por Emiliano Salto

Tradicionalmente, al abordar la tópica de los desórdenes mentales, la mayoría de las ficciones optan por interiorizarnos al mundo del loco o anormal desde la perspectiva del cuerdo. De esta manera, el ambiente cotidiano genera un contraste claro entre lo típico y  lo atípico, al tiempo que permite mantener la estructura narrativa de una historia en el terreno de lo familiar o conocido.

Un ejemplo de esto sería el caso de One Flew Over The Cuckoo’s Nest (1975), película del director Milos Forman, en la que un delincuente del montón, pero completamente cuerdo, es internado en un instituto psiquiátrico. Así, los locos son presentados como extraños y el espectador puede identificarse con un protagonista “normal” en una situación anormal. Sin embargo, el foco de OFOTCN está puesto en la crítica a la hospitalización: el protagonista combate en todo momento los mecanismos  dispuestos para controlar los cuerpos y las vidas de los internos. Como único ser “cuerdo” recae en él la tarea de liberar a sus compañeros, en una especie de complejo mesiánico, de las restricciones disciplinarias impuestas por la institución.

 

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La verdadera locura quizás no sea otra cosa que la sabiduría…

El loco, como se lo presenta en Twelve Monkeys, película del ex Monty Python Terry Gilliam, cumple un rol místico, el rol del oráculo (en un paralelismo mitológico con la figura de Cassandra). En este sentido, James Cole (Bruce Willis), protagonista de la cinta, no es realmente un loco. Es anormal, porque es el único poseedor de “la verdad” en un mundo que la niega: el único hombre cuerdo en un mundo loco. Sin embargo, Cole no es en sí mismo un monstruo que amenace el statu quo; por el contrario, su misión apunta al restablecimiento del Estado de derecho a un momento preapocalíptico: debe proteger al cuerpo social de una plaga literal que amenazaría con disolverlo. Es, en este sentido, una cura.

La locura irracional, carente de sentido y propósito, está personificada en la figura de Jeffrey Goines (Brad Pitt). Jeffrey explicita su condición en la forma de un comportamiento atípico (movimiento, formas de habla, etc.), pero no representa una verdadera amenaza para su entorno. No es un loco peligroso para el sistema. Está controlado, institucionalizado. Jeffrey es el pequeño síntoma de una enfermedad, pero su existencia es permitida y contemplada dentro de la estructura en la que se inscribe.

El último foco de locura en Twelve Monkeys se encarna en el rol del antagonista, el doctor Peters (David Morse), quien, como detonador de la  plaga apocalíptica que Cole debe detener, representa al anormal peligroso, al loco capaz de tirar abajo la estructura social para iniciar un nuevo modelo o sistema en su lugar.

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 La locura es buena a veces, sobre todo si se maneja con genialidad

David Haller pasó la mayor parte de su vida adulta en un neuropsiquiátrico, pero las voces que lo acompañaban no pertenecían a pacientes o a doctores. David es esquizofrénico, y mucha gente vive en su cabeza. Él es distinto a todos los demás. Es un mutante, pero no puede disparar lásers de los ojos o transmutar su piel en acero. Su poder le permite modificar la realidad y, al igual que la realidad, su poder es caótico e impredecible.

David no siempre existió en la pantalla chica: hace mucho tiempo (en los fantásticos, cocainómanos, sintetizoides, Johncarpenterianos ochentas), su figura alta y delgada saltaba de viñeta en viñeta en las páginas de New Mutants, título de Marvel Cómics. Tomaba prestadas sus palabras del escritor Chris Claremont y sus gestos del dibujante Bill Sienkiewicz. David no conseguiría nunca ser un personaje de renombre en el universo bidimensional de los X-Men, a diferencia de su padre, el profesor Charles Xavier, telépata parapléjico y mentor eterno del grupo mutante.

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En Legión, serie de televisión creada por Noah Hawley  (Fargo, 2014), el mundo de David es un lugar en el que no puede pasar desapercibido. Lo “real” parece extenderse desde la mente del personaje principal hacia afuera. La escenografía y el vestuario no permiten situar el período histórico en el que transcurren los eventos de la serie con total precisión: elementos  decorativos con improntas retro setentistas se mezclan con tecnologías de la era digital. El espectador puede  pasar, de escena a escena, desde la ciencia ficción minimalista y analógica al estilo 2001: a space odyssey hasta el terror del futuro cercano, presentado en propuestas como Black Mirror.

La música elegida para acompañar la serie es también una declaración de la naturaleza lisérgica del relato: el soundtrack se compone principalmente de rock clásico de los sesentas y setentas. Melodías de bandas como The Rolling Stones, The Who y Pink Floyd, suenan a lo largo de la temporada.

La locura es un importante punto focal para Legión, y Legión es una serie loca. Es en este aspecto, principalmente, en donde Legión se separa de muchas narrativas similares. David es esquizofrénico y su perspectiva nos obliga a nosotros, como espectadores, a percibir la realidad como él la percibe. Desde lo metafísico hasta lo fragmentado. La historia de David se cuenta de a retazos, fuera de orden. Nunca estamos completamente seguros de que lo que vemos se corresponda totalmente con una mirada objetiva de los eventos que se nos presentan. Esto se traduce, desde el lenguaje cinematográfico, en la utilización de una variedad impresionante de recursos audiovisuales: animación, utilización creativa del lenguaje sonoro, iluminación dinámica para representar diferentes estados de conciencia, etc.

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Esta puede parecer, a simple vista, como una propuesta compleja, y lo es, pero Legión logra navegar el límite entre lo complejo y lo inentendible. La serie demanda atención del espectador (no el tipo de atención que se le puede dar a Iron Fist, con el Facebook abierto al lado del reproductor), pero todos los elementos necesarios para su comprensión están presentes. Logra ser compleja sin necesidad llegar a ser “difícil”.

Parafraseando (libremente) a Homero Simpson: La locura en la ficción es igual que una naranja. Primero está la piel y luego la dulce, dulce pulpa de transmutación de la realidad psicodélica-lisérgica en simultáneas dimensiones cuánticas que se superponen y se yuxtaponen en configuraciones paralelas.


 

 

 

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