Autora: Agustina Ainé Granovsky

I

Primero Camila vivía cerca de mi casa, a exactamente ocho cuadras. Ocho cuadras que tienen cincuenta metros de largo cada una, que no tenían cordón cuneta y que hasta el día de hoy siguen rodeadas de calles de tierra.

Un día salí de la escuela y mis papás me iban a ir a buscar. Esperé y esperé, pero mis papás nunca llegaron y decidí volverme con unos chicxs más grandes que vivían cerca de mi casa porque la seguridad uno la deposita a veces en un otro y si es posible que ese otro sea más grande, mejor.

Al llegar a mi casa me senté en un cuadro de cemento que cubría el tanque de gas, y como estaba a la sombra y medio fresquito, no me saqué el guardapolvo y me quedé esperando a mis papás. Por supuesto que no tenía llave, tenía 8 años.

Tenía una mochila negra y roja de los 101 dálmatas que era más ancha que mi cuerpo y me llegaba hasta las rodillas, pero no me importaba que se burlen de ella porque me entraba todo lo que yo quería y más.

Como me aburría, saqué de mi mochila de 101 dálmatas un diccionario que había venido de “regalo” en la revista Genios- acompañando siempre grandes momentos de mi vida- y me lo puse a leer.

Leí mucho del apartado de la A, hasta que empecé a leer al azar otras palabras extrañas de otros capítulos.

Tenía un hambre atroz y mis papás no llegaban y no sabía qué hacer. Así que salté de aquel cubículo de cemento y decidí ir a la casa de Camila.

Mientras caminaba pensaba en qué sola podría llegar a estar en este mundo.

Cada cinco pasos imaginé distintos tipos de muertes: pensé en mis papás atropellados, intoxicados, asesinados por alguien en el banco, asesinados por el verdulero o muertos por un paro cardíaco.

El papá de Camila abrió la puerta y me vio con el guardapolvo a las 14:45 de la tarde, y los ojos llenos de lágrimas escondidos atrás de mis anteojos redondos rosados de las Tortugas Ninjas. Me hizo pasar y me armó un chori que había sobrado del asado que habían comido. Me senté en la mesa, miré el chori y expliqué que mis papás no habían llegado todavía. Acto seguido tocaron el timbre de la casa de Camila y eran mis papás desesperados buscándome, aunque a la vez aliviados porque era el primer lugar en el que habían pensado adónde yo podría estar.

Me subí al auto, dejé el chori en la casa de Camila sin querer y mi mamá me dijo:

Agustina, ¿por qué no te sacaste el guardapolvo todavía?

-No sé. ¿Por qué me dejé el chori en la casa de Camila?

 

* * *

 

Camila siempre tenía mucho miedo de las cosas. Yo compartí sus secretos para que ella se haga más fuerte.

Camila siempre quería ser Ash.

Nos turnábamos para ser varones un rato cada una. Las Barbies siempre estaban ahí, pero no eran prioridad.

Escalábamos paredes y hacíamos guerras de tomatitos.

Una vez nos dimos un beso porque lo que hacíamos era:

una se ponía una gorra, entonces apoyaba la otra la frente en esa gorra para quedar cerquita sin tocarse, y movíamos las bocas como si así deberíamos estar besándonos.

Si así fueron nuestros primeros besos no sé qué habrán opinado de nuestra forma de besar.

Camila fue la primera que se enamoró, se enamoró muy fuerte y yo la escuchaba contarme todas las cosas que se decían y creía que era la historia de amor más romántica que había conocido. Camila sabía cuidar a sus novios y era muy paciente, siempre los entendía y los esperaba. Le costaba enojarse pero si se enojaba, no te perdonaba jamás.

Yo fui una excepción a la regla.

Camila organizó mi primer y única fiesta sorpresa de cumpleaños que fue todo un éxito.

Cuando crecimos, la secundaria nos distanció porque no fuimos a la misma.

Mi primer día de secundaria me compré mi primer jean, mi primera musculosa ajustada y mis primeras zapatillas de adultx.

Robertito, ese día, me vio el pecho cuando me saqué la campera. Me señaló y mirándome a los ojos gritó:

¡MIREN LAS TETITAS CHIQUITITAS DE LA AGUS!

Así que me volví a poner la campera, fui al baño y me miré al espejo y le dije a esa chica de tetitas chiquititas:

¿Por qué no está Camila acá para defenderme?

Ese día la llamé por teléfono, fijo claro, para preguntarle cómo había sido su primer día, y me contó alegremente que había hecho nuevos amigos y que todo había sido genial. Yo nunca le conté sobre lo que me dijo Robertito.

Años adelante, terminando la secundaria, Robertito se burló de mis ropajes hippies y de mis amigxs hippies fumaporros y yo le pegué una cachetada y le dije: No vuelvas a hablar más de mí ni de mis amigos.

Al fin me vengué.

 

* * *

 

Al paso de los años, Camila quedó olvidada un poco. Y ya no era tan fácil encontrarnos porque las dos ocupábamos nuestros tiempos en nuestros espacios.

Una noche tomamos tequila sin parar y su hermano nos fue a buscar, y Camila vomitó y yo vomité y su hermano nos retó mucho pero nos perdonó y no nos iba a delatar.

A medida que crecimos y empezamos a chaparnos gente, un día me chapé a un chico que había sido un noviecito de Camila un tiempo. Son de estas anécdotas que no tienen tanta importancia, pero a los 15 años sí que tienen importancia.

Camila se enojó. Demasiado.

Yo llamaba,

tocaba la puerta de su casa,

llamaba,

le mandaba mensajes por messenger,

tiraba indirectas por los estados del messenger

y Camila tardó muchos meses en perdonarme,

pero me perdonó

porque me dijo

que no quería nunca perder mi amistad porque era más importante que ese chico, pero que era algo que no puedo hacer nunca más.

Camila: te digo que hasta ahora no lo volví a hacer.

 

* * *

 

Camila creció y se hizo hermosa. Ahora estudia medicina.

Se tatuó un piojo, porque no podía ser de otra manera.

 

II

Camila fue primero muchas fotos para mí. Una voz de fondo que reía a carcajadas y se posicionaba en un no rotundo que fundamentaba como podía.

Me pidió que vaya a buscarla a la terminal porque no sabía cómo ir a su casa para empezar a vivir su nueva vida.

Estaba sola, con un gorro azul y el pelo largo hasta la cola.

Tenía en la mano aproximadamente, cuatro o cinco rollos con dibujos que en su interior tenían más dibujos enrollados.

Las dos agrandamos los ojos cuando vimos su casa, su nueva casa.

Estaba tan contenta que creí que su sonrisa ese día estaba particularmente grande.

Ahora puedo afirmar que tiene la sonrisa más grande que conozco.

 

Camila vive un poco lejos de mí, pero aprendimos a acercarnos de muchas formas.

Una vez yo estaba muy rota, y me invitó a su pieza, puso Pink Floyd y me masajeó el cuerpo.

Mientras tanto me hablaba de la música que le gustaba, que le costaba decidirse por una sola banda o un solo género, entonces me mostraba todo lo que escuchaba para que comprenda por qué no se podía decidir.

Escribía en su diario todos sus proyectos, y una vez afirmamos:

Nuestro gran proyecto es nunca dejar de tener proyectos.

 

Después de ser solo una foto para mí, Camila empezó a sacar fotos, a sacarme fotos y a invitarme a sacar fotos. Me prestó indefinidamente mi primera cámara, que tantas sorpresas nos ha dado y que tantos nos ha ayudado a mirarnos.

Camila me reta y no baila mucho conmigo.

Nos hacemos reír a carcajadas al mismo nivel que sabemos llorar en frente de la otra: nadie me vio llorar tanto.

Cuando no nos soportamos a nosotras mismas, naufragamos en un caldo de angustias y canelones y cuando se enfría, nos prendemos un pucho y observamos el cielo.

 

Fanática de los aviones más que del cielo mismo. Una descendiente alemana que en otra época habría matado a esta judía rusa.

Es difícil escribir de ella porque no puedo expresar todo,

me ha agotado mis posibilidades de explicación.

 

La abrazo y la abrazo y la abrazo.

 

III

Camila no quiere ser mi amiga.

Ni siquiera puedo ser su amiga por Facebook.

 

Tengo una foto con ella pero no sé si lo sabe.

 

La leo mucho por el facebook o en sus poemas y me hace llorar.

Me clava unos cuántos puñales bien adelante porque va muy de frente.

 

Hace poco la vi y nos miramos mucho a los ojos:

yo sé que sabe que la quiero.

 

Una vez dijo

que ella escribe su propia vida

porque no tiene otra cosa de que escribir.


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