por Abril Fernandez

De todos los mandatos absurdos que podrían existir actualmente, ser feliz todo el día y en cualquier circunstancia quizás sea el más hartante de todos. Al abrir cualquier menú de emojis, por ejemplo, se puede ver que (según estándares industriales destilados de misteriosos focus groups) nuestras primeras opciones son: sonreír, sonreír abriendo más la boca o los ojos, sonreír hasta que los ojos se cierran solos y sonreír hasta llorar. Una verdadera dictadura de la satisfacción se extiende hasta cubrir casi toda la superficie planetaria.

Rápidamente Wikipedia se encarga de aclarar que los emoticones, caritas formadas con caracteres que se encuentran en cualquier máquina de escribir, no son lo mismo que los emojis. Esta palabra proviene del japonés, donde “e” significa imagen o dibujo y “moji” significa personaje: el parecido con la palabra emoción es mera coincidencia. Pero, raíz japonesa o latina, la palabra emoji sigue sugiriendo emoción, y los emojis siguen siendo la manera más sintética de comunicar estados de ánimo a través de las conversaciones electrónicas. ¿O no?

Eso si aceptáramos sin dudas que se puede expresar una emoción a través de un lenguaje intermediado por máquinas, ya no por instrumentos. Si dijéramos por ejemplo que un emoji llorón es válido como prueba de auténtica tristeza. A la hora del recuento de las huellas del discurso digital, del análisis escrutador del “te dijo le dije me dijo”, quizás tengan algún valor de verdad. A medida que volvemos la atención a nuestra interfaz muscular conocida como cara, no tanto. No siempre lo que tipeamos es fiel a lo que estamos sintiendo. Nada más común que poner el emoji que ríe hasta el llanto mientras andamos con cara de foto carnet porque, a fin de cuentas, para eso usamos las máquinas. Para que hablen por nosotros.

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Qué es lo que “es”

Antes de seguir convendría ver primero qué son las emociones, y ese “ver qué son” implica analizar demasiadas opciones. Sería imposible aclarar esa duda con un solo artículo como este, con mis credenciales dudosamente científicas. Lo que puedo afirmar es que aparentemente conozco bastante de emociones, sobre todo porque más de una vez me dijeron “sos muy sensible” (frase que siempre repliqué con una emoción aún más intensa, claro). Sé, por ejemplo, que las emociones no expresadas pueden causar olvidos reiterados, dolencias físicas o hábitos poco saludables. Sé también que no todas pueden expulsarse hacia afuera al toque. A veces no quieren aparecer o no encuentran la audiencia adecuada; otras veces son demasiado tímidas y asoman medio tarde, o se equivocan de audiencia y la cosa se complica aún más.

Algunos dicen que las emociones surgen del cerebro, otros dicen que del corazón, y unos pocos postulan otros órganos del cuerpo como responsables del sentir. Sin importar su origen, son las reacciones emocionales las que nos atraen o repelen a otros seres o situaciones sociales. Es en este punto donde otro concepto novedoso aparece: la inteligencia emocional. Originalmente llamada inteligencia social y demasiado popularizada durante los años noventa, para mí es como la inteligencia que uno dice que tiene cuando el coeficiente intelectual o el promedio de la escuela es más bien bajito, una especie de premio consuelo.

La inteligencia emocional es un concepto que, atención a la redundancia, intelectualiza la emoción, sacándola del estante de la sensiblería y llevándola de ahí sin escalas junto a otras destrezas útiles. Un ser que usa su inteligencia emocional sabe cómo relacionarse creando entornos amables, adaptándose cuando es necesario o discrepando si hace falta. No va al choque ni dice sí a todo pero conoce y gestiona los límites de múltiples situaciones. Es decir, alguien muy parecido al abuelo pitufo haciendo que la aldea funcione pese al haragán, al gruñón, al tontín… que claramente no cuentan con la dichosa inteligencia.

Al tema del manejo adecuado de las emociones lo trató de manera superficial pero interesante la peli Intensamente [1]. ¿Dónde estaban todas las emociones? En la cabeza, regulándose por medio de un coso con perillas y lucecitas de alarma, archivando recuerdos teñidos de uno u otro color, administrando eficiente o deficientemente los sentires. La manera en que unas iban siendo más dominantes que otras, sin embargo, no deja de ser una metáfora bastante acertada. Pero siempre me hizo un poco de ruido que el corazón o la panza no aparezcan por ninguna parte.

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Insensatez y sentimientos

Lo que hasta ahora muy pocos han intentado es aceptar a las emociones como son, es decir, de tantas maneras como personas existen. Hay quienes intentan demostrar que las emociones tienen su rol particular en relación a la salud, pero no tiene nada que ver con andar sonriendo todo el día y ser 100% funcional socialmente. Tampoco con inundar al entorno y a las personas que coexisten con nosotros declamando las impresiones propias a cada rato. Una emoción, una reacción o un sentimiento se parecen mucho a las palabras: todos creemos que el otro entiende lo mismo que yo, que compartimos el mismo significado, y en realidad no. Es más bien una nube difusa lo que señalamos para darnos a entender. Cosa que, en vez de desalentar los planes de conocernos mejor, debería volverlos mucho más divertidos e impredecibles.

Dar lugar a las emociones no dista mucho de dar lugar a lo que cada uno es. Y nadie es lo mismo para siempre, nadie permanece inalterable mientras las experiencias van formando o deformándonos. Las emociones en estado puro no son siempre sublimes, útiles, atractivas. A veces son una porquería y expresarlas es algo parecido a vomitar ácido: nadie quiere hacerlo, nadie quiere presenciarlo. Pero cuando quieren salir hay que buscarles pronto un espacio. Cierta pensadora contemporánea ya lo decía, “si querés llorar, llorá”.

Ahí anda la corporación de los emojis con la lista oficial de los nuevos sentimientos transmitibles modelo 2018. Frío polar, calor agobiante, cara con corazoncitos, cara de ebriedad. La alegría parece que nunca va a dejar esos primeros tres renglones, fija e imperturbable, como diciendo lo que se supone que tendríamos que transmitir más a menudo. Menos mal que alguien programó el menú de emojis usados recientemente y dejó un espacio para el mambo personal.

 


[1] También está la peli de los emojis pero a esa no la vi. ¿Me perdí de algo?

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