Autor: Guido Rusconi

 

Era domingo al mediodía y el aire estaba viciado por una sola razón: se jugaba ni más ni menos que la final de la Liga de Trenque Lauquen entre Deportivo Oscar Wilde – mejor conocido como “El Güilde” – y Ave Fénix F.C. El solo hecho de que fuera la final del campeonato ya era motivo suficiente para que las cosas estuvieran picantes desde el vamos, pero a todo esto se le agregaba el factor de que se trataba del clásico de la localidad. Los dos equipos más poderosos se enfrentaban para demostrar cual merecía más estar en el Olimpo del fútbol de las ligas del Interior.

Fausto Zalomberdi había sabido ser un gran jugador en sus años mozos. Eximio wing izquierdo, contaba con el don de poseer una zurda prodigiosa con la que dibujaba gambetas surrealistas que confundían y fascinaban a sus rivales. Los potreros más borrascosos lo vieron nacer y desarrollarse como el atleta que fue. Cada semana les daba una alegría a esos viejos de barrio que vestían pulóveres y usaban boinas y que caminaban unos cuantos pasos desde sus casas para ver esos maravillosos firuletes.

Zalomberdi jugó toda su vida para El Güilde, a excepción de dos meses cuando tenía apenas 25 años en los que se rumoreaba que River estaba interesado en él, y tenía que hacer repetidos viajes a Capital Federal para hacer pruebas que de nada sirvieron al final de cuentas, ya que los dirigentes millonarios se decidieron por fichar a un tal Francescoli.

Con la camiseta que le tocó vestir durante toda su carrera cosechó victorias y fracasos, alegrías y desengaños; pero por sobre todas las cosas había cosechado un enorme respeto de parte de la mayoría de sus colegas. Y como con todo héroe, también había una serie de detractores que siempre había envidiado su habilidad y le restaba crédito a sus triunfos. Pero Zalomberdi era una persona seria y de buenos modales y trataba de igual manera a aquellos que lo glorificaban como a quienes lo detestaban. Él solía decir que una vez dentro de la cancha todos eran iguales, y que ya fuera de ella no tenía ninguna clase de poder.

Lamentablemente para Zalomberdi, la situación económica del equipo que tanto amaba no era de lo más próspera (la de ningún equipo de la liga lo era) y la paga que recibía al final de cada mes por prestar sus servicios a la institución era una ridiculez, si acaso pensaba vivir solamente con eso. Por esa razón, desde adolescente trabajó duramente día y noche en el taller mecánico de Don Fulgencio, un viejo amigo de su padre. Siendo dicho taller el mejor de todo Trenque Lauquen, a diario recibían una variedad extraordinaria de clientes y el dinero que ese trabajo le dejaba, si bien no era demasiado, era mucho más sustancioso de lo que podría ofrecerle el Deportivo Oscar Wilde. Pero él lo hacía por amor a la camiseta. Siempre se ha comentado por los pasillos del club que en reiteradas ocasiones, Zalomberdi se rehusó a cobrar para destinar esa plata a refaccionar las duchas o para dejar que algún compañero que jugaba menos que él pudiera cobrar unos pesos más. Sumido en su humildad, jamás confirmó ni desmintió estos rumores.

Pero así como los goles, lo años también pasaron para Zalomberdi. Y ahora, a los 38 años de edad, sus rodillas estaban ya desgastadas, sus ojos lucían el trajín del trabajador incansable, y simplemente ya no era el mismo. Sin embargo eso no apagaba su espíritu, y su amor por El Güilde seguía vigente. Además, en su posición no había otro mejor que él, por lo que seguía siendo titular, y de tanto en tanto hacía aparecer esa vieja magia con la que deslumbraba a los pibes que recién arrancaban; esos pibes que apenas unos años atrás le hacían de alcanzapelotas y se veían igual de asombrados ante las pisadas del zurdo.

Sabiendo que su época de oro ya había pasado y siendo consciente de que había que dejar que lo nuevo reemplazara a lo viejo, Zalomberdi decidió que esa final contra Ave Fénix iba a ser su último partido como profesional. Luego de más de veinte años de devoción, lo que todos más temían se volvía realidad: el mayor emblema de la historia del club colgaba los botines.

La ansiedad aquél domingo se podía sentir en los corazones de las 125 personas – audiencia récord – que se habían reunido para ver lo que muchos consideraban como el partido más importante del siglo, al menos en Trenque Lauquen. El relator de Radio Gol, cuyo nombre todos sabían pero nadie lo admitía, era quizás el más entusiasmado:

  

“Acá estamos señoras y señores, sí, el día por fin llegó. Es un honor para Radio Gol poder llevarle a sus hogares la transmisión del partido del año. Hoy se define todo, el campeonato está que arde y uno de los dos equipos más importantes de la ciudad se llevará la copa a su casa. Pero también hoy es un día especial porque el querido Tito Zalomberdi se despide del fútbol. ¡Pavada de día elegiste para retirarte Tito! Contra Ave Fénix F.C., el clásico rival, en su cancha, pudiendo dar la vuelta, la última vuelta en esta cancha. Las hinchadas de ambos clubes ya están expectantes en las tribunas, no entra nadie más, sólo falta que salgan los jugadores al campo de juego para dar comienzo a un partido que promete ser legendario. Ahora vamos con nuestros auspiciantes…”

    

   Pese a toda la experiencia que tenía sobre sus espaldas, Zalomberdi estaba igual de nervioso que en su debut, del cual distaba ya mucho tiempo. A decir verdad, siempre antes de empezar un partido se ponía algo nervioso, pero su temple inquebrantable lo bañaba de serenidad, la cual transmitía al resto del equipo. Después de todo, había sido el capitán del Güilde por más de una década y si él no se encargaba de tranquilizar a sus comandados, ¿entonces quién lo haría?

Al salir a la cancha, el vitoreo y los aplausos no tardaron en llegar para El Güilde, aunque bien sabían todos ellos que gran parte de esos aplausos estaban destinados a Zalomberdi. Un minuto más tarde el árbitro arribó al estadio con la pelota bajo el brazo. La colocó en el centro y atendió a todas y cada una de las formalidades que se acostumbran antes de un partido: lanzamiento de monedas, designación de arcos y ese tipo de cosas.

El referí pitó, la pelota rodó y el partido se puso en marcha. Ave Fénix abrió el juego y los primeros dos minutos dominó las acciones jugando con precisión por el suelo. La geometría de los pases era sorprendente y parecía que los jugadores del Güilde se veían confundidos ante la exactitud con que sus rivales ejecutaban sus jugadas. Eso no duró mucho sin embargo, dado que el partido se equilibró rápidamente y el balón pasó a estar en los pies de ambos equipos aleatoria y constantemente.

Aquella final no era un partido vistoso y se cometían errores por parte de sendos bandos. Los pelotazos iban y venían, y la pelota parecía ser un globo de tanto tiempo que pasaba en el aire. En tanto, el relator de Radio Gol mantenía su emoción a flor de piel y veía un espléndido cotejo:

“…despeja Ramírez, fantástico lo de este pibe. Pelota dividida en la mitad de la cancha, gana Caseros y arranca a gambetear sólo como los valientes saben hacerlo, pero de inmediato traba Sarlo, qué magnífico lo que estamos viendo señores. Sarlo la lleva y con un cambio de frente busca a Tito Zalomberdi, al centro de todas las miradas, pero la pelota se va larga y es lateral para Ave Fénix.”

 

El cansancio era ya letal para Zalomberdi, y apenas si habían pasado quince minutos del primer tiempo. Ese día más que nunca se daba cuenta de que no podía seguir compitiendo con jóvenes que contaban con diez o doce años menos que él. Pero era el último esfuerzo y sabía que la recompensa – la gloria – lo valía.

Pasada media hora de la primera mitad, el marcador seguía empatado en cero y los nervios empezaban a jugar en contra. En el campo de juego se veían más errores que otra cosa y a excepción de algún arresto individual, nadie brillaba.

La primera situación peligrosa se dio a los cuarenta minutos y fue para Ave Fénix. Su figura Álvaro Mastrangelo, una promesa salida de las inferiores, hizo una gambeta de otro partido y después de pasar a la defensa del Güilde con relativa facilidad, estrelló la pelota contra el travesaño con un tiro que merecía ser gol. El “uuuh” de la hinchada local se escuchó en todo Trenque Lauquen. Seis minutos más tarde el referí dio final a un primer tiempo más que olvidable.

Luego del entretiempo, los dos equipos volvieron a salir a la cancha y Zalomberdi aún estaba en la alineación titular. Debido a su edad, durante los últimos dos o tres años había jugado entre 45 y 60 minutos por partido, cuando toda su carrera había jugado los 90. Pero en su partido final tendría la última oportunidad de disputar un encuentro en su totalidad.

Las acciones en la segunda mitad no se hicieron esperar y a los dos minutos una excelente jugada del Polaco Markovich terminó en córner. Un centro llovido llegó desde el tiro de esquina y el mismo Markovich se encargó de colocar un gran cabezazo y anotar el primer gol para El Güilde. Al ver el júbilo en sus compañeros y su hinchada, Zalomberdi respiró aliviado y pensó que ese día todo se encaminaría para que su retiro fuera el que siempre soñó.

Esa segunda parte del encuentro fue mucho más entretenida. Al estar arriba en el marcador, Deportivo Oscar Wilde jugó con más soltura y con menos miedo al error, aunque debían estar precavidos y establecieron una estrategia más ofensiva para de esta manera lograr un segundo gol y liquidar el pleito. Pero los jugadores de Ave Fénix no se acobardaron y estaban determinados a conseguir el empate, por lo que no se quedaron atrás y también se dedicaron a atacar más. Era un partido de ida y vuelta, muchas corridas y contragolpes que terminaron por agotar a Zalomberdi que hacia la mitad del segundo tiempo sólo caminaba y no participaba mucho en el desarrollo del juego.

Los nervios regresaron. Mientras más avanzaba el tiempo, más iban perdiendo la tranquilidad ambos equipos. La defensa ya no salía jugando y si podían reventar y mandarla a la segunda bandeja (de haber tenido una), mejor.

A los treinta minutos, tan cerca estaba Tito Zalomberdi de dar la vuelta olímpica, pero el destino le tenía preparado algo diferente. En una confusa jugada, un puntinazo de un jugador de Ave Fénix vino desde la medialuna y en una carambola que pareció diagramada por el mismísimo Satanás, el balón rebotó en un defensor del Güilde, desviando su trayectoria y metiéndose a contrapierna del arquero. El guardavallas no podía creer su mala suerte y el festejo de los locales demolió toda alegría de Zalomberdi y compañía. Si no hacían algo en los próximos quince minutos, el campeonato se tendría que definir de la manera que nadie quería: por penales.

De esta manera, como su nombre lo indica, Ave Fénix F.C. había resurgido de las cenizas (esta analogía era usada con frecuencia por el relator de Radio Gol).

Esos quince minutos parecían eternos para los espectadores del partido, cuyos corazones estrujados por los nervios y el estrés ya no podían lidiar con el épico encuentro que estaban atestiguando.

Pasaron trece minutos más o menos irrelevantes, ya que la cautela con la que ahora se jugaba era extrema. Nadie quería salirse del libreto porque eso significaba poner en riesgo la copa. Luego, a los 43 minutos, sucedió. El hecho que da nombre a esta historia contada tantas veces.

Era saque de banda para El Güilde. Gálvez recibió la pelota y rápidamente se sacó un rival de encima. Ya estaba en la mitad de la cancha, hacia el sector derecho. Corrió un par de metros más con el esférico en sus pies y al grito de “te llevan”, subió la mirada y vio al Polaco Markovich libre. Le hizo un gran pase por la misma línea y el Polaco siguió hasta la entrada del área.

Mientras tanto, Zalomberdi estaba allí esperando, moviéndose de acá para allá, tratando de desmarcarse. Miraba a su alrededor y veía a los hinchas de su club que esperaban un milagro, un destello de magia por parte de él. Incluso estaba Don Fulgencio, quien muchas veces le había dicho a Tito que nunca lo iba a ver porque el fútbol no le llamaba mucho la atención. Era como un segundo padre para él.

Complicado porque un defensor se le venía encima, el Polaco Markovich tiró un centro. Parecía pasado. Lo fuera o no, lo cierto es que iba dirigido a Zalomberdi y sabía que no podía desperdiciar la oportunidad. Con una astucia que sólo da la experiencia, se desligó de su marca y lo que hizo después fue increíble. Necesitaría tener la prosa de un Joyce para que la descripción de esta acción le hiciera justicia, pero de todas maneras lo voy a intentar.

Dada la complejidad del centro, Zalomberdi llegó a la conclusión de que no podría simplemente parar la pelota y definir, sino que tendría que hacer una maniobra mucho menos ortodoxa. En ese momento, con la pelota aún viajando por el aire en su dirección, se le ocurrió algo que ya era difícil para una persona diez años más joven, y mucho más para él, luego de jugar casi una hora y media. Pero probablemente esa sería la última oportunidad de hacer un gol que tendría en la vida. Zalomberdi saltó e hizo lo impensable: con una esteticidad única, balanceó su cuerpo en el aire y con esa zurda prodigiosa que tantos golpes había recibido, que tantos goles había marcado y que tantas canchas había pisado, pateó la pelota a una altura considerable y lo más fuerte que su desgastado cuerpo le permitió. Mientras lentamente caía al suelo, la pelota se clavó en el ángulo, y el vuelo del portero de Ave Fénix sólo hizo que la chilena fuera más espectacular.

“¡¡Gooooooooooool!! ¡¡Gooooooooool!! ¡Golazo, golazo de chilena de Tito Zalomberdi! ¡Gol del Güilde! Increíble, maravilloso, espectacular, de ensueño lo que acaba de hacer Tito Zalomberdi. Fausto “Tito” Zalomberdi, señoras y señores. Gana el Güilde, gana y se está llevando la copa.”

 

La gente en las gradas se abrazaba emocionada. Los jugadores y el cuerpo técnico de Ave Fénix no podían creer lo que acababa de pasar. Y ciertamente Tito tampoco podía, y no sabía como reaccionar. Cuando sus compañeros fueron a abrazarlo, entendió que su jugada había tenido éxito, y también festejó. Pero esos festejos no iban a durar mucho. A los pocos segundos, el grueso de la hinchada y los jugadores se percataron de que uno de los jueces de línea tenía su bandera en alto, alegando un offside de Zalomberdi, por lo que el gol no valía. La furia de los jugadores fue inmediata y la gente tampoco entendía como ese bellaco vestido de negro podía impedir semejante gol. Don Fulgencio se agarraba la cabeza y miraba al cielo pidiéndole “una, una” al Barba.

La decisión del juez de línea resultó inapelable. Todos en la cancha habían visto que Zalomberdi estaba perfectamente habilitado, pero se hizo oídos sordos a todas las quejas y acusaciones de corrupción que provenían de la hinchada. Lo que pasó después para Zalomberdi pareció suceder en un segundo. Y quizás así fue. Ave Fénix jugó rápido, y un par de pelotazos más tarde, Mastrangelo se encontró mano a mano con el arquero del Güilde y no perdonó. La vieja regla de que las oportunidades que se desperdician en un arco se sufren en el propio volvió a regir más que nunca. En un abrir y cerrar de ojos, el Deportivo Oscar Wilde había pasado de la gloria total al más absoluto de los fracasos, todo gracias a un fallo equívoco. La desesperación que esto provocó en el equipo no fue de gran ayuda y ya no se pudieron recuperar de aquel golpe. El árbitro dio el pitazo final y el campeonato quedó en manos de Ave Fénix.

Ahí la tienen. La historia de la chilena que no fue. La chilena de Zalomberdi. Se dice que después de eso, el juez de línea que cobró el offside se ahorcó como Judas lo hizo luego de traicionar a Jesucristo. Aunque probablemente sólo se haya ido de Trenque Lauquen. En cuanto a Zalomberdi, efectivamente se retiró ese día, sin la copa, pero con toda la gloria a cuestas, ya que fue aplaudido por todos y después de decir unas palabras, se despidió. Un par de años más tarde, se hizo director técnico del Güilde, y hoy sigue allí, dando indicaciones, siendo un líder, pero desde el banco de suplentes.

Muchas personas con el tiempo fueron olvidando esta historia, pero hubo una que nunca lo hizo. El relator de Radio Gol, cuando se lo piden, se da el gusto de contarla en algún bar, o en reuniones con amigos. Siempre empieza de la misma manera:

 

“Era domingo al mediodía y el aire estaba viciado por una sola razón…”


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