por Lucía Vargas

Según la Real Academia Española, la palabra poesía proviene del latín poēsis y esta proviene del griego ποησις (poíēsis) que significa creación: es aquello que Platón definirá en El Banquete como “la causa que convierte cualquier cosa que consideremos de no-ser a ser”. Pensar en la creación como causa, como fuerza generadora, impulso a ser, eros.

Pero ¿es acaso una causa que se desata por sí misma? En realidad, podríamos pensar en esa energía creadora como potencia que se desata por un acto de voluntad: cuando el poeta decide apropiarse de la energía creativa para construir a través de ella lo que será su voz.

Ahora bien, si pensamos en el poeta como un artesano y en la búsqueda de su propia voz como la voluntad de construir, podríamos deducir que necesita de algo para poder hacerlo, para dejar el plano de la mera voluntad o predisposición (potencia) para pasar al plano de lo concreto (accionar). ¿Cómo el artesano logra hacer que la materia bruta de su trabajo se convierta en artesanía? Para construir con madera, necesita cortarla y como las propias manos no son suficientes, el artesano necesita de lo dado por el afuera: las herramientas.

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Así como el hombre de las cavernas reconoció que con una piedra afilada podría crear armas de caza o cortar sus alimentos y que con una piel animal podría protegerse del calor y del frío, los artesanos reconocen aquellas herramientas que consideran adecuadas para alcanzar eso que no podrían alcanzar solos. Y así, esas herramientas, lo dado por el afuera, hacen posible el acto de construcción: el artesano transforma voluntariamente esa materia para que sea y deje de potenciar la energía causal. Entonces ¿qué pasa con el poeta?, ¿cuáles son sus herramientas?

La búsqueda creativa del poeta resulta encauzada por la herramienta fundamental con la que cuenta: el lenguaje. El poeta busca apropiarse de esa poíēsis, de ese flujo creador, de la energía causal para que el devenir de creación sea a través del lenguaje. Entonces lo vemos desplegando todas las posibilidades a través de los elementos que constituyen a ese lenguaje: las palabras.

El acto creativo del poeta se basa entonces en el intento de construir mediante el lenguaje, de apropiarse, poniendo en palabras. “Cada cosa tiene su instante en que ella es. Quiero adueñarme del es de la cosa” (Lispector, p. 19, 2011). Pero ¿qué es “poner en palabras”? Si lo pensamos como el acto de creación, de que algo sea, podemos deducir que lo dicho, lo puesto en palabras sería entonces lo manifiesto, la elección, la palabra que habla, que dice. Poner en palabras es hacer que el lenguaje diga: “Es que ahora siento necesidad de palabras (…). La palabra es mi cuarta dimensión” (Lispector, p.21, 2011).

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Nos imaginamos al poeta frente a la hoja en blanco como al artesano frente al pedazo de madera: cada uno con su herramienta a disposición de la creación, todo está listo, todo está dado en la voluntad. El cincel cala y hace saltar lo que sobra, lo que no se elige. Las palabras aparecen, desplegando universos:

“Palabras – me muevo con cuidado entre ellas porque pueden volverse amenazadoras; puedo tener la libertad de escribir lo siguiente: “peregrinos, mercaderes y pastores guiaban sus caravanas rumbo al Tíbet y los caminos eran difíciles y primitivos”. Con esta frase hice nacer una escena, como en un flash fotográfico.” (Lispector, p. 35, 2011).

Al final de la jornada, hay una nueva artesanía, hay un nuevo poema. Pero en la manifestación esa necesidad no se agota: habrá siempre otro poema que siga buscando, habrá siempre una nueva artesanía por crear. Según Mario Trejo, “no hay nada más honesto que la necesidad”. Diana Bellesi dirá en su documental El jardín secreto: “Se supone que una obra se hace con repeticiones en variación. Igual, es la variación la que pesa. La variación es la que genera una obra, la mera repetición no la generaría.” Y en una de sus clases, dijo: “Una obra es una obsesión”, respondiendo a esta misma idea de repetición a través de la variación que ofrece las posibilidades del decir en el lenguaje: la búsqueda creativa por ese algo que intentamos sondear toda la vida, eso que nos atraviesa y que nos desborda, nos urge y nos genera eso que impulsa a manifestarnos, “¿Habrá sido como ahora cuando estoy siendo y al mismo tiempo haciéndome?” (Lispector, p. 47, 2011). Entonces el poeta crea para crearse a sí mismo, para ser: se busca y se hace presente en esa repetición variada del decir, como el artesano busca identificarse en cada pieza que construye.

Pero ¿qué pasa con los silencios, con lo no dicho? Los blancos espaciales en un poema, lo que se ve trunco o con apariencia incompleta, ¿nos habla tanto como la palabra?

 “(…) las palabras son a la vez velo y vestíbulo de una verdad que está más allá, en otra parte que no conocen las palabras. El acto de crear, el momento mismo de la creación es, en estos casos, la experiencia más cercana a la mística, que es, por definición, no verbal.” (Trejo, p. 24, 1999).

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Dentro de esa repetición en variación, dentro de nuestra obsesión, hay cosas que el poeta no puede o no quiere decir. Entonces, esos blancos se convierten, por un lado, en imposibilidad y, por otro, en silencios. Estas dos posibilidades ¿en qué medida son una cosa u otra o son las dos al mismo tiempo? Difícil establecerlo pero llama la atención pensar si esto representa ciertamente un conflicto: “(…) escribir es el modo de quien tiene a la palabra como carnada: la palabra pescando lo que no es palabra. Cuando esa no- palabra –la entrelínea- muerda la carnada, alguna cosa ha sido escrita.” (Lispector, p.33, 2011)

Pensemos en lo cotidiano y en esa necesidad del mundo a completar: un cuarto con paredes blancas al que pareciera urgirle un cuadro o tal vez un patio que parece necesitar de plantas para ser jardín. Ahora bien, ¿qué pasa con esa necesidad de llenar, de decir? “(…) la palabra que no describe, pero que da el ser primero a todo lo que debe ser descrito.” (Bachelard, p. 231, 2009) ¿Qué pasa cuando el impulso de crear está tan presente que parece querer agotar las posibilidades de no ser, de silencio, de blanco? Es como si ver lo vacío del silencio en el espacio nos hiciera ruido, ¿cierto? Tzvetan Todorov dirá en su libro La conquista de América: “Y en este libro alternarán (…) las escenas, o análisis de detalle (…) y, claro está, frecuentes elipsis u omisiones: pero ¿no es acaso ése el punto de partida de toda la historia?” (Todorov, p.14, 2009).

Contando con la palabra y el blanco, con usos tan distintos, es importante detenerse a pensar en el efecto sobre la obra: ¿qué pasa cuando el poema tiene más silencios que palabras? ¿abre o cierra? ¿En qué medida nos acerca o aleja de lo que queremos decir? ¿y del otro?

Imaginemos a esa pieza de madera, entera y nueva, en las manos del artesano: pura potencia de ser. Imaginemos al artesano con el cincel en la mano, listo para empezar a crear. Empieza y, de pronto, se detiene a los pocos golpes: ve los pedazos de madera que eligió sacar de la pieza madre sobre el suelo y después mira lo que queda de la pieza aún sin alterar. Tiene un sentimiento encontrado: por un lado siente que podría quitar un poco más de aquí o de allá, por otro siente que hay gran parte de esa pieza madre que se ve tan pura y sincera así tal cual está, que no podría, no querría o no sabría cómo ayudarla a ser de otra forma. Se pone a pensar en el espectador de su artesanía: ¿Le interesará adquirir una pieza así? ¿Tendrá el mismo significado para el otro que para mí, lo conmoverá? ¿Acaso me conmueve a mí ahora así como está? Toma un mate, mira por la ventana y sigue preguntándose: ¿Qué quiero decir con esta pieza? ¿Me importa acaso que el otro la entienda? Si la modifico ¿Estoy más cerca de lo que quiero expresar o de lo que debo expresar por otro? Y es entonces cuando, tal vez, decida dejar quieto el cincel, abrir la puerta y salir a caminar para repensar el sentido de por qué hacer, por qué crear.

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Liliana Heker dijo en una de sus clases magistrales: “El verdadero acto creador es la búsqueda” y retoma la idea de Bellessi diciendo que “uno escribe con lo que es, con sus obsesiones” porque “el escritor termina hablando de sí mismo” en la escritura. Entonces, ¿cómo se da ese despliegue que genera identificación con el otro?

La palabra que habla es la palabra viva en la voz, palabra que resuena: genera una experiencia expansiva, una apertura que despliega.  Ahora bien, ¿cuándo es que la palabra habla, cuando es palabra viva? ¿no es acaso cuando sentimos que nos interpela? Aquí es cuando la lectura aparece y hace que la palabra viva nos conmueva, transforme nuestra búsqueda con su movimiento. Heker dijo sobre esto: “Leer al otro no para imitarlo sino para descubrir lo que se pretende decir” y agrega “la idea no es copiar al otro, lo importante es que uno encuentre en el otro cómo tiene que escribir lo que uno tiene que decir”. Y es en esa comunión que la creación y la búsqueda se entrelazan: la palabra y el silencio del otro nos habitan y nos transforman. Heker afirmará que “el texto nunca está terminado, uno solamente se acerca a lo que quiere decir”. Esa infinitud de lo inasible en la búsqueda habla de nuestra condición como seres humanos.

Sondear, con un tanteo sutil, en cada expresión poética y en cada artesanía. “La grandeza progresa en el mundo a medida que la intimidad se profundiza.” (Bachelard, p. 233, 2009). Generar, transformar la causa en ser desde la acción. Desplegar en la búsqueda ese adentro, usando lo dado, las herramientas, construyendo desde la voluntad de ser y hacer. Replegar en la búsqueda ese afuera, usando lo dado, la palabra viva en la voz del otro, a través de la lectura. “(…) el poeta continúa ese dúo de amor del soñador y del mundo, haciendo del mundo y del hombre dos criaturas conjuntas paradójicamente unidas en el diálogo de su soledad.” (Bachelard, p. 227, 2009). Ser y hacer “repeticiones en variación” hasta multiplicarnos hasta el infinito, que lo dicho y lo no dicho expanda nuestras obsesiones hasta el punto en que dejemos de detectar los límites conocidos, hasta el punto ciego en donde todo se toque, lo propio y lo ajeno al mismo tiempo, y descubramos que la zona de transformación es plural.

 


 

Bibliografía:

  • Bachelard, Gastón: La poética del espacio, Fondo de cultura económica, 2009, D.F, México.
  • Bellessi, Diana: El jardín oculto, Directores: Cristián Costantini – Diego Panich – Claudia Prado. Link: https://www.youtube.com/watch?v=qV3-kFNEV20&t=3935s
  • Heker, Liliana: Clase magistral, organizado por Grupo Alejandría y grandeslibros.com el día 25 de octubre de 2017.
  • Lispector, Clarice: Agua viva, El cuenco de plata, 2011, Buenos Aires, Argentina.
  • Todorov, Tzvetan: La conquista de América, Siglo XXI editores, Buenos Aires, Argentina.
  • Trejo, Mario: El uso de la palabra, Colihue, 1999, Buenos Aires, Argentina.

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