Autor: Emiliano Salto

 

La pizza que se enfría entre Ana y Javier no fue preparada en el momento. Su superficie está desnivelada, por lo que la muzzarella se acumula en el centro, dejando demasiada corteza. Javier se reconoce como el ingeniero de la situación: los dos, atrapados en una maqueta tamaño real. La pizzería es la escenografía de cartón en una película muda. Muros descascarados, fotografías de semi-ídolos locales, botellas de cerveza de marcas que nunca se ofrecieron a la venta juntando polvo en un estante sobre el mostrador; dos mesas pobladas por ancianos que beben café y leen el diario, sin hablar. Quizás Javier no abrió la pizzería en la que se encontraban, no recicló la masa sobrante de la noche anterior, no contrató a familiares sin experiencia para atender el local, pero sabe que el guión de la obra es de su autoría. Claro que lo sabe: Ana se lo recuerda, con sus lentes marcianos formando una pequeña celda infinita, sentada frente a él en una silla incómoda de jardín (recurso barato de decoración kitsch). Las miradas vacías se cruzan mientras la pareja tironea con fuerza del círculo gomoso para desprender una porción. Javier, cubierto por su camisa a cuadros grunge, está encorvado como un chimpancé de caricatura; se concentra en su mitad de la pizza, o la que considera su mitad. En cualquier caso, para Javier, Ana siempre termina apropiándose de una fracción que no le corresponde, estropeando la simetría del alimento.

—Tendríamos que haber salido más temprano —Ana se recoge el pelo sin dejar de masticar.

—Ya sé… Pero me tocaba que terminar un informe para el laburo.

—Te convendría empezar a manejar mejor tus tiempos. Hace una semana que pedí que me acompañaras al mercado.

—Sí, bueno, pero las cosas se me complicaron —el índice derecho de Javier recorre suavemente su borde de la mesa.

—Siempre se te complican las cosas, Javier. Siempre. Por qué no te organizás.

—Claro. Pero estoy tratando de organizarme. Se me hizo tarde a la vuelta ayer, cuando te dejé.

—Es que es eso también. Te ponés a hacer boludeces.

—Boludeces no. Me tiré a dormir un rato y se me fue el día.

—Y te despertaste tarde y tuviste que pasar de largo para hacer el informe. Y esta mañana no me acompañaste al mercado.

—Yo quería… Te iba a llamar…

—Si hubiésemos ido al mercado podríamos haber preparado una comida piola —Ana enfoca el marrón oscuro de sus ojos en una aceituna seca—.  Che, ¿estás bien? ¿Pasa algo?

Javier no escucha. Los sonidos que salen de Ana se vuelven ecos sordos. Por un momento, en lo que parecen segundos, Javier detecta  a la distancia, detrás de Ana, la figura de ¿un hombre? gateando. Un cuerpo que se desplaza entre crujidos. La cabeza baja, despidiendo un barro verduzco por la boca. La cosa-hombre gruñe, o protesta. Con los ladridos de dos perros, Javier regresa y la figura desaparece. Los ruidos de la pizzería y las palabras de Ana se sincronizan. Él no piensa decir nada. Si hubiese algo necesario para decir, tendría que ver con la necesidad de darle un tiempo a la relación. De separarse. La opción que ambos consideraban desde hacía ya un tiempo, pero que ninguno se animaba a proponer.

—Sí, sí, te escucho. Perdoná.

—Te desconectaste por un momento. ¿Seguro que estás bien?

—Sí, sí, perdón. Es que no sé si era necesario ir al mercado. Digo, no sé. Con comer algo al paso yo estaba bien por hoy.

Javier estaba más que bien con una comida al paso. Estaba excelente. La comida al paso significaba exactamente eso: una comida que se consume “de camino a”. La comida al paso no demandaba tiempo valioso, no necesitaba una hora de viaje al mercado, dos horas de carnicerías, verdulerías, panaderías, pescaderías (con variaciones de precio al centavo) y una hora de vuelta. “Vos comprá las papas y yo el pan”, “Buscá la carne y encontrame en la cola de la panadería para que elijamos juntos”. El tiempo dictado por una máquina expendedora de turnos, el tiempo verdura: 47, una señora de bata floreada pero sin aroma de flores compra tres plantas de lechuga. Javier no limpia el interior de su inodoro; 48, un cuarentón demora la fila porque quiere que su hijo de cinco años le entregue los billetes al verdulero “pagale al señor”, guiño cómplice entre adultos con mucho para avergonzarse. Javier debería estar lavando sus sábanas y cubrecamas; 49, discusión entre el verdulero y un anciano de boina, aparentemente fugado de una ficción inglesa en el período entreguerras. Javier podría estar cortándose el pelo. Lo necesita.

—Una comida al paso no te sirve, Javier —Ana enfatiza agitando las manos y haciendo sonar sus pulseras—. Yo también estoy cargada de cosas, más en esta semana, pero organizo el tiempo para comer bien.

—Sí, bueno, pero por un día… Digo, ¿qué pasa si no como bien un día?

—No es un día. Son casi todos los días. ¿Cuántas veces almorzaste bien en la semana? Te lo pregunto por tu salud. Me preocupo.

—No me acuerdo. La mayoría… —el cuerpo de Javier da un pequeño respingo en su asiento.

—No me mientas, Javier. Eso tiene que ver con que estés bajoneado todo el tiempo.

Javier no creía en un “todo el tiempo”, sino en momentos. Unos momentos atrás, Ana debía asistir al cumpleaños de un ex compañero de secundaria. El compañero en cuestión recibía un sueldo modestopor ocuparse del área de atención al cliente en una sucursal local de Hewlett Packard. Ana no tenía especial interés en acudir a la celebración, Javier menos. Sin embargo, a pesar de que, en la opinión de los dos, las reuniones con compañeros de trabajo sólo servían para recordarle a uno lo mucho que odia su trabajo, faltar a la cita hubiese traído mucha rispidez en el ambiente laboral. Así, Ana quedaba condenada, y Javier también.

El cumpleaños obligado se desarrolló en un departamento céntrico de dos ambientes: pufs regados por el piso, estantes minimalistas de madera blanca, adornos de precio elevado hechos en oriente (como un cenicero que se autovaciaba al presionar un botón o percheros en forma de notas musicales), stickers y cuadritos de cartón con las efigies de estrellas pop, una mesa redonda de madera de pino, lámparas rojas adornadas con iconografía china, vinos variosque serían juzgados individualmente, sin comida. Para Javier, los participanteseran intercambiables. Daba lo mismo que la chica a su derecha fuese Lucy, Chuqui o Lichi; el cumpleañero podría haber sido un Matías o un Jerónimo. A Javier no le daba lo mismo su posición. No le daba lo mismo el no poder girarse y dejar de ver a esas personas mientras discutían y compartían anécdotas que a él le resultaban desconocidas. Empezaba a pensar que ninguno podía moverse del lugar, que los mosaicos bajo cada uno de los invitados eran magnéticos. Todos eran figuritas de metal, fijadas a un juego de mesa infantil. Al mismo tiempo, la obligación de participar del encuentro crecía. Con cada mirada de Ana, cada roce de su brazo. Javier asentía a todo, manteniendo una media sonrisa plástica,como un muñeco de cabeza flotante. Intentaba establecer contacto visual con cualquiera de los interlocutores, pero el mínimo reconocimiento desaparecía instantáneamente. Javier no quería estar ahí. Estaba molesto. Ana lo sabía, y no demandaba de Javier algo distinto. Pero él no sentía lo mismo.

—No siempre estoy así, son estos días.

—Estos días, la semana pasada y la anterior —Ana cierra la frase empujando su silla hacia atrás—. Te vas moviendo como por inercia vos. ¿Hola? ¿Javier?

Javier se siente desaparecer de nuevo. Intenta hacer el esfuerzo de responder, de decir algo. Forzar, si es necesario, una discusión seria sobre el futuro de la relación. Hablar de cortar, si llegase a eso. No puede. No puede hablar y no puede decirle a Ana lo que se lo impide: el escenario a sus espaldas. Como un efecto computarizado sobre una pantalla verde en la posproducción de una película, la horrorosa figura, de nuevo, se forma de a retazos. Esta vez,  tiene el doble de miembros. ¿Dos seres unidos? Un híbrido.Los cuerpos se yerguen descoordinados a veinte metros de distancia y se acercan tambaleándose, propulsados por un continuo de lamentos. Dos cabezas, y en una, la única visible, un rostro desfigurado en su lado derecho, casi derretido. El lado izquierdo cubierto por un trapo amarillo, sostenido en el lugar por una unión invisible. El torso semidesnudo plagado de moretones. Javier distingue un sonido entre los gemidos: tngokvlove, tngokvlove, tngokvlove, una y otra vez.

— ¿Javier? ¿Javier? Estás medio ido —Ana elimina la visión espectral de la mente de Javier, despegándose de la silla de jardín, de la mesa y de la pizza a medio terminar—. Mejor seguimos la charla después.

— Sí, mejor. Esperame —Javier se gira en dirección a la moza, dibujando una firma invisible en el aire para pedir la cuenta.

***

 

El Almacén en el que trabaja Ana se distingue de los otros almacenes del barrio. Es un Almacén de Arte. Esto no sólo se debe a que al socio de Ana, un actor de teatro a medio tiempo, le resulta repulsiva la idea de encontrarse con gente del ambiente y responder con un “soy almacenero” a la pregunta sobre su ocupación.  El Almacén de Arte se distingue por sus palabras y su porte: cada cartel señalizador, cada anuncio de oferta, cada precio, responde a una estética circense de refinado jugueteo. Las eles y eses se estiran y enrollan en firuletes innecesarios; no se puede comprar sólo manzanas, las manzanas que se compran parecen eléctricas porque la z del cartel vibra en un relámpago de tiza. Ana no comparte los intereses estéticos de su socio, pero el local pertenece a la madre de éste, así que ella con gusto tiene que cortarfetas de jamón o paleta con una máquina cubierta de calcomanías artesanales. Usa como cambio los caramelos de frascos protegidos por muñecos de goma de dinosaurios, aunque siempre estuviese al borde de romper uno,  golpeando  los cuernos del triceratops. Ana con una sonrisa y un chiste rápido sobre el clima, al tiempo queTravisBickle, de Taxi Driver, observa inclementemente a los desconcertados clientes desde el muro a sus espaldas. Con todo esto, el Almacén de Arte es el más exitoso comercio particular del barrio. Quizás el especial cuidado estético da resultado a la hora de atraer clientes, o quizás el precio del kilo de mandarinas tenga algo que ver. Sin embargo, Ana no encaja con el diseño bohemio del lugar: sus veintiséis años transmiten una afinidad etaria con el motivo, pero sólo eso. El estilo de su vestimenta no se corresponde con los barroquismos de su socio. Ella usa pullovers color beige, jeans y zapatillas de vestir. Casi una madre de mediana edad, pero sin hijos o arrugas.

Hacía dos años que Ana y Javier alquilaban un departamento de dos habitaciones frente al almacén. En los últimos cuatro meses, Javier había tomado por costumbre visitar a su pareja en el trabajo. Ana casi desearía dejar de trabajar en el almacén. Tener que encontrar empleo al otro lado de la ciudad, y que, con el tiempo, la distancia lograse disolver la relación por inercia. Ahora, Javier entra de nuevo por la puerta del local.

— ¿Qué hacés? —grita Javier antes de abrir por completo la puerta del almacén.

—Acá, haciendo nada —Ana contesta sin dejar de rellanar el frasco de comida para perro.

— ¿Qué estabas cantando cuando entré?

—¿Eh? No, nada.

—Estabas tarareando algo.

— ¿Sí? Puede ser. Estuve todo el día con una tonadita en la cabeza. Se me quedó pegada. Es raro… Creo que nunca escuché esa canción. No sé por qué no me la puedo sacar de encima. —Ana lleva un dedo a su cabeza, dando pequeños golpecitos—.  ¿Te pasó alguna vez? ¿Que se te quede pegada una canción que no conocés?

—No, pero sonaba como Bajo la estrella roja. Mercurio Lu y el Camino Hacia lo Real.

—Ni idea. Nunca escuché esa banda. ¿Estrella roja?

Bajo la estrella roja es el tema. Mercurio Lu y el Camino Hacia lo Real es la banda —la boca se tuerce en un intento de sonrisa—. Capaz ubiques el tema la próxima vez que lo escuches.

—No creo. Vos sos el que escucha esas banduchas con nombres inmensos.

—Pero es buena banda.

Javier usa sus dedos de cuerda para juguetear con los caramelos del cambio.

—Difícil. Las buenas bandas son las Queen, las Who, las LedZeppelin. Dos palabras máximo.

—Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

—Bueno…

—La Máquina de Hacer Pájaros.

—…

— Perdón —Javier se acomoda en un banquito en el lado derecho del mostrador—. ¿Mucho laburo?

—No,sabés que a la siesta nunca cae nadie. ¿Vos?

—Bien. Día tranquilo en el laburo. ¿Ya viste el último capítulo de Smoking Bear?

—No. ¿Ya lo viste? Ya lo viste, ¿no?

—Sé. No te pude esperar para que lo viésemos juntos.

—Pff… Igual,  floja la serie, la verdad.

— ¿Por?

—Por esta idea del viaje en el tiempo que metieron en la temporada. O sea, es al pedo: ¿para qué vas a hacer que los personajes se muevan entre dos momentos distintos si lo que pasa en un tiempo no tiene consecuencia en el otro? Digo: Shuichiro se sube en la máquina y vuelve veinte años al pasado, pero cuando cambia algo ahí el futuro sigue igual. Cualquiera.

—Creo que la estás pensando mucho. Es un dibujito animado japonés, de peleas.

— ¿Es mejor dejar de pensar tanto, decís?

—Es mejor que te dejen en paz.

— ¿Querés que te dejen en paz? —dice Ana, adelantándose, como siempre, al embate pasivo-agresivo.

—Algo así, supongo. A mí la verdad me molesta repetir las cosas. La idea de hacer lo mismo muchas veces, de la misma manera.

—Sí. Y que no te dejen en paz —Javier se frota el cuero cabelludo con ambas manos—. Que no te dejen en paz. Como a los suicidas: si un chabón se quiere matar, déjalo que se mate. Si no jode a nadie.

— Ajá —Ana contesta girándose. Cortando con el movimiento la charla trivial—. ¿Fuiste a pagar el alquiler? Te dije que nos llegó el aviso.

—No, no llegué—Javier tironea de los cordones de sus zapatillas como para deshacerse.

—Hoy la inmobiliaria estaba abierta hasta la una, ¿no?

—Sí. Pero me levanté un poco tarde y, entre que desayuné…

—Claro —suspira Ana, anotando (nada realmente) en el cuaderno del almacén.

Cuando el Tano, vendedor ambulante (y ambulante todo), cruza el umbral del almacén, trae un poco de sol de mediodía pegado a su piel. Un europeo camuflado como hippie latinoamericano: su tez, diseñada para cubrirse con el techo de una panadería, parece un mapa en papel oxidado; pelo largo atado en una trenza, y sabias canas plateadas que contrastan con su forma desarticulada de marioneta colgante. Lleva un bolso de cuero gastado, que parece infinito. El Tano parece patinar sobre las palabras que componen el pensamiento de Ana al verlo por la ventana: “que no entre”.

Ani, mi amiga —el Tano sonríe con dientes de tabaco, sobre el mostrador—. Lindo para una birrita, ¿ah?

—Lindo, sí. Está lindo. También está lindo para que me pagues las dos que me pediste fiadas la semana pasada.

—Pasaba por eso. Para decirle que me espere hasta la noche —se lleva las manos a los bolsillos—, que junte algún dinero.

—No me voy a poner la gorra, pero a mí me dijeron que no te fíe más a vos —Ana ojea un cuaderno Rivadavia lleno de números tachados—. Hacé la moneda, págame a la noche y no vamos a tener problemas.

—Esta noche tiene lo que le debo, amiga. —Cuatro cuadritos en tonos de acuarela verde saltan del bolso del Tano hacia su mano. —Mire, ahora que empecé a mover esto, lo que hago yo.

— ¿Dibujos en moco? ¿Estás de decorador ahora?

— ¡Ja! Me extraña. Esto es una producción ar-te-sa-nal…

—Como el moco.

—Esto es arte, amiga. Arte que cura.

— ¿Cura? —Javier interfiere, sin dedicarle una mirada completa al Tano.

—Claro, claro. Mi arte hace que la gente se sienta bien. —Acerca un paisaje a la altura de sus ojos. —Mirando mis cuadros la gente se relaja, vuelve a un lugar mejor.

— ¿Cómo que vuelve?

—Lo devuelve. Le saca los problemas de ahora y lo manda en un viaje hacia otro momento. Mejor —sigue—,problemas de pareja… problemas de testa… cura todo.

Javier considera por un momento si el Tano podría haber sido, en otra vida, un promotor de fármacos. Se pregunta por la ventaja comercial de vender arte plástico de manera ambulante. ¿Por qué no tarjetitas con dibujos de ositos? ¿Pañuelos, bolsas de consorcio o broches de ropa? En cualquier caso, está dispuesto a perder un poco de dinero en chucherías si eso significa liberarse del discurso de ventas.

— ¿Ah sí? ¿A cuánto está?

—No le preguntes  —le dice Ana a Javier—. Es al pedo.

—Amiga… —el Tano se vuelve a Javier—. El precio no se lo puedo poner yo, pero a usted se lo ve preocupado. No sé…Le acepto lo que usted crea que vale mi trabajo.

—Sabés que esto no te conviene, Javier. Con los mambos que…

El comentario de Ana tiene un sonido similar al de una enorme variedad de contraindicaciones. “No te conviene” no se habría referido entonces (ni ahora) a un concepto genérico. En cambio, la frase advertía específicamente de una serie de conductas que podrían perjudicar a la pareja. Javier tenía la costumbre de gastar dinero necesario en caprichos innecesarios.

—Debo tener treinta pesos acá… —Javier finge revisar sus bolsillos, sin reconocer el comentario de Ana.

—Amigo, mi trabajo vale un poco más. Unos cincuenta.

—No creo que tenga más…

—Bueno, bueno. Le acepto treinta —el Tano arranca los billetes en el mismo movimiento con el que exhibe los cuadritos–. Elija el que le guste.

—Ese —indica Javier con la barbilla.

En el cuadro elegido, una calle céntrica permanece eternamente iluminada. En el sector inferior izquierdo, dos perros detenidos en posiciones de ataque. La disputa nunca se resuelve. El lado derecho del cuadro está invadido por un edificio. Las pinceladas improvisadas del Tano nuncaterminarán de definir si los habitantes de la estructura trabajan en una oficina o en un restaurante.

—Listo, ya cansaste. Hiciste la venta, déjame lo que puedas ahora y a la noche me traes el resto —Ana se interpone entre Javier y el Tano.

—Esta noche le saldo la deuda. No se preocupe usted.

 

***

 

Dos días después de que el plazo del Tano se hubiese vencido, Ana regresa al almacén con cinco kilos pan francés recién comprados. El primer tirirín de whatsapp vibra su bolsillo derecho.Es él. Mientras el mensaje de audio se carga ante sus ojos, los ruidos de rejas pesadas, chocando entre sí, anuncian la hora de apertura de Elkiosco de Tito, comercio que compite directamente con el Almacén de Arte. En su momento, Ana había criticado la decisión de Tito de cubrir con rejas de acero negro el frente de su local. Los dos empleados del kiosco, trabajando en negro a turnos de doce horas, parecían más prisioneros de un calabozo medieval que comerciantes protegidos de la inseguridad barrial. Con la voz desarticulada por los circuitos gastados del celular de Ana, Javier dice (como dijo muchas veces antes): “¿Podes venir más temprano del trabajo? Me siento medio bajoneado. Sé que estamos mal, pero podemos…”. La última parte del mensaje se pierde en el saludo de Julián, el cuida-autos de la cuadra. Ana asiente de vuelta. A sesenta metros de la casa de Javier, Ana escucha el segundo mensaje de audio, que llega con la carga del primero: “…no pude dormir en toda la noche. Estoy muy mal”. El anuncio en pizarra de Criollo Loco, panadería hippie de la zona, se convierte en una valla a franquear. Esto le resulta extraño a Ana ya que, a pesar de encontrarse en horario laboral, la lógica de apertura y cierre de Criollo Loco parecía responder siempre a una arbitrariedad hasta ahora indescifrable. Los empleados del comercio seguían a rajatabla el precepto del panadero en jefe: se abre cuando se venda.

Las piernas de Ana tiemblan en un ligero espasmo cuando una pared de sonido la detiene a pocos pasos de la casa de Javier. Escucha la música que viene repitiéndose en su cabeza por una semana. Esto no es un problema en sí. Ana se apura ahora, porque se da cuenta de que la melodía ya no viaja, como antes, desde ella hacia afuera. Las palabras. Una lírica perfectamente distinguible empieza a ocupar el lugar que debería pertenecer sólo al sonido desnudo. “Viajás… completamente sola… bajo una estrella roja…”. La canción de Ana, ese ritmo que la persigue por mañanas, tardes y noches, tiene una voz, y eso la desespera. La desespera porque reconoce la fuente: un taxi estacionado a la salida de su almacén, frente a su casa. Esto es un problema: Ana reconoce el tono y el ritmo de los sonidos que escapan del vehículo, no porque se correspondan con otro momento, otro lugar, anterior, sino porque sabe que los escucha por primera vez. Sabe ahora que este momento, y no otro, es el momento en el que la canción comienza a existir en su mundo. Desesperada, Ana se arroja sobre su puerta de entrada. Javier tiene la llave, piensa. Golpea con sus puños y sus rodillas, antes de recordar que le habría dejado un repuesto a su vecino para este tipo de situaciones. En el último giro de la llave, Ana escucha a Javier en la habitación antes de mirarlo. En cuatro patas, semidesnudo, despidiendo un líquido verduzco por la boca, Javier se arrastra con torpeza. Sobre el piso de mosaico blanco, coloreado ahora por el vómito, Ana nota el cuadro de acuarelas verdes del Tano.

— ¡Siempre me acuerdo tarde! ¡Lo hiciste de nuevo! ¡Me acordé tarde, de nuevo! —grita Ana mientras se arrodilla y extiende sus brazos.

El cuerpo de Javier, que hace minutos luchaba por ponerse de pie, desaparece en un parpadeo. Ana no se sorprende. Sabe lo que pasa. Sabe lo que va a pasar, aunque intente detenerlo. Javier regresa a la habitación medio minuto después. Ahora completamente erguido, tambaleándose. “Tengo que volver”, repite una y otra vez, dirigiéndose a la cocina, en donde una pava silba de hervor. Ana corre detrás. Intenta aferrarse a él por los hombros para no dejarlo escapar. No de nuevo. Javier la rechaza con un revés de su mano derecha. En el mismo movimiento pierde el equilibrio y tropieza. En su caída, Javier arrastra la pava. El agua caliente se detiene sobre el lado derecho de su rostro. Ana reacciona tomando un trapo de cocina amarillo para cubrir la zona afectada. Javier no se detiene. Un tengo que volver le parece escuchar a Ana en la boca desfigurada de Javier, mientras éste se pone de pie y vuelve a la habitación. Tngokvlovetngokvlovetngokvlove es lo que realmente suena. Ana ve a Javier por última vez, pero sabe, aterrada, que es sólo por esta última vez y que vendrán muchas otras últimas veces.

—Siempre pasa lo mismo. Siempre —dice Ana en una súplica que sabe inútil—. Podemos cortarlo acá. Separarnos ahora. ¡No tenemos que volver!

Ana se aferra con fuerza a la espalda de Javier, mientras éste sostiene con una mano sobre su rostro el trapo amarillo y con la otra el cuadrito del Tano. No ve nada más. Sólo la imagen del cuadro. Ahora la habitación que los rodea se desvanece por completo, y su único escenario es una calle. Dos perros furiosos, ladran y continúan la disputa interrumpida por la acuarela. Javier y Ana se vena sí mismos, a la distancia: sentados frente a frente, separados por una pizza que se enfría. El Javier de la pizzería, el del pasado que será futuro, hace una firma invisible en el aire y pide la cuenta.

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