Autor: Federico Frittelli (@fedefrittelli)

 

El punto negro que, kilómetros atrás, había visto Enchausti emerger del horizonte y tomar forma de vehículo parecía ya estar a menos de cinco, seis cuadras como mucho. Frente  a la monotonía de la estepa cualquier aparición de algo que rompa con la distribución de arbustos y asfalto era bienvenida: de hecho, Enchausti ni siquiera aceleró para pasarlo lo más pronto posible. Lo mantuvo a una distancia variable durante al menos media hora, procurando no acostumbrarse nunca a su presencia para no correr el peligro de quedarse dormido. Dos y media de la tarde. Veinticinco de enero. Era verdaderamente un milagro cruzarse a otro tipo (¿era un tipo? Enchausti deseaba que lo fuera, habría más complicidad y no tanta tensión) lo suficientemente loco para mandarse por la ruta bajo el sol tremendo del desierto en plena siesta.

Tras un descuido –era tan fácil que se te vaya el pie en el acelerador en esas llanuras infinitas sin referencia alguna- se acercó demasiado al auto negro y así, sin buscarlo, pudo detallar mejor su forma y particularidades: era un Renault 19 viejo, patente R, las gomas venían gastadas y hasta algo desinfladas. Avanzaba con un casi imperceptible zig-zag y a no más de noventa kilómetros por hora. Pero más allá de las generalidades, lo que verdaderamente capturó la atención de Enchausti era el baúl. Abierta de par en par y sin nada que la ate al techo, la quinta puerta del auto bajaba y subía según el Renault aceleraba o frenaba. En el ínfimo espacio que quedaba entre el tubo de gas y la carrocería, habían acomodado un bulto blanco y redondo. Así, al aire libre y con la puerta del baúl amenazando cerrarse en cada desnivel de la ruta, el bulto blanco viajaba directamente debajo de la hiriente luz del sol de la Patagonia.

Movido por curiosidad y  por aburrimiento, que en última instancia son indistinguibles, Enchausti decidió acercarse todo lo que le fuera posible. Necesitaba ahora descubrir qué era a la vez tan importante y tan desechable como para justificar su transporte en condiciones climáticas horrendas pero sin ningún reparo en su conservación o bienestar. No fue sino hasta que estuvo a menos de cinco metros de distancia del Renault que distinguió el casi imperceptible movimiento del bulto blanco: se inflaba apenas, se desinflaba. Enchausti entendió que lo que sea que estuviera en ese baúl estaba vivo. Una cabra o una oveja, pensó, y largó una carcajada que resonó por encima de los Greatest Hits II de Queen, único disco que podía soportar sin dormirse ni alterarse durante toda la ruta del desierto.

— ¡Qué hijo de puta! –exclamó Enchausti, todavía sonriendo.

Quizás había sido por los espejitos laterales –la puerta del baúl tapaba todo su vidrio trasero- o de cualquier otra forma, pero no había dudas de que el conductor del Renault negro se había notificado de la presencia del auto de Enchausti a su espalda: un brazo robusto y peludo se despegó con cierto cansancio de la ventanilla y, colocándose en una perpendicularidad casi perfecta con eje en el codo, de esas que solo la erosión geométrica de la tradición pueden lograr, juntó la yema del pulgar con la de los otros cuatro dedos y agitó levemente la mano hacia atrás y adelante, dando vida así al gesto inconfundible de montoncito.

Enchausti comprendió perfectamente la pregunta del brazo: ¿Qué hacés? ¿Teniendo toda la ruta te me venís a pegar atrás? ¿Tenés miedo de pasarme y que te choquen de frente? Se arrepintió de la última, era imposible que a la vez un gesto fuera sincero e irónico. Todavía divertido por su descubrimiento, Enchausti decidió llevar las cosas apenas un poco más lejos. Darle forma a la anécdota, se diría. Sin poner el guiño, total a quién le iba a importar, se pasó al carril izquierdo y aceleró hasta quedar cuerpo con cuerpo junto al Renault. Con una maniobra que cualquiera calificaría por lo menos de peligrosa, estiró el brazo derecho y abrió la ventanilla del lado del acompañante. Un canal directo de comunicación con el otro conductor estaba abierto.

— ¡Tenés una goma baja! –gritó a todo lo que le daba la voz Enchausti.

El del Renault lo miró un rato que pareció larguísimo teniendo en cuenta que había sacado la vista de la ruta. En esa mirada había tanto sospecha como sorpresa: todo hombre es sospechoso en medio de tanta soledad, y era sorprendente que el otro, Enchausti, no se sorprendiera por el baúl abierto con la criatura adentro.

— Siempre están todas bajas –respondió, tranquilo, sin alzar la voz. Enchausti entendió perfectamente.

— ¡La derecha de atrás está casi en llanta! –volvió a aullar Enchausti.

Tras un suspiro de resignación, el otro asintió. Sin avisar nada, empezó a desacelerar y en menos de cinco segundos ya estaba completamente parado al costado de la ruta. Enchausti, que no se percató de inmediato de la maniobra, frenó cincuenta metros adelante del Renault, en plena ruta. Hizo marcha atrás hasta quedar apenas adelante del otro y recién entonces salió de la ruta por el lado izquierdo, de manera que, si hubiera venido cualquier vehículo de frente durante ese rato, habría visto estacionados dos autos en dirección contraria de ambos lados de la ruta.

Cuando Enchausti se bajó, el conductor del Renault ya estaba tirado al lado de la rueda, dándole pequeños golpes para testearla.

— ¿Viste? –dijo Enchausti, que se acercaba cada vez más.

— ¿Vi qué? Está exactamente igual que las otras tres.

Pero Enchausti no escuchaba, su atención estaba entera en el bulto blanco que ahora tenía a menos de un brazo de distancia. Una oveja, pensó, era una oveja. Quiso tocarla, estirar la mano y sentir la temperatura de la lana. La imaginó altísima, la violencia del sol casi le perforaba la piel.

— Una oveja… -dijo Enchausti, dibujando una media sonrisa cómplice en dirección al del Renault.

— Sí, ¿algún problema?

— Momento raro para andar llevando una oveja por la ruta, ¿no?

— ¿Qué sos? ¿Policía, pelotudo?

— Cheee, tranquilo amigo, yo decía nomás –se atajó Enchausti.

La curiosidad fue demasiada y, con el del Renault todavía agachado en el piso asegurándose completamente de que le habían mentido, Enchausti metió las dos manos en la lana de la oveja. Hervía, pero de alguna forma la respiración pausadísima del animal lo calmaba.

— Calentita…

— ¿Qué?

— Que está calentita, digo, la oveja.

— ¿Me explicás qué carajo hacés con las manos ahí, por favor?

— Nada, nada, la vengo viendo desde hace un rato. Me sorprendió que el baúl estuviera así, abierto, y ella pobre, abajo del rayo del sol. Pero ahora me parece que entiendo.

— Que entendés qué.

— Y… siempre es mejor si está calentita.

— Flaco –dijo el del Renault, ya parado y con medio puño cerrado.

Enchausti, mucho gusto.

—Flaco, ahora me vas a decir por qué me hiciste perder el tiempo si sabías bien que la rueda no estaba baja.

— Peeero amigo, conmigo no hace falta cuidarse tanto. Si yo entiendo. Pasa mucha soledad uno acá en el medio de la nada. Yo porque voy de acá para allá y de vez en cuando alguna me agarro, pero si no sabés qué.

El puño ya estaba completamente cerrado y los ojos ya no miraban, más bien apuntaban algún punto indeterminado en la cara de Enchausti, entre la sien y la boca. Enchausti notó la ira apoderándose de su interlocutor y determinó que era del todo probable que se haya equivocado. En todo caso, había dejado de ser divertido.

—Te estoy jodiendo, che, tranquilo. Tenés una cara de loco mal, si hubiera sabido que te molestaba tanto no decía nada, perdoná –dijo, sin retroceder un solo paso, mirando al del Renault a los ojos.

El ofendido mantuvo la postura tensa un momento más, esperando la avivada que le diera el visto bueno para el puñetazo. Pero Enchausti ni dijo nada ni movió un músculo –de hecho, ni pestañeaba, mantenía la mirada fija en los ojos del otro-. Finalmente aflojó.

—Te juro que vi la goma baja, capaz fue por el reflejo del sol, qué se yo –se disculpó Enchausti.

—Mmh, sí, qué se yo.

— Che y la oveja –Enchausti vio como el puño volvía a cerrarse- tranquilo, digo qué pasa con la oveja, por qué la tenés en el baúl.

— Está enferma, la estoy llevando a Neuquén, al veterinario. En el pueblo no hay.

— ¿Enferma? Pero pensé que cuando ya no servía más…

— Sí, pero ésta es mascota. La adoptaron los nenes, le pusieron nombre, toda la gansada. Así que la llevo a Neuquén de urgencia. Amaneció así, postrada.

— Claro, claro… Bueno che, si no hay problema me voy yendo. Perdón por lo de antes, uno nunca sabe en estos lugares si no se cruzó con un enfermito de la cabeza, ¿viste?, me anticipé con un par de comentarios, por las dudas, qué se yo…

El del Renault lo miró una última vez.

—Peligrosa la técnica, amigo. Estuve a medio segundo de partirte la cara.

—Sí, sí, lo noté, son riesgos, viste, vi la oveja y dije ‘uh éste anda en algo raro’. Pero bueno, suerte con eso y ojo con las gomas, jaja.

—Chau –dijo el otro, y se volvió a meter en el auto.

Enchausti caminó despacio hacia el suyo. Abrió la puerta y se dejó caer en el asiento, entre desganado y desilusionado. Supo en ese momento que, desde allí a Neuquén, su única diversión sería Queen.

Prendió el motor y volvió a la ruta. No tardó mucho en sobrepasar al Renault 19 negro, no sin un par de bocinazos en señal de saludo amistoso que, por supuesto, no fueron devueltos.

Mientras lo adelantaba, Enchausti aprovechó para dedicarle una última mirada a la oveja agonizante. Seguía ahí, tan tranquila, tan impasible como hacía unos minutos atrás. Su existencia se limitaba a inflarse y desinflarse. Entristecido por la imagen, Enchausti divagó un rato largo en sus pensamientos mientras aceleraba y se internaba cada vez más en el corazón de lo que algún día llamaron desierto y qué tan poco se parecía a esas dunas de arena gigantescas navegadas por camellos y turcos.

El problema es el silencio, se dijo.

El verdadero problema del desierto es el silencio, se dijo Enchausti, medio filosofando, medio perdido en la poesía, medio preocupado porque hacía más de media hora se habían apagado los gemidos en su baúl.


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