Autor: Federico Frittelli –@fedefrittelli

Se saca la remera, despacio, y después el pantalón: está cansado. Exhausto. No durmió más de cuatro horas. Los domingos a la mañana son así y él lo sabe. Probablemente lo haya despertado la intriga. ¿A quién le miente? Se está muriendo de los nervios. El ritual matinal de la pileta es obligatorio, si no cumple se siente como si nunca se hubiera levantado. O como si hubiera algo malo impregnado en el aire del día. Cuando no arranca nadando veinte largos en estilos pecho, crol y mariposa, la realidad entra en una indeterminación entre el sueño y la vigilia. Por eso, aunque lo mate saber si esta vez se le dio, se saca la remera y el pantalón. Queda sólo en boxers y se tira al agua de cabeza. Antes nadaba desnudo pero se terminó hartando de la sensación de que alguien lo espiaba. No se apura: las brazadas son técnicas y precisas. Los movimientos maquinales y repetitivos parece que liberaran a la mente de la tarea engorrosa de manejar al cuerpo. De a poco vuelven, entre brazada y brazada, las imágenes de la noche anterior.

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Entró a Club F antes de las dos de la mañana preso de la temible S&S (sólo y sobrio) y lo encontró prácticamente desolado (así es como más le gusta pero también reconoce que no es lo más conveniente. Cuando hay espacio para caminar y moverse no pasa ese fenómeno por el cual los post-adolescentes de clase media-alta se confunden con la masa en cuerpo y espíritu y empiezan a tomar decisiones aleatorias, caóticas –proceso acelerado por el alcohol de las barras que reactiva el otro alcohol que ya traían desde sus casas firmemente almacenado en sus estómagos, en sus hígados y en sus encías; razón por la cual mastican chicles de menta Topline o Beldent comprados en la misma estación de servicio por la que pasaron a comprar hielo y cigarrillos-, decisiones que nunca están fuera del rango de lo que la sociedad entiende por “decisiones caóticas y aleatorias de un post-adolescente perdido en la masa” porque si así lo fuera, la clase media-alta post-adolescente se convertiría en una fuerza revolucionaria inestimable). Una rápida mirada al lugar lo concentró en posibles objetivos. Cerca de la puerta del baño había una. Seguro su amiga estaba adentro, descartada. Al lado de los parlantes, otra: imposible hablar con tanto ruido, descartada. Al lado de la barra había una morochita, estatura mediana, apenas más baja que él, pantalón blanco ajustado que terminaba en unas botas negras con plataforma y arriba una pupera simil-animal print. Miraba la pantalla de su celular y toqueteaba el táctil. Interesante, pensó. ¿Mensajeaba al novio o a la amiga? Cualquiera que sea, todavía no había llegado. Miró su propia billetera y recordó por qué había entrado antes de las dos de la mañana: no tenía un mango. Suspiró y empezó a caminar en dirección de la chica.

—Disculpame, ¿cómo te llamás? –le dijo.

Ella levantó la vista del aparato y lo miró lentamente a la vez que hacía un imperceptible pasito hacia atrás por precaución.

—Rocío… ¿vos?

—Ezequiel –mintió-. Rocío, ¿me comprarías un trago?

— ¿Qué yo te compre un trago a vos?

—Si no es mucha molestia.

— ¿Me estás haciendo un chiste o qué? No me jodás por favor, tengo novio –mintió-.

—Perdón, es que me da vergüenza hacer esto porque vengo seguido. Pero hoy no tengo un peso y no tomé nada.

“Ezequiel” se acodó en la barra y esperó a que el barman buscara su celular, del otro lado, para quedar fuera de su vista. Cuando el barman se dio vuelta, Ezequiel se metió con más de medio cuerpo al lado de adentro de la mesada y manoteó con la mano derecha una región invisible de la parte inferior de la barra. Antes de que pudiera darse cuenta, Rocío lo vio salir con una botella de Vodka Smirnoff sostenida endeblemente entre los dedos.

— ¿Cómo sabías que estaba ahí?

—Te dije, vengo seguido. ¡Maestro! –Gritó en dirección del barman- ¿no me alcanzarías unos vasos y un poco de hielo?

El tipo lo miró confundido. Sin saber muy bien por qué, le dio lo que le pidieron.

—Si comprás speed, te convido. –dijo un recientemente bautizado Ezequiel a Rocío.

Rocío miró primero la botella y después fijo a sus ojos. Eran marrones apagados con un tono amarillezco hacia el fondo. No inspiraban confianza pero si una especie de tranquilidad lejana.

—Está bien. –respondió.

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Cuando termina los largos en la pileta se recuesta en la reposera y se deja secar con el sol. Cierra los ojos para no encandilarse y empieza a juguetear con los dedos. Inconscientemente, toca los tres dedos de la quemadura. La piel es suave  y la carne sobrevivió al calor y la operación. Lástima las últimas falanges. Extraña a las tres –la quemadura obligó a los médicos a amputarle la última falange de los dedos pulgar, índice y mayor de la mano derecha- pero principalmente a la del índice. El índice guiaba a los otros dos cuando tocaba la guitarra: él no sabía muy bien cómo explicarlo. Desde ese día nunca fue igual. Las púas no eran reemplazo de la uña. Para él, no para los otros, la púa hacía sonar a la guitarra metálicamente. “Sin alma” decía. Probó con todas las púas. “Es inútil” se dijo.

———

Ezequiel le alcanzó el vaso de Smirnoff con Speed (tres hielos grandes, vodka a tres cuartos del vaso y el resto Speed, un coctail venenoso que solía llamar el Mata-Rusos. Era asqueroso en la boca, incinerante en la garganta y desastroso en la cabeza).

— ¿Qué haces de tu vida vos, Ezequiel?

—Soy guitarrista.

— ¿En una banda?

—No, yo sólo.

—Ah, ¿cantás también? ¿Sos solista?

—No canto. Sólo la guitarra.

—… pero, ¿cómo hacés para que la gente se interese?

—Me chupa un huevo que la gente se interese. Toco la guitarra como nadie en el mundo. –dijo, y pensó: “tocaba, tocaba”.

Rocío levantó la vista de su vaso y vio en Ezequiel la chispa en los ojos del prodigio que habla sobre lo suyo. Una seguridad de fondo, sublime, que resalta cada uno de los juicios sobre el propio talento con algo parecido a la soberbia. Nada más lejos de la vanidad, sólo soberbia. Consciencia definitiva del propio valor.

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Sube las escaleras y se mete en su habitación. Arriba del estante de siempre está Ella: una guitarra acústica Les Paul del 2007, algo marmolada, brillosa. La agarra entre sus manos, sus dedos truncos. Apoya la cabeza contra el lomo: está cansado. Éste va a ser el último intento.

Antes de tocar se acerca a los jeans que tenía puestos la noche anterior y escarba los bolsillos. Cuando la encuentra, suspira de alivio. Es la “Púa de Prueba 25”. Mirá si la perdía, toda la noche hubiera sido al pedo. Se sienta sobre su cama en completa oscuridad y apoya la guitarra sobre sus piernas. Piensa que debería tocar “Stairway to heaven”, por ser la última vez. Recuerda mentalmente las notas y hace la mímica con los dedos truncos. Sí, todavía lo tiene. Todavía lo tiene.

Empieza a tocar usando la “Púa de Prueba 25”. La vibración de las cuerdas inunda el cuarto. Sus manos se mueven con una dulzura que no ha perdido a pesar del accidente. Cierra los ojos y se deja llevar.

Algo anda mal.

Empieza en su boca. Es un sabor metálico primero, una sequedad después. Después pasa a los oídos. No importa que tan perfecta sea su ejecución, no importa lo puro de su talento si los medios son los incorrectos.

—No, ésta tampoco es.

Con lágrimas de bronca en los ojos se levanta y destroza su guitarra contra la pared. Una – dos – tres veces hasta que las astillas lo lastiman a él y aparece la sangre encima de sus nudillos.

Abre la ventana y tira, directo a la pileta, la “Púa de Prueba 25”. La última que tampoco fue.

———

Horas después de la proeza delictiva de Ezequiel en la barra de Club F, Rocío estaba perdidamente borracha. Cuando reía los cachetes se le agolpaban en los pómulos. Los dientes blancos blancos blancos.

—Si querés, vamos a mi casa y te muestro la guitarra.-dijo él.

—Ay, no… no sé… mis amigasss… no sé. Mis papás no van a saber… dónde estoy ni… nada, ni nada.

—Yo te llevo a tu casa después.

Rocío lo miró con los ojos caídos. Recortada contra la oscuridad sólo interrumpida por las ocasionales luces de neón del boliche apareció la sonrisa burlona de la chica que ya las escuchó a todas y que sigue haciendo-como-que-cae-en-la-trampa sólo cuando el tramposo cumple las Sagradas Normas De La Estética.

—Jajaja… después. ¿Después de qué? Bueno… vamos. Vamos.

Ella extendió el brazo para que él la lleve –sin darse cuenta parodiaban la coreografía sin fin de lo femenino y lo masculino. Ezequiel acomodó su cuerpo al de ella para sostenerla en caso de alguna caída. Por primera vez en la noche sintió el contacto de sus manos. Flaquitas, huesudas, de dedos largos que terminaban en uñas más largas todavía, pintadas con un esmalte rojo intenso. Al menos tres o cuatro centímetros, espectaculares. Los tres dedos mutilados de Ezequiel pasaron suavemente por sobre las uñas de Rocío. Se tildó un rato mirándolas, vagamente, aunque en realidad miraba más allá, mucho más allá, miraba lejos en el espacio y hacia el final de la noche, como quien percibe en los primeros compases del pentagrama la explosión sangrienta del final.

Y se dijo: ésta es. 25. Ésta es.

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