por Julián María Fernandez (@julianfertio)

No creo en grandes conspiraciones. No imagino a Obama llamando al dueño de Netflix para producir otra serie sobre latinos narcos ni veo al presidente de Prüne reunido en un cuartito con los Tinellis del mundo para conversar sobre el plan de cosificación de la mujer. Simplemente resulta que a la gente le gusta consumir series de latinos narcos y cosificar a la mujer, y cada empresa, con su interés particular, busca aumentar las ganancias. Así de sencillo es que todo se iría la mierda si no existieran los artistas que, saliendo de abajo de las piedras, cambian el sentido de las princesas de Disney o diseñan vestidos para hombres.

Por supuesto, en su escondite, el artista ha estado consumiendo arte, ojeando diarios y leyendo a Simones de Beauvoir y Foucaults que lo han llevado a preguntarse por qué miramos para otro lado con algunos temas. Y decide entonces señalar el elefante en la habitación de forma tan majestuosa que no nos queda otra que hablar de eso hasta hacernos la misma pregunta.

En un ensayo de 1993[1], Foster Wallace argumenta que los programas televisivos supieron apropiarse de la burla al aprender a reírse de sí mismos: ¿qué mejor forma de banalizar una crítica que transformarla en comedia? Al admitirse conscientes de la mala calidad de sus programas, e instrumentalizando eso para ganar complicidad con el espectador, se elimina la posibilidad de una discusión seria sobre el consumo excesivo. En palabras de F. W.: “Cualquiera que tenga la desfachatez herética de preguntarle a un ironista qué piensa en realidad termina pareciendo un histérico o un mojigato. Y esto es lo opresivo de la ironía institucionalizada, del rebelde victorioso: la capacidad de inhabilitar la pregunta sin importar su contenido es, en la práctica, una tiranía”.

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Hoy, con la televisión en extinción, la ironía se ha trasladado a los memes. Curiosamente, esta vez somos nosotros como sociedad los que decidimos restarle seriedad a ciertos temas y evitar las discusiones. Siendo optimistas podríamos pensar que es un mecanismo de defensa y que ante el bombardeo de malas noticias que es Internet (como quien ríe para no llorar) preferimos hacer chistes. Sin embargo, la cara oscura de la moneda incluiría comodidad, facilismo, y negación: una forma que inventamos aquellos que tenemos una vida tranquila para no tener que vivir con culpa.

Probablemente sea una combinación de ambas.

Lo más grave de reducir temas a imágenes y frases es su efecto binario: un meme no tiene grises. Está claro quién es el ridículo y quiénes los cancheros. Quién tiene razón y quién es una pobre víctima de la estupidez, el naiv que todavía no aprendió a ver el mundo con los lentes del cínico. ¿No sabe que lo único que importa es el sufrimiento autoreferencial? ¿No vio acaso el capítulo de Los Simpsons en el que se burlan de eso sobre lo que se está preocupando?[2] El meme sólo cosecha megustas. No hay lugar para el disenso. Si no estás de acuerdo a lo sumo tenés la posibilidad de decir Me enoja o ser el sociópata que comenta con seriedad un chiste.

En Twitter (cuna de la ironía y la falta de grises) esto último tiene un nombre que condensa perfectamente la posición en la que se ubica al que disiente: la mongomención. El pacto es tácito y la interfaz está diseñada para eso: Twitter no es un lugar para discutir. O estás de acuerdo, o me dejás de seguir. Esto obviamente hace que cada usuario viva en un microclima en el que todos hacen chistes desde el mismo lado de “la grieta” (no sólo política). Un montón de gente pensando igual, fomentando y potenciando su odio hacia los que piensan de forma opuesta (porque, insisto, no hay grises), viendo en los demás una y otra vez la confirmación de que están en lo cierto, evitando así cualquier riesgo a cambiar de opinión, a entender la posición del otro… ¿No fueron acaso las multitudes igualpensantes protagonistas de todas las catástrofes de la humanidad?

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Me gustaría tomarme un tiempo para poner dos ejemplos, bajar un poco a tierra las especulaciones teóricas, y para eso me voy a concentrar en temas relacionados con la salud.

Desde hace varios años las medicinas alternativas vienen creciendo exponencialmente. Basta buscar entre los eventos de Facebook para encontrar en una misma semana talleres de Gemoterapia, Feng Shui, Reiki y sanaciones energéticas. Otras prácticas, como la homeopatía, se fueron ganando un status más institucionalizado. El Chopra Center, instituto de investigaciones fundado por Deepak Chopra (inventor de la curación cuántica) tiene ya veinte años… ¿Es el new age una nueva religión que ganará adeptos hasta reemplazar todas las otras? ¿Estos “enemigos de la razón” tendrán sus propios hospitales y robarán pacientes a la medicina occidental? Revistas cientificistas como El Gato y la Caja se muestran preocupadas ante este advenimiento y ridiculizan el esoterismo mediante memes. En el cine cada vez es más común la aparición de un personaje con estas creencias, personificando siempre todo lo que está mal en la sociedad. Sin embargo, ¿es realmente algo alarmante?

La medicina occidental ha demostrado ser muy exitosa. Vivimos mucho más tiempo y hay menos muertes por enfermedades, entre otros triunfos, pero eso no tiene por qué ser condición suficiente para que depositemos una confianza ciega. La industria farmacéutica no deja de ser una industria, y como tal necesita aumentar sus ventas para sobrevivir y crecer. Lo mismo con los hospitales. El gris que no deja ver el meme es que quizás estas medicinas alternativas buscan exigir como sociedad un mayor control sobre estas industrias. Sí, los globulitos son agua azucarada, ¿pero no es lo importante de la homeopatía el diálogo con el homeópata, que tanto se ha perdido con los médicos usuales? Sin duda no hay ni habrá glóbulos que curen el dengue pero es conocida la relación entre el estado anímico del paciente y su proceso de sanación. Incluso es posible buscar grises en las religiones (que tanto daño causaron y causan) interpretando el rezo como técnica de meditación, algo que también ha resulta ser bueno para la salud, y que (por ahora) ningún médico recetaría.

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Otro gran movimiento relacionado que muchas veces es ridiculizado es el de la alimentación. Desde el vegano que no comía nada que produjera sombra de Los Simpsons hasta el famoso meme del matadero de zanahorias, la gente que elige comer de otra forma siempre ha sido víctima de un poco de bullying. Sin embargo la obesidad infantil y la diabetes, causada por las cantidades monstruosas de azúcar en los alimentos (nunca olvidar que un vaso de Coca Cola tiene cuatro sobrecitos de azúcar), es un problema cada vez más serio. Recientemente Cataluña logró agregar un impuesto a las bebidas azucaradas y muchas otras ciudades combaten a las empresas como se hizo alguna vez con las compañías de cigarrillos. Quizás de acá a unos años en la etiqueta de la Coca encontremos un perjudicial para la salud junto a la foto de un niño obeso, pero mientras tanto cadenas como McDonald’s cambian amarillos y rojos en sus productos por mentirosos verdes.

Afortunadamente este tema ya está pisando fuerte. Desde la película Super Size Me, en el que un chico vegano hace el experimento de comer comida rápida un mes seguido, hasta los nuevos documentales como Food, Inc o Fed Up, el problema de la alimentación está siendo cada vez más reconocido por la sociedad[3].

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Pero antes de terminar volvamos un poco al tema de la ironía. Me gustaría aclarar que todo esto no quiere decir que haya que mirar de reojo a la comedia. Hay comediantes como Louis C.K. que, por ejemplo, poniéndose en el lugar del pedófilo, logran hacer reír al mismo tiempo que nos incomodan y desnaturalizan afirmaciones simplistas como “los pedófilos son hijos de puta”, cumpliendo con su rol de artista. Nuestro trabajo a la hora de formar una opinión nunca puede quedar en el chiste, que en el mejor de los casos sólo funciona como disparador, sino que debemos también informarnos, buscar fuentes variadas y tratar de entender los argumentos de quien piensa muy distinto, dando lugar a la duda y al cambio de opinión. O citando una vez más a F. Wallace: “La ironía, por divertida que resulte, cumple una función que es casi exclusivamente negativa. Es crítica y destructiva, sirve para limpiar el terreno. Seguramente es así como la vieron nuestros padres posmodernos. Pero la ironía resulta singularmente poco efectiva cuando se trata de construir algo que sustituya a la hipocresía a la que desacredita

 


[1] E Unibus Pluram: Televisión y narrativa norteamericana forma parte del libro Algo Supuestamente Divertido que Nunca Volveré a Hacer.

[2] Sobre la ironía y las comedias de televisión recomiendo ver en David Foster Wallace – The Problem with Irony 

[3] Notar por ejemplo el éxito que está teniendo la cadena de comida orgánica Le Pain Quotidien en Buenos Aires.

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