Autor: Lucas Fantin

 

Algo estaba temblando. Seguro era la mesa. ¿Por qué? Seguro era otra vez aquella señora del sexto haciendo lo mismo que hacía todos los domingos. ¿Qué era? Tal vez festejaba la “victoria”. El ojo derecho de Matías Drum Giménez se hundía sobre la pantalla. Un hombre de corbata roja y saco tal vez marrón (“tal vez”, televisor Sanyo, pobre señal, baja definición, ofertas de navidad) agitaba la mano desde un palco rodeado de personas de sacos tal vez marrones y corbatas rojas. “Se tratará el problema con delicadeza para que todos salgamos satisfechos, el orden debe ser reestablecido”. ¿Qué problema? Supongo que ese problema que todos tenemos al intentar combinar el marrón y el rojo. La mesa estaba temblando de nuevo. “Comportesé señora”. Se escuchaban sus tacos en el techo. Los festejos continuaban. La 3era guerra estaba llegando a su fin.

Matías Drum Giménez, cuya única prenda de vestir era un calzoncillo blanco con patitos amarillos, se levantó del sillón y se dirigió a la cocina cruzando la sala de estar para hacerse un café. Hacía gala de su suéter de pelos mientras caminaba. La puerta estilo “viejo oeste” que daba a la cocina quedó moviéndose un rato largo luego de ser atravesada, como si un niño se hubiese puesto a jugar con ella en un día de inquietud. Mientras se servía el café amarronado (el muy idiota no calculó bien el agua), admiraba el cuadro que a él tanto le gustaba y que había colgado con gran alegría al lado de la heladera. “Una hermosa representación de la batalla de Ingeniero P. Campbell, con sus héroes sosteniendo una bandera de la patria nuestra y una estatua de oro del héroe en el medio que representa la valiosa victoria“. La estatua siempre le había parecido algo conocida. Una sensación de venganza era lo que alumbraba los ojos de Matías Drum Giménez escondiéndose detrás de aquella gran sonrisa que le provocaba, como si un mal recuerdo se hubiese transformado en uno bueno y digno de alabanza. Un monumento con forma de hombre gordo, calvo y cincuentón. “Ay, la puta madre”. Un hombre gritó desde el departamento de al lado. Tal vez se chocó el dedo chico del pie contra una mesita de luz. Un clásico. “Yo putearía igual”, pero a pesar de la empatía largó una risita medio aguda muy impropia de él. Últimamente se escuchaba todo con esa “ventana-agujero” que había excavado un proyectil la semana pasada.

Abrió la puerta, presionó el botón que llamaba al ascensor. Al accionarlo, se prendió la luz. En el pasillo, los reflectores anaranjados lo sorprendieron: todavía no se había vestido. Un pato amarillo lo vio sonriente desde allá abajo y se sonrojó (él o el patito). “Mierda”. Se acomodó el parche del ojo izquierdo que llevaba gracias a las grandes y heroicas hazañas del Capitán Rémora Augusto Cortés. Bueno… heroicas para su tripulación. No para el pobre Matías “el tuerto” Drum Giménez, enemigo acérrimo de aquel pirata. Sin rencores: la guerra es la guerra y hoy se terminaba. O eso creerían la mayoría de los habitantes de Nueva Beralintia por muchos años (más de los que les gustaría admitir).

Podría decirse que había muchas cuestiones que Matías Drum Giménez olvidaba, por ejemplo, el hecho de que no había un ascensor y el botón que había accionado tenía como única función prender la luz del pasillo.

Ya vestido, bajaba por unas escaleras de caracol a medio construir o más bien a medio destruir. Los ladrillos mohosos se mostraban en su rojizo desmoronamiento, tiza muerta que había dejado un cañón. En el tercer piso las puertas de madera mostraban sus dientes astillados y la pareja del “a” hacía de cuenta que la suya era corrediza.

La señora del “f” abría su “puerta colgante” de un sólo pestillo.

-¡Hola Mati!

-Buenos días, eh… señora -por supuesto: había olvidado su nombre.

Mientras bajaba a lo que quedaba del primer piso, sus ojos comenzaban a cerrarse víctimas del sueño. “Pero ¿cómo…?”. Lo recordó, había dejado el café sin tomar sobre el mármol frío de la mesada de la cocina. “¡Hay que ser!”. Decidió seguir bajando por la escalera caracol a pesar de tener que acurrucarse contra la pared por la reciente falta de barandal.

Pisaba las cartas que, sin buzón y a razón del viento, se encontraban dispersas en la entrada de su edificio. Jorge, el portero, estaba agachado con las rodillas en el piso tratando de encontrar alguna que le perteneciera al tuerto.

– ¡Acá está! Llegó recién- decía el flaco y avejentado Jorge mientras trataba de articular una sonrisa demacrada a través de los visibles huesos de su cráneo. Los ojos grandes pestañeaban y su artritis lo hacía ver como el mismo guardián del limbo. Y tal vez eso era. Una manifestación del dios Nren’zae, quien en los campos de asfódelos custodiaba el portón por donde las almas perdidas llegaban para estar un poco menos perdidas que en vida. Se rascaba el culo porque la etiqueta del pantalón del jean nuevo le raspaba.

Las casas y edificios que dejaba atrás al caminar por la vereda empedrada constituían un paisaje lamentable y algo anaranjado por los coloridos techos a dos aguas de los hogares destruidos a su izquierda que se intercalaban entre rojo, amarillo, negro o gris según cuántas tejas hubiesen sobrevivido a los impactos de los ya famosos cañones que “el enemigo” había arrojado: si 1000 de color rojo, si 700 amarillo, si 500 negro, si 300 gris. Todavía había una dormilona en aquella habitación que había quedado al aire libre por la bomba del viernes. Desde su lado, Matías podía ver claramente el poster de John Lennon en la pared levemente azulada de la habitación y, colgando como un péndulo preciso, el atrapasueños destejido que le había hecho la madre de la chica unos días antes de la guerra. Ella, pálida como muerta, hacía llegar sus ronquidos hasta el otro lado de la calle, hacia el otro lado del mundo, hacia los oídos desatentos de Matías Drum “el tuerto” Giménez. Como reflejo de dormida, llevó las sábanas hacía sus piernas desnudas y luego hacia su pelo negro. “Esta generación de vagos”.

Tosiendo un poco, Matías siguió el caminito de la vereda empedrada. Pronto depositaría sus ojos en un artefacto dorado, tan chiquito como un pulgar y que residía sobre el frío y demacrado pavimento. Se apuró a cruzar al ver que no venía ningún auto y levantó aquel pedacito de metal. Algo así como un cilindro dorado que terminaba en una punta plateada, reluciente, refulgente, obnubilante y otros “ntes” más. Era efectivamente una bala. Pero esta tenía una particularidad que nunca había visto en ninguna otra: no estaba usada.

Iba llegando al café donde estaría él.

Javier Campbell era la persona más fría que conocía. Su mirada le hacía recordar a esas noches de campamentos en lugares de temperaturas bajo cero, cuando se encoge uno bajo la bolsa de dormir en posición fetal, humillado por la temperatura, reducido a un mero ser sin dignidad. Matías sabía que llegaba tarde. En el café Good Memories lo esperaba efectivamente aquel hombre de saco, pantalones y sombrero blancos. Una ligera corbata de color celeste que combinaba con su camisa del mismo color quebraba el absurdo misterio que era aquella figura seria cuya única preocupación visible era llevarse una tacita de té con leche a la boca. Se sentó apurado con temor a hacerlo esperar aún más. Javier, haciendo gala de sus hermosos guantes blancos, no lo miró.

-Llegás tarde.

-Sí, pero… -intentó replicar.

-Tarde es tarde, Giménez, excusas podrá tener miles -la voz seca no parecía un reto, pero aun así Matías insistió.

-Tuve un altercado con la memoria.

-Bueno, ya deje esas tonterías -a Javier no le gustaba mucho decir malas palabras- ¿Todo listo para la noche?

-No.

– ¿Qué falta, Giménez?

-Más de estas -en seguida puso la bala sin usar encima de la mesa. El reflejo del sol encandiló al blancuzco personaje haciéndole doler los ojos por lo cual puso su mano en frente e hizo una señal algo exagerada de disgusto.

-Esas ya no deberían conseguirse -atinó a decir Javier al recuperarse- ¿Dónde encontraríamos un arma para usarlas en medio del desarme?

-Estás un poco pecando de ingenuo hoy, Javier.

-Agh, cállate bellaco –Javier alejó su mirada de la de Matías con disgusto de sensibilidad refinada. Este último siempre se preguntaba por qué hablaba así si no era extranjero. Las dos partes se mantuvieron en silencio un largo rato.

En el mismo local, dos hermanas de sangre prepararon sus manos como para abalanzarse una sobre la otra. Mantuvieron su postura con los puños y en posición de boxeo intenso, en “ready”. Cinco minutos de inmovilidad después, dos mozos se acercaron (uno a cada una) y les entregaron los ponchos, un sombrero y un facón. Apuntando cada una con su cuchillo en mano, esperaron el refucilo tradicional que el dios descargaba sobre las nubes en peleas como esta. Las miradas entre ellas se intensificaron. El trueno resonó (como era de día, nadie había podido ver la luz del rayo). Y comenzó. La pelea duró varios minutos pero consistió más que nada en amagues, insultos y bailes amenazadores. Una de ellas hacia la danza de la lluvia y la otra la de la mañana. La risa como virus explotó en el local y las contrincantes se abrazaron. Se sentaron una vez más en su mesa para seguir conversando como si nada hubiese pasado (aunque en realidad nada pasó).

Sorprendidos por la escena, nuestros comensales favoritos sonrieron sin decir palabras, aunque pocos minutos después retomaron su charla. Planearon todo para la “revolución” como la llamaban ellos. Como líder, Javier M. Campbell, explicaba los pasos a dar mientras que Matías Drum Giménez anotaba en una servilleta punto por punto para acordarse y luego escribiría desprolijamente en la palma de su mano “Revolución: ver servilleta” para acordarse de que tenía que acordarse.
Poncho López no sabía lo que era una revolución pero estaba contento de pertenecer a algo. Javier le había explicado con paciencia de maestro de preescolar cada detalle del plan y a pesar de no entender bien, Poncho López asentía vigorosamente con la cabeza. Al fin sería parte de un gran cambio para su nación y eso lo hacía emocionarse al punto de que veía a los hombrecitos rojos y tal vez marrones de la tele con bronca acumulada, aunque de hecho la bronca le había surgido hace un par de días. Todas las palabrotas juntas le brotaban como forúnculos amarillentos cuando veía a esos “personajitos” en la pantalla desarrollando una idea de paz que, según Javier, no podía concebirse en “una sociedad tan avanzada como la nuestra”. Le hervía la sangre e insultaba con fuerza. Era entonces cuando Javier lo castigaba por “hablar con mal gusto” y lo mandaba a su pieza donde del cansancio se dormía viendo en la oscuridad una lámpara de “lava viva” (de esas que se compran ahora en los supermercados y que contienen en ellas a los demonios-amebas que flotan y brillan con incandescencia por la cantidad de lágrimas de niños-bestia que han recolectado en la inquebrantable infinitud del tiempo). Sus ojos se abrían de par en par y dejaban entrar la luz incandescente hasta que inducían el sueño profundo en sus ojos. Este era el momento más mágico de la noche. A continuación, se relata de manera generalizada lo que a Poncho López le sucedía durante sus horas de descanso:

Lo que resultaba más difícil era, sin duda, ubicarse. Pero una vez que esto sucedía, Poncho López podía reconocer su cuerpo etéreo vagando por las alturas, con el mundo a su disposición. A su vez, sin poder controlar esta especie de “poder”, podía volverse materialmente visible por segundos. Esto se había vuelto rutinario y la gente alrededor del mundo ya estaba acostumbrada a ver “Ponchos López” por todos lados y a veces más de una vez por semana. Usualmente no se armaba ningún revuelo por estas apariciones incoherentes y vagas: si un padre y su hijita caminaban por la calle de Rocobda y veían una, el padre explicaba tranquilamente que lo que se había visto era un “Poncho” y que no podía dañar a nadie. Algunas veces, cuando las amebas se adueñaban de la mente de Poncho al momento de la “aparición”, sustituían la voz de Poncho López por la de ellas y daban contundentes profecías surgidas de lo profundo e ignoto de los eones, como vómito del alma de algún niño-bestia. Sólo una de estas a lo largo de la tediosa y casi inmortal vida del poco cerebral Poncho López se había cumplido.

Al levantarse de una de estas extrañas siestas, López salió silbando contento hacía el café Good Memories que tanto encantaba a Javier por parecerse más a los bares de Calidicia. Los tres hombres estaban listos para dar el golpe.

Caminaron sospechosa y coordinadamente por el Bv. San Pedro de los Bulevares a la altura del 1755. Entraron por la puertita de lo que pensaban una casa. Un pasillo que se extendía “larguísimamente” (pensó Poncho) era algo así como la única salida a la salita de espera en la que se encontraban.

-Buenas ¿Tienen cita? – dijo un hombre de tradicional traje marrón y corbata sentado detrás de un escritorio aún más tradicional.

-Si, a nombre de Javier Campbell– “ugh, esos colores asquerosos y el último botón sin abrochar, y yo que pensé que este era un lugar serio”. El sentimiento era mutuo, pues el recepcionista dejaba traslucir una mirada de odio que uno manda a quien llega tarde a una emboscada. “Así que este es el taradito”. “¿Me acaba de sonreír?”, “¿Habré dejado alguna hornalla abierta?”, “morirá sólo en la lluvia aquel que espera”.

-Bueno, pasen. Última puerta al fondo- señaló distraído mientras se hacía el desentendido mirando un papel que no parecía tan importante. El trío, de nuevo entusiasmado, se adentró en fila india por el pasillo.

Unas cuantas puertas cerradas escondían habitaciones a lo largo de este. Javier contaba 32 más la del fondo. Pasaron por el bien iluminado pasillo con dicroicas escuchando y prestando atención a los lujuriosos sonidos que salían de cada una de las puertas. No abrieron ninguna porque estaba prohibido pero la curiosidad los mataba. “Tranquilos”, les susurraba otra voz. Ninguno de los tres sabía si ella vendría del secretario, de algún alma perdida entre aquellas puertas o simplemente era una voz sin dueño pasando como el viento.

-Ay, querida ¡no sabés lo que vi!

-¿Qué, Juan?

-¡Un hombre está parado ahí!

-Ajá ¿Y?

-¡Pero Miriam! ¡Ahí, ahí!

-¿Ahí afuera en la lluvia? ¿Me podés explicar y qué tiene, Juan?

-¡Es un hombre que no se moja!

-¿Un hombre que no se moja?

-¡QUE SI!

-¡Dejá de alucinar! A ver… No hay nada.

-¿Cómo puede ser? ¡Desapareció!

-Viejo loco.

Poncho Lopez se despertó con el sonido de las cataratas. Pronto, vio el caminito de piedra verde y húmeda y vio alrededor el agua que entraba por todos lados revoltosa, colérica y espumosa bajando hasta aquella hendidura. Vio la luz de un mediodía nublado que asestaba grises golpes sobre el plácido paisaje natural, dando sospechas de domingo. En el medio vio inundado el camino de piedra que sobresalía a penitas de la laguna formada por las cascadas y por el cual habían venido. Más allá, vio incrustada en una de las piedras la puerta de pino por la que habían entrado justo detrás de una de las caídas.

A su izquierda Matías Drum Giménez leía una servilleta y Javier se sentaba entre el espumante alboroto en frente de un hombre calvo y una mesita de té. Los dos se tomaban su tiempo, muy tranquilos, disfrutando de cada sorbo mientras conversaban con voz pausada.

-Entonces ¿nos darás lo que necesitamos? – decía Javier medio riéndose.

-Sí, sí- dijo el monje, un budista al que llamaban el Pela– acá tengo todo, mira- se levantó y su pelada recién afeitada reflejaba, por su humedad, las grisáceas nubes.

Javier, igual tené cuidado -apuró un pensamiento el monje- vos sabés cómo están las cosas actualmente.

-Lo sé, lo sé.

-Ellas están en todas partes -dijo severo el Pela, como si sintiera dentro una preocupación genuina (aunque en realidad no la sentía)- el otro día pintaron y graffitearon todo el templo del Innombrable.

-Asqueroso, no se puede ser más chusma que ellas ¿No pueden ver que estamos tratando de hacer una revolución acá? -una chispa de furia que había brotado desde los confines del corazón podrido de los Campbell blandía una espada de “buenas costumbres” en sus ojos.

-¡MALDITAS!- grita.

El grito asusta a Matías quien estaba de cuclillas jugando con el defectuoso reflejo que le devolvía el agua agitada. Sin reconocer la voz de su “capitán”, se sobresaltó y patinó sobre la roca. Cayó derecho al agua. Al minuto salía empapado de pies a cabeza, quejándose por lo bajo y ya sin recordar cómo había caído.

Habían estado encerrados en ese paraíso natural más de lo que Matías hubiese querido. El Pela les había dado 12 pistolas, 10 granadas, 6 metralletas, 3 cascos de kevlar, 100 bolas saltarinas, 12 autos a control remoto, una mopa y un montón de chucherías más que eran, al parecer, necesarias para la revolución. Llevaban todo eso y mucho más en una bolsa negra de consorcio enorme que a duras penas podían cargar entre los 3 por la empinada cuesta de Albarracín al 12300. Los baches dejados por varias minas y explosiones les dificultaban un poco el paso. Matías no se quejaba. Le había tocado el extremo de atrás que sostenía sin ganas. “¿Qué habrá adentro?” se preguntaba (a pesar de él mismo haber llenado la bolsa).

Estaba atardeciendo. La séptimo Sol llamada Alinaer se acostaba fiera en el horizonte goteando luz sobre la empedrada calle. “Un magnífico espectáculo”. “Sangre” pensaba o quería pensar la destartalada mente de Poncho. Una bola rojiza de fuego eterno se posaba como apoyada en la cima de la colina de lo que, todos sabían, era luego una empinada bajada infinita hacia el infierno.

Los soles serán la puerta

El grito de la Diosa abrirá más bocas.

Alinaer caerá con justa mano

a desarmar a los vanidosos cerdos.

Pisará sus almohadas de carne

y sangrarán los corazones

hasta despertar

Esta profecía se articuló en la mente de Poncho. Uno de los pocos vaticinios que se cumpliría lo daba despierto y no dormido o en trance.

Eran Ellas. El cuerno de guerra les dio la entrada. De aquel sol que pensaban lejano, las siluetas brotaban una en una, dos en dos, tres en tres, treinta en treinta. Y el grito.

Siluetas, apariciones, “ponchoslopeces” que habían estado siempre, gritos sobre grito, siempre habían estado pero parecían haberse ido hace siglos. Nadie las recordaba. Una a una, dos a dos, tres a tres. Bajaban, corrían, gritaban. Ellas.

-No -como reflejo inaudible se manifestaba el miedo de Javier Campbell. El trío soltó su “revolución”. Esta cayó y se perdió para siempre en un agujero que había dejado una granada el día anterior con motivo de la Cuarta Guerra por Calidicia. Un hueco perdido entre dimensiones opuestas, al parecer.

-¡No! -por segunda vez.

Sin saber bien cómo reaccionar, Javier embistió subiendo la pendiente.

-¡Malditas! ¡Esta no es la forma!- gritaba y corría desesperado, sudando, con su desconcierto a cuestas.

Pronto se lo llevó puesto la estampida de Ellas y ya nada pudo ver nuestro queridísimo Matías Drum Giménez que ponía de visera su mano encandilado sin notar que lo hacía arriba de su parche. ¡Terrible suerte tendría él! Algunos se atreven a decir que peor que la de Javier. Mientras tanto, Poncho López apenas se podía mover de su lugar. Matías le había visto quedar obnubilado ante el Sol rojo y, aunque lo veía de atrás, pudo adivinar sus ojos bien abiertos, llorosos, cobrizos, dejando entrever la única palabra que le había escuchado decir con entusiasmo alguna vez: “sangre”. Y era esta la que derramaban sus ojos. Allí quedó, paralizado, Poncho López, navegador del éter onírico y falso Tiresias en sueños perdidos: con las rodillas contra el anaranjado pavimento mientras Ellas le pasaban al lado sin mirarlo. Por supuesto que Matías Drum Giménez no se había quedado a ver la escena. Ya corría escapando del embiste de la manada. Llegó pronto, agitado, a la casa donde habían estado hace unos momentos (sorpresa fue que haya recordado dónde quedaba). No esperó a que lo atiendan y al pasar por el pasillo de las 32 puertas, eligió una al azar y se metió sin vacilar.

Tropezó. Bajó rodando en bolita por el médano. Al despegar la cabeza de la arena pudo escuchar el viento que se desplazaba por el tranquilo desierto. Tan gris. “Tan gris”. La noche y el frío. Un vasto horizonte por recorrer lleno del más infinito vacío era lo que le esperaba. Se paró sin mucha consideración y empezó a caminar. Y caminar. Y caminó. A veces, caminaban. Otras, caminaba. Con o sin su sombra. Años después se le ocurriría dirigir su mirada a la palma de su mano. “Evolución: ver servilleta en bolsillo”. Parpadeó dos veces con énfasis, confundido ¿De qué se había olvidado esta vez? Buscó en sus pantalones, pero lo único que encontró fue un papel arrugado, agrietado, como si se hubiese mojado y arruinado. El dibujo era inentendible. Sólo quedaba de lo anteriormente escrito una mancha azul dibujada por la tinta corrida. A Matías no le pareció para nada importante esta bastante importante pieza de su pasado.

Nunca más nada se supo de aquel tuerto hasta la Séptima Guerra. Los rumores dicen que algo buscaba y que lo buscó para siempre, o hasta morir.

Si es que alguna vez se acordó de morir.


Comentarios

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.