me conecte al Messenger urgente, que me tiene que contar algo).

Todo esto me viene a la mente luego del primer renglón del libro de Heinz: “Comencemos por lo obvio: internet nos cambió la vida” (2017: 9). Respondo, casi automáticamente: No. Cuando desperté, internet ya estaba ahí.

Lo que Heinz escribió, entonces, es una descripción pormenorizada y minuciosa de un estado sentimental, social y artístico frente a una transformación tecnológica. Sus coetáneos son también su Lector Modelo (que en paz descanses, Umberto). A partir de esto entro a su lectura como un voyeur generacional, como quien va en un colectivo y ve pasar otro en dirección opuesta, quizás haciendo contacto visual con alguno de los pasajeros por un ínfimo lapso.

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Afirmación troncal en la perspectiva del autor respecto de Internet en su conjunto, como un todo: “Internet no es algo bueno ni malo: es bueno o malo según la persona que esté por detrás”.  Es una visión interesante, cuyo razonamiento puede extenderse sin romperse hacia la afirmación de que Internet es una herramienta, tal como un martillo, un destornillador o una nueve milímetros. Lo que se haga con ellas no implica necesariamente una cualidad intrínseca del objeto, el martillo no es laborioso porque el carpintero lo sea, la pistola no es malvada porque el policía la dispare contra un sospechoso desarmado. Y estoy de acuerdo con esto a nivel material (es revelador el ensayo ¿De qué hablamos cuando estamos solos?, que narra una interacción con el adefesio de SimSimi, imitador de conversación humana basado en anteriores conversaciones que la máquina ya tuvo. Experiencias como esa nos señalan el carácter, todavía, de herramienta y no de sujeto que ostentan las inteligencias artificiales vía web. El terror o la maravilla están en ese todavía), pero es fundamental un comentario a nivel discursivo: llegado un punto, las propias corporaciones detrás de, sobre todo, las redes sociales, tomaron consciencia de su carácter de herramienta y buscaron trascenderla al menos en el ámbito simbólico. Creo que ese fue el momento exacto en que Facebook cambió la denominación de Muro (your Wall) a Biografía, una declaración cuya lectura profunda equivale a “esto no es sólo un divertimento accesorio, acá se cifra el relato de tu vida entera”. Es una búsqueda para pasar del estatus de herramienta al estatus de narrativa y, a través de esta, de transformadora de la realidad.

 

La máquina de mirar

En un capítulo de The Office, la mejor comedia yankee del siglo XXI hasta ahora (perdón, me olvidé los signos de interrogación, acá van: ¿?), Michael Scott, ese jefe entre aniñado y psicópata que justifica toda la trama, declara: Cuando descubrí YouTube no trabajé por cinco días.

La escena final de Red Social, película que recrea para mejor o peor la creación política de Facebook por parte de Zuckerberg y sus entonces amigos, es un plano fijo del Muro de Facebook de la exnovia de Mark, quien le da F5 repetidas veces esperando que ella actualice su información o lo acepte como amigo.

El 31 de agosto de 2014 se filtraron a través del sitio 4chan más de quinientas fotos íntimas de celebridades del mundo occidental/anglosajón. Cada persona podía tener en su celular una foto de una famosa que no había pasado por ningún contrato o decisión empresarial, conectando genuinamente por una de las primeras veces en la historia la privacidad del ídolo con la de la masa. Extraña retribución: lo público, la industria cultural, penetra la privacidad de la masa lo quiera ésta o no; la masa utiliza el lenguaje del amo para insultarlo y toma lo privado de Los Públicos para hacerlo estallar en millones de esquirlas idénticas entre sí y con el original.

Año a año Kim Kardashian figura o encabeza el top ten de estrellas porno más buscadas en los sitios más grandes del mundo.

“No es suficiente con no tener perfiles en sitios web, porque cualquiera que si los tenga puede tomarnos fotografías o videos y publicarlos, o sencillamente hablar de nosotros, y a partir de allí ya pertenecemos a esa realidad paralela” (2017: 35) dice Heinz. Todo recuerda a una especie de panóptico foucaultiano vuelto en forma de fichas. Foucault proponía la figura de una sociedad moderna modelada como un panóptico, especie de prisión en la que las celdas se disponen de forma circular y una al lado de la otra en torno a una única torre central. Las celdas no tienen comunicación entre sí y los vidrios de la Torre central están oscurecidos, de modo que el preso no puede observar a los otros presos ni a los guardias, ni saber a ciencia cierta cuándo está siendo observado y cuándo no. Simplemente debe proceder como si estuviera siendo observado todo el tiempo.

 

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Heinz traduce este fenómeno con la metáfora de paredes transparentes. El panóptico que, no nos engañemos, continúa vigente y con más vigor, parece haberse replicado hacia el infinito con las redes sociales, donde cada uno de nosotros es a la vez prisionero y guardia, a la vez observado y observante. Reducto ad absurdum de la paranoia.

Al menos con Foucault uno sabía dónde estaba el vigilante.

 

La máquina de ser (feliz)

Hermosamente artificial.

Con mi viejo discutimos seguido de ciencia ficción y su pretensión o no de verdad en el futuro o, lo que es lo mismo, de predicción. ¿Busca la ciencia ficción un realismo de una época que todavía no existe, o es condición sine qua non de una buena ciencia ficción el futuro mítico y, por lo tanto, la fantasía? Se podrá decir que nunca existirán los futuros de Bradbury o Asimov (hay que leer la Fundación y releerla. Los siete libros. Entender cómo distorsionó al género la aparición de la computadora personal) pero que, a través de esas construcciones, hay una interpelación alegórica y hasta exagerada al presente, que contiene valoraciones de los autores respecto del camino tecnológico humano. En ese caso no hay ni realismo profético ni maravilla, simplemente panfleto decorado. Supongo que los fundamentos de la ciencia ficción son una combinación de esos tres elementos.

El mejor cuento de Crónicas Marcianas es el de un tipo que piensa que está solo en Marte y recibe una comunicación de una mujer al otro lado del Planeta. El hombre, deprimido y resignado a pasar una vida en soledad, se llena de esperanza y deseo al enterarse de que podría haber una compañera, alguien que convierta los monólogos en diálogos. Decide ir a buscarla, no hay mar que lo detenga, mientras continúa conversando con ella. Cuando llega el encuentro, la mujer le parece insoportable y fea, del todo desagradable, y decide subirse de nuevo al vehículo y escapar a toda velocidad. Ya de vuelta en su pueblo, solo, tranquilo y cómodo, si suena el teléfono no lo atiende. No vaya a ser cosa. (No te voy a decir cómo se llama el cuento, ya te dije cómo se llama el libro).

Si reviviéramos hoy a Bradbury o Asimov, no creo que viniera primero la desilusión ante el cese del viaje espacial humano que la sorpresa ante los smartphones y la evolución de las comunicaciones ad intra la Tierra. Estar en todos lados todo el tiempo sin estar en ninguno. Poder crear una personalidad sin tener que estar ahí en carne y hueso para defenderla. En definitiva, ser a través de la pantalla, la pose definitiva, la narración expuesta. No se trata de fingir felicidad, como si de alguna forma nuestros perfiles en redes sociales fueran máscaras ajenas al estado “real” de cosas, si no de crear un personaje feliz (o inteligente, que en redes como Twitter o Tumblr es aparentemente el antónimo a feliz) y serlo, entregarle la completa entidad de nuestra existencia a esa personalidad, tal como se la entregamos a nuestro yo-estudiante-en-la-facultad, a nuestro yo-laburante, a nuestro yo-en-el-bar/boliche, etc. Como recoge Heinz en el ensayo El internet nuestro de cada día respecto de una afirmación de Lucila Pinto: “Creo que va dejando de tener sentido diferenciar entre estar en internet y no estar en internet” (2017: 82).

El pájaro creado por la máquina está deformado respecto del original. Pero sigue siendo un pájaro.

Mientras tanto: anteojos negros de carey, auriculares en la sien. No me escuchan, no me ven.

Y yo puedo observar tranquilo.

***

 

P.D. prueba de fe:

If I show you my Muro de Facebook del 2009, will you still hold me tonight?

 


 

Nota/Bibliografía

HEINZ, José. ¿Olvidaste tu contraseña? Apuntes sobre la cultural digital. Córdoba, El servicio postal, 2017.

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