Autor: Federico Frittelli (@fedefrittelli)

 

La Criatura exhaló. Un suspiro lánguido, con el aire entrecortado y una lejana sensación de dolor. Las Enfermeras cruzaron una mirada rápida que significaba más bien nada, la mirada no señalaba más que sí misma, más que un “nos estamos mirando, estamos acá, mirándonos”. No estaba pasando nada. Por la ventana, sobre sus cabezas, entraba una luz tímida. Hasta se podría decir patética.

Del otro lado de la habitación, el Maquinista jugueteaba con el cigarrillo. Se lo habían dejado a él en el pañal una vez completó sus Intensivos. Nunca supo si fueron sus Enfermeras, Víveres o el propio Maquinista, pero lo llevaba desde hacía más de diecisiete años (¡diecisiete! ¿quién necesitaba vivir tanto?) como una especie de talismán o de certificado de supervivencia. Tocarlo, dibujarlo con la yema de los dedos adentro del bolsillo le imprimía realidad al mundo y, sobre todo, a la Vida. El cigarrillo era la Vida, no podía ser otra cosa, la Vida como un todo arrojado hacia la eternidad, con el miedo constante de la Muerte, otro todo, como un vacío, como un silencio; la Vida era ese grito que se pasa a sí mismo de garganta en garganta, que genera nuevas gargantas para cuando las viejas empiezan a pudrirse. El cigarrillo había atestiguado la Vida, su Vida, la del Maquinista, y las vidas del Equipo que lo rescataron del frío y del vacío. Y lo había visto crecer y pasar por Educación y tocar la primera Máquina. Le resultaba inexplicable cómo había hecho para mantenerlo casi intacto, apenas erosionado, durante tantos años. Siempre en el bolsillo. Siempre a un brazo de distancia para sacarlo de la abstracción, del aburrimiento (¿quién tiene derecho a aburrirse cuando está portando Vida?), del lenguaje y llevarlo a lo real. El cigarrillo, que nunca viviría, era la Vida; y él, que estaba vivo, sería de la Muerte. Pero hasta entonces, hasta tanto no pasara el cigarrillo a la Criatura que tenía en frente y que respiraba agonizante sobre la Cuna, él era portador de Vida. Y nada más.

Víveres observaba el cuadro entero entre aburrido y resignado. No le tocaría hacer nada hasta dentro de, por lo menos, media hora, cuando la Criatura lograse gritar de hambre o las Enfermeras estimaran que ya habría sido suficiente ayuno, suficiente procesamiento digestivo de las miserias vitamínicas que Víveres había preparado cautelosamente. Sentado y desde su esquina, Víveres no llegaba a ver ni la cara ni el cuerpo de la Criatura, excepto cuando ésta manoteaba el aire y aparecían, por encima de las paredes del Receptáculo, los deditos violetas. Le parecía mejor así. Su instinto muchas veces lo llevaría a contradecir a las Enfermeras si viera permanentemente los ojos gigantescos de la Criatura, magnificados sobre la cara famélica, más hueso que piel. Víveres había visto a la Criatura no más de cinco veces, y las cinco veces había sentido el peligro como si fuera él quien estaba muriendo, como si debiera prepararse a sí mismo esos ungüentos asquerosos para no perecer en una cuna hipoalergénica tan temprano. Las cinco veces había preparado comida de más inmediatamente después, de manera que las Enfermeras tuvieron que tirar una buena parte de la ración y se desperdiciaron recursos.

Las Enfermeras, por su parte, eran implacables aunque poco creativas. Jamás hubieran reclamado a Víveres su exceso. De hecho, probablemente ni se hubieran molestado. Víveres tenía un trabajo y debía cumplirlo, ellas tenían otro y lo que Víveres sugiriera con el tamaño de las raciones les era indiferente (excepto, claro está, que les pasara una ración inferior a la Mínima, lo que nunca había ocurrido y no ocurriría). Habían aprendido a moverse como clones, y a sus quince años hacía ya once que estaban juntas. Se habían elegido la una a la otra en Educación con ese instinto de profecía autocumplida que tienen los nenes para elegir amistades que durarán para siempre, y hasta entonces no habían pasado separadas un solo día. Cuando les trajeron la Criatura a la Sala, empezaron a trabajar como si ya lo hubieran hecho incontables veces, mientras que en realidad no era más que la tercera, y sería la última.

—Está gangrenando –dijo la Enfermera.

—Anular de la mano izquierda, debajo de la uña. Desciende demasiado rápido –respondió, o más bien completó, la Enfermera.

—¿Todo el dedo o sólo la falange?

Se quedaron en silencio un momento, mirándose a los ojos. Decidían.

—Sí, va a ser lo mejor –dijo la Enfermera.

Entonces la Enfermera tomó el brazo de la Criatura y lo elevó hasta dejarlo perpendicular al pecho azulado. El tono violáceo de la mano se intensificó. La Enfermera tomó el bisturí y el alcohol etílico. Mojó una gasa con alcohol y la pasó por alrededor del dedo, mientras la Enfermera todavía sostenía el brazo en alto agarrando la punta del anular gangrenado. La Enfermera cortó el dedo en un solo movimiento, casi sin sentir el mínimo crujido del cartílago cediendo ante el metal. Después pasó alcohol nuevamente por la zona, y suturó con hilo azul. Apenas dos puntos. La Enfermera ya no pudo sostener el brazo desde el anular y en su lugar tomó la mano, el pulgar en la palma y el índice en el reverso. Si la Enfermera hubiera apretado apenas un poco de más, la mano de la Criatura hubiera cedido ante la fuerza y todos sus huesos se hubieran triturado bajo la piel. Cuando terminaron, la Enfermera bajó el brazo y lo colocó al costado del cuerpo, como estaba antes del procedimiento.

El Maquinista se acercó y dispuso algunos electrodos sobre el pecho y cabeza de la Criatura, que le devolvía la mirada inquietantemente desde su pasividad absoluta. La Máquina aseguraba que todo estaba estable. Mal, pero estable. Normal. Sobre la mesa de utensilios, al pie del Receptáculo, había quedado el dedo. El Maquinista lo miró largamente. Quiso imaginar la temperatura que tendría, pero no pudo decidirse. Parecía tan muerto, tan Cosa, y sin embargo había sido Vida (y portador de Muerte) minutos atrás. Quiso tocarlo. Después de dedicarles un súbito vistazo se preguntó si las Enfermeras tendrían, por así decirlo, “jurisdicción” sobre el dedo. No, ya no la tenían. No tenían más derecho sobre él que sobre los restos de las raciones que Víveres les pasaba.

Estiró el brazo y posó un solo dedo encima del Dedo. Estaba helado. Sin volver a mirar a las Enfermeras, lo tomó y guardó en el bolsillo del cigarrillo: antes de sacar la mano, rozó cada uno de los mínimos cilindros, el de carne y el de papel. El Dedo medía menos de la mitad.

Entonces la Máquina rezongó. Una frecuencia baja y quejumbrosa, como un ronquido demasiado prolongado, que se acompañaba de una luz roja titilante. El Maquinista no la había visto en su vida y sin embargo supo exactamente lo que significaba.

—Emergencia –dijo con un tono neutro, casi indiferente.

Las Enfermeras no le respondieron, en cambio se posaron directamente sobre la Criatura y la analizaron con la mirada durante lo que a Víveres le pareció una eternidad. Víveres se paró y deambuló por la Sala entre perdido y nervioso, sin querer mirar lo que pasaba en el centro, alrededor del Receptáculo.

La Enfermera preguntó:

—¿Más azul?

—…

—¿Más azul? De lo normal, ¿más azul?

—No sé –respondió la Enfermera.

—¡¿Cómo que no saben?! –exclamó Víveres. El Maquinista apenas le dedicó una mirada de lástima y volvió a sentarse en su rincón. La Máquina continuaba impasible con su ronquido.

—Quizás Tetralogía de Fallot… -murmuró la Enfermera.

—¡¿Quizás?!

—Sí, es posible.

Las Enfermeras se retiraron hacia la mesa de utensilios y prepararon una mezcla con fármacos. Sus movimientos eran precisos y ágiles pero en el vaivén de sus brazos había un dejo de inseguridad. Víveres dio dos pasos en dirección a la Criatura, se frenó en seco y bajó la cabeza. En el bolsillo del Maquinista, el Dedo se había entibiado en contacto con su cuerpo, y ahora la temperatura era indistinguible de la del cigarrillo.

Cada uno más agudo que el anterior, la Criatura inhalaba y exhalaba prácticamente a través de silbidos. Cuando las Enfermeras volvieron ostentando la jeringa recién preparada, apenas ya levantaba los bracitos. Sus ojos jamás habían parecido más grandes, más esféricos, y proyectaban, tangentes a la absurda luz de la ventana, un color verde manzana. Era como si en ese momento sus ojos hubieran decidido declararse independientes del cuerpo moribundo y gritaran su autonomía en el único lenguaje que conocían, el de los colores. Un cuerpo cada vez más azul y unos ojos cada vez más verdes, la rebelión inútil, la única posible.

Antes de inyectarlo, la Enfermera miró a la Enfermera con una mueca en la boca, que la otra replicó. Sabían.

Poco a poco, el ronquido de la Máquina fue haciéndose más armonioso, casi sugería que, de dejarla prendida lo suficiente, se llegaría a una melodía en un punto distante del futuro. Al mismo ritmo declinaban los silbidos de la Criatura, hasta que por fin ya no se escucharon más. El titileo rojo se interrumpió abruptamente y se prendieron, con la misma rapidez, todas las luces de la Sala, al tiempo que se cerraba el Receptáculo con la criatura dentro. Víveres intentó una última carrera para observar lo que se iba para siempre, y por segunda vez fracasó; derrotado, se dejó caer al suelo, las piernas juntas a la altura del pecho. Rompió en llanto. “No debe tener ni doce años”, pensó el Maquinista, “éste debió ser su primero. Qué mala suerte”. La Enfermera se acercó a su lado y se sentó en el piso. Sin mirarlo, le preguntó si sabría qué pasaría en ese momento.

—En no mucho vendrán, supongo –respondió el Maquinista-. Si piensan que tenemos alguna utilidad, que dudo, nos reasignarán. Y si no, bueno.

La Enfermera asintió. Mientras, la Enfermera había quedado estática frente al Receptáculo cerrado.

Sin saber muy bien por qué, tanteó decidido el bolsillo y sacó el cigarrillo. Se acordaba de Educación, cuando uno de sus compañeros le había dicho que, no sabía muy bien donde, había visto una imagen de un adulto (¡lo vieja que habrá sido la imagen!) usando uno. Dijo que lo sostenía por la boca, apenas con los labios, y del otro extremo salía un humo blanco.

El Maquinista caminó hasta la mesa de utensilios y buscó algo que lo ayudara en su experimento. En una de las esquinas había una especie de hornalla que, recordó, Víveres había usado una sola vez para preparar una ración. Tocó un botón rojo y la hornalla emitió una llama amarilla y débil, casi a desgano, como un mero favor. Después metió la punta del cigarrillo hasta que lo vio tomar la llama, y se lo llevó a la boca. Apretó con los labios y sopló hacia afuera: la llama se apagó, pero el Maquinista no sintió nada. Entonces se le ocurrió inhalar en vez de exhalar, llenarse él de Vida en lugar de desparramarla por el mundo (la Sala). Repitió la rutina y esta vez tomó el aire: sintió el vapor del humo rozando los costados de su garganta e inundando los pasillos y subterfugios de su boca. La presión fue demasiada para tan viejo cigarrillo: se partió por la mitad. Tosiendo, el Maquinista miró como caía la mitad del amuleto que había atesorado durante toda su vida.

Sobre el silencio de la Sala sólo ínfimamente recortado por los lamentos de Víveres, recordó el segundo amuleto, más reciente. Manoteó nuevamente y por última vez el bolsillo y extrajo el Dedo, la única prueba material de por qué habían estado más de diez días en esa Sala. Lo acercó al fuego y esperó. Fue un buen rato hasta que vio cómo la yema se encendía de un color violeta amargo y aun así se mantenía recta, de una sola pieza, último trabajo de los cartílagos enfermos y gangrenados.

Ya se sentían los pasos en el pasillo cuando el Maquinista, los ojos bien cerrados, se llevó el Dedo a los labios.


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