por Lara Nicolás (@laranicolas_)

Un escenario vacío, un micrófono en espera y un teatro lleno de gente: esa es una de las primeras tomas de “Nannette: Hanna Gadsby”. En las últimas semanas, las historias de Instagram reiteraban el mismo monologo. El nuevo stand up subido a Netflix hizo furor. La verdad es que nunca me convence nada de lo que se puede encontrar en esta plataforma, pero el coraje con el que una mujer parada en un teatro hablaba de su propia fortaleza prácticamente me obligó a tener que ver de qué se trataba.  

Al subir al escenario la comediante se presenta frente a la masa amorfa del público como si ese hubiese sido siempre su hogar. Durante la siguiente media hora el stand up avanza con normalidad y uno es totalmente incapaz de predecir lo inevitable: la metáfora implícita de la primera escena.

Hannah argumenta que la estructura de un chiste es siempre la misma: un inicio seguido por un remate. Para que los punch lines hagan reír a la gente, se debe generar primero un ambiente tenso. La comediante maneja esta operación recurriendo a las experiencias que marcaron su vida como mujer y parte del colectivo LGBT. Entonces, habla sobre su salida del closet, la ocasión en la que quisieron golpearla al pensar que era un hombre gay, el haber crecido en Tasmania, donde la homosexualidad fue considerada un delito hasta 1997.

A medida que avanza el espectáculo la tensión abandona su necesidad de acudir al remate: Hannah anuncia su irrevocable decisión de dejar los escenarios. Lo explica de forma concisa: toda su carrera giró en torno a hacer chistes sobre sus experiencias como mujer disidente. Pero la estructura de una broma es distinta a la de la vida, el stand up le permite enterrar sus traumas bajo la deformación narrativa de la propia vivencia. Una alteración inexacta del pasado.

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Al examinar retrospectivamente lo que constituye la base de su presentación, la memoria se manifiesta de forma diferente. Bajo la morfología del chiste, se esconde la realidad oculta de su biografía. Es eso lo que la artista busca cambiar. Ya no desea transformar los hechos para quitarles carga emocional, porque considera que de este modo está perdiendo su derecho a contar las injusticias que marcaron el curso de su existencia.

El lenguaje adquiere un carácter primordial a la hora de hacer visibles las problemáticas sociales. Es así que lo que antes fue contado como un chiste, se convierte en la acusación de un atropello. Detrás de la gracia de su salida del closet, por ejemplo, la actriz esconde años de angustia consecuencia de no ser aceptada por la comunidad en la que creció. Tampoco es enunciada durante el stand up la violación que sufrió en su adolescencia, ni el hecho de que el hombre que pensó que era un homosexual terminó por golpearla de todas formas al descubrir que era lesbiana.

Hannah denuncia la opresión más grande sufrida por la humanidad: la incapacidad de nombrarnos. Frente al poder, lo diferente no tiene denominación y por lo tanto no existe. La hegemonía que durante años perpetraron los varones blancos y heterosexuales, y la consiguiente occidentalización del globo, asfixió casi por completo los espacios en los que lo subalterno persistía.

La imagen del micrófono en espera que da comienzo al film está cubierta de simbolismo. Una vez que empiece a relatar su historia sin necesidad de alivianar las tensiones, la incapacidad de decir en voz alta las injusticias ya no la acompañara en los escenarios.

La represión no se manifiesta solo de manera física, sino que invade también nuestro universo lingüístico. Al callar durante siglos el tormento de una sociedad corruptiva, no alcanzamos a cambiar el paradigma. Lo que no es narrado, no existe, no logra emerger al sentido público.

En los últimos años la ola feminista alcanzó una repercusión jamás antes lograda. Cada día hay en las redes más testimonios sobre la violencia que sufrimos regularmente. Quienes se quejan de nuestra incesante necesidad de cambiar el rumbo de las cosas repiten que el escrache les quitó toda posibilidad de conquista. La realidad es que tanto las mujeres como el colectivo LGBT estamos ejerciendo por primera vez la libertad de enunciar nuestros miedos y deseos. Se trata de colectivizar nuestra individualidad, sabernos presentes en un mundo que hasta ahora nos había pronunciado desde su propia óptica.

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Hannah no solo es comediante, también estudió historia del arte. Durante el stand up, acusa a los grandes referentes de este rubro: hombres que pintaron a las mujeres como si no fuésemos más que un paisaje de naturaleza muerta. La crítica alcanza su punto álgido con el análisis del cubismo. Picasso, el más renombrado entre los pintores del siglo pasado, expuso durante toda su vida actitudes de misoginia. Olvidó por completo la tesis fundamental del movimiento que creó: ver desde todas las perspectivas posibles. Dejó de lado el punto de vista de quienes nos encontramos del otro lado del poder. Una sociedad justa debería también hacer espacio para la perspectiva de los grupos oprimidos.

Creo que la historia de las mujeres es una historia de complicidad: nuestra enorme capacidad de resistir desde el silencio. La historia extraoficial de la humanidad es la de la palabra no dicha, pasamos años narrativizado nuestras vidas desde la sumisión de la cocina, la cama y la familia.

La última escena del film muestra a Hannah sentada en el sillón de su casa, lejos ya del eco de los aplausos. Seguiremos relatando cuando nadie mire, en nuestros cuerpos, en nuestros hogares, en las calles que reclamamos día a día.

Al repetir que ya no callamos más no estamos construyendo un slogan, sino que reafirmamos el acto de alzar la voz como armamento de guerra. Al igual que Hannah, contar nuestra historia es nuestra forma de cambiar el paradigma.

Esa es nuestra misión: aturdir al silencio. Todavía existen en el mundo palabras suficientes para testificar que seguimos de pie.

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