Autor: Federico Frittelli –@fedefrittelli

Pero yo soy mejor que vos. Yo estoy escribiendo una novela.– le dije, casi con lágrimas en los ojos. Totalmente abrumado por la conversación.

Cinco minutos atrás yo me acercaba a su novia con ese aire de superioridad que traigo como pegado a la ropa, como adosado con esos abrojos enormes. Ella estaba vestida como lo estaba la mayoría de las pibas de la fiesta: con un vesitidito apretado, el pelo rubio largo y lacio que tapaba (pero solamente lo justo) la espalda abierta, las piernas interminables hacia abajo o hacia arriba y esa mágica capa de maquillaje que hace espectacular a lo que en muchos casos es un show sin demasiadas luces. Me acercaba, decía, y ya la había visto hacía muchísimo aunque no podía dejar de pensar, insistentemente, “hoy tomé demasiado de menos”; pero ya estoy cerca y mirá si yo voy a abandonar a la mitad. El pelotudo de Ricky Martín me estaba reventando los oídos con la mordidita y yo sólo quería pensar en cómo hacer para demostrarles a estos tres mil o cuatro mil boludos que soy mejor que ellos, que sólo necesito medio minuto de conversación mano a mano para sacarlos del ring de un puñetazo y que ellos no entienden qué significa todo eso que estábamos viviendo: la orgía de alcohol, adolescentes consumistas y música de mass-consume. ¿Y qué habría pensado Heidegger si hubiera estado acá, si caminara como caminaba yo por entre toda esta bola de esteroides, extensiones, tacos aguja y estudiantes de abogacía en facultades privadas? Todo eso me detenía y no sé cómo di por chocarme con la rubia, con la rubia y con dos mil personas más que de todos lados parecían querer ir a todos lados y me tenían como un enemigo -una especie de otro que los analizaba, los incomodaba con la luz hirviente de la lupa focalizada sobre todos sus defectos-. Yo no estaba preparado, digamos, no había pensado qué le iba a decir cuando la tuviera frente a frente pero qué podría llegar a necesitar si soy el único de todo este enfermo boliche que puede mostrarle el reverso del mundo a cualquiera.

Le pedí perdón por haberla chocado pero no me escuchó. Me miró con cara de culo y se dio vuelta para seguir bailando con su amiga. Uf que bajón es levantarse una mina en estos lugares hermano. Toda la vida preferí los bares y tomarme una birra tranquilo, charlar cuatro horas seguidas sobre cómo es el hombre para Sartre. Le toqué el hombro y le pedí perdón de nuevo, esta vez en el oído para asegurarme de que me escuche. Ya se había olvidado. Estaba visiblemente borracha.

¿CÓMO TE LLAMÁS?/ VALENTINA ¿Y VOS?/ NO IMPORTA COMO ME LLAMO YO, LOS NOMBRES SON UNA ESPECIE DE RUIDO QUE QUIEREN RESUMIR TODO LO COMPLICADO QUE ES UNO Y YO PERSONALMENTE LOS ODIO. / NO TE ENTIENDO NADA. / QUE NO ME GUSTAN LOS NOMBRES. / ENTONCES ¿POR QUÉ ME PREGUNTASTE EL MÍO?/ NO SÉ, ASÍ ES LA CONVENCIÓN SOCIAL CUANDO ALGUIEN CONOCE A ALGUIEN. / SOS LINDO, PERO NO SE TE ENTIENDE NADA CUANDO HABLAS. / Me acerqué. /NO, YO SI TE ESCUCHO, NO SE ENTIENDE LO QUE DECÍS. / ¿EL SIGNIFICADO?/ SI, NO TE ENTIENDO, HABLÁS DEMASIADO REBUSCADO. /

Un tipo enorme y musculoso “este seguro es rugbier, la puta madre” se pegó a Valentina y empezó a bailarle alrededor sin decirle una palabra. Ella se prendió al toque y yo quedé pagando como un boludo a mitad de la conversación. Había vuelto a poner mi boca cerca del oído de la rubia cuando sentí la mano gigante del tipo en el pecho. Me empujó hacia atrás. Lo miré feo, como si hubiera en este mundo posibilidad de que no me matase de una piña si peleáramos. ES MI NOVIA PAPÁ me responde. /SÓLO ESTÁBAMOS CHARLANDO. / BUENO SE TERMINÓ LA CHARLA, CORRETE, SALAME.

Estaba a punto de responderle de nuevo cuando me cayó en la cabeza un vaso que algún pibe habrá tirado para arriba después de un fondo blanco y sentí los hielos que me caían por la espalda, la vista se me puso borrosa, piel de gallina, insoportable sensación de conciencia absoluta de todo lo que me estaba pasando en ese momento – después: un abandono ciego, como si hubiera quedado sólo en el medio de todo y no tuviera otra forma de conocer que chocarme contra las cosas. Caí en mí: todo lo que antes estaba claramente estructurado se me aparecía distorsionado e incognoscible. Me levanté. El rugbier se me acercó al oído y me dijo “Andate ya. Me cansaste”. Pero con el golpe empecé a entender todo lo que realmente salía de su boca, digamos, pude traducir que en realidad lo que me decía era: “¿No entendés que no hay nada en todo este lugar que te haga especial? ¿No entendés que estás en este lugar por las mismas razones que todo el resto? ¿Qué si no perteneces es sólo porque querés pensar que no perteneces? ¿Qué ese sistema que tenés tan estudiado desde afuera en realidad no es así, que cuando entrás al sistema con ese saber el sistema te lo hace mierda, porque en realidad el sistema no es sistema sino una especie de aplanadora de casualidades a las que vos querés ver ordenadas? Sos un imbécil. Uno que leyó un poco más que el resto. Toda esta gente no sabe por qué está acá. Pero vos tampoco sabés por qué estás acá. Por qué te atrae la masa a la que le decís idiota. Por qué te llaman las mujeres a las que defenestrás.” Y yo sólo atino a mirarlo y decirle, casi entre lágrimas, “Pero yo soy mejor que vos. Yo estoy escribiendo una novela y tengo sólo diecinueve años. Yo he leído a Heidegger. Yo sé lo que diría Foucault si estuviera en esta fiesta. Yo puedo mostrarle el anverso y el reverso del mundo a tu novia si tan sólo me dieran cinco minutos mano a mano en un bar.” Y ella me miró y me hizo un saludo con la mano para que me vaya, pero ahora sé que, en realidad, aunque no movía los labios ni pronunciaba ninguna palabra, con los ojos me decía: “¿Mejor que quién? ¿Según quién? ¿No te das cuenta que la lupa que pensás tener sobre la realidad no tiene ningún lente; o que, como un ridículo, achinas los ojos para intentar ver más grande los pedacitos de una máquina que no entendés en conjunto, que no sabés para qué sirve?”

No mucho después me escabullí ente la gente y salí al estacionamiento. Me prendí un pucho. Miré un rato la noche –me tranquiliza, me da paz saber que todo se separa lenta y caóticamente y que no podemos hacer nada para evitarlo- y después paré un taxi.

Hace unos diez minutos llegué a mi departamento. Ahora estoy acostado, quise leer pero no leía. Las letras me pasaban industrialmente por la vista y yo sólo pensaba en un vestidito ajustado y unas piernas que no se sabe bien si son infinitas para abajo o para arriba y si no seré yo al final el que es un imbécil y en que, de última, quién es un imbécil y quién no es más una cuestión de perspectiva que de esencia. ¿Quién está sólo, ahora, después de todo?

Entra un viento fuertísimo por la ventana que me enquilomba toda la habitación. Pesado como un ladrillo, cae de mi mesa de luz el tomo uno de las Obras Completas de Borges. Es blanco, enorme, poderoso, brutal. Pero hoy no puedo leer nada.

Y quizás al mismo tiempo, en su casa o en la casa del tipo enorme, o capaz en un telo, en la parte de atrás de la camioneta o en el baño del boliche; allá, liviano como una pluma, cae al piso el corpiño de Valentina sin hacer ningún ruido. Es rojo, suave, ágil, brutal.

Pero yo estoy escribiendo una novela.

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