por Jero Maina

Imaginá la felicidad

Un lago, un par de montañas, respirar profundo tres veces, superar el desarraigo.

Imaginá la felicidad.

Tomá decisiones, enfrentate a la vida, sentí el contacto de tus pies con la tierra.

Imaginá la felicidad.

Superá tus problemas. Levantate de las caídas. Trascendé.

Imaginá la felicidad.

Imaginá que lo tenés todo, que sos mayor de lo que nada puede pensarse. Sos Dios, el Uno, la Divinidad, Buda, la Naturaleza, el Poder Infinito, un Mundo lleno de Mayúsculas, un mundo de deseos cumplidos.

Placer, felicidad, placer, felicidad, placer, felicidad.

Imaginá la felicidad.

Imaginá zapatillas, imaginá risas fotografiadas en el momento justo, imaginá viajes a lugares exóticos, imaginá abrazos, imaginá espontaneidad en formato receta de cocina, imaginá liberación sexual, imaginá amor empaquetado.

Imaginá la felicidad.

Imaginá que hacés solo lo que querés hacer, imaginá que sos solo lo que querés ser, imaginá que todo el peso cae sobre tu espalda, imaginá que toda la responsabilidad cae sobre tu espalda, imaginá que tu espalda puede soportar el peso que sea, imaginá que podés levantarte de la caída que sea, imaginá el contacto con la naturaleza, imaginá la sabiduría, imaginá los corazones que significa alcanzar un título y sonreír a cámara, imaginá un mundo perfecto, imaginá un mundo perfecto, imaginá un mundo perfecto.

Imaginá la felicidad.

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Dios ha muerto. Las instituciones modernas también

La muerte de Dios que predicó Nietzsche le quitó al ser humano moderno un paquete de certezas que le proporcionaban seguridad, entereza frente a la finitud y un catálogo claro y conciso de conductas morales. Desde el momento en que Dios deja de regir la vida de los hombres, el más allá se esfuma y pierde sentido obrar con confianza ciega en una moral que promete recompensarnos luego de la muerte. Este vacío existencial al que se enfrenta el hombre cuando se aleja de la religión es compensado en la Modernidad por el poder supremo de la Razón y las Instituciones que la estructuran. Dios Padre es reemplazado por el Padre de familia, el Profesor de la escuela, el Doctor, el Policía, el Gobernante. Todos ellos siguen proporcionándole a la gente un catálogo ético, unas líneas para entender el mundo, basadas ya no en la fe sino en la ciencia, y unas promesas de que sus conductas serán recompensadas, no en la vida eterna sino en la vida terrenal.

Con la caída de las Instituciones Modernas, el hombre entra en una nueva crisis existencial. Se pierde la noción clara y única de qué es la realidad, qué puede conocerse, cómo debe conocerse, qué es lo bueno, qué es lo malo, cómo debemos actuar. Ya nada es cierto, único, ni correcto. La única certeza que parece atravesarnos en el siglo XXI puede resumirse en una frase cliché: “cada persona es un mundo”. Pretendemos no juzgar al otro al no poder pararnos desde su mapa, entendemos que cada mapa es diferente. Postulamos la auto-determinación de cada persona como un todo. Y en eso nos convencemos de que nos libramos de las cadenas que alguna vez nos ataron. Somos libres. Hacemos a cada momento lo que queremos hacer. Somos lo que queremos ser, y ninguna figura jerárquica puede ir en contra de ello.

Al mismo tiempo en que las instituciones tradicionales agonizan, se alza con poderío la noción de un Yo autónomo, consciente y totalizante

Yo soy mi único jefe

Estamos en un momento de extrema conciencia en relación al Yo. Nos acercamos a nuestro inconsciente y nos vamos en esfuerzos por controlarlo. Escuchamos motivaciones para dormir, repetimos afirmaciones de PNL en voz alta, calculamos la cantidad exacta de vasos de agua que debemos tomar por la mañana para empezar bien el día. Monitoreamos como nunca antes nuestros pensamientos y nuestros sentimientos. Intentamos cambiar nuestro estado de ánimo a través de conductas de efectos rápidos y específicos.

Ante la pérdida de la confianza ciega en un ser supremo y en las instituciones sociales, ante el sentimiento de relativismo generalizado que no ofrece certeza alguna sobre la realidad externa, lo único que nos queda para conocer, para confiar, para defender, para tener bajo control es el Yo. Un Yo que se postula libre y autónomo.

Yo hago lo que quiero y elijo hacer.

Yo hago lo que es mejor para mí.

Yo soy quien quiero ser.

Yo soy mi único jefe.

Yo.

Yo.

Yo.

El Yo a través de las redes

En este juego, las redes aparecen como el catalizador perfecto de la época. Nos permiten construir de manera sofisticada una versión controlada y prolija de nosotros mismos. Descubrimos, construimos, reconstruimos nuestro algoritmo. Elegimos qué mostrar, qué ocultar, de qué forma. Creamos a conciencia nuestra propia persona, nuestro propio Yo.

La construcción del Yo como sistema autónomo que se controla, regenera y sofistica a sí mismo no es, sin embargo, tan libre como podemos creer. Construimos nuestra persona en las redes atravesados por una serie de estructuras profundas que tienen, paradójicamente, a la autonomía del Yo como centro, y que traen consigo un cierto código ético-moral que permite medir el grado de éxito de nuestra persona en relación a otros “Yoes”.

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Así como en la Modernidad había una idea muy clara de lo que debía ser una familia ideal (pareja heterosexual con hijos, preferentemente uno de cada sexo; el hombre aportando el sostén económico principal, la mujer sosteniendo la casa y la crianza, etc.), idea la cual permitía medir y comparar familias entre sí, en la actualidad pasa algo parecido con las trayectorias individuales, con la idea del Yo. La buena salud del Yo se mide a partir de un patrón claro, que atraviesa diferentes grupos sociales, estratos económicos, profesiones, y que encuentra su punto cúlmine de demostración y realización en las redes: la felicidad.

No sabía qué ponerme y me puse feliz

Las redes están atestadas con recetas de felicidad express, que generalmente vienen acompañadas de imágenes de la naturaleza o respaldadas por algún autor reconocido (no lo sé, Rick…) que muestra que los mayores genios de la historia de la humanidad han sido felices, me instan a ser feliz, e (implícitamente) me culpan por no serlo.

Combinado con la construcción deliberada y aparentemente libre del Yo, el imperativo de felicidad se hace carne adentro nuestro y sale desde nuestros propios dedos y nuestras propias cámaras hacia el mundo. De manera más o menos consciente, escribimos y compartimos frases que igualan felicidad a éxito (y, por contraposición, tristeza a fracaso). Nos sacamos fotos rebosando alegría, contamos nuestros logros, transformamos pequeñas desgracias en anécdotas divertidas que muestran lo fuertes que somos para sobrellevarlas.

Construimos nuestro propio Yo encarnado en un único rol social totalizante, el cual se conforma y legitima a partir de un criterio máximo: ser feliz. Seremos el hijo feliz con el almuerzo casero, la jefa feliz con la escapada a la Naturaleza, el compañero feliz con su nuevo hijo, la profesora feliz con la fiesta de su sobrina, y así. No importa nuestra ocupación, nuestra familia, nuestra capacidad económica, nuestro contexto, siempre y cuando le sonriamos a él.

El problema aparece cuando esa felicidad (permanente, hedonista, incorruptible, basada en estímulos –materiales e inmateriales– constantes) se convierte en un ideal utópico con la fuerza de un deber-ser y nos asfixia al no poder alcanzarlo. Además, el discurso de (deber) ser feliz con la propia identidad convive con una normativa estricta sobre cómo debe ser dicha identidad (normativa que se camufla, a su vez, bajo el discurso de auto-aceptación). Según una encuesta de la Sociedad Real de Salud Pública del Reino Unido, las redes empeoran la auto-percepción del cuerpo entre lxs jóvenes, especialmente aquellas centradas en la imagen (Instagram y Snapchat).

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El ya tan trabajado mecanismo de las publicidades, que nos hacen promesas difíciles de cumplir y nos aseguran que se cumplen a partir de ciertos consumos (para que, cuando nos demos cuenta que no se cumplieron, creamos que simplemente nos falta un escalón y sigamos consumiendo), se hace carne ahora en nosotros mismos. Debo alcanzar la felicidad de mi vecino, de mi jefe, de mi compañero de trabajo. ¿Por qué no la consigo? ¿Por qué no soy así de feliz? ¿Qué estoy haciendo mal? Lo que no nos damos cuenta es que, si nos apartamos por un segundo de nosotros mismos y logramos objetivar la imagen que proyectamos en las redes, veremos que somos la persona más feliz y exitosa del mundo

¿Yo soy mi único jefe?

La angustia que genera esta distancia entre nuestro Yo proyectado y nuestro fluir de emociones y sentimientos se intensifica al no poder depositar responsabilidad en otros que en nosotros mismos. Esto, claro, sigue siendo funcional a un sistema preparado a vendernos bienes, servicios y experiencias para saciar dicha angustia.

Necesitamos reconocer las estructuras que nos atraviesan para empezar a negociar con ellas. Abandonar la idea de que somos súper-poderosos y el deseo de serlo. Necesitamos unirnos con otrxs. Hacer un ejercicio crítico y preguntarnos cómo estamos configurando nuestros Yoes, de donde vienen esas imágenes, qué sentidos (re)producen.

Necesitamos pensar alternativas, nuevas particularidades que nos alejen de la idea de que todos debemos, no solo ser felices, sino conquistar la misma felicidad y de la misma manera. Encarar acciones colectivas, darnos cuenta de que nuestras felicidades no son tales, que nuestro horizonte quizás está en otro lado y nos está siendo obstruido por un imperativo tan fuerte como el de la familia o la escuela o la religión en el siglo pasado.

Somos agentes de nosotrxs mismxs. Pero también tenemos que entender que muchas veces, por mal que nos pese, no hacemos lo que queremos hacer, no somos lo que queremos ser, no sabemos siquiera qué queremos o quiénes somos o por qué. No entendemos cómo conseguir la felicidad, ni qué felicidad queremos, ni si queremos la felicidad o algo distinto. Estamos tristes, sentimos angustia, tenemos dudas, tenemos miedo.

Y está bien.

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