Por Denise Pastrello (@DenisePastrello)

Unos altos parlantes retumban y hacen despegar los pies del suelo a cualquiera. Se mezclan el bajo y la batería que quedan sonando solos en loop. Cortan. Fundamentalmente, cortan. Más fuerte que esos breaks, alguien habla sosteniendo un micrófono, interpela. Todo queda armonizado en sonidos nuevos, como si acabaran de inventar un instrumento con dos bandejas y los dedos haciendo scratching. Dos pibes enfrentados bailando con el cuerpo en frotación constante con el suelo, y una voz sobre el micrófono. El tríptico que pronto saltaría al mainstream norteamericano.

Hablamos de un naciente hip hop y su enorme legado cultural detrás de todo esto. Un Bronx (New York, EE. UU.) a mediados de los ´70 que arde, literalmente arde y donde las estrellas más aclamadas hasta entonces eran de la música disco o de la mafia. Crisis económica y pandillas, segregación, asesinatos, crack, angel dust, el sonido ambiente de las sirenas policiales y adolescentes en el medio del beat y la riña.

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Aparecieron elementos mágicos que llevaron con los años a que el hip hop sea lo que fue, y lo que es hoy como cultura: el crayón de Grandmaster Flash, los pies de los B-boys y B-girls, la mezcla del soul y el funk, el graffiti. Pero el sentido de esta explosión callejera se cristalizó cuando se encontraron el ritmo y la rima: El rap y el MC (Master of ceremonies) eran parte del entramado, pero la parte fundamental.

Ya a mediados de los ´80 aparecieron muchos que supieron combinar la habilidad para la rima con el contenido y el mensaje que querían transmitir. Rap poético, existencialista, político, humorístico, pero sobre todo, rítmico. El hip hop sobrevive gracias a la habilidad de comunicarse mediante la palabra y el ritmo, y la figura es sin duda la fuerza del MC, que se para al frente, y dice, hace que los demás se sientan parte, respondan y se olviden de las llamas destruyendo los cimientos de la ciudad.

La sofisticación de la letra, la poesía y la rima, a lo largo de la vasta historia del hip hop, es esclarecedora para entender el contexto donde nace la necesidad de denunciar y expresarse. No cualquiera lo hacía, y frente a frente, no cualquiera ganaba la batalla.

 

¿Las chicas se quedaron bailando disco?

Ahora bien, estamos ambientados pero falta algo. Hay muchos documentales y películas sobre la historia de la cultura hip hopera: Style War, Beef, y más acá Something Out of Nothing: The Art of Rap, Hip Hop Evolution, The get down. En esta última serie de Netflix se recrea los primeros pasos de esta cultura underground entrelazada con el romance de los protagonistas: Ezekiel, llena su libreta de versos y rimas, mientras que ella, Mylene, sueña saltar a la fama como estrella de música disco. Lo que denota a las claras que, el rap y el hip hop en general se desarrollaron en un contexto masculino casi exclusivo, las B-girls fueron una de las primeras en pisar la tarima pero todavía el micrófono no estaba disponible para ellas.

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Las figuras femeninas empezaron en los márgenes pero de a poco llegaron al centro. En 1979 Sylvia Robinson junta a tres MC y graba el primer álbum de rap, lo que la llevó, debido al éxito, a fundar su propio sello dedicado al hip hop, Sugar Hill Records. Como casi todas las mujeres de ese entonces, Sylvia, era una cantante identificada con el soul y la música disco, pero después de grabar y producir a The Sugarhill Gang y a Grandmaster Flash, ya nadie duda en reconocerla como la madre de la historia del hip hop.

Casi al mismo tiempo aparece la primera rapper femenina Sha Rock integrando el grupo “Funky Four Plus One”, (¡está claro el agregado!), que pone por primera vez a esta B-girl frente a un micrófono y a grabar un vinilo bajo la mirada de Sylvia Robinson. Por último, también en ese mismo año “Lady B” (Wendy Clark) comienza a pinchar hip hop en la radio expandiéndolo más allá de los límites de New York. De ahí en más, podemos trazar un variado recorrido desde Roxanne Shante hasta Lil Kim o Queen Latifah.

 

Después de unos años… por acá y en otros charcos

El espejo hip hopero no demoró mucho en llegar. Europeas y latinoamericanas también fruncieron el ceño y agarraron el micrófono. Los movimientos corporales dejaron de ser un tanto cadenciosos, como en las primeras raperas, y se plantaron con todo el peso del cuerpo junto a los versos, que no alertaban incendios, pero sí prendían la llama. Había mucha tela por cortar a nivel social y sobre todo, de género. Las rimas arrancaron y la voz sonó más fuerte que el flarring de los antiguos DJ.

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Con variaciones musicales y de beat, mushapeando con la cumbia, aterrizó Miss Bolivia que rapeó, sin pelos en la lengua y la cabeza llena de rastas, el primer “jálame la tanga”. Algunos años después formó fila con Rebeca Lane (Guatemala) y Ali Gua Gua (Veracruz) cantando con fondo de bajo y distorsión tecnho “prefiero morir a vivir con la boca cerrada/ y no me digan lo que tengo que hacer/ y no me digan de la forma en que me tengo que mover/ que la ley no me va entre las piernas/ tengo la boca afilada y la mente atenta”.

Otra de las que mantiene al rap contento en nuestro país, es la chubutense Sara Hebe que apareció en 2009 con “La hija del loco”, álbum en el que puso letra a bases rítmicas cosechadas en internet. Este fue creado desde los beats clásicos de la vieja escuela del hip hop, mientras que en el segundo “Puentera” (2012), incorpora un tempo algo más lento y coquetea con el reggae y la cumbia. Sin ir más lejos, secunda a Miss Bolivia en el corte “El Motor” y rapean a dúo: “así de simple voy para adelante y es mi lengua lo que educa tu parlante”, actitud que define el estilo de ambas“.

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Y si hablamos de chicas que chocan el puño y suben juntas al escenario, Actitud María Marta no puede faltar. Es uno de los grupos más reconocidos conformado por tres mujeres argentinas que se mete en la médula de conflictos sociales tales como hijos desaparecidos, desocupación, machismo, sistema capitalista y la disconformidad de un mundo al margen: “disconforme con el mundo/ que me toca soportar/ disconforme con la gente/ que no para de actuar/ Disconforme con el modo/ en que me dan su información/ disconforme con el rumbo/ que tomó la educación” (Acorralar la bestia, 1996). Este trío supo entrelazar géneros como el tango, la cumbia y el candombe que las llevó a los consagrados festivales de hip hop tocando junto a Public Enemy, a telonear a Fito Páez en el estadio de River Plate o a ser reconocidas como grupo revelación por el diario Clarín.

Del otro lado de la cordillera, la chilena Ana Tijoux con más charangos y percusión juntó las rimas feministas en “Antipatriarca”, y si bien, no al modo del rap de la vieja escuela, sigue con sus himnos cantando injusticias: “pero no voy a ser la que obedece/ porque mi cuerpo me pertenece/ yo decido de mi tiempo/ como quiero y donde quiero/ independiente yo nací/ independiente decidí”.

Así, la lista es larga dentro de América Latina. Tanto en México, como en Venezuela, Ecuador y Cuba, la escena no es distinta: Ximbo, Niña Dioz, AnarKía Ruíz, Caye Cayejera, Danay Suárez, entre otras, no nos dejan caer en la tentación de considerar a estas féminas raperas como un brote aislado.

 

Si tengo tema, salto, y si no, me callo

Pero la lógica androcéntrica y las historias tejidas con un fuerte contenido social retumbó desde Andalucía. La Mala, Mala Rodríguez, es esa que rapea las miserias con coraje. Su poesía llena de argot español habla de las distintas vidas en una vida de mujer. Mucho bombo, muchas cajas y una voz gruesa, dejan versos libres y llenan la percusión de asociaciones. Cuenta historias como en el corte “La niña” de su álbum Alevosía (2003): “Esta es la historia de una niña que vivía/ en el barrio de la paz/ de ella se decía que quería vender droga/ como su papá”, o “esa mujer salvaje que va dentro de una caja de madera/ te aseguro/ que no entiende de maneras/ sólo sabe golpeá/ sólo sabe golpeá” en “Caja de madera” (Bruja -2013-).

Su rap empieza con muchos acentos, palabras cortáas, pero no, no te apures, cuando termina el último compás todo se unió en la figura que antes parecían puntos sueltos en el aire. Con una discografía prolífica fue más allá, y como dijo en una entrevista para el canal de música Sol en el año 2010: “(…) nada de pinceladas o algo light como: ‘me cago en el presidente’. Cuando abro la boca es para decir algo, algo gordo, para decir algo de verdad”.

Esta gitana andaluz es la especie de antiheroína que no se queda con nada, y elige bien las palabras. La parieron fuerte, la criaron fuerte, caminó fuerte y siempre habló fuerte (Galaxias cercanas, Dirty Bailarina). Justamente el corte “No pidas perdón” de este álbum lanzado en 2010, la llevó a ganar el Grammy Latino como mejor canción urbana, y en el 2013 se lleva el Grammy al mejor álbum urbano con “Bruja”, porque si hay una categoría para empezar a definirla, es esa, una mona urbana que no se va por las ramas. Con el mismo tono y secundada por Estrella Morente, le canta al mundo apelando alguna suerte de transformación de ese patito feo: “que desaparezcan/ cada ministro cada obispo cada general y cada culpable/ el mundo es un patito feo/ déjalo crecer/ déjalo reponerse de tantos jueces/ corruptos/ de tantas veces/ intoxicado de tantas luces mostrando sus defectos/ déjalo hacerse mayor/ déjalo aprender de sus errores/… maravilloso mundo/ crece despacio pero crece/ crece” (Patito feo, Dirty Bailarina, 2010).

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Así y todo, la historia oficial del hip hop las sigue teniendo en los apéndices, pero ellas no se quedaron bailando disco, metieron los pies en este campo minado de pantalones anchos y ya nadie le miró las faldas a su poesía.


 

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